21 de febrero de 2015

El templo de las mujeres

-Niña, a la entrada del Banteay Srei-

Visitar Camboya, transitar por los templos de Angkor y quedarse alucinado, cree este viajero insatisfecho, era todo uno. No va a referirse a cada uno de los templos pues son muchos, no los visitó todos y, encima, el mundo-mundial al completo habla de ellos. Algún día se animará y publicará algunas fotos que, según cree, será la única aportación personal que podrá añadir a un tema tan manido, tan explotado como son los templos. Aunque, sin duda, uno de los motivos por los que quería aterrizar en este país era para dejarse impresionar por ellos.
Y el país no le decepcionó.
Pero se quiere referir en especial a uno de ellos, uno de los más reconocido y alabado por turistas, viajeros y expertos.
Era el templo Banteay Srei, cacareado y propagado a los cuatro vientos por los conductores de ‘tuc-tuc’ y moteros como el ‘templo de las mujeres’. ‘Tienes que ir’, decían, y eso que era uno de los que estaban algo apartados del centro neurálgico que era, y lo será siempre, Angkor Wat. Este mochilero cree que, de esta manera, ellos, hábiles, podían hacer una negociación en el precio del trayecto más ventajosa, o fuera, quizás, porque era el más querido de los camboyanos. El trayecto, hecho sin prisas, servía para conocer un poco la vida rural camboyana, sus paisajes y sus auténticos hogares. En uno de los poblados que se atravesaban, dedicaban sus esfuerzos al azucar de palma que cocinaban y vendían al borde de la carretera. ¡Buenísimos dulces!.
Pero, al margen de todo esto, de ser un templo dedicado a Shiva, de ser construido con una piedra de arenisca rojiza y por mujeres a finales del siglo X, tenía una particularidad turística: en las inmediaciones, se había diseñado un verdadero complejo recreativo con tiendas -por supuesto-, restaurantes, centro de exposiciones y baños públicos de gran calidad.
Considerado Banteay Srei la obra maestra dentro del arte clásico jemer, era uno de los más pequeños pero con gran calidad de relieves narrativos que ilustraban variedad de leyendas sagradas.
Una pequeña muestra fotográfica:
-Vista lateral-

-Entrada principal-

-Detalle-

-Detalle-


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7 de febrero de 2015

El tren bambú, cerca de Battambang

 -Vía del tren bambú-

Cada vez que el viajero insatisfecho recuerda la hazaña, dice: ¡qué cosas hace uno cuando holgazanea en un viaje!. Pues, aún así, aún sorprendiéndose a sí mismo, la experiencia del tren bambú, en Battambang (Camboya), no dejaba de ser interesante.
Era un transporte ilegal o al menos no oficialmente autorizado. Ahora mismo, casi supeditado su éxito al folclore turístico y mochilero.
Pero el tren bambú tiene su historia. Partiendo de una línea ferroviaria que sirvió a los franceses, en su época colonial, para transportar el café, arroz, bananas y el resto de productos básicos desde las zonas rurales a Phnom Penh, ha derivado en lo que ahora existe: un simpático subproducto del tren.
En la época de Pol Pot, toda la infraestructura ferroviaria (máquinas, vagones, e incluso algunas vías) fueron destruidas. Tras la caída de Pol Pot, con las gentes en la más absoluta pobreza y toda aquella zona sembrada de campos de minas, los camboyanos se inventaron este sistema de transporte que sorteaba, de alguna manera, el peligro de las terribles minas. La línea férrea de Battambang-Phnom Penh estaba casi intacta y la capacidad imaginativa del camboyano no había sido destruida. Unidos ambos factores se puso en marcha un sistema casero para transporte de pasajeros y mercancías, utilizando los ejes y ruedas de los vagones destruidos y poniendo sobre ellas unas plataformas de bambú, tal y como existe hoy día. Todo ello, impulsado por un motor reciclado de otro vehículo móvil.

-Parados, esperando a que llegue el otro tren bambú-

Yendo cómodamente sentado en la plataforma y viendo el mecanismo del tren bambú se apreciaba realmente ese alarde imaginativo del camboyano, digno de mencionar. Como sólo existía una vía, cuando se cruzaban dos de estos artefactos primitivos, ambos maquinistas paraban uno frente al otro y, literalmente, desarmaban uno de los convoyes para que el otro pueda pasar. Colaboraban ambos operarios en el desarme y posterior armado del tren. Los turistas, con cara de sorprendidos, no ponían en marcha su brazo colaborador (¡vagos!). Pero así era la relación del viajero con el camboyano.
Así era la vida del camboyano.
Cuando el tren alcanzaba el máximo de velocidad (unos 50 km/h), y traqueteaba sin piedad, daban ganas de gritar: ¡A por los corruptos!.
Ahora, cuando estuvo allí este leonés, a los viajero-turistas les proponían un recorrido de 5 dólares, ida y vuelta a la primera estación, donde aguardaban, como no, los tenderetes de productos locales y bebidas. Tras un breve descanso, se iniciaba el camino de vuelta. Se atravesaban campos de arroz y paisajes hasta cierto punto, agrestes, llenos de vegetación y matojos. Durante el trayecto, si mal no recuerda, tuvieron que descender del artilugio unas 5 veces para dejar paso a los que venían en ruta contraria.
Muy divertido.

-Desmontando el tren bambú (1)-

-Desmontando el tren bambú (2)-

A la ida, iban tres en el convoy (cuatro, con el conductor); a la vuelta, se unió un veterano lugareño que regresaba a su casa después de una más que posible dura jornada.
En tono de broma, a este mochilero le propusieron hacer el recorrido completo a Phnom Penh (unos 350 kilómetos), dos días y dos noches hasta llegar al destino. Durante el trayecto nocturno -dijeron- dormiría cómodamente en la plataforma de bambú.
¡Qué simpáticos!.
¿Turistada?. Sin duda, pero también una manera de colaborar con alguna economía poco boyante en la zona.

-Lugareño camboyano, a la vuelta del recorrido-

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25 de enero de 2015

Un breve acercamiento a Ratanakiri

-Casa 'kreung''. Al fondo, otras que van perdiendo su autenticidad-

La región de Ratanakiri, al noreste de Camboya, era conocida como el ’oriente salvaje’. Nada más lejos de la realidad si nos atenemos a sus gentes: amables, simpáticas y agradecidas con el visitante. En sus paisajes dominaban las montañas boscosas y un relativo terreno abrupto; también, el clima más frío del país, junto con la región de Mondulkiri. Si bien el libro-guía hablaba de difícil acceso, entonces, era un área totalmente accesible, buena carretera y perfecta comunicación, teniendo en cuenta dónde estaba: en Camboya. La localidad de Ban Lung, capital de la provincia, fue la base de operaciones, si esto puede definir esta breve visita.
Sus gentes “vendían” al turismo lo que tenían: pequeñas cascadas, senderismo de varios días de duración por la selva y visitas a las minorías étnicas (pueblos) de los alrededores.
-Lago circular 'Boeng Yeak Lom'-

El viajero insatisfecho vió dos ridículas cascadas (ninguna tenía algo especial) y visitó el Boeng Yeak Lom, un precioso lago, circular, quizás volcánico, muy cerca de la localidad y rodeado del verdor de la jungla circundante pero que se circunscribía a unos cientos de metros. Más alejado, se apropiaban del espacio las tierras de labor o los pequeños arbustos.
-Anciana 'kreung', soltera y sin hijos-

-Anciano 'kreung'-

Más le gustaron las minorías étnicas, los ‘kreung’ y los ‘tam puom’. En especial, los primeros que le recibieron con agrado y simpatía. El poblado de los segundos estaba semivacío, sus gentes durante el día solían bajar -y fue testigo de ello- a vender sus productos al mercado de Ban Lung. Para acercarse, alquiló una moto con su correspondiente motero que le sirvió, además, de guía. Con los ‘kreung’, entró en sus casas; fotografió a sus gentes; vió como elaboraban su aguardiente (o algo parecido) de arroz, más bien de cáscara de arroz, y la humildad, rayana a la absoluta pobreza, con que vivía aquella anciana, soltera y sin hijos, con quien intercambió sonrisas. El motero-guía dijo, traduciendo sus palabras, que en su juventud nadie había pagado la dote a su familia por ella. !Pobre!.
-Dos jóvenes 'kreung', elaborando aguardiente de arroz-

En la cultura ‘kreung’, los hijos, al independizarse de sus padres, se construían casitas aledañas e individuales de bambú, diferentes en su altura según el sexo: siempre más alta la del chico que la de la chica. Si bien en los pueblos actuales que visitó no pudo ver un caso real (para comparar), en las cercanías del lago Boeng Yeak Lom había un ejemplo, edificado a tamaño real, de ambas casas, tratando -cree- de mostrar al visitante la particularidad cultural y tradicional de la región.
-Casas 'kreung', alta (chico) y baja (chica)-

Sin duda, una nada despreciable experiencia para aquellos que, sin dejar a un lado ‘las piedras’, les atraiga un poco la parte antropológica en cada uno de los viajes.
Y un breve apunte más, en el recorrido por la zona se podían ver extensas y viejas plantaciones de caucho. También, recién plantadas, por lo que el caucho parece tener futuro. Un claro futuro con el petróleo al alza, pero no sabe si será lo mismo con un petróleo relativamente barato, y bajando.
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18 de enero de 2015

De Siem Reap a Battambang

De Siem Reap a Battambang  (dos ciudades camboyanas) se podía ir en un ordinario bus dando un gran rodeo o pagar un inflado ticket -muy caro comparado con el del bus- para cruzar el Tonlé Sap (el lago orgullo de los camboyanos), en un pequeño barco de recreo o excursión, evitando así el largo trayecto por carretera. 
Hasta los topes iba. 
Repleto de mochileros que querían vivir la experiencia, aunque la gran mayoría no imaginaba, el viajero insatisfecho tampoco, que en vez de ir cómodamente sentados, el completo pasaje iría literalmente apiñado, al bordo de la incomodidad, o sobrepasada ésta.
En la cubierta tumbado, o sentado, o sin saber que postura tomar, el sol calentaba a rabiar y el dañino sudor 'de hamaca de Benidorm' comenzaba a brotar en la piel. En medio del lago, la percepción era de total vulnerabilidad.
Calor y más calor, sudor y más sudor. Con el paso de las horas el hábito a sufrir mermaría las funestas sensaciones y el cabreo inicial. Como contrapunto, a su alrededor pasaban poblados flotantes (varios), pequeños o grandes y no menos extraños; débiles barcos de pescadores artesanos a las orillas; campos de arroz ya recolectados y secos, los más, y otros verdes y atrayentes; campos de maíz recién sembrado, con sus primeros brotes, y muchos, muchos palafitos de lugareños.
Un paisaje fascinante que obligaba olvidar la piña de mochileros que sufría las inclemencias del sol.

Después de haber cruzado el lago Tonlé Sap, en las márgenes del río que ascendía hacia Battambang formando constantes meandros, se visionaba, también, un espectáculo de niños que saludaban y gritaban la novedad; mujeres afanosas en la limpieza de los peces pescados; hombres en las orillas, algunos con el agua al pecho -desnudo-, cambiaban y reponían redes que hacían flotar con botellas de plástico.
Actividad, mucha actividad.
Casas levantadas sobre altos pilotes a la orilla, y plásticos de diferentes tamaños que sobre cuatro palos de bambú conformaban otros humildes hogares de pescadores en los múltiples recodos del rio.
Con el paso de las horas, que fueron muchas, el río era cada vez más estrecho y a la barcaza, repleta de holgazanes mochileros, cada vez le costaba más surcar sus aguas.
Al caer la tarde, cuando el sol perdía intensidad, la sensación de relajo y tranquilidad comenzaba a aflorar. Es más, era primordial para la mente del viajero. 
Cuando la noche ya era cerrada el barco llegaba a Battambang.
Feliz trayecto.



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4 de enero de 2015

Innecesaria, pero tenía que hacer la visita

-Fotografías de prisioneros muertos (alguna)-

La visita a la “prisión de seguridad (S-2)”, una de las muchas instauradas en todo Camboya por el dictador Pol Pot, era inquietante. Las condiciones en las que mantenían a los presos -a sus propios hermanos jemeres- eran lamentables. Pero tanto la visita a esta prisión como la posterior al ‘’campo de exterminio Choeung Ek” (a las afueras de Phnom Penh) fueron una experiencia psicológica, interior y hacia uno mismo (pero -cree- era necesario hacerla). En la prisión S-2 impresionaban la fotografías de los cientos, miles de presos fotografiados para luego ser torturados, o al revés; las fotografías reales de las diferentes posturas del preso ya torturado, quizás muerto, y, sobre todo, el frío y desangelado ambiente del edificio, ahora museo, antes prisión, y previo a Pol Pot, instituto de alumnos. Sólo los rayos de sol que penetraban por la ventanas enrejadas, cuando el viajero insatisfecho visitó el lugar, lograban templar el aterrador escalofrío reinante.
El campo de exterminio Choeung Ek no enseñaba nada más que los cráneos y fémures allí encontrados, guardados en una estupa a la entrada. Pero sin mostrar nada, la visita audio-guiada por un circuito, con 19 paradas, que recorría las diferentes fosas comunes y el lugar que ocuparon, entre otros, los barracones donde se hacinarían los recién llegados (hoy ya no existen), convertía a aquella extensión de terreno en un siniestro lugar.
-Cráneos guardados en la estupa-

Por el audífono (cada uno en su idioma) se contaban anécdotas -varias- de los supervivientes de los jemeres rojos, además de un escalofriante relato del guardia y verdugo Him Huy sobre algunas de las técnicas utilizadas para matar y deshacerse de prisioneros inocentes, mujeres y niños. Entre relato y relato, por el audífono advirtieron en varias ocasiones -para que el visitante tuviera cuidado de no pisar- de los huesos y dientes semienterrados  (vió varios) que aún se mantenían sin recoger a lo largo del recorrido.
Al finalizar, el mensaje invitaba a que esta masacre no se volviera a repetir. Masacres que, según recordaba la voz en off, ocurrieron en el régimen nazi alemán, en la Rusia de Stalin, en el Chile de Pinochet y en la Argentina de Videla. No citaban para nada lo ocurrido en España.
Como rendido homenaje, los camboyanos han ido colocando pulseras de colores en las vallas que protegían las fosas comunes y, en especial, en el árbol donde los niños pequeños fueron aplastados antes de ser arrojados a la fosa.
Sin haber visto nada especial, la visita dejó al mochilero pensativo, con mal sabor de boca.


-Pulseras de colores en el fatídico árbol-


-Pulseras de colores, en la valla que protegía una de las fosas-

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26 de diciembre de 2014

El infierno, en época reciente

El nuevo viaje es inminente. El otro día estuvo oteando en la librería “De viajes” (han cerrado su preferida: Altäir) y encontró la guía que necesitaba. En la contraportada, se podía leer “bienvenidos a un país con una historia inspiradora y a la vez terrible, y un futuro todavía en construcción. En este país se podrá ascender al reino de los dioses en Angkor Wat, o descender al infierno de los jemeres rojos y a su máquina de matar”.
Todos los lectores conocerán ya el destino del viajero insatisfecho: Camboya.
Es, sin duda, uno de los lugares que ansiaba disfrutar desde hacía mucho, mucho tiempo pero su insistencia en seguir descubriendo y palpando la realidad africana se lo había impedido. Ha llegado el momento de hacerlo pero no sabe a ciencia cierta si es ‘su momento’. Lleva su mochila emocional cargada de sentimientos y no precisamente son los mejores acompañantes de la ruta. En todo caso, lo hará.
Seguro que la gente simpática camboyana de la que todo el mundo tan bien habla, harán de su estancia allí un recuerdo imborrable.
Es uno de los sitios donde va más documentado. Ha tenido tiempo de ojerar varios ‘blogs’ pero aún no sabe si le ha venido bien a sus ilusiones, o todo lo contrario. Sueña con un empalago -aunque no hastío- de los sentidos, con las motocicletas zumbando por las callejuelas de las grandes poblaciones, con los inmensos mercados -o los mercados callejeros- desprendiendo olores penetrantes y, como no, con un cierto aroma de supervivencia o -diría más- de explotación y pobreza.
Volará en fin de año, e iniciará el nuevo en un tierra diferente aunque no hostil.



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1 de diciembre de 2014

Emperador etíope

Trono del emperador Haile Selassie, en el Museo Nacional de Ethiopía

En su penúltimo día de estancia en Etiopía, el viajero insatisfecho visitó, en Addis Abeba, el Museo Nacional. Que nadie se imagine un ‘museo del louvre’ o un ‘museo del prado’. No, no, algo muchísimo más humilde y discreto pero para el pueblo etíope muy importante. Allí se guardaba el auténtico trono de Haile Selassie, el Emperador etíope, autoproclamado ‘Rey de reyes’. Cuatro palabras para hablar del Emperador de Etiopía, tomadas prestadas de Kapuscinski, uno de los periodistas-viajeros mito, que conoció al detalle el acto de su coronación:

  • Etiopía era un país extremadamente pobre, una tierra feudal, atrasadísima. Vivía en un verdadero y profundo medievo. La esclavitud era una realidad todavía muy concreta. Y el Emperador, en algunas cosas un hombre moderno, era de veras una figura surgida directamente de esa Edad Media. Su poder era despótico y absoluto. Sus costumbres, sus vestidos, su protocolo eran propios de una corte medieval. Haile Selassie sabía que no podía desafiar a su aristocracia. Formaba parte de ella, aquellos feudatarios eran el pilar de su poder: el Emperador ni podía ni tenía intención de cambiar las instituciones feudales de Etiopía. Era un hombre despiadado: quien se oponía a él, era condenado. Quien desafiaba al Emperador era asesinado. Tras el intento de golpe de Estado de 1960 (promovido por su Guardia Imperial), su represión no conoció la clemencia: mató a todos los rebeldes, incluidos sus colaboradores más cercanos” (Ryszard Kapuscinski).
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9 de noviembre de 2014

Mercado de Malanville


El viajero insatisfecho paseó por el mercado de Malanville, última ciudad de Benín, frontera de Niger, antes de atravesar el río del mismo nombre. El mercado era una verdadera confluencia de mercancías venidas de Niger, Nigeria, Burkina Faso y Benin. Un mercado minorista inmenso, a lo africano, tan parecido a otros mercados de la zona aunque a muchos recordará los zocos marroquíes. Callejuelas estrechas, hacinamiento de gente, olores indescriptibles, calor y, sobre todo y lo más sorprendente, un ordenado caos. No dejaba de sorprender, después de conocer varios países de este singular continente, los mercados, los bazares, los escaparates, los tenderetes,.... Todo parecía abarrotado, atestado, apelotonado, abigarrado de objetos, ropa, frutas, verduras, montones de especias, ajos, tubérculos, hojas secas de algún árbol zonal, utensilios, mijo, más ropa, herramientas, recipientes de latón,... y año tras año, pareciera que aquello no paraba de crecer. Había bolsas de todos los colores llenas de productos dispares: una mezcolanza sinfín. Tenderetes destrozados con viejas lonas descosidas o plásticos rotos, y polvo, mucho polvo.
Y calor, mucho calor.
Confluencia también de razas y colores en el mercado de Malanville. La cercana frontera de Niger atraía a los tuareg del desierto, a los songhay nigerinos o a los fulani benineses; prevalecía el color azul-tuareg, el marrón y negro del desierto o los chillones colores africanos. Los jóvenes llevaban camisetas del Barça, David Villa o Messi; las mujeres, con el cabello tapado, enseñaban su cara de tez morena, a veces bella (las más), y de bonitos ojos negros.
Cientos y cientos, miles de productos, sombreros, sacos de mijo -a montones- y baratijas chinas (China ha invadido con sus productos baratos, salidos de la permanente explotación laboral, los mercados de medio mundo; de África en especial). Se exhibían sobre estrados de madera, en el suelo, colgados de alambres que a su vez colgaban de viejas vigas, en repisas, encima de taburetes, sobre la tierra africana. Desértica.
Un ordenado caos.



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12 de octubre de 2014

Cosas que “no sabe hacer” (todavía)

-Estrellas de mar, en el fondo marino del archipiélago de San Blas (Panamá)-


El viajero insatisfecho -animado por una blogger que desprende simpatía, desparpajo, desenvoltura y vitalidad- va a tratar de salir de su encierro interior (emocional) y escribir algo genérico sobre viajes. Propone ‘dianamiaus’, en su blog, cosas 'que no sabe hacer’. Este mochilero leonés tratará de hacer un ‘meme’ y exponer lo mismo.

- No sabe….. Viajar en grupo.
Le exaspera estar condicionado por el puto-horario y, sobre todo, le crispa esperar siempre a la ‘misma pareja de tortolillos o estúpidos’ que llega tarde por sistema cuando el resto del pasaje lleva ya un buen rato esperándoles en el bus, barco, o similar.

- Bucear, y le encantaría hacerlo. Ha visto muchos fondos marinos increíbles haciendo únicamente ‘snorkeling’ (‘palabro’ inglés que procura evitar pero que hoy va a utilizar). ¡Perdón!. Y, a propósito, recuerda el baño superficial con gafas y tubo que hizo en la isla de Malapascua (Islas Filipinas): una maravilla.

- Arriesgar.
Bueno, tendría que precisar y explicarse. Si esta en un país con cierto ambiente nocturno-cutre-peligroso (al mochilero leonés le encanta la noche), prefiere no ser muy avispado y evita ‘lanzarse a la oscuridad-de-la-noche’ de manera inconsciente. En otros lugares lo hace.

- Apreciar el vino (ni lo intenta).
Es una aversión hacia los caldos ganada hace muchos, muchos años por no saber beber el día que finalizó COU, al emborracharse de vino-trallero en el ‘barrio Húmedo’ hasta llegar a la inconsciencia. Al día siguiente se convirtió en aversión. Lo repudia.

-En un descanso en Manica, Mozambique-

- Decir ‘no’ a una cerveza (ahí coincide con ‘dianamiaus’). Decir 'no' sería un problema añadido, y de problemas el mundo está lleno.

- Decir ‘no’ si prevé sexo. Y….

- Mentalizarse que tiene que visitar Roma (la Ciudad eterna) o 'los Santos lugares' lo antes posible.
Es más cree, sinceramente, que no visitará ni ‘la ciudad eterna’ ni ‘los santos lugares’ en su ‘puta-vida’. Odia el turismo masivo y mucho más si va mezclado de un trasfondo de religiosidad come-cocos. Adora África, con sus pros y sus contras.

- Relajarse cuando viaja.
Siempre de un lado para otro. Hoy aquí, mañana, allí. Se levanta dispuesto a andar y se acuesta haciendo planes de movimiento para el día siguiente.

- Hablar inglés.
Se defiende, o se ha defendido siempre, pero le cuesta mucho mantener una larga conversación. Le falta vocabulario y le sobra vergüenza.

Gracias ‘dianamiaus’ por darle un pinchazo a un humilde mochilero y hacerle salir de su tristeza, y con ello, animarle a escribir estas líneas. Propone a 'nurianomada' y a 'carloselviajero'.


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6 de septiembre de 2014

Desesperado y triste

Desesperado como nunca, triste, acojonado, impotente ante la vileza del destino, el viajero insatisfecho también se quiere despedir en su ‘blog’ de su amiga del alma, de su chica,…., del amor más largo, pasional y fuerte de su vida.
No es una exposición pública de dolor, es un grito helado de insatisfacción.
Como no tiene ánimo para escribir -sin duda es necesario tenerlo para redactar una línea- va a utilizar unas palabras de despedida, atribuidas a García Márquez (no es seguro)que son -cree- una velada poesía:
"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo.
Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Escucharía cuando los demás hablan, y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate!
Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma.
Dios mío, si yo tuviera un corazón, escribiría mi odio sobre el hielo, y esperaría a que saliera el sol. Pintaría con un sueño de Van Gogh sobre las estrellas un poema de Benedetti, y una canción de Serrat sería la serenata que le ofrecería a la luna. Regaría con mis lágrimas las rosas, para sentir el dolor de sus espinas, y el encarnado beso de sus pétalos...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... No dejaría pasar un solo día sin decirle a la gente que quiero, que la quiero. Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos y viviría enamorado del amor.
A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse!. A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres...
He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo."

Copyright © By Blas F.Tomé 2014


9 de agosto de 2014

Setas y hongos zambianos

-Puesto en el arcén, vendía 'hongos de Navidad'-
Sorprendía al visitar los mercados zambianos, al pasar delante de los puestos callejeros en las ciudades o al divisar los tenderetes en los arcenes la gran cantidad de hongos y setas de diversos tamaños y colores que existían. Sin duda, se fijó en ello por esa curiosidad convulsiva del viajero insatisfecho por las cosas insistentes o repetidas que se encuentra en el camino.
Dejándose uno llevar por la velocidad del bus, se divisaba, según amanecía, la sabana-selva como un manto húmedo y brillante verde. Ambiente natural y propicio que, recordando los puestos del mercado de Lusaka, le hacía pensar en las sabrosas setas que crecerían en los montículos termiteros, abandonados hace tiempo.
[Se acercó a aquel solitario termitero. La mañana anterior una lluvia calma pero testaruda había caído sobre el destrozado túmulo, donde crecían ya vigorosos arbustos salvajes y hierbajos. A su orilla, un árbol de varios lustros daba sombra a aquel montón de tierra rojiza. Al apartar las ramas caídas y más rastreras, un grupo de setas blaquecinas mostraron su generosidad natural. Arrancó dos de ellas y las miró].
Un sueño.
La ‘amanita zambiana’ era una de las más frecuentes en los tenderetes de la ruta. Originaria de la región, era la más popular e identificable, también conocida como ‘hongo de Navidad’, muy abundante alrededor de diciembre y principios de enero (época en la que estuvo por allí el mochilero), de ahí su nombre. En ocasiones, este hongo se secaba para su almacenamiento, pero sólo después de haberlo hervido y escurrido el agua.
-Puesto callejero, con setas de varios tipos-

Pero había otras en los puestos callejeros que le llamaban la atención por su colorido casi deslumbrante, amarillo y rojo intensos que atraía la vista. No eran los zambianos muy amables a la hora de dejarse fotografiar aunque consiguió alguna instantánea robada del mercadeo existente.
Supo, luego, que una de las mayores setas del mundo tenía su origen en los bosques zambianos: la vulgarmente conocida como ‘chingulungulu’.
No la vió.
-Puesto callejero en Lusaka-

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27 de julio de 2014

Un 'selfie' en 'la ciudad de la luz'

Torre Eiffel, París

Este es el ‘selfie’ de un mochilero en París. Un acto de rebeldía y arrogancia en ‘¡la ciudad de la luz!’. Sí, de arrogancia porque cree que en la rebeldía hay también mucha, mucha arrogancia.
De la positiva en este caso, por supuesto.
Unos turistas que, sin pretenderlo, le observaban por la espalda hacer el encuadre desde el otro lado del semáforo, al ponerse este en verde y pasar al lado del viajero insatisfecho le miraron con voluntaria insistencia, casi con desprecio. ¿De qué nacionalidad eran?. No lo sabe, ni parece que hubiera alguna diferencia dependiendo del país. No entendían el ‘selfie’ que se estaba elaborando; no entendían nada del sinsentido de aquella instantánea.
¿Lo entenderán los bloggers?.
Ya había hecho otros en el ‘downtown’ de Manila o en el de Panamá City, y en otras grandes ciudades plagadas de rascacielos y monumentales ‘skyline’, pero este enclave le parecía especialmente significativo.
Irreverente, diría.
Un lugar mítico del turismo internacional.
Si algún día, en la vejez, quizás, fuese a Roma (¡la ciudad eterna!), lo repetiría. O a Shangai (¡la puta de Oriente!), por ejemplo. Aunque ya la conoce.
Solamente es un ‘selfie’ en París.


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18 de julio de 2014

Circuncisión masculina

-Circuncisión masculina-

Circuncidar a los hombres de manera rutinaria en toda África podría prevenir millones de muertes causadas por el sida, según un estudio elaborado por investigadores de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y otros colegas, destacado por varios medios de comunicación hace unos pocos años.
Entendemos por circuncisión la práctica quirúrgica para corregir la fimosis. Según los científicos, la operación ayuda a reducir el riesgo de infección porque el prepucio está cubierto de células a las que parece que el virus puede infectar fácilmente. Además, el virus también podría sobrevivir mejor en un ambiente templado y húmedo como el que se encuentra debajo del prepucio. Éste es el argumento que explicaría el efecto beneficioso de que los hombres se circunciden, y que, por otro lado, evitaría el contagio a sus parejas. ¿Qué pasaría si todos los africanos se circuncidasen? Se evitarían unos dos millones de infecciones, pues según los modelos matemáticos utilizados por los investigadores, si en los próximos 10 años todos los hombres en el África subsahariana estuvieran circuncidados se evitarían unos dos millones de infecciones y unas 300.000 muertes.
Hasta aquí esta información podría ser hasta cierto punto peligrosa ya que con ello parecería que los científicos dan carta libre a las relaciones sexuales libres y desprotegidas, lo que supondría un hecho realmente penoso para la sociedad africana. El viajero insatisfecho paseaba torpe por Chipata, Zambia, cuando sacó la fotografía que acompaña a esta entrada, a la vez que por su cabeza pasaban estos recuerdos y pensamientos.
La acción de la circuncisión debe ir acompañada en África de una detallada información. En numerosas partes de este continente, la circuncisión ha ido unida a los ritos ancestrales de numerosas tribus, por ejemplo, los masai. Aprovechar esta tradición  para evitar un mayor número de contagios del sida podría ser positivo. Pero ¿dónde está la realidad y dónde comienza la inconsciencia que ha demostrado en muchas ocasiones la sociedad africana?. Con estas informaciones sobre avances parciales en la lucha contra el VIH ¿no lo complicarán más los científicos?.
No ha vuelto a leer información alguna al respecto, pero aquí queda esta reflexión y esta fotografía.


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8 de julio de 2014

La cabaña-machete

-Entrada al palacio del antiguo rey Glelé (Abomey)-

Abomey era una de las grandes ciudades históricas de Benín, capital de un reino africano que duró casi 300 años. Un reino que fue derrotado, pero no vencido, por las ansias expansionistas coloniales, en este caso, de Francia. Para observar la singularidad de este antiguo reino, o al menos captar un poco su esencia, era necesario visitar el conjunto palaciego de esta ciudad compuesto por unos 12 palacios aledaños, aunque no todos visitables ya que la escasez de dinero hacía imposible su mantenimiento y restauración.
El día de la visita del mochilero coincidió con una reunión de princesas [algunas, en la primera fotografía], en la actualidad un título simbólico, descendientes de anteriores reyezuelos del reino de Dahomey. Se movió entre ellas con descaro, carente del respeto que en otros tiempos hubiera sido impuesto y necesario. En aquel momento era el único 'blanco' en palacio y le permitieron todo tipo de fotografías aunque, de vez en cuando, algún 'listillo' y patoso le conminara, con cierta insolencia, a pasar por caja.
No lo hizo.
La estructura de todos los palacios era similar. Cada edificio estaba rodeado de murallas [se aprecian en la primera fotografía], articuladas alrededor de tres patios: el exterior, utilizado para las ceremonias religiosas y desfiles, otro interior que daba acceso a distintas dependencias, y un tercero, privado, por el que se entraba a la habitación del rey y a la residencia de las reinas. Los materiales empleados en la construcción se reducían al adobe para los muros, paja para las techumbres y madera para la carpintería de ventanas y puertas [fotografía]. Estos materiales endebles oponían poca resistencia a las inclemencias meteorológicas, lo que provocaba un deterioro constante de las construcciones, que unido a la falta de recursos del gobierno de Benín, amenazaban seriamente su integridad.
-Madera, en puertas y ventanas-

Al viajero insatisfecho le llamó la atención, dentro de una exposición temporal ubicada en uno de los patios del palacio del antiguo rey Glelé, una de las composiciones esculturales: una cabaña construida a base de machetes africanos, de artista desconocido, que evocaba la liberación esclavista en África y, también, el fin de los enfrentamientos de hutus y tutsis, según le dijeron.
Hasta hoy es necesario recrear, para no olvidar, esa realidad lejana, aún no superada, de la esclavitud y la opresión.
-Cabaña machete-


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