Cada cierto tiempo este veterano leonés recuerda su viaje a Madagascar. Fue, y es, un país de leyendas miles; de cuentos de ‘la Disney’; de ritos ancestrales; de manuales de corsarios y de escritores aventureros. Un país donde este viajero insatisfecho, antes de su visita, situaba su ilusorio país de “Libertalia”; después, una tierra imposible para ubicar nada imaginario.
Y si se citan los ritos ancestrales hay uno especial entre los más recónditos pueblos malgaches: los rituales de la muerte, que se dan, especialmente, entre los merina, pueblo de los altiplanos de la isla, aunque también entre los betsileo.
Ambos pueblos saben honrar y alegrar a sus muertos.
Cada cierto tiempo, los miembros de la familia del fallecido acuden a la ceremonia de "meneo de huesos", que enfatiza los vínculos entre la vida y la muerte. Los familiares abren la tumba y sacan a los muertos que transportan al pueblo. Unos días después limpian los restos, los envuelven en nuevas esteras o sudarios y los entierran de nuevo. Los sudarios viejos son entregados a los recién casados y a las parejas sin hijos para que cubran con ellos el lecho matrimonial. Antes de devolverle a su definitiva morada, la costumbre exige que se jaleen y muevan sus huesos en un ambiente de fiesta y regocijo. Mantener felices a los muertos de esta forma garantiza que sus espíritus seguirán próximos para ayudar a la familia.
Este intruso/mochilero se dejó llevar por un destartalado taxista, en consonancia con su coche, que le prometió, o eso entendió, presenciar uno de estos rituales.
El taxi saltaba, a la vez que tronaba, por aquel camino de tierra y polvo, en un larga carrera/taxi ya regateada. Atravesaron uno o dos pequeños poblados de cabañas de hojalata y plásticos, donde varios perros ‘galbaneaban’ sin enterarse siquiera del paso del ruidoso y viejo Peugeot.
Ya en el lugar supuestamente pactado, en vez de rituales para alegrar a los muertos, lo único que encontraron fue una especie de tumba removida al lado de un arbusto lleno de cristales, fetiches y trapos.
Burdo engaño y pequeñas calamidades viajeras, quizás en esta ocasión, por la falta de entendimiento idiomático.
Y si se citan los ritos ancestrales hay uno especial entre los más recónditos pueblos malgaches: los rituales de la muerte, que se dan, especialmente, entre los merina, pueblo de los altiplanos de la isla, aunque también entre los betsileo.
Ambos pueblos saben honrar y alegrar a sus muertos.
Cada cierto tiempo, los miembros de la familia del fallecido acuden a la ceremonia de "meneo de huesos", que enfatiza los vínculos entre la vida y la muerte. Los familiares abren la tumba y sacan a los muertos que transportan al pueblo. Unos días después limpian los restos, los envuelven en nuevas esteras o sudarios y los entierran de nuevo. Los sudarios viejos son entregados a los recién casados y a las parejas sin hijos para que cubran con ellos el lecho matrimonial. Antes de devolverle a su definitiva morada, la costumbre exige que se jaleen y muevan sus huesos en un ambiente de fiesta y regocijo. Mantener felices a los muertos de esta forma garantiza que sus espíritus seguirán próximos para ayudar a la familia.
Este intruso/mochilero se dejó llevar por un destartalado taxista, en consonancia con su coche, que le prometió, o eso entendió, presenciar uno de estos rituales.
El taxi saltaba, a la vez que tronaba, por aquel camino de tierra y polvo, en un larga carrera/taxi ya regateada. Atravesaron uno o dos pequeños poblados de cabañas de hojalata y plásticos, donde varios perros ‘galbaneaban’ sin enterarse siquiera del paso del ruidoso y viejo Peugeot.
Ya en el lugar supuestamente pactado, en vez de rituales para alegrar a los muertos, lo único que encontraron fue una especie de tumba removida al lado de un arbusto lleno de cristales, fetiches y trapos.
Burdo engaño y pequeñas calamidades viajeras, quizás en esta ocasión, por la falta de entendimiento idiomático.
Copyright © By Blas F.Tomé 2011


























Según fantasea la leyenda, desde todas sus ventanas se podía admirar el Taj Mahal a lo lejos. Y, efectivamente, así era, desde todas las aberturas, almenas, balcones y ventanas que daban al río se contemplaba el famoso mausoleo. Este mochilero, como el Sha Jahan, observó desde allí por primera vez aquel prodigio arquitectónico. Y fue desde allí, desde donde le vio brillar como perla oriental, apareado por los destellos/reflejos del río Yamuna.
En aquella época -el viajero insatisfecho lo guarda en su mente- entre las piedras rojas de aquel mastodóntico fuerte (rojo) brotaba salvaje la verde maleza que los desheredados/parias hindúes trataban de limpiar a golpe de zoleta.