6 de junio de 2011

Los 'merima' y 'betsileo' alegran a sus muertos

Cada cierto tiempo este veterano leonés recuerda su viaje a Madagascar. Fue, y es, un país de leyendas miles; de cuentos de ‘la Disney’; de ritos ancestrales; de manuales de corsarios y de escritores aventureros. Un país donde este viajero insatisfecho, antes de su visita, situaba su ilusorio país de “Libertalia”; después, una tierra imposible para ubicar nada imaginario.
Y si se citan los ritos ancestrales hay uno especial entre los más recónditos pueblos malgaches: los rituales de la muerte, que se dan, especialmente, entre los merina, pueblo de los altiplanos de la isla, aunque también entre los betsileo.
Ambos pueblos saben honrar y alegrar a sus muertos.
Cada cierto tiempo, los miembros de la familia del fallecido acuden a la ceremonia de "meneo de huesos", que enfatiza los vínculos entre la vida y la muerte. Los familiares abren la tumba y sacan a los muertos que transportan al pueblo. Unos días después limpian los restos, los envuelven en nuevas esteras o sudarios y los entierran de nuevo. Los sudarios viejos son entregados a los recién casados y a las parejas sin hijos para que cubran con ellos el lecho matrimonial. Antes de devolverle a su definitiva morada, la costumbre exige que se jaleen y muevan sus huesos en un ambiente de fiesta y regocijo. Mantener felices a los muertos de esta forma garantiza que sus espíritus seguirán próximos para ayudar a la familia.
Este intruso/mochilero se dejó llevar por un destartalado taxista, en consonancia con su coche, que le prometió, o eso entendió, presenciar uno de estos rituales.
El taxi saltaba, a la vez que tronaba, por aquel camino de tierra y polvo, en un larga carrera/taxi ya regateada. Atravesaron uno o dos pequeños poblados de cabañas de hojalata y plásticos, donde varios perros ‘galbaneaban’ sin enterarse siquiera del paso del ruidoso y viejo Peugeot.
Ya en el lugar supuestamente pactado, en vez de rituales para alegrar a los muertos, lo único que encontraron fue una especie de tumba removida al lado de un arbusto lleno de cristales, fetiches y trapos.
Burdo engaño y pequeñas calamidades viajeras, quizás en esta ocasión, por la falta de entendimiento idiomático.

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29 de mayo de 2011

El motero viajero

Parado allí, muy cerca de la plaza de Callao, a mitad de la Gran Vía (Madrid), parecía uno de esos personajes estrafalarios y variopintos que tanto abundan por el centro de la capital.
Y lo era. O no.
Apoyado en la parte de atrás de una preciosa BMW, hacía mímica y sonreía; atendía a preguntas de la poca gente que le rodeaba con una sonrisa, quizás un poco forzada, pero con alegría comunicativa; en algunos momentos hacía exagerados movimientos, en otros, mostraba una provocativa quietud. Animado por la amabilidad del público que le rodeaba, sacaba a veces de su cazadora militar un cartel en el que pedía un donativo para seguir camino.
Luego, este viajero insatisfecho se fijó en el ‘ruteado’ mapa, convertido en objeto de reclamo, y lo miró con simpatía. 740.000 kilómetros recorridos. 138 países visitados. Diferentes banderas garabateaban simbólicamente su estancia en cualquiera de ellos. Aquel personaje, allí, en reposo aparente, se convertía, a través de esos coloridos distintivos, en viajero pertinaz.
Un cartel en correcto español decía: “Quiero entrar en el libro guinnes de los records por ser el único hombre sordomudo que lleva viajando en moto desde el año 2000 por todos los continentes”.
Ah, bueno. Era sordomudo. Y supuso que bieloruso.
Ahora sí, su mímica y su sonrisa adquirían cierto halo de ternura y comprensión.
Una sonora ausencia en sus recorridos globales: África (excepto un poco de Sudáfrica) ¿Es que no será África un continente apropiado para viajeros sordomudos?.


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22 de mayo de 2011

La cruz de Magallanes

Llegó en barco ya de noche a Cebú City, procedente de Manila (20 horas). Después de un largo descanso se perdió en paseos por las calles cebuanas. La isla de Cebú es una de las grandes islas de Filipinas, situada en el centro de las llamadas Visayas, el principal grupo de islas del archipiélago. Su historia, para los occidentales o europeos, comenzó en marzo de 1521, cuando el marino portugués Fernando de Magallanes, comisionado de la Corona española, desembarcó en la zona con la turbia intención de ‘cristianizar’ a los indígenas, antes de intentar completar la vuelta al mundo.
Y cuentan queeeeee…., Magallanes lo primero que hizo fue plantar la cruz en aquel, entonces, villorrio. Después de casi quinientos años, allí continúa alzada en pleno centro de la ciudad; y si no es la misma, que no lo es, al menos así lo creen los devotos filipinos.
Al cabo de una larga caminata, ya desorientado (suele seguir el consejo de ‘para conocer hay que perderse’), el viajero insatisfecho se sorprendió de aquel recinto, con la cruz en su interior, al observar a varios filipinos arrodillados, rezando con devoción. Muy protegida por una especie de robusto palio o templete, la rodeó y se percató del significado de aquella estilizada madera. Un escueto cartel se encargó de ello.
No conocía la historia.
(Por su altura, le fue difícil retratarla en su integridad).


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16 de mayo de 2011

Encuentro con "Tiburcio y Cogollo"



- "Al comenzar la historia, nuestros héroes, parados forzosos, tomaban el sol junto a las tapias del cementerio.
- Esta vida es una muerte –dijo un día Tiburcio. Hay que irnos por el mundo.
- ¡Andando! – respondió Cogollo.
- Y una mañana primaveral se largaron con un modestísimo bagaje y abundantes ilusiones…".
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Así, viñeta a viñeta, con una sencillez apabullante, con gran imaginación didáctica y espectacular maestría se va construyendo las “Aventuras de Tiburcio y Cogollo”, por Trapiello, su autor
Y aquí comenzó también otra aventura blogger, (¡que maravilla la gente de la blogosfera!). En un reciente ‘post’ dedicado a estos dos protagonistas del cómic antiguo (quizás 'de los sesenta' del siglo pasado), recuperados del recuerdo, en el que pedía pistas sobre esta vieja historieta, otro colega blogger que resultó cercano comentaba: ‘Era don César [Trapiello] un cura ensotanado, como mandaban los cánones, y un poco despistado. Parecía que iba y venía, enfrascado en su mundo. Siempre masticaba las palabras en su boca, mitad socarrón y mitad ensimismado’.
En otra paralela investigación ‘googleiana’ este mochilero leonés aparcó, sin saberlo, en el blog de uno de sus sobrinos: Andrés Martínez Trapiello. Después de varias dudas e intentos, decidió ponerle un comentario. Su rápida respuesta le animó: ‘El tío cura, Cesar Trapiello, la imaginación que dio vida a Tiburcio y Cogollo -decía el sobrino- estaría asombrado de que aún se recuerde aquella aventura de estos dos viajeros […] Conservo aún algún juego (son 5 cuadernillos) y para alguien que es de León, y quiere conservarlo como una joya, tengo uno reservado’.
¡Ya lo tenía!.
No había duda de que lo había conseguido. El resto fue sencillo. Una ‘quedada’ en León, un café y final feliz.
Y el viajero insatisfecho, la mañana antes de la ‘quedada’, ya en su terruño, hablaba nervioso con un amigo de infancia que le dijo ‘¿Vas a quedar con un Trapiello?. ¡Ten cuidado. Están todos locos aunque son buena gente!’. Y el sobrino-blogger del cura Trapiello, cuando se enteró del chascarrillo, se rió y lo hizo suyo.
¡Gracias, Trapiello!. ¡Sois una familia de ‘locos-buena-gente’, a la sombra de aquel ‘cura ensotanado, como mandaban los cánones, y un poco despistado’.
¡Gracias, Andrés!.




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8 de mayo de 2011

Conoció 'casi' al americano

Hace unos días leía a Manu Leguineche (¡qué grande!). Contaba en su libro una de sus anécdotas, recuerdos, durante la guerra de Vietnam.
[Hoy, esto va de recuerdos. Ya verá el lector/a o curioso/a cómo al final comprenderá que esto va de recuerdos].
Este apreciado monstruo-periodista escribía: “En una de las desembocaduras del río Mekong en My Tho, en una de las islas, vivía el monje del cocotero […] Hacía muchos años que el monje se alimentaba sólo de cocos. Su isla era refugio de niños mestizos, hijos de soldados norteamericanos y chicas vietnamitas”.
Su historia -la de Manu- detallaba éste y otros derroteros del monje y los niños mestizos. Al viajero insatisfecho le valió para recordar -también- a aquella veterana mujer vietnamita que le contó en dos o tres charlas en la terraza de un bar, en la ciudad de Nha Trang, que su amor americano se había ido hace años, la había dejado con un pequeño y no había vuelto a saber más. Ese hijo vivía, entonces, en un lejano pueblo de la desembocadura del río Mekong.
Cogió cariño a aquella mujer en las dos o tres noches que platicó su spanglish con ella. De regreso a España (Tay-ban-nha, en vietnamita) mantuvo unos meses vivo el encuentro con un repetido carteo. Ante las inmerecidas e insistentes insinuaciones en las cartas de la ya veterana vietnamita, este mochilero le contestó, en elemental inglés (no pretendía ser borde y agrio), que ‘así como el aceite y el agua no se mezclaban tampoco había lugar a más mixturas’.
No volvió a saber de ella.
¿Iba de recuerdos, o no?.


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P.D.: La fotografía está tomada en la desembocadura del río Mekong.


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2 de mayo de 2011

Vida gambiana

Puaff!, qué pedazo placer era pasear por aquella playa, desbordada de vida africana. Se veía el fragor del movimiento y el reposo sin fin. Todo mezclado como es lo africano. Era calor, sudor y fría violencia. Era pasión, sentadas sin fin y excitación repentina. Allí, con el sol a punto de caer sobre el mar, había movimiento, quietud, mercadeo, trabajo; ilusión por salir adelante, conversación, pasión por sobrevivir y, todo junto, era un grito.
Olía a pescado como huelen los peces al salir del mar pero más a pescado putrefacto y desperdicios consumidos por el sol; a pescado secado a fuego lento en los cercanos secaderos. Olía a todo eso y al África del mar.
Y a cayuco.
Llegaron a media tarde, intrigados por ver arribar a los pesqueros, a la caída del sol, a la playa de Brufut (Gambia). Era una manera de tomarle el pulso al pueblo gambiano, de conocer su estado general. En África, ese pulso se muestra en los mercados, en los puestos callejeros, en las estaciones de autobuses y, como en Brufut (ver fotografía), también en las playas.
La marea, de la que depende el loco ritmo pesquero, era propicia aquel día. Se oía a los buitres negros carroñeros y oscuras gaviotas graznar ante el abundante futuro festín de despojos. Sólo era cuestión de esperar, aunque algún atrevido carroñero ya había tomado sitio y saltaba entre corrillos de mirones, o no tan mirones.
El instante no desilusionó al viajero insatisfecho y aquella arena se convirtió frenética en una auténtica lonja costera.

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24 de abril de 2011

El 'quijote' de Playa el Toro



La playa el Toro, en Pedasí (Panamá), merecía una visita tranquila, reposada, matinal y sin prisas. Tenía unos dos kilómetros de costa con arena amarillo/parda y completamente rodeada por una loma baja, casi sin vegetación.
Llegó hasta ella una mañana de enero, con el sol fuerte pegando en su ya brillante cráneo y escasa cabellera. Allí encontró, después de caminar una larga media hora desde el pueblo, un simpático personaje. Panameño, bohemio asentado, defensor y conocedor del lugar, con movimientos propios de propietario que imprimía a la extensa y solitaria playa un halo de seguridad. Sin palmeras, tenía ésta algunos incipientes árboles panamá que daban ligera sombra. Bajo uno de estos, y algún que otro despistado matorral, tenía su precaria residencia Arturo Cabezas, el ‘quijote’ de Playa el Toro, llena de bártulos, trajes de baño olvidados, flotadores, sacos de dormir colgados, chanclas usadas, cachivaches, trozos de redes de pesca en las ramas, fósiles, ‘achiperres’, neveras de plástico, colchonetas, cuchillos, platos de aluminio, leña a medio quemar, restos de comida reciente, y no tanto,….
Hablar con él era un verdadero gusto, tenía esa sabiduría bohemia, temple de extemporáneo hippie y simpatía de personaje feliz. Ofrecía la morada en la arena como propia (y propia era, hasta que algún complejo turístico, ya en ciernes, le rompa su encanto) y compartía sus enseres con calor y amistad. Pasó este viajero insatisfecho parte de la mañana tirado en su modesta hamaca, escuchando más que hablando de la vida en general. Fue su amigo temporal (junto con dos rapaces que se dedicaban a pescar, y una pareja -habitual, decían-) y disfrutó de su filosofía vital como si fuera un bohemio más.

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14 de abril de 2011

La venganza del siervo ambulante

Chandni Chowk, en Old Delhi

Al viajero insatisfecho le produce cierta alegría que los más pobres entre los pobres se puedan vengar de los más ricos o también modernos, sean ejecutivos (o no), turistas o sabuesos de la Bolsa.
Cuando visitó alguna de esas ciudades/malditas (y hay muchas en el ancho Globo) donde la gente mísera/pobre alcanza cotas extremas, ciertas imágenes tristes le produjeron un hálito de alegría. Siempre tuvo este mochilero la sensación de que esas calles estrechas de Old Delhi (India), donde los perros flacos dormían su siesta permanente, y esas avenidas viejas y atestadas del Chandni Chowk (ver fotografía) estaban ahí para escarnio del alto y rico empresario burgués.
Ahí era donde los pobres no reprimían su venganza.
La sobreabundancia de bicicletas, mototaxis, rickshaws (taxis-bicicleta), carros desvencijados tirados por ‘parias’, vacas sagradas tumbadas en la calzada, peatones cargados de fardos y bultos convertían esa vía bacheada y polvorienta, llena de desperdicios y olores, en un martirio para el que viajaba en limusina y era sometido a ritmo de la ajetreada vida capitalina. El hombre que leía sentado cómodamente el periódico matinal en su parte trasera tenía que esperar inevitablemente, entre otras cosas, a que la vaca sagrada decidiera, después de sonoros pitidos, levantarse y caminar lento para cambiar su lugar de sesteo. Tampoco la camioneta de reparto de ordenadores, símbolos de modernidad, o quién sabe qué otro artículo de última tecnología, iba más deprisa que el hombre que cargaba en su rickshaw siete voluminosos fardos de retales y desperdicios de un taller textil.
El rico y la moderna tecnología caminaban detrás, y a ritmo del siervo ambulante.

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6 de abril de 2011

El "nuevo Guggenheim" de Panamá

Para proteger del intenso oleaje la salida del Canal de Panamá al Pacífico y aprovechando el material terrero y rocoso sobrante de la excavación del Corte Culebra, los americanos se inventaron entonces (a primeros del siglo XX), al construirlo, un sólido dique que además sirvió para unir tres pequeñas islas (Naos, Flamenco y Perico) al continente, constituyendo así una artificial y rectilínea península, lengua de tierra en el mar, apodada Calzada de Amador. Convertida por los panameños en lugar de paseo, desde ella uno tenía unas espléndidas vistas de los rascacielos de la ciudad y del ‘puente de las Américas’. Ahí, precisamente ahí, en esta popular calzada, se estaba levantando lo que este viajero insatisfecho se atrevió a llamar, según lo vio, el ‘nuevo Guggenheim’. Se podría decir lo mismo de su esqueleto (era lo que había en aquel instante) que lo que decía la página web del Guggenheim Bilbao consultada: “obra del arquitecto americano Frank O. Gehry, constituye un magnífico ejemplo de la arquitectura más vanguardista del siglo XX [XXI, en este caso]. El edificio [esqueleto] representa en sí un hito arquitectónico por su diseño innovador y conforma un seductor telón de fondo para la exhibición” de la biodiversidad del planeta.Se llamará Biomuseo o Museo de la Biodiversidad.Y parece mentira que después de todo lo que criticó y despotricó, el que esto suscribe, de los numerosos rascacielos que siguen aún elevándose en Panamá City, traiga a esta ventana, y reseñe admirado, la estructura y obras de este edificio singular.Aunque precisamente por eso es, por ser singular.

Museo de la Biodiversidad (en construcción), de Frank O Gehry




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30 de marzo de 2011

Pan o steel-pan

La música predominante en Trinidad y Tobago era el pan o steel-pan, música de tambores de acero, que era lo que significaba, y si se organizaban en una banda, steel-band. Música de las islas mamada por el pueblo al regazo de las muchas escuelas que entonces existían.

Un tratamiento previo, artesano, para armonizar diferentes formas, y por tanto sonidos, hacía que unos bidones de petróleo se convirtieran en utensilios musicales. Excepto los trinitarios, no había otro pueblo que hubiera evolucionado su música hacía aquellos particulares instrumentos y timbres. Sonidos metálicos que unidos convertían sus percusiones en una melodía metálica y cristalina.

Se creía -eso decían en la escuela a la que el viajero insatisfecho asistía de oyente muchas noches- que su mayor esplendor fue durante la Segunda Guerra Mundial. La construcción minuciosa de los tambores y el desarrollo popular de técnicas propias para que esos barriles vacíos produjeran bellas melodías, fueron parejos.

En aquellas jornadas trinitarias sería práctica corriente oír aquellos sonidos al caer la noche en los alrededores de las muchas escuelas de pan, en el centro de Port of Spain (su capital). También el Emancipation Day fue un barullo de steel-pan y color.

Un cigarrillo de ‘Habanos’, una cerveza bajo la luna, el calor caribeño y el son de las steel-band sería uno de los placeres y rutinas habituales en las largas noches de Trinidad y Tobago.

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21 de marzo de 2011

Yaviza inundada

-Nueva y futura ubicación del poblado emberá-

Cuando llegó aquel día a Yaviza (Panamá), punto final de la carretera panamericana y comienzo del verdadero Darién, sus gentes acababan de salir de una inundación que les había durado casi un mes.
- 'El 8 de diciembre comenzaron a subir las aguas', dijo la mujer sentada a la entrada de su casa de madera [entonces, era 27 de enero y aún se veían sus efectos].
En aquella población confluían tres o cuatro ríos que padecieron los efectos del cambio climático (¿Qué no?. El tiempo lo dirá) y los yaviceños(?) sufrieron las consecuencias. Toda la ciudad fue evacuada.
Más allá -más hacia la frontera con Colombia- a los poblados existentes, casi todos emberá (etnia predominante en la zona), se accedía en barca/piragua/panga o, a los más cercanos, por angostas trochas llenas de maleza.
Y en una piragua, por el río Chucunaque, se acercó este mochilero a visitar dos poblados emberás que habían sufrido, como no, las bestiales inundaciones. Remontando el río aparecían de manera intermitente pequeños caimanes, tortugas acuáticas, lagartos, perezosos, garcillas y otros animales.
Encontró a aquellas gentes reubicando el poblado y sus pertenencias. El ‘Consejo’ del pueblo de Peña Bijagual había decidido situar sus casas de madera en una pequeña elevación, más alejadas del río. Se afanaban, aquellos días, en el corte de maleza y árboles para convertir aquel asentamiento en digna residencia. Temporalmente, contaban con tiendas de campaña, donadas por los americanos.
- 'Con los ‘gringos’ fuera del país ¿cómo es que siguen enviando ayuda a esos apartados poblados?', preguntó al regreso el mochilero a la dueña del hotel de Yaviza; tímida, siempre con la cabeza gacha, casi a la altura de sus exprimidos pechos.
- 'Pero si están por todos los lados', le contestó la señora sin levantar la mirada.
La frase, tan bien traída, la había oído el viajero insatisfecho en otro contexto.
No sabe dónde.



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12 de marzo de 2011

La isla de las estrellas

En el archipiélago de San Blas (Panamá) había cientos de islas, algunas habitadas, otras no. Una mañana, este mochilero y otros más, que el camino puso delante, organizaron una comunitaria visita a varias de ellas. Todas ellas, territorio kuna.
Desde que fuera declarada la zona Kuna Yala, con el actual estatus de comarca indígena, es prácticamente una nación independiente dentro del país (para entrar controlaban el pasaporte aunque sin añadir ningún tipo de sello en él). Los kunas viven de los recursos naturales de las islas, de la venta de cocos, de la venta de marisco y, más recientemente con el turismo, de la venta de artesanía.
- ¡Visitemos la ‘Isla de las estrellas’!, dijo el kuna que guiaba al grupo en su lancha.
Deshabitada; solitaria; con visibles efectos de fuerte brisa en sus enmarañadas ramas; naturaleza virgen,…, todo un compendio de vida en aquel diminuto paraje/isla plagado de belleza.
A escasos metros de la orilla, en plena playa de arena blanca y salvaje, se veía a escasa profundidad multitud de pequeñas estrellas.
Y, entonces, aquella guapa alemana/colombiana -que se decía alemana pero que hablaba un español mezclado de sonoridades colombianas- con cierta inocencia y ternura, no exenta de rabiosa sensualidad, se quitó sus telas de arriba y, con gracia y amplia sonrisa, mostró a todos (‘Que no me vea el ‘kuna’, dijo) la belleza de dos estrellas estratégicamente colocadas, fuera de su habitual fondo marino.
Una de ellas murió.
Pero........ ¿quién hubiera podido resistir aquel discreto arrullo?
¿Lo hubiera hecho el viajero insatisfecho?.

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7 de marzo de 2011

Vecino, el que calla otorga

Este viajero insatisfecho se ha pasado, hace unos días, una semana criticando, despotricando e insultando a los insensatos madereros que destrozan la selva del Darién (Panamá) cuando en su propia casa del barrio de Argüelles, amparados por una comunidad de propietarios/basura, cuatro memos se dedican a las talas ilegales, podas salvajes de tres míseros árboles plantados en el -ya viejo- jardín de la comunidad.
Dale a un memo una motosierra y desmiembra el parque del Retiro en tres mañanas. No hay nada peor que la ignorancia y falsa ‘naturalidad’(?) de un descerebrado para producir los peores males naturales.
¿No producen muchos de los más salvajes incendios las aviesas actitudes de ciertos personajes, o los tontos de pueblo que se ríen eufóricos cuando las llamas les calientan las narices?. ¿No es, a veces, el más borrico de la ribera el que bombardea el río para reventar un banco de peces y sacarles muertos a flote?. ¿No es el más ladino el que rejonea año tras año al toro de la Vega, en Tordesillas?.
En Madrid, en su centro, en el territorio donde anidan una pareja de mirlos, donde la cultura del medioambiente debería ser una forma de vivir, aún quedan personajes extemporáneos que producen daño, sin posibilidades del ‘marcha atrás’.
¡A mamarla!.
¡Así le va a la ‘españa cañí’!.
Este ‘post’ es de viajes, pero de un viaje a lo más oscuro, necio y pestilente de la sociedad madrileña.

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3 de marzo de 2011

Un poco de megalomanía

Todos los mandatarios de las diferentes épocas tienen casi siempre un representante megalómano entre sus correligionarios y coetáneos y, recuérdese, que la megalomanía es un estado psicopatológico, según Wikipedia, “caracterizado por los delirios de grandeza, poder, riqueza u omnipotencia”.
Y esto fue lo que pensó el viajero insatisfecho cuando pisaba la entrada de la mezquita de Hassan II, de Casablanca (Marruecos), que estaba paseando por una explanada imaginada por un megalómano. Construida la mezquita a finales de siglo XX (es decir, hace cuatro días), el rey Hassan II eligió el lugar (la ciudad) para dar relumbrón a una de las poblaciones punteras a nivel económico del país marroquí.
Es la segunda mezquita más grande del mundo, después de La Meca. El exterior era exageradamente amplio, para dar cabida a miles de fieles. Miraba al mar con prepotencia. Las puertas de entrada al templo, talladas en cobre y estaño, y las fachadas, cubiertas de mármol esculpido y pulimentados mosaicos, rompían -con suavidad- la casi molesta claridad de aquel soleado día.
Todo un dispendio.
¡El mundo está loco!.
Al menos, los no-musulmanes podían entrar en su interior, que no siempre estaba permitido. Este mochilero no entró, un ‘pelas-pirata-moro’ (taxista marroquí) le esperaba fuera.
¡Ma'a ElSalama / Adiós!.

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27 de febrero de 2011

Fragmento de "Tren fantasma a la...." (*)

En aquel momento, en las escarpadas laderas de las montañas [norte de Birmania], el tren entraba y salía de túneles. Se cruzaba también con la carretera, por la que avanzaban con pesadez los convoyes de camiones cuyas lonas golpeaban la mercancía.
Pude ver el interior de un camión relleno de paja.
- Sandías. Van para China –dijo Ko Tin [
compañero birmano de compartimiento].
Luego vimos un camión con enormes figuras envueltas.
- Tallas de Buda. Las hacemos muy bien. Los chinos las compran para sus templos.
Ví [
Paul Theroux] más camiones cargados de arroz, tomates, judías, cebollas, plátanos, naranjas, limones, pimientos,…., la pobre y hambrienta Birmania exportaba alimentos a la rica China, como un vasallo que pagase tributo para que China pudiera abandonar sus granjas, construir fábricas en sus arrozales y emplear su tiempo en desarrollar su industria manufacturera y su tecnología”.
……….
(*) Theroux, Paul. Tren fantasma a la Estrella de Oriente. Alfaguara, Barcelona 2008.

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19 de febrero de 2011

El gallo, los 'emberá' y el mochilero

El gallo cantó a las 2 de la mañana; luego, a las 3 y, de nuevo, a las 5, cuando compuso, junto a otros vecinos-colegas, la-melodía-del-despertar. El viajero insatisfecho dormía solitario, bajo un artesano y humilde mosquitero, sin algo parecido a un colchón, cansado, muy cansado, en una de las viviendas/choza de la comunidad emberá. Era un pequeño pueblo en el Darién, con un bonito nombre, Llano bonito.
La actual ubicación en Panamá de los diferentes pueblos indígenas, kunas, wounaan y emberá tiene que ver con la invasión española del siglo XVI y la presión sometida por la tierra. Las luchas y enfrentamientos entre estos tres pueblos que habitaban el Darién, por el azuce de los guerreros españoles, obligaron a los kunas a desplazarse mayoritariamente hacia la vertiente del mar Caribe o Costa Norte: el actual territorio del Kuna Yala. Los emberá continuaron ocupando una amplia zona de la selva del Darién, donde se encuentran actualmente.
Hasta allí, hasta Llano bonito, se acercó un día este leonés en un agotador trayecto a través de una tupida selva plagada de momentos sudorosos y confusos senderos.
Pero a las 6 (y poco), recién amanecido, cuando el gallo le despertó definitivamente, pudo contemplar un paisaje silencioso, bañado por una bruma matinal que le rodeó mientras estiraba sus entumecidos músculos. Al fondo, unas viviendas despertando al nuevo día y la escuela blanquiazul, único edificio construido de moderno material, que sus gentes tuvieron que transportar -hace apenas 8 años- a lomos de caballo, desde el lejano poblado de Quintín.
Y sus casas….
Y sus rapaces…., con sus pintadas.

¡No era un juego de niños. Era pura cultura 'emberá'!.

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12 de febrero de 2011

El brujo de Borinquén

Casa de Los Santos, donde se firmó el acta de independencia
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La villa de Los Santos (Panamá) fue la primera población en que se gritó la independencia panameña de los españoles en 1821. Allí se redactó una carta para Simón Bolivar en la que la población se sumaba a su lucha contra la colonia, según el libro-guía-viajero.
La revuelta fue encabezada por un personaje, posiblemente legendario (no existen pruebas de su existencia), llamado Rufina Alfaro, que se convirtió en la heroína simbólica de la independencia panameña. Esta mujer sedujo a un mando militar y obtuvo la información necesaria para que el pueblo pudiera tomar el cuartel.
¡Tenía que visitar esta villa y acercarse en el espacio a los hechos!, se dijo. 

Y lo hizo.
Cuando este mochilero salía de su casco viejo, donde por supuesto se encontraba la inevitable iglesia (de San Atanasio, en este caso), un maduro ciclista se le acercó dando tumbos con su vieja y destartalada bicicleta. Al cruzarse ambos, le gritó fuerte, rotundo y claro ¡¡El brujo de Borinquén!!.
El grito derivó, cuando llegó al hotel, en una inmediata investigación. Para ello, Internet es una gran fuente de datos, a veces, fiable; otras, no tanto y, las más, desprestigiada.
Ismael Rivera, conocido y exitoso cantante portorriqueño, fue apodado así. Estuvo a punto de retirarse de la canción debido a las drogas, pero su devoción por el Cristo Negro, ubicado en la iglesia de San Felipe de Portobelo (Panamá), obró el milagro y, la marcada y antigua influencia sobre el artista, motivó que aquel dejara las drogas.
El viajero insatisfecho miraba la fotografía del cantante en la web y alternaba, repetidamente, con el espejo donde aparecía su rostro [el del viajero] desmelenado y barbudo. Confuso se preguntaba “¿por qué ese hijo-e-puta de ciclista panameño me habrá gritado ¡¡El brujo de Borinquén!!, si más bien parezco El Bin Laden del Darién(*)?”.

Ismael Rivera
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(*) Darién: Región selvática panameña que hace frontera con Colombia.
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3 de febrero de 2011

En ruta al poblado indígena-emberá / Panamá

Hace tres días, el viajero insatisfecho se internó, acompañado de un guía local, en la selva del Darién, que cierra el paso entre Panamá y Colombia, en busca de los indígenas emberá. Habrá cosas que le atraen más que la selva y los manglares, pero éstas, ambas, ‘le ponen’ de verdad.
El comienzo, realmente fácil. Pertrechado de sus botas de goma (alquiladas y usadas, quizás, por miles de ‘mequetrefes’ antes que él) se internaron en el húmedo y cálido ambiente selvático. En principio, una apacible senda -en la que se cruzaban ramas, troncos caídos y maleza- les adentraba suavemente en la espesura, pero al cabo de un buen rato el cansancio, calor y la humedad se convirtieron en agobiantes. Poco a poco el sendero empezó a hacerse más difuso, oculto entre las hojas y ramaje que entorpecían el camino. La huella, antes visible y clara, zigzagueaba perdida y el peso de la mochila (la azul, no, la otra) multiplicaba ‘el precio’ de la caminata y comenzaba a martirizar la columna [Esa débil columna del mochilero, machacada y herida desde hace años por algún que otro inconveniente altruista].
Las pequeñas pisadas del guía-emberá en el barro, entre un largo y ciego paredón de hojas verdes, se escondían a ratos y volvían a aparecer más allá, cuando comenzaba el temor y las daba por perdidas. Un murallón de rocas verdes, casi imperceptibles, les exigía una peregrinación tan lenta como cargada de desánimo.
La selva atrae y fascina pero agota en similares proporciones.
Creedle.


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27 de enero de 2011

Las cutarras y.... / Panamá



Historias, o leyendas, o cosas simpáticas tienen casi todas las localidades, en este caso, Las Tablas, pequeña ciudad de la península de Azuero (Panamá). Algunas de ellas aparecen en los libros-guía otras es necesario cazarlas al vuelo:
La Santa Librada. Patrona de la localidad, que, por supuesto, tiene una iglesia en su honor. No se sabe a ciencia cierta la antigüedad del edificio pero parece que empezó a construirse en 1679, según el libro-guía. Cuando la visitó, una novia cruzaba el pórtico de entrada con cara feliz, aunque entre allegados silenciosos. Parecía que sus amigos -el viajero insatisfecho no se fijó mucho en ellos- y amigas -casi todas ellas guapas y de pechos saltones y 'canalillos' resultones (¡perdón!)- acompañaran a un finado.
Belisario Porras. Personaje mítico en la ciudad, con estatuas, paseo, museo y escuela dedicados. Presidente durante la apertura del canal interoceánico, fue mandatario tres veces de la República de Panamá y murió, precisamente, en Las Tablas,…… .……
............ y las cutarras. Especie de sandalias, normalmente de cuero de vaca, que los propios tableños fabrican con esmero y diseño desde hace siglos. Es el calzado tradicional que les define y del que se sienten orgullosos. El personaje que le relató la historia, delante de una ‘Balboa’ (buenísima cerveza local), se mostraba eufórico con su pasión artesana, que se le mostraba únicamente en el arte de las cutarras (bueno, también, en el arte de beber cerveza). Los tableños, cada uno de ellos, son verdaderos ‘manitas’ en esta ancestral tarea.
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21 de enero de 2011

Una mañana con los 'ngöbe-buglé' / Panamá


Una familia ngöbe-buglé (madre e hijas), en isla Cristóbal
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En Bocas del Toro (Panamá) sacrificó gustosamente un día de playa (este leonés siempre, siempre los sacrifica) para embarcarse en un bote y visitar una comunidad ngöbe-buglé, etnia indígena panameña, en la isla Cristóbal.
Era una comunidad que tenía aproximadamente 800 personas. La mayoría de los que viven allí se dedican a la pesca artesanal y a la agricultura tradicional. Siembran productos como yuca, plátanos, otoe y nampi. Hay oportunidades económicas que incluyen la venta de langosta, la construcción, corte de madera y, en algunos casos, trabajo para los extranjeros que viven en la zona.
Allí, este viajero insatisfecho parloteó con un joven que pescaba langostas en inmersiones a pulmón libre. Le contó, con una inestimable naturalidad, que aquel día no trabajaba porque era su cumpleaños (¡Felicidades!) pero que había días que capturaba hasta 8 o 10 libras de langosta. Se lo pagaban a 5 balboas/dólares la libra.
Un sueldito.

En aquella comunidad vestían indumentaria europea (¿vale el calificativo?) pero, luego, en el devenir del camino/viaje encontró varias mujeres vestidas ngöbe-buglé.
Una mujer ngöbe-buglé, con traje tradicional
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16 de enero de 2011

'Un paraíso' / Panamá

Indio kuna, con la camiseta del Barcelona.

"Un paraíso”, le dijo al mochilero un veinteañero indio, melenudo (con ese pelo negro y lacio que caracteriza a los indios precolombinos), guapo, sonriente y agradable, mientras le repasaba, suavizaba y acariciaba las carnes a una joven canadiense. “Un paraíso”, repitieron al unísono. Componían una pareja simpática.
Y utilizaron el término “paraíso” para referirse a las islas de San Blas (Panamá). Eso le animó al viajero insatisfecho en la decisión de embarcarse en el trayecto de conocer el archipiélago. Más tarde pensó que el “paraíso” era el que habían alcanzado ambos jóvenes después -seguro- de unos tragos, y quién sabe qué más, a muy altas horas de la madrugada; casi amaneciendo en Panamá City.
El trayecto en barca a la zona, un suicidio, por la nueva vía abierta, después de que las lluvias torrenciales y corrimientos de tierra cerraran el ya clásico camino de acceso hacia el pequeño embarcadero. Con la mar picada y embravecida, un pequeño bote para pasear turistas, no parecía la mejor manera de atravesar una zona de mar abierta y denso oleaje, donde el Atlántico pegaba fuerte, cabreado e inconsciente.
El archipiélago San Blas como protegido por los dioses del Olympo (y del oleaje maldito, claro) era un remanso de paz. Ya en su interior, encuentre donde se encuentre el viajero, siempre tendrá varias islas a la vista. Atomizadas islas (365 dice el libro-guía), auténticos palmerales, 'paraíso' de mochileros y, lo principal, hogar de los kunas, uno de los pueblos originarios de Centroamérica que mantiene aún su identidad y sus seculares tradiciones.
Cada kuna o familia, propietario de su isla, organiza su vida rodeado de agua-sin-fin.
Toda una delicia.

6 de enero de 2011

El istmo de Panamá


Yo tomé el istmo, comencé el canal y luego dejé que el Congreso debatiera, no sobre el canal sino sobre mí” (Theodore Roosevelt, Presidente de Estados Unidos).
¡Válgame dios!. Tamaña prepotencia sólo fue posible gracias a la capacidad ‘pisoteadora’ de un pueblo -y sus líderes- que siempre se dijo demócrata pero que, en realidad, practicó a diestra y siniestra un deleznable imperialismo.
Panamá fue, y es, el típico ejemplo de cómo se puede construir un país (anteriormente era una provincia colombiana) desde los despachos de una camarilla de políticos depravados y, otra más, de abogados insolentes y avariciosos. Después de robar el territorio a Colombia -provocado en parte por los tejemanejes del presidente colombiano Marroquín- contando con la traición de un, sin duda, resentido general colombiano (General Esteban Huertas), comenzaba o, mejor, continuaba el cabildeo en el Congreso de Estados Unidos para la compra de voluntades. Y si en todo aquel despropósito hubo un ‘perro-traidor’ sin parangón ese fue el francés Philippe Bunau-Varilla (*).
Se declaraba la independencia de Panamá (1903), tras una mini-revolución incruenta.
Se ponía el dinero en la mesa y se comenzaba a construir el canal interoceánico (en principio previsto por los estadounidenses por la ruta Nicaragua) después de haber fracasado en esta región colombiana un anterior intento francés del ingeniero De Lesseps, constructor del canal de Suez.
¡En marcha el atropello!.
[En esta entrada se critican las formas y resultados políticos no tanto los técnicos].
¡En marcha el viaje! ¿Alguna sugerencia?.
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(*) Fuente: Díaz Espino, Ovidio. El país creado por Wall Street. Ediciones Destino. Barcelona, 2004.


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30 de diciembre de 2010

No merecía mucho la pena visitar en Ghana

Esta claro que cuando el hombre trata de mezclar (‘contrastar’, para algunos) lo artificial con la naturaleza, ‘la jode’.
Piense el lector cuando las máquinas entran en la ladera de una montaña, o en los aledaños de un bosque, el imponente destrozo que preparan.
Piense el curioso los descerebrados efectos urbanísticos en las inmediaciones de playas naturales.
Piense el blogger en las populares ‘tirolinas’ de alguna zona peninsular, alrededor de las que siempre surge un hotel “imbricado con el entorno” para que cuatro-memos se diviertan destrozando la naturaleza.
Piense el lector……
Eso en lo que pensó este viajero insatisfecho cuando visitó el Kakum National Park. ‘Lo vendían’ (publicitaban) como una selva originaria, con posibilidades de avistar algún animal salvaje. ¡Nada de eso!. No era eso. No era nada. La parte accesible era, simplemente, un lugar para que los cuatro turistas jubilados (escasos) que visitan las playas de Ghana tuvieran algo diferente y cercano con lo que pasar la mañana.
Un paseo por los puentes colgantes (a 30 o 40 metros de altura) sobre la enmarañada arboleda de un bosque ecuatorial africano para insuflar aire natural y escuchar el ruido del silencio, y algún que otro grito histérico del pelele de turno.
No merecía mucho la pena.
Valía más pasear por cualquier camino rural saludando y recibiendo simpatías de la gente local.

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25 de diciembre de 2010

El viajero insatisfecho se adelantó

Los 'etarras' refugiados en Venezuela y, según algunas fuentes, amparados por el ‘genuino Chavez’, han ocupado estos días pasados algunas crónicas periodísticas. Éstas daban cuenta del paradero de alguno de estos 'etarras', descubierto después de arduas investigaciones periodísticas ¡ja! en la zona de Güiria, península de Paria, ciudad muy cercana a Trinidad y Tobago.
Allí les descubrió en 2004 el viajero insatisfecho que adelantó así la primicia, aunque nunca estará seguro de tal hallazgo. Al leer estos días la noticia en los diarios, recordó el 'post' que publicó en 2007 [pulsar] con el supuesto paradero.
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19 de diciembre de 2010

Encuentro con los tarsiers

En los viajes hay cosas curiosas, nada impresionantes, minucias naturales o migajas de vida. Son esos minúsculos granos-de-mijo que juntos podrían formar una hemina (medida de capacidad agraria en León). Hoy, este leonés va a mostrar un diminuto primate, quizás conocido por todos, pero auténtica joya antropológica y, últimamente, siempre en peligro de extinción.
Los tarsiers son pequeños primates (los más pequeños del mundo, según algunos expertos), de hábitos nocturnos (parecidos a los famosos gremlims) y herbívoros pero, también, cazadores de insectos. Sus pies han alargado extremadamente los huesos del tarso, de ahí su nombre. Habitan en Filipinas, en las islas del sur; concretamente, en Bohol.
Allí estuvo este viajero insatisfecho con la casi exclusiva intención de visitar las ‘Chocolate Hills/Colinas de chocolate’, pero sin dejar de lado otras menudencias, no menos importantes.
Aquel santuario de tarsiers (sistema de conservación que el mochilero siempre critica) estaba muy cerca de la ciudad de Tagbilarán, capital de Bohol. Un mísero y minúsculo espacio al lado de un pequeño río lo definían los lugareños como santuario. Cobraban una pequeña entrada que casi imponía la obligación de añadir una propina.
Se produjo un inicial desencuentro entre el tarsier y el viajero. La discreción producida por el desconocimiento mutuo fue incrementada por la timidez del animal; aunque al final, tras el normal tira y afloja de argumentos dispares entre ‘el bello y la bestia’ (¿quién es quién?), se labró el acercamiento [ver fotografía].

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15 de diciembre de 2010

Gerald Durrell

Hay veces que el viajero insatisfecho no se resiste a traer a su ventana/blogger algo recientemente leído o, tal vez, en lo que se paró a pensar por algún hecho voluntario o involuntario, visto u oído.
“Cuando no tengas nada que decir, el silencio es una buena opción”, y al preferir el silencio, deja para el lector unas frases de Gerald Durrell, recogidas de su libro ‘Rescate en Madagascar’, que fueron, son y serán una llana reflexión sobre el poder humano, y sus consecuencias, cuando manipula la acción natural de la naturaleza:

• “Resulta curioso y lamentable que los constructores chinos de carreteras [otra vez, los chinos; siempre los chinos] hayan enseñado a los malgaches a comer serpientes, peculiaridad culinaria de la que no disfrutaban antes. Naturalmente, la pérdida de esas constrictoras inocuas significará una explosión de la población de roedores, lo cual a su vez hará que aumenten las pérdidas de la cosecha de arroz [alimento básico en Madagascar]. Sin embargo nadie se preocupa tanto del futuro, en términos biológicos, y ése es uno de los motivos de que la humanidad se halle en una situación tan terrible”.
De una sencillez y claridad a-pa-bu-llan-te.
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Nota.- Lo escrito entre corchetes es también aportación del mochilero.
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8 de diciembre de 2010

Fuerte Rojo, Yamuna y Taj Mahal

En la ciudad de Agra (India), el Fuerte Rojo fue la visita inicial y, desde luego, imprescindible; muy unida la historia de éste al también imprescindible Taj Mahal. Fue en este fuerte donde se recluyó Sha Jahan tras la muerte de su amada esposa, Mumtaz Mahal, y también fue donde este rey pasó -cuentan- sus últimos años mirando triste, desde sus ventanas, el definitivo reposo de su mujer al lado del río Yamuna. Según fantasea la leyenda, desde todas sus ventanas se podía admirar el Taj Mahal a lo lejos. Y, efectivamente, así era, desde todas las aberturas, almenas, balcones y ventanas que daban al río se contemplaba el famoso mausoleo. Este mochilero, como el Sha Jahan, observó desde allí por primera vez aquel prodigio arquitectónico. Y fue desde allí, desde donde le vio brillar como perla oriental, apareado por los destellos/reflejos del río Yamuna. En aquella época -el viajero insatisfecho lo guarda en su mente- entre las piedras rojas de aquel mastodóntico fuerte (rojo) brotaba salvaje la verde maleza que los desheredados/parias hindúes trataban de limpiar a golpe de zoleta.
El resto no rojo, era también verde.
El verde frondoso de los bajos del ancho foso.

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1 de diciembre de 2010

Tiburcio y Cogollo

Hay algo misterioso en los termiteros de las sabanas africanas. Sin duda podrían tener otros calificativos pero este leonés siempre les ha encontrado oscuros, enigmáticos, impenetrables y sospechosos.
Cuando les ve (y van muchas veces), el pensamiento es recurrente, se acuerda de sus primeras lecturas/aventuras infantiles de la mano de Tiburcio y Cogollo.
¿Qué tiene que ver?.
Si, eran dos personajes -de cuento infantil, claro- que se embarcaban en una aventura por el mundo después de una reunión al cobijo de las tapias de un viejo cementerio. Y sí tiene que ver con los termiteros pues en una de sus múltiples peripecias, una de las más recordadas, se internaban en uno de ellos, gigantesco y misterioso -¡bendita imaginación!- donde problemas y peligros acechaban.
También descendieron por un volcán apagado para luego emerger por una estrecha e inactiva fumarola. Otro monumento de la naturaleza no menos recóndito y misterioso.
El libreto de las “Aventuras de Tiburcio y Cogollo” era el hermano pobre de “El Capitán Trueno” y “Tarzán”. Nada que ver con el éxito, más tarde, de “Asterix y Obelix”, ni con el ‘boom’ infantil de “Jabato”.
Por cierto, este viajero insatisfecho lanza una pregunta al aire:
¿Alguien tiene pistas de esta antigua ‘joya-pobre’ de las historietas?.
Agradecería cualquier apunte o dato.



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