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6 de abril de 2023

Las “4.000 islas” del río Mekong


Don Khon, desde el puente francés

La zona de las “4.000 islas” era una región situada al sur de Laos, haciendo frontera natural con Camboya. El rio Mekong, con su particular color marrón, discurría sorteando multitud de islas de las cuales las más grandes eran Don Det y Don Khon. Según referencias, parecía ser que la mejor de las islas para descansar unos días era Don Det. Allí decidió ir, aunque luego se daría cuenta de que cualquiera de las dos hubiera sido una buena decisión. Para alcanzar la pequeña isla, en el centro del río, el minibús desde Pakse le dejaría en Nakassong, a orillas del río. Desde allí, en unos minutos, un pequeño bote le acercaría a su destino.

Don Det y Don Khon eran, sin duda, un destino de turismo de mochila. Un turismo que, como despedida de Laos antes de salir por el sur hacia Camboya, buscaba un lugar tranquilo de relax, al sonido de las aguas del río Mekong y los silencios de los campos de arroz. Porque ambas islas eran eso: paseos en barca, caminatas entre arrozales y trayectos en bicicleta por caminos de tierra y piedras.

El viajero insatisfecho se adaptó al ambiente de inmediato. Nada más llegar. Alquiló un pequeño hotel, algo más caro de lo habitual, pero teniendo en cuenta que era zona turística lo tomó como plus impuesto y, después de una ducha, se dispuso a inspeccionar aquel conjunto de callejuelas, con hoteles o guesthouse, y casas de pescadores y de dueños de arrozales. Había muchas tiendas de alquiler de bicicletas, puestos de venta de regalos, bares y pequeños restaurantes, algunos de ellos con terrazas sobre pilotes con vistas al río. Los carteles anunciaban: Mekong river tours, Money exchange, Rental bikes, shop,…de todo. Y todo para el disfrute de mochileros, también para las gentes de paquetes turísticos. Un par de perros peleaba a la entrada de un bar y varios gatos observaban el juego, entre vigilantes y curiosos. Las aguas circulaban mansas, silenciosas como un desfile fúnebre, por los laterales de la pequeña isla. Con buenas sensaciones, se retiró a su habitación.


Mujeres recolectando arroz

A la mañana siguiente, alquilaría una bici para recorrer los arrozales de la isla y se acercaría a Don Khon para lo que era preciso cruzar el llamado puente francés, aún entero y útil para el trasiego e intercambio entre islas. Don Khon tenía una carretera central recientemente asfaltada y llana lo que posibilitaba un reposado pedaleo. Visitó las cataratas Somphamit, donde el rio Mekong generaba pequeños, pero ruidosos saltos, debido al terreno rocoso por el que atravesaba. Los sonidos que saltaban al aire cuando el agua y la espuma rompían con las rocas, atronaban. En aquellos momentos, dos jóvenes locales en la misma orilla de la corriente envenenada colocaban redes o algún artilugio que desde donde estaba no conseguía distinguir. ¡Eran dos reyes de las aguas feroces del Mekong! 

También, pedaleó sin mucho esfuerzo hasta el extremo sur de la isla donde se ubicaba un antiguo puerto fluvial francés. El agua de un coco le sirvió allí de líquido revitalizador.

Otro día, andando, disfrutaría más de las orillas y de las aguas del mítico río de la Indochina colonial.


Cataratas Somphamit, en el río Mekong

Copyright © By Blas F.Tomé 2023 

8 de mayo de 2011

Conoció 'casi' al americano

Hace unos días leía a Manu Leguineche (¡qué grande!). Contaba en su libro una de sus anécdotas, recuerdos, durante la guerra de Vietnam.
[Hoy, esto va de recuerdos. Ya verá el lector/a o curioso/a cómo al final comprenderá que esto va de recuerdos].
Este apreciado monstruo-periodista escribía: “En una de las desembocaduras del río Mekong en My Tho, en una de las islas, vivía el monje del cocotero […] Hacía muchos años que el monje se alimentaba sólo de cocos. Su isla era refugio de niños mestizos, hijos de soldados norteamericanos y chicas vietnamitas”.
Su historia -la de Manu- detallaba éste y otros derroteros del monje y los niños mestizos. Al viajero insatisfecho le valió para recordar -también- a aquella veterana mujer vietnamita que le contó en dos o tres charlas en la terraza de un bar, en la ciudad de Nha Trang, que su amor americano se había ido hace años, la había dejado con un pequeño y no había vuelto a saber más. Ese hijo vivía, entonces, en un lejano pueblo de la desembocadura del río Mekong.
Cogió cariño a aquella mujer en las dos o tres noches que platicó su spanglish con ella. De regreso a España (Tay-ban-nha, en vietnamita) mantuvo unos meses vivo el encuentro con un repetido carteo. Ante las inmerecidas e insistentes insinuaciones en las cartas de la ya veterana vietnamita, este mochilero le contestó, en elemental inglés (no pretendía ser borde y agrio), que ‘así como el aceite y el agua no se mezclaban tampoco había lugar a más mixturas’.
No volvió a saber de ella.
¿Iba de recuerdos, o no?.


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P.D.: La fotografía está tomada en la desembocadura del río Mekong.


Copyright © By Blas F.Tomé 2011

29 de septiembre de 2008

El río Mekong


Bello. Impresionante. Húmedo. Salvaje, a veces. Turistas, muchos. Real, quizás primitivo. Fascinante. Todas estas cosas y muchos calificativos más corresponden al río Mekong.
Si hay un río en el mundo que sea en sí mismo agua abundante y riqueza comercial, ese es el río vietnamita por excelencia. Ni el Amazonas, ni el Nilo acaparan ese cauce económico que éste posee.
Vietnam resurgió con él.
Los americanos lo sufrieron. O arrasaban su primigenia fuerza o sucumbían al impacto de sus gentes.
Gentes peleonas, personajes diferentes. Si tuvieran la falsedad de los chinos, la belleza de tailandeses y el furor de los bucaneros malayos serían otra cosa, pero no vietnamitas.
Los vietnamitas son eso, y más.
El río Mekong es eso, y más. Es vegetación, es agua, miles o millones de metros cúbicos de agua. Son riberas, donde pequeñas fábricas artesanales de molinos de arroz, de sombreros vietnamitas, de salsa de pescado, de galletas de arroz, de cachivaches orientales, de papel de arroz (otra vez con el arroz),…., jalonan el camino, ocultas -mucha veces- por la vegetación natural del río.
Mercados flotantes.
El mercado flotante de Cai Rang se encuentra cerca de la ciudad de Cân Tho y es uno de los dos mercados del suroreste de Vietnam. Para ofertar sus productos, el vietnamita-flotante los suspende del poste (beo cây) en la proa del barco.
Muy elemental, aunque no deja de ser original.
En este río todo es elemental pero todo -también- original. Hasta la presencia del viajero insatisfecho en su curso y orillas.

Copyright © By BlasFT 2008