27 de junio de 2014

Un guardia civil en la selva

Por casualidad, bueno, por una casualidad provocada, cayó en manos del viajero insatisfecho el libro “Un guardia civil en la selva”, de Gustau Nerín. Le costó comenzar a leerlo porque no tenía una curiosidad excesiva en conocer hoy en día este fragmento del territorio africano: Guinea Ecuatorial
Pero, ¡qué leches!, ¿y la historia?.
Además, el título no era muy atrayente aunque, una vez leído, pudo ser al menos, cree, oportuno.
Es un libro sensacional, muy apropiado a lo que quería leer y, sin duda, clarificador. En ciertos momentos de la lectura le recordaba los ‘ingeniosos' (¿lamentables?) hechos protagonizados por el Rey Leopoldo de los belgas, en tierras del Congo.
Va a recoger un fragmento que describe las curiosas (¿lamentables?) reacciones de una época [primer cuarto del siglo XX] ante el hecho colonizador:
Al enterarse de que la Guinea Continental ya estaba preparada para la explotación, ciertos grupos de presión españoles fundaron grandes compañías para tratar de apoderarse de todos sus recursos […] Al final, la presidencia del Gobierno desestimó las solicitudes de las grandes compañías, pese a haber sufrido grandes presiones por parte de algunos grupos financieros […].
La conquista del Muni dio lugar a otras iniciativas, algunas eran muy pintorescas (los europeos tenían la fea costumbre de exportar sus ideas más peregrinas a otros continentes). Nuñez de Prado, gobernador general de la colonia, pensó en enviar grupos de gente de las distintas provincias españolas a varios lugares de Guinea y ofrecerles tierras para que las trabajasen con braceros chinos; así, con la ayuda de los culis, en cada zona de Guinea se reproduciría el espíritu de cada provincia española. El superior inmediato del gobernador, el general Jordana, también tenía una propuesta curiosa: distribuir el territorio entre los militares jubilados, tal como lo hacían antaño las legiones romanas. Mientras tanto, algunos claretianos [monjes] proponían la creación de pueblos cristianos dirigidos por misioneros, en los que los conversos fang [la tribu predominante en la zona] vivieran según la moral cristiana y se dedicaran al cultivo del cacao (una especie de paraíso terrenal con vocación chocolatera). El ultraderechista doctor Albiñana proponía colonizar la selva mediante la deportación a la colonia de catalanistas e izquierdistas, entre otros “connacionales que desprestigian a España” [Si Artur Mas hubiera vivido entonces, el doctor Albiñana lo hubiera mandado de colonizador guineano. Seguro].
El propio Primo de Rivera [dictador español de entonces, uno más] se planteó la posibilidad de emplear Guinea como colonia penitenciaria, al igual que Francia hacía con la Guyana”.
Al leer este libro ¡cuánto se acordó del otro gran libro “El fantasma del Rey Leopoldo”, que describe la cruenta colonización del Congo belga!. Por otra parte, muy criticada.
No se debe olvidar que España también puso su ‘grano cruento’ en territorio africano. Este libro lo describe.
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17 de junio de 2014

Un gran río

-El fornido negro protagonista del 'post', acuclillado en la barcaza que cruza el Zambeze-

Era la segunda vez que cruzaba el río Zambeze en una barcaza para personas y vehículos, incluidos los pesados.
La primera vez fue hace años en el viaje por Mozambique, en el trayecto en bus entre Beira y Quelimane. Aquel paso del río ya lo dejó hace tiempo escrito en un breve ‘post’. El paso de ahora, más al norte y más cerca de su nacimiento, era menos espectacular, aun así le han quedado bellos recuerdos de aquella travesía. Viajaba en un minibús desde Seseke, en la frontera con Namibia, a Mongu, en el centro de Zambia. Un transporte de indudable procedencia china pero apodado ‘rosa’ como figuraba escrito en su parte anterior y posterior. ¿Qué hacía el viajero insatisfecho viajando en un minibús chino, apodado ‘rosa’, por un país africano, Zambia, con visibles herencias inglesas (por ejemplo, su idioma)?.
Contradicciones del viaje.
-Autobús de procedencia china, apodado 'rosa', en la barcaza- 

La pasión y la admiración de los zambianos por su río Zambeze se apreciaba en sus comentarios (“¿no has estado en el nacimiento del Zambeze?; vete, es toda una experiencia”, le dijo un veterano profesor local de historia), en sus actos (bebían su sucio agua como si fuera el mejor brebaje local), o en sus silencios (mientras la barcaza atravesaba el río, se mascaba el silencio entre todo el pasaje).
Aquel fornido negro se bajó, como todos los ocupantes, cuando el vehículo comenzó a subir a la barcaza. Ya en mitad del cauce, se acuclilló en el borde y con decisión lavó su cara, cabeza y cuello; bebió, sirviéndose de sus manos, varios sonoros sorbos del líquido elemento, y llenó una botella de plástico que entregó más tarde al conductor del minibús. Éste, no dudó un momento en darse un largo trago.
Es sin duda uno de los grandes ríos africanos. Nace en la frontera entre Congo y Zambia, atraviesa este último país de arriba abajo, recorre luego el norte de Zimbabwe y desemboca en el Océano Índico después de cruzar todo Mozambique.
Es, a veces y en ciertos tramos, frontera natural entre países: Zambia-Namibia, Zambia-Botswana, Zambia-Zimbabwe, y es, históricamente, el río por excelencia del ‘explorador Livingstone’. Forma, de manera natural, las cataratas Victoria y, de manera artificial, el lago Kariba.
Un gran río.
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8 de junio de 2014

Anécdotas / Chipolopolo


La Selección de fútbol de Zambia representa, como su nombre indica, al país de Zambia en el deporte rey. Antes de la independencia, a los futbolistas se les conocía como los ‘KK-11’, por el presidente fundador Kenneth Kaunda, llamado cariñosamente ‘KK, que gobernó Zambia de 1964 a 1991. Cuando el país adoptó la política multipartidista, sus boys pasaron a ser apodados, también cariñosamente, ‘Chipolopolo’ (Las balas de cobre) pues es el cobre una de las exportaciones principales del país.
Todo ello genera recreaciones artísticas como la que el viajero insatisfecho retrató en uno de los muros de la ciudad de Livingstone.
En 'facebock' existe una página que se llama “Team Chipolopolo” que se define: “A todos nos gusta el fútbol. Vivimos, respiramos, y sudamos el fútbol. Así que hemos dedicado una página al mejor equipo, jugadores, dirigentes, juego y competiciones”.
Ahí es ‘’.
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1 de junio de 2014

Un icono arquitectónico


Era una mañana de paseos, turisteo y visitas holgazanas por La Rioja alavesa. Tenía ganas de conocer el edificio de Frank Gehry de la empresa Herederos del Marqués de Riscal, tantas veces visto en reportajes de vinos y documentales riojanos. Lo último que recordaba de este artista era el Museo de la Biodiversidad, de Panamá, que aún estaba en construcción.
Elciego -donde se ubica- se divisaba desde Laguardia, pueblo que relucía en lo alto de un pequeño cerro, donde el viajero insatisfecho se encontraba.
Debía de esperar un buen rato para visitar la bodega “El fabulista” y… ¿qué mejor pasatiempos que visitar Elciego?. Eran 6 kilómetros los que separaban ambos pueblos pero se hacían en un santiamén ¿o será mejor decir en un periquete?.
El edificio de Gehry era un original habitáculo de tejado luminoso, zigzagueante, lleno de curvas, de luz y color: el del vino. Desde lejos, los brillantes colores parecían cambiar (y lo hacen) dependiendo de dónde les llegue la luz. Más claro, más oscuro; menos brillante, más ceniciento. Dicen los expertos que “Gehry le dio a este revestimiento tres tonos característicos de la bodega Marqués de Riscal. Tonos rojizos similares a los del vino, el dorado de la malla empleada por la bodega y el plateado de la cápsula de la botella”.
No se.
Tiene tal ubicación que desde el pueblo se divisa con dificultad en su amplitud, aunque, eso sí, los tejados curvilíneos se podían ver desde cualquier sitio. No intentó visitar el inmueble, era más la emoción de admirar tal edificio singular rodeado de viñedos. Paseó un rato, sacó varias fotos malas, intentó otras mejores y, después, abandonó el lugar.
Este icono arquitectónico allí quedó.


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23 de mayo de 2014

Un viajero ‘selfie’, en La Rioja

Una calle de Laguardia

Como regalo al segundo premio del concurso de selfies, en ‘El viajero: un viaje de dos días a La Rioja. Por libre. A tu aire. Teniendo como base logística Logroño, el curioso viajero tuvo oportunidad de conocer otros lugares y desplazarse por sus alrededores.
Laguardia, en La Rioja alavesa, era una de los puntos más característicos de esta región vitivinícola. Su enclave era una delicia: situada en una pequeña elevación se ha mantenido a través de los años con exquisito cuidado. Ciudad amurallada y empedrada, de calles estrechas y complicada estructura, toda ella horadada de bodegas (320) como si de un queso gruyère se tratara.
Entre las bodegas soterradas, destacaba la bodega El Fabulista, situada bajo el palacio de los Samaniego y lugar dónde Félix María Samaniego –según la guía parlanchina- se inspiraría para escribir sus obras literarias. Algunas de las fábulas del escritor formaban parte del actual etiquetado de sus vinos. Etiquetado, por cierto, un poco llamativo y hortera.
La bodega contaba con 2 lagares a la entrada en los que se producían anualmente 32.000 litros de vino, de forma artesanal, pisando la uva a base de furia humana y pies 'trotones' calzados en botas de goma. El vino producido en esta tradicional bodega, partiendo de mostos de maceración carbónica, pasaba a envejecer, en algunos casos 15 meses, en barricas de roble francés y americano.
Según decían, una exquisited.
Asimismo adornaba la entrada una despalilladora, raro elemento que para un neófito como el mochilero leonés era un artilugio antediluviano. La bodega propiamente dicha, se encontraba a siete metros de profundidad, conformada por tres calados paralelos. Uno de ellos era de elaboración, el otro de crianza (con gran cantidad de barricas de roble) y el tercero estaba preparado para la degustación y cata de vinos.
Despalilladora
Ahí, no participó.
El viajero insatisfecho no aprecia los caldos.
Este tercer hueco era el más elegante del recorrido, también el más seguro ya que contaba con las arcadas de ladrillo y piedra que afianzaban el pasillo.
Para evitar la contaminación con los gases tóxicos de la maceración, estos túneles contaban con luceros de ventilación. Era fácil imaginar lo que ocurriría allí, tal y como bien supo explicar la guía, de no existir aquellos estratégicos agujeros.
No obstante, bajar a la tradicional bodega reportó al viajero tranquilidad, sosiego y paz, algo que sin duda habría sido imposible encontrar en bodegas nuevas, plagadas de acero y apoyadas por las más modernas tecnologías.
Mereció la pena, un poco la pena.


El tercer túnel, de cata

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15 de mayo de 2014

Un ‘selfie’ viajero

'Selfie'
Esta fotografía ha merecido el segundo premio de selfies, en El viajero” de El País. Por la originalidad y, sobre todo, por su natural colorido, o eso le dijeron al viajero insatisfecho. En la comunicación telefónica de la modesta recompensa, explicó a la redactora curiosa el lugar donde fue tomada y las sensaciones. Esto fue lo que recogió en el pie de foto y que todo el que quiera puede leer en el anterior enlace:

Un 'selfie' de los otros
En la segunda foto ganadora, el viajero desaparece para mostrar el viaje. El destartalado autobús está en Etiopía. Va de las Cataratas del Nilo Azul al Lago Tana. "Viajar en un autobús así puede ser incómodo, pero es como se conoce de verdad un país", dice el autor, Blas F. Tomé, que se considera "un mochilero de toda la vida" y ha ganado una escapada a La Rioja por esta foto. "Soy un apasionado. Siempre viajo solo, al margen de los circuitos turísticos", dice. De aquel autobús recuerda "el calor, el sudor y el polvo". "El trayecto es por una carretera de tierra y la señora que iba detrás de mí (camisa con rayas, en la foto) me pedía que no me moviera pues iba a aplastar los huevos que llevaba en una cesta al mercado de Bahar Dar".

El mochilero acababa de visitar las cataratas del Nilo Azul: una decepcionante experiencia pues estaban secas, y la sensación de aquel ‘chorrillo’ de agua cayendo unos metros era hasta cierto punto ridículo. Pero…
No se arrepintió, eso sí. Todo lo que sea un diferente recorrido alimentaba el espíritu y la pasión del viaje.
Ya un poco agotado, tomó el camino de vuelta hacia la ciudad de Bahar Dar, a orillas del lago Tana. En ese autobús destartalado tomó el selfie, o lo que sea que hizo.

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4 de mayo de 2014

Los ‘gwembe tonga’

-Lago Kariba-
Cuando ya había tomado la decisión de visitar el embalse de Kariba (5.400 metros cuadrados), en la frontera entre Zambia y Zimbabwe, lo único que llegó a sus oídos de la zona fue: “mucho calor”. Una evidencia real nada más pisar las orillas del lago, el poblado de Siavonga. Un sofocante calor le tiraba a hacia atrás cuando avanzaba por aquella empinada calle que le llevaría al Lodge donde pasaría la noche.
Para llegar a Siavonga había que tomar en Lusaka un minibús, saturado de gente que sube y baja, y para y para hasta llegar al lejano destino. Nada de eso desanimaba al mochilero. Su sana curiosidad por esta presa tenía que ver con los desmanes que -según sus noticias- se habían producido durante su construcción. Conocía la problemática de la edificación de otra presa africana, el embalse de Akosombo, que forma el Lago Volta (8.500 metros cuadrados), en Ghana, y quería conocer de primera mano los problemas surgidos, hace ya más de 50 años, cuando este lago artificial ‘zambezí’ se formó.
No conocía muchos más detalles sobre el embalse de Kariba.
Ahora, si los conoce.
No conocía que para su construcción despejaron de la zona a 57.000 miembros de la tribu ‘gwembe tonga’, que fueron reasentados en pésimas condiciones en una zona árida y de duras sequías, en tierras de escasa fertilidad y con frecuentes plagas de mosca tse-tsé. No es que en España cuando se construye un pantano no haya gente que es expulsada de la zona [conoce de primera mano la expropiación de la zona de Riaño, en León, en pasadas épocas] pero en los casos africanos las injusticias son más lapidarias.
El objetivo principal de la presa fue proporcionar electricidad a las minas de cobre e industrias de la actual Zambia y Zimbabwe. Los ‘tonga’, cuyos antepasados siempre estuvieron asentados en estas orillas del Zambeze, no recibieron a posteriori ni electricidad ni agua del enorme embalse. Se resistieron al desahucio, pero sus lanzas y porras no podían competir con los rifles de la policía colonial.
La represión fue dura.
Durante los desalojos de 1958 (el viajero insatisfecho nacía entonces), las autoridades policiales quemaron hasta sus chozas para impedir que volvieran. Había comenzado la masacre del pueblo ‘tonga’. Aún continúa pues no reciben ayuda alguna de los gobiernos de Zambia y Zimbabwe, expropiadores principales de sus tierras.
-El conductor que le llevó posa ante el embalse-

El mochilero, cuando alcanzó la zona del embalse, vio como un chino vestido de obrero daba órdenes a unos locales que se movían alrededor de un camión de carga. Al preguntar entonces quién había construido la presa le dijeron que los chinos.
¡Date, lo que él pensaba!. 
Pero otra documentación consultada aseguraba que fueron empresas italianas. En todo caso, empresas coloniales que impusieron sus normas, al margen de las inquietudes y dignidad de los gwembe tonga.

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24 de abril de 2014

El bello kudú

-Aquí se aprecia esa cierta capacidad mimética-

Uno de los antílopes más bellos de África es, sin duda, el kudú. Al menos, el viajero insatisfecho esta muy contento de la fotografía que abre esta entrada y que realizó en el Parque Nacional South Luangwa (Zambia). Su impresionante cornamenta, en espiral (parece un sacacorchos salvaje y bello) le convierte en uno de los trofeos más apreciados para los cazadores furtivos.
-Cornamenta del kudú-

Es un animal de gran tamaño, que puede llegar hasta un metro y medio de altura y pesar los trescientos kilos. A pesar de ello, suele camuflarse perfectamente cuando se sumerge en los bosques y zonas de matorral que constituyen su hábitat preferido. Allí, la inmovilidad (el de la fotografía no se movió en el minuto de observación) les hace prácticamente invisibles, a lo que colaboran las finas rayas blancas que recorren su cuerpo y desdibujan su figura.
La primera vez que tuvo ocasión de verle fue en el Parque Nacional Kruger, en Sudáfrica. De hecho, era el emblema del parque, reproducido en la gran mayoría de anuncios publicitarios, y, según parece, uno de los motivos por los que se preservó el parque.
Este antílope estuvo a punto de extinguirse, y lo pasó también muy mal en el propio PN Kruger cuando, por falta de hierba, comenzó a alimentarse de las hojas de jóvenes acacias. Éstas producen gran número de taninos, muy dañinos para el hígado de los animales.
Aún así, el kudú ha resistido y es bastante abundante por las grandes extensiones salvajes del sur de África.
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10 de abril de 2014

Los monjes coptos etíopes

-Monje etíope, en las calles de Bahar Dar-

Viajar por Etiopía era tener un permanente encuentro con los sacerdotes o monjes coptos que iban unidos a la antiquísima religión del país. Se ofrecían voluntariamente a ser fotografiados con un envidiable talante. Muchas veces extendían la mano, una manera de solicitar el correspondiente donativo; otras, hacían el gesto de la bendición con su cruz ortodoxa, y las más, se despreocupaban con una sonrisa. Y ahí, el enfrentamiento a estos personajes religiosos era muy diferente entre los etíopes y los extranjeros. Los primeros les guardaban un respeto rayano a la devoción, y a los segundos les parecían ideales para hacer una bonita y original, cada vez menos, instantánea.
¡Eran tantos y de tantos tipos!.
-Monje etíope, en Addis Abeba-

La comunidad religiosa entre los ortodoxos etíopes era muy complicada. Constaba de sacerdotes, dabtaras, monjes, monjas y diáconos. Unos se encargaban de la enseñanza religiosa y las funciones administrativas; otros habitaban en los innumerables monasterios. Unos, eran célibes y, otros, se podían casar. Podían ser elegidos obispos, o no.
Algunos, sospecha este mochilero, se vestían como tales y mantenían una espiritualidad muy pero que muy sui generis [primera fotografía].
Una complicación.
Por la calle, y a las puertas -y en el interior- de los monasterios rondaban como las abejas liban. Merodeaban por los templos en Addis Abeba, por los monasterios del Lago Tana, por las iglesias de Lalibela,... Eran simpáticos, poco tímidos y cargados de paciencia con los pesados extranjeros y viajeros.
No eran como los sadhus hindúes pero, a veces, al encontrarles mantenían ese aire de ascetismo que cuando uno se topaba con el siguiente se encargaba de desmoronar.
La mirada del viajero insatisfecho para con ellos siempre estuvo cargada de comprensión.
-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-

-Monje etíope, en las iglesias de Lalibela-


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1 de abril de 2014

La otra artesanía africana


En la artesanía africana, que todo el mundo conoce, hay muchas muestras de arte incorporado a la vida cotidiana, siendo fácil encontrar en las viviendas africanas objetos de arte, pinturas o esculturas, luego adquiridos por los viajeros para decorar interiores y exteriores. Han sido los objetos y utensilios de la vida diaria, los elementos donde el africano manifestaba la creatividad artística. Con el avance del turismo, esos artículos se han repetido y repetido, elaborado y elaborado, decorado y decorado hasta la saciedad. Todos conocemos los batik, o telas pintadas de colores naturales; las cestas, arte antiquísimo en África, elaboradas -normalmente por las hogareñas y trabajadoras mujeres- con funcionalidad y bellas formas y colores; bandejas, cuencos y utensilios domésticos, por lo general de madera, también de calabaza; las esculturas de madera, estilizadas, finas y pulidas, o las bellas reproducciones de hipopótamos, jirafas o elefantes. Creed al viajero insatisfecho que estas últimas son, en todos los países, las mismas, esculturas estilizadas y pulidas, trasladadas sin fronteras de país a país. Siempre dice, en tono crítico, elaboradas por los chinos y, por consiguiente, malas.
O eso sospecha.
Pero hay otras, las que se encuentran en los mercados locales que nada tienen que ver con la llamada del turismo, sino que son utilizadas por humildes personas o las más tradicionales tribus y pueblos, en lejanos poblados selváticos o en los áridos peregrinajes por los desiertos.
Aquí van dos ejemplos de la otra artesanía africana, lejos de objetos tradicionales y arraigados en la cultura de una determinada tribu:
Cubos de goma, confeccionados (y cosidos con esmero) con las cámaras de las ruedas de grandes camiones, apropiados para sacar agua de un pozo y transportarla a lomos del camello hasta los lejanos hogares. La foto está tomada en el mercado de la ciudad de Malanville, Benin, en la ribera del Níger pero, también, aledaña al desierto.

Sandalias 'a lo nike’, recortadas con destreza de las diferentes capas de las llantas de vehículos pesados (¡¡Nike, son Nike!!, les dijo en broma este mochilero a los artesanos que las trabajaban. Respondieron con gestos, risas y alegres expresiones en su idioma local). La foto está tomada en Chipata, Zambia, en la frontera con Malawi.



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22 de marzo de 2014

El ‘kuomboka’ zambiano


Al fondo, allá donde se pone el sol [fotografía], se encontraba Lealui, una de las capitales del pueblo ‘lozi’ [la foto está tomada desde Mongu, actual capital de la provincia del Oeste, Zambia, a unos 15 kilómetros]. 
El viajero insatisfecho va a contar un poco de historia de esta zona, que se mezcla con la actividad festiva y las actuales celebraciones tradicionales.
Este pueblo ‘lozi’, con su ‘reyezuelo’ incluido, ocupa la región semiautónoma de Barotseland. Si bien, este ‘reyezuelo’ tiene en la actualidad nulo poder político en Zambia si lo tiene en la tradición local. Los ‘lozi’ tienen dos capitales: la otra es Limulunga, capital durante la estación lluviosa. El traslado anual de Lealui (inundada o a punto de inundarse) a Limulunga es un acontecimiento de gran importancia, celebrado como uno de los más conocidos festivales de Zambia, el ‘Kuomboka’.
La vasta llanura de Lealui (que se aprecia en la fotografía) y la abundancia de peces en la región fueron ideales para el asentamiento de los ‘lozi’, pero las lluvias y las posteriores inundaciones hacían imposible mantenerse allí. Nació así la costumbre de trasladarse periódicamente a unas tierras más seguras hasta la llegada de la estación seca. Durante el ritual, que aún se mantiene, se acompaña la partida del rey y de su pueblo de la capital del reino, Lealui, hacia Limulunga, ciudad situada al abrigo de las inundaciones provocadas por la crecida de aguas del Zambeze. Cantos y ritmos africanos están presentes durante todo el recorrido. Con la llegada de la familia real y su séquito al destino comienzan allí los festejos con cantos y bailes de la tradición ‘lozi’.
Todo este conglomerado de actividades forma el ‘Kuomboka’ zambiano.
Para presenciar este ritual, uno de los acontecimientos más antiguos del país, era necesario estar por la zona en el mes de abril, cuando se celebraba. Este mochilero estuvo en el mes de enero. Conoció, eso sí, Limulunga, un poblado africano más, con varias casas pintadas de rojo por Airtel y sin especial atractivo. No puedo visitar su palacio real (fabricado con esteras, juncos y barro, según pudo saber) pues estaba prohibido.
No pudo visitar Lealui por cuestiones logísticas. Se tuvo que conformar con presenciar esta puesta de sol desde la actual Mongu.


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12 de marzo de 2014

Y de regalo….. el leopardo

El río Luangwa hacía de frontera natural del Parque Nacional South Luangwa (Zambia) pero ya desde la zona de campings y lodges, era muy fácil encontrarse con todo tipo de animales. Hipopótamos, también, incluso dentro de los mismos lodges. Parecía ser que ninguno estaba vallado. Una vez dentro del parque, habiendo ya atravesado el puente del río, el espectáculo era impresionante desde el primer minuto, manadas y manadas de antílopes, elefantes, jirafas y cebras. También, hipopótamos y cocodrilos.
Ha conocido muchos parques nacionales en África, tanto en el sur como en el centro o en el oeste, pero sin duda este parque nacional quedará en la mente del viajero insatisfecho por los ‘siglos de los siglos’. Nunca había conseguido divisar, a pesar de sus muchos intentos y ocasiones, el leopardo, y por fin, allí, en el South Luangwa, pudo conocerle en vivo y en directo. El 'momentazo' no decepcionó. El leopardo, siempre tímido -discreto, diría- y poco dado a tranquilos paseos, cuando inició aquel, lo que ocurrió a su alrededor fue de todo menos tranquilo. Sin ánimo cazador entonces, era ya temido por todos los animales que le rodeaban: las gacelas thomson (‘las macdonalds’ de los parques, decían los guías) emitían un berrido especial, más allá del miedo; los pájaros alertaban con fuertes graznidos; los facoceros lanzaban sus gruñidos desesperados, y en los alrededores resonaba un concierto de variopintos rugidos.
¡Qué 'momentazo'!.
Allí estaba. En principio, tumbado y observando a las cercanas gacelas; luego, paseando con cierta, pero tímida, soberbia. Paseaba sosegado, y tardó al menos dos minutos en desaparecer entre la maleza. Minutos de clic, clic, y más clic fotográficos. Hasta las fotografías salieron difuminadas por la excitación de su autor.
Una pena.



A las cuatro y media de la tarde empezaba el safari nocturno, dos horas a plena luz del sol y dos horas en la penumbra, la ocasión se presentaba como una oportunidad única de ver los animales durante la noche, algo que generalmente no es posible en otros parques. De nuevo, cientos de gacelas por todos los lados; otros herbívoros como los kudus, jirafas y cebras pastando tranquilamente aunque molestos y huidizos con la cercanía del 4 x 4, y algún que otro elefante y jabalí. Entre los compañeros se generó una buena sintonía-safari. Con las dos mexicanas, madre e hija, del pequeño grupo pudo, incluso, hablar español.
De nuevo, cuando hacía rato el sol había sucumbido en el horizonte, una nueva coreografía de atronadores sonidos alertó al guía de la presencia de algún peligroso animal. No podía ser otro que el leopardo. El avezado guía del foco le localizó y siguió durante un buen rato. El animal, como hipnotizado por la luz, se acercó al grupo visitante.
Dos veces en el mismo día.
No todos los espectadores de un gran parque nacional podrán contar lo mismo.


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1 de marzo de 2014

Victoria Falls Bridge


El puente de las Cataratas Victoria (Victoria Falls Bridge) era un puente en arco parabólico que atravesaba el río Zambeze, muy, muy cerca de las Cataratas Victoria, que servía de frontera entre Zambia y Zimbabwe.
El puente, diseñado por G. S. Hobson, era una construcción de hierro al estilo ‘eifel’ que pretendía ser parte de una vía férrea de El Cabo (Sudáfrica) a El Cairo (Egipto), un proyecto siempre en mente de Cecil J. Rhodes -patriarca de Rhodesia, antigua denominación de los, ahora, países limítrofes divididos- aunque nunca lo llegó a ver.
El principal arco del puente se unió el 1 de abril de 1905. Cuentan que las dos vigas centrales del arco estaban en su lugar para la puesta de sol del 31 de marzo, cuatro meses después de haberse levantado los postes extremos. Aquella noche, al superponer las vigas, sobraba alrededor de 1 ¼ pulgadas, y no podían ser clavadas en su lugar, para decepción de los trabajadores. Cuando el trabajo se inició a la mañana siguiente, se encontró que el puente se había contraído en la noche en la medida exacta de 1 ¼ pulgadas. Las dos vigas centrales habían caído en su lugar, y encajaba perfectamente.
La ceremonia de apertura tuvo lugar el 12 de septiembre de 1905. Fue inaugurado oficialmente por el profesor George Darwin, hijo de Charles Darwin y presidente de British Association (aunque según se decía en una pequeña exposición al lado del puente, George Darwin era ‘grandson’ (nieto) del famoso Charles Darwin. No sé). Los titulares de los diarios de entonces hablaban del ‘puente de un solo ojo más grande del mundo’.
-Inauguración del puente (fotografía de una fotografía)-

Hoy en día, es uno de los sitios preferidos para hacer “bungee jump”. O ‘puenting’, con se llama algunas veces.
Impresionaba ver a aquella mujer, entrada en años [fotografía pequeña], lanzarse al vacío con la tranquilidad en los pies y sonrisa en los labios.
¡¡Cosas ajenas al famoso Rhodes!!.
Si levantara la cabeza ¿él mismo se lanzaría?.


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21 de febrero de 2014

La danza del leopardo, de Lieve Joris

El libro “La danza del leopardo” le acompañó al viajero insatisfecho en el reciente viaje a Zambia, territorio limítrofe del país que tan bien describe la escritora belga. Lo leyó con pasión en sus horas muertas, antes de dormir, en el merecido descanso después de cualquier largo paseo o delante de una cerveza ‘Mosi’ en el bar del hotelucho.
Los niños soldados de Kabila acaban de entrar en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo. Mobutu, el presidente, ha huido, igual que todo el que puede. Salvo Lieve Joris, la autora, que se interna en el país, viviendo experiencias que cuenta con cierto desparpajo aunque desgrana, y bien, la zona visitada y desentraña, y bien, la problemática del país. Navega en barcos a punto de naufragar, recorre pistas cubiertas de barro, habla con todos. Visita las provincias del norte, del este y el sur, y plasma un retrato cercano a la realidad de este caótico y esperpéntico país.
El Congo se precipita a una vorágine de muerte y violencia, es un país desvalijado, sin dinero, presa del caos. Y sin embargo, siempre, la vida intenta hacerse un hueco.
Una historia para entender mejor el mundo. En concreto, el Congo, uno de los países más problemáticos de este bendito mundo.
Puede que lo peor esté por llegar.
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Ficha bibliográfica:
Joris, Lieve. La danza del leopardo [Traducción del neerlandés de Goedele de Sterck]. Revista Altaïr, S.L. Badalona, 2013.
Copyright © By Blas F.Tomé 2014

11 de febrero de 2014

Visita imprevista / PN Chobe

-Elefante-
No pensaba acercarse al Parque Nacional Chobe, en Botswana, desde la ciudad de Livingstone, en Zambia. Pero todo eran facilidades: la frontera con Botswana no estaba lejos; los taxis compartidos acercaban al visitante a la ciudad limítrofe (Kazungula) por relativo poco dinero; el gobierno ‘botswanés’ no cobraba por entrar al país (no se necesitaba visado), y sus guías turísticos se mostraban encantados de liberar al visitante del molesto peso del dinero por enseñar su Parque. La frontera (el río Chobe, que había que atravesar en un pequeño bote a motor) una de las muchas de África, con esa peculiar actividad frenética, donde los cambistas de dólares, pulas o kwachas abordaban insistentes al viajero a cada paso.
El PN Chobe era un territorio de unos 11.000 kilómetros cuadrados y centro de la industria turística de Botswana.
Área protegida desde 1930, y Parque Nacional desde 1968.
Kasane era la población más cercana, donde se concentraba un buen número de ‘lodges’ y alojamientos de distintos niveles y por donde se podía acceder al Parque. Este viajero insatisfecho no necesitaba estos alojamientos pues haría noche en una pequeña tienda de campaña dentro del mismo, eso sí, acompañado por otros mochileros que realizaban la misma operación.
El Parque estaba situado en un privilegiado lugar, aprovechando las orillas del río del mismo nombre, Chobe. Las visitas de una jornada se realizaban en dos tramos: uno, recorriendo el río en barca, más o menos acondicionada, según con quien contrataras, y otro, por sus orillas en un jeep. Aunque este mochilero hizo el safari fluvial por la mañana, decían que la experiencia era visualmente más atrayente por la tarde para ver caer el sol desde la barca, en pleno río.
Aquí encontraban su cobijo un gran número de especies, pero el elefante, camaradas, el elefante... era el ‘puto amo’, con miles y miles de individuos, aunque -como siempre dicen en África- el más peligroso era el hipopótamo que, a pesar de ser herbívoro, tiene un sentido muy elevado de la territorialidad y ataca en cuanto la siente peligrar.
No olvida tampoco al león.
Animales vistos: elefantes -por supuesto-, hipopótamos, jirafas, leones, gacelas, antílopes, facoceros, cocodrilos, monos, kudus, cebras, pucús,….. y más elefantes, y más y más.

-Hipopótamos jugando -cree-

-Familia de leones-


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31 de enero de 2014

Las cataratas Victoria, vistas desde Zambia

El viajero (su sombra), después de visitar las cataratas Victoria


Heme aquí frente a frente
de la espesa tiniebla desde donde
oírme debe la deidad 'rugiente'
que en su seno se esconde:
Dime, genio terrible del torrente,
¿a dónde vas al trasponer, la valla
del hondo precipicio,
tras la ruda batalla
de la atracción, la roca y la corriente. . ?”  ( Por: Juan Antonio Pérez Bonalde).

Sin duda era una gran experiencia viajera sentir el estruendo infinito de las cataratas Victoria, en la frontera entre Zambia y Zimbabwe. En aquel recóndito paraje en los tiempos de Livingstone, se encontraba este regalo de la naturaleza salvaje para el que lo supiera apreciar.
Ahora, eso sí, la naturaleza aledaña menos salvaje, más bien acondicionada para que el viajero o turista presencie su ímpetu. Aunque nada artificial había en las cataratas en sí. Todo lo artificial se encontraba en sus alrededores, lo que daba comodidad al visitante.
El sol calentaba ‘a rabiar’, como diría Pablo Alborán, pero cuando la cercanía del salto se medía en unos pocos metros, la lluvia que desprendía amortiguaba el pegajoso calor.
El viajero insatisfecho no suele explayarse en mostrar fotografías pero en esta ocasión va a hacer una excepción. Visitadas desde el lado ‘zambezi’ nada más, estas instantáneas pueden dar idea de su grandiosidad aunque sin hacer justicia del lugar.
Para quedarse atónitos.

Primera visión de las cataratas
 Grandiosidad del lugar
Fuerza de la naturaleza
Diferente perspectiva
 Las cataratas al fondo, vistas desde el puente-frontera
Una vez pasadas las cataratas, el río Zambeze comienza a zigzaguear por los barrancos

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