-Monje etíope, en las calles de Bahar Dar-
Viajar por Etiopía
era tener un permanente encuentro con los sacerdotes o monjes coptos que iban
unidos a la antiquísima religión del país. Se ofrecían voluntariamente a ser
fotografiados con un envidiable talante. Muchas veces extendían la mano, una
manera de solicitar el correspondiente donativo; otras, hacían el gesto de la bendición con su cruz ortodoxa, y las más, se despreocupaban con
una sonrisa. Y ahí, el enfrentamiento a estos personajes religiosos era muy
diferente entre los etíopes y los extranjeros. Los primeros les guardaban un respeto
rayano a la devoción, y a los segundos les parecían ideales para hacer una
bonita y original, cada vez menos, instantánea.
¡Eran tantos y de
tantos tipos!.
-Monje etíope, en Addis Abeba-
La comunidad
religiosa entre los ortodoxos etíopes era muy complicada. Constaba de sacerdotes,
dabtaras, monjes, monjas y diáconos.
Unos se encargaban de la enseñanza religiosa y las funciones administrativas;
otros habitaban en los innumerables monasterios. Unos, eran célibes y, otros,
se podían casar. Podían ser elegidos obispos, o no.
Algunos, sospecha este
mochilero, se vestían como tales y mantenían una espiritualidad muy pero que
muy sui generis [primera fotografía].
Una complicación.
Por la calle, y a las
puertas -y en el interior- de los monasterios rondaban como las abejas liban.
Merodeaban por los templos en Addis Abeba, por los monasterios del Lago Tana,
por las iglesias de Lalibela,... Eran simpáticos, poco tímidos y cargados de
paciencia con los pesados extranjeros y viajeros.
No eran como los sadhus hindúes pero, a veces, al
encontrarles mantenían ese aire de ascetismo que cuando uno se topaba con el
siguiente se encargaba de desmoronar.
La mirada del viajero insatisfecho para con ellos siempre estuvo cargada de
comprensión.
-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-
-Monje etíope, en los monasterios del Lago Tana-
-Monje etíope, en las iglesias de Lalibela-
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