27 de abril de 2009

Breves observaciones (Filipinas)

No parece que hubieran nacido en el mismo sitio y país, ni que les hubiera despertado el mismo sol y el mismo canto del gallo. El carabao y el filipino son diferentes.
¡Faltaría más!.
Sus percepciones interiores y actuaciones muy distantes y lejanas, casi contradictorias.
El impasible y absorto carabao parece entretenerse en arrastrar bultos o tirar con parsimonia del arado arrocero mientras filosofa -en apariencia- todo: el ruido, el silencio, el traqueteo, el particular olor, los abigarrados colores del entorno. El filipino, en cambio, raya con la vitalidad permanente, mueve sus ágiles piernas y conforma con otros filipinos un tremendo caos. Sonríe, habla y transmite ligereza de espíritu. Tiene la fuerza del paso rápido, decidido, y la vibrante velocidad de una veleta movida por un frecuente huracán.
La calle es caótica pero juvenil, caótica pero alegre.
El pueblo filipino es joven. ¿Dónde están sus viejos? ¿Ocurre lo mismo que cuando Madrid-en-pleno se pregunta dónde entierran a los chinos-madrileños?.
Este viajero insatisfecho no vio a penas viejos en las calles, en los pueblos -algunos-, en las carreteras.
No toman los jeepney’s (extraño autobús local) los ancianos filipinos ¿dónde pasarán su discreta vida?.

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22 de abril de 2009

Hoi An (Vietnam)

¡Qué ciudad más simpática!.
¡Qué joya oriental!.
¡Qué colorido tiene!.
Es como un bello escaparate tradicional, por el día, y una deslumbrante maniquí luminosa, por la noche; con su bello, antiguo e intrigante puente japonés, símbolo de la ciudad.
Un río la divide en dos y, por la noche, ese río y la ciudad se llenan de magia. Montones de farolillos adornan las calles, y cientos de luces cruzan cableadas las márgenes del río, organizadas con simetría oriental. Al detalle.
Allí, este viajero insatisfecho alquiló una bicicleta y se dejó llevar por la tranquilidad del lugar. Sus paseos, paralelos al cauce del río, le llevaron al mar. En la playa, se rodeó de niños y niñas que querían jugar.
Allí, este viajero insatisfecho se dejó hacer varias camisas de puro algodón, de diseño y tela a elegir, conquistado por la amabilidad del sastre que le abordó.
Allí, este viajero insatisfecho conoció a una preciosa joven vietnamita, de permanente sonrisa, olor a membrillo y piel……(¡permiso!), piel de melocotón.
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15 de abril de 2009

La muralla se llama "muralla" (Filipinas)

Que nadie piense que en Filipinas, por hablar inglés, olvidaron y, por ello, reniegan de la influencia española y del fuerte patrimonio colonial español labrado a base de clérigos destripa-indígenas y militares mentecatos, autoritarios y torturadores. Los filipinos tienen el tagalo y el inglés como idiomas oficiales -hace mucho lo fue el español-, pero este viajero insatisfecho escuchó hablar cebuano, visaya, chabacano, y otros que ni recuerda.
En todos ellos se vislumbra más o menos la influencia española.
Los pueblos y ciudades tienen por lo general nombre español. No se dice “Port Princess” sino Puerto Princesa, capital de la isla de Palawan. La gente es de Toledo o de San José de Buenavista, y -quizás- de San Fernando, La Laguna o Padre Burgos. Si va en jeepney (cumple parecida misión al autobús municipal) el filipino grita “¡para!” si quiere bajarse. En el restaurante pide un “tenedor” y si pretende hacer un recuento dicen “uno, dos, tres,….”. Al lunes lo llama “lunes” y al martes lo nombra como “martes”.
Los anuncios finalizan con Please, contact.- “Mr. Fernández y la tienda se puede llamar “Borbón”. ¿Hay un nombre más español para una calle que “Antonio Flores Street”?. La clínica dental pertenece al doctor “H. Pantoja” y la muralla se llama “muralla”. ¿Hay algo que identifique más al conquistador ibérico que una ciudad amurallada?. No entendía tagalo, ni visaya, ni cebuano pero este viajero sintió tan cercano al filipino de la calle que le comparó, en carácter, al español.


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12 de abril de 2009

"Obertura" de una autobiografía no publicada (Homenaje)

“Cuando estoy escribiendo estas líneas del proyecto-libro, cumplo mis ‘primeros’ ochenta años. Nací en Las Palmas de Gran Canaria el cuatro de junio de 1916, mientras ‘Berta’ -el cañón alemán de largo alcance- bombardeaba los arrabales de París y el kaiser y sus mariscales brindaban por la conquista de ‘La ciudad de la Luz’. Yo de nada me enteré, ocupado como estaba del enorme y magnífico pecho de un ama de cría gallega. Nadie, aún, me ha podido explicar por qué me negaba definitivamente y con toda la fuerza de mis berridos ‑con el riesgo de mi vida‑ a mamar del pequeño, blanco y super-exprimido seno materno, usado y abusado, a destajo, por los ocho hermanos que me antecedieron (Testigos oculares aseguran la inmensa superioridad de la teta gallega).
Yo era el tercero de la dinastía, empezando por el final, de una prole de once hermanos. Mi padre, poeta frustrado, con talento de dramaturgo y técnico en la construcción de maquetas de navíos de guerra, con un insuperable sentido del deber, trabajaba a marchas forzadas en sus empleos burocráticos, olvidado de sus sueños ante la terrible realidad de aquellas once bocas, cinco varones y seis hembras, gritando a todas horas:
¡Queremos comer!".
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4 de abril de 2009

La lista negra


Acaba de llegar de las Islas Filipinas y se entera de que la OCDE (y por consiguiente, el G-20) coloca a este país en la ‘lista negra’ de los que no colaboran con las autoridades fiscales ni se comprometen a adoptar las normas internacionales. Los poderosos(?), en cambio, se comprometen a aplicar sanciones contra el territorio rebelde, a actuar con ‘el hacha de guerra’ si no cumplen sus imperativos.
El viajero insatisfecho ya había hecho, cinco días antes, su particular ‘corte de mangas’ al centro neurálgico de Manila. Nadie se cree que esa zona de negocios sea representativa de Filipinas y sea el reflejo del resto del territorio. Más bien es el producto en el que se ha fijado el G-20 para colocarlo en la ‘lista negra’ de paraísos fiscales.

En esta ocasión, el mochilero se ha colocado, con ironía, por delante -en el tiempo- a los poderosos(?) de la tierra.

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29 de marzo de 2009

Únicamente las 'Chocolate Hills'

Si hubiera sido el director de “El Señor de los Anillos (I, II y III)” que no dude el posible lector que alguna de las espléndidas localizaciones de la película hubiera sido en el sugerente paisaje de las ‘Chocolate Hills’, como son llamadas y como el poder político de la isla de Bohol (Filipinas) quiere que sean conocidas.
Una rápida mirada a las fotografías con la mente puesta en la película: ¿Tienen un sitio estas instantáneas en el universo creado por Peter Jackson?. ¿Podrían ser, por ejemplo, el paisaje natural de los hobbis?. Su momento cumbre de particular belleza parece ser mayo, cuando alcanzan el color que las ha movido y lanzado más allá de sus fronteras.
A este viajero insatisfecho le pareció ‘sugerente’ la visión del entorno que conforma esta multitud de promontorios, coralinos ellos, si se atiene a las explicaciones grabadas ‘in situ’ a modo de orientación. Un paisaje diferente, lleno de misterio en plenas Visayas (Así le llaman a estas céntricas islas filipinas).
Mil doscientas sesenta y ocho (1268) elevaciones repartidas en tres distritos de la isla y 214 escalones se precisan subir en uno de los cúmulos (destrozando, así, su virginidad natural) para poder observar el resto.
¡Cifras, cifras!.
Siempre son curiosidades y más cuando en uno de los casos (los escalones) el mochilero se entretuvo en contarlos. La otra cifra habrá que agradecérsela a Michael, el conductor que, resignado, le aguantó y llevó.
Pensaba enseñar a este mequetrefe otras plazas que completaban su ‘paquete turístico’, de tonterías y engañabobos, pero se lo prohibió.
- No. Únicamente las “Chocolate Hills.

¡¡Gracias, Michael!!.


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23 de marzo de 2009

'Pakistani man'

Rompió la tranquilidad del barco. No sabe dónde había estado hasta entonces pero cuando este 'pakistani man' apareció en la cubierta del enorme barco que hacia la ruta de Manila a Cebú (segunda ciudad de Filipinas), muy fieles a su peculiar estilo, los filipinos -ágiles- se reunieron como obreras abejas alrededor de su reina.
Era mpresionante ver al hombre, torpe, con una necesaria sobresuela en un pie, por tener una pierna más larga que otra, con su altura desproporcionada y su inocente cara. Tal vez demasiado inocente y limpio su rostro para aquel cuerpo exagerado. Su mirada perdida y un principio de sonrisa permanente completaban un especial semblante.
Al dia siguiente este viajero insatisfecho supo que la presencia del segundo hombre más alto del mundo-mundial había sido noticia televisiva en Filipinas.
Incrementa, si cabe, el valor de la experiencia vivida.
Desconoce la misión de este su-viaje a las 7.000 islas. ¿Quizás cristianizarse en este católico país?. ¿Huiría del suyo semi destrozado por los actos sangrientos?.
Levantó, sin perder su inocente semblante, los dedos haciendo la V de victoria cuando sus improvisados fans -ávidos de fotografías- se lo pidieron y acarició, con cierta ternura, a una niña filipina que en el tumulto se puso a su lado.
Rompió la tranquilidad, pero ganó voluntades para alguna particular causa.

Seguro.
[No es una 'noticia de alcance', sucedió hace algunos días].

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19 de marzo de 2009

¡Caótica Manila!

Si el viajero insatisfecho viene a Filipinas y en su mochila aparece el libro “Noli me tangere”, de José Rizal, o viene documentado o tiene la ‘joia’ suerte del principiante.
[Viene documentado].
Rizal es un ídolo, es un mito en Filipinas. Calles, plazas, estatuas, asociaciones, edificios, jardines, retratos y monumentos. Todo lo que tenga que ver con el filipino de a pie es susceptible de llevar su nombre.
Mira el libro -su portada- y el retrato de José Rizal que aparece en él, le hace pensar en un ‘quijote-cabreado’, abandonado de su ‘sancho’. Un ‘quijote’ del siglo XIX que tiene aspecto de ser un inocente perdedor, una vil consecuencia de una España decadente y de un generalato español incompetente. Luce, además, “lorquiano” y un destino parejo.
Manu Leguineche (que grande!) prologa el libro y se auto promociona como admirador. Este ‘leonés de ribera, y viajero’, sin ganas de leer a un mito, aunque si a un ingenio de mordaces palabras, recuerda -después- su paseo por el exterior de las murallas de Intramuros (antigua Manila) donde los filipinos han expuesto sus contradicciones y su caótico ‘mix' continuo: las estatuas de Geoge Washington y Ninoy Aquino, recuerdos a José Rizal, estatua de Legazpi y un despreciable campo de golf.
Menudo ‘cacao mental’ tienen los filipinos!
¡Caótica Manila!, una ciudad que conocen los ‘homeless’, niños de la calle y taxistas veteranos.
¡Caótica Manila!, que palpó todas las contradicciones históricas.
¡Caótica Manila!, necesitada de inversiones, para invertir la tendencia de su polución progresiva, cuasi-irrespirable.
¡Caótica Manila!,....

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14 de marzo de 2009

La familia real filipina

Hasta el agua puede labrar en la roca calcárea cosas sin igual. A veinte metros bajo tierra, esta mujer impúdica aguardaba el viajero insatisfecho, fría y oscura, vigorosa y -hasta cierto punto- pantagruélica. De repente, mientras golpeaba con el dedo índice la cámara, experimentó la placentera sensación de estar viviendo algo real.
Al salir de la cueva pudo leer en una postal souvenir “The porn cave”. Cuatro pequeñas instantáneas reproducían al rey, la reina, el príncipe y la princesa. Sólo pudo conocer a la reina (cree que también al rey), su necesario y obligado guía no le mostró todo el elenco familiar.
La imaginación es sorprendente.
Para llegar a ella (a la reina) y disfrutar de sus calcáreas carnes, nada de barandillas, escalinatas cementadas o pasadizos iluminados. Desde la humildad, el mochilero cree que accedió en el más elemental -aunque sencillo- estilo espeleológico.
(Por cierto, no ha mostrado el lugar exacto por si alguien quiere conocer a la familia real filipina: Es la famosa Sumaging Cave, en Sagada, norte de la Isla de Luzón, Filipinas).

Entrada de Sumaging Cave.

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10 de marzo de 2009

¿No tendrán una miserable vida?



No sabe el por qué de la tradición en Oriente de masticar betel, pero el pueblo ifugao, originario y asentado en el norte de la isla de Luzon (Filipinas), también cumple con ese ritual. Es uno de los pueblos antiguos de las islas, y mantiene viva la tradición de cultivar el arroz en impresionantes terrazas milenarias.
Siempre sorprende ver esos labios y dientes rojos que sugieren falta de higiene, aun sospechando también que pueden ser producto de la masticación de betel.
Este viajero insatisfecho ha conseguido ver la planta original (muy parecida a la palmera datilera), ha tenido el fruto en sus manos y se ha sorprendido de su transformación en tremendos salivazos rojizos en el suelo. En tagalo (idioma oficial de Filipinas) se escribe “buñga”, y el sonido que les sale de sus gargantas es bastante impronunciable.
No pudo resistir la tentación de fotografiar a esas ancianas masticadoras de betel, vestidas con tradicionales trajes ifugaos, y colocadas en el lugar intencionadamente para que el turista lance su objetivo hacia ellas. No suele caer en la tentación, pero en esta ocasión hizo una excepción (!!ha hecho tantas!!).
Pensó: “Me van a sacar unas monedas, pero estas ancianas, ¿no tendran una miserable vida?.

Y pulsó el botón de la cámara.

El viajero sigue vivo. Pensativo, pero vivo.

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6 de marzo de 2009

Los tránsitos, también son viaje

Nada que objetar a una soporífera estancia, en el también soporífero tránsito, en el aeropuerto de Doha (Qatar). Excepto por cuatro panuelos en la cabeza; un burka fino de seda negra cubriendo el rostro de una mujer solitaria; treinta o cuarenta turbantes a cuadros -unos veinte blancos-; una mujer ataviada con un inmenso velo que dejaba ver solamente los ojos, que empujaba un super-carro de bebe (con baby incluido); el paso de un aparente jeque rodeado sospechosamente de tres o cuatro mujeres que le seguian con cierta ligereza,….., este viajero insatisfecho no podría decir que estaba en un aeropuerto arabe.
Un -en apariencia- “cantinflas mexicano” (al viajero le hizo recordar alguna de sus películas) disfrazado de moro, con un largo panuelo caido sobre un lateral del pecho que se elevaba y rodeaba la cabeza para caer de nuevo y pasar debajo de la barbilla, y luego expulsado hacia la espalda con desgana desmedida, fue la imagen mas simpática de los observados pasajeros.
No hubiera sido lo mismo, sin ese “cantinflas moro”, la estancia de este mochilero en Doha. Los aeropuertos de tránsito se convierten en odiosos.
Llega uno, y se va.
Pasea, y la huída se antoja lejana.
Observa, y el aburrimiento hace que la imagen no se consolide.
Qatar no ha entrado en la mente de este mochilero.
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27 de febrero de 2009

Ni último de Filipinas, ni mantón de Manila

Ya tiene su visado filipino, tiene su paciencia pareja con la virtud, su regusto interior en marcha, la ilusión y su billete electrónico. ¡Qué moderno!.
¡Rumbo al Oriente!
Este viajero insatisfecho cada vez prepara menos sus viajes y se deja sorprender. Siempre lo hizo. No será último de Filipinas, ya hubo “los últimos de Filipinas” que uno imagina entre realidad y leyenda; asedios épicos y salvajes cañonazos; rendiciones de banderas y asaltos de murallas; amor entre enemigos y pasiones españolas; invasiones de iglesias y separaciones trágicas; la enfermedad de beriberi y la carne de carabao. No llegará este mochilero a sufrir esos avatares y pasiones, ni siquiera se acercará al olor de la antigua guarnición española en la aldea costera de Baler. El viaje es parte de la vida y suele impregnarse de paz.
No traerá “mantones de Manila”. Es de sobra conocido que esas prendas venían de China. La leyenda existió y permaneció pero la realidad, en este caso, nada tiene que ver con la certeza.
Acompañará su comida con arroz blanco oriental y consumirá producto del país. Que nadie le hable de comerse un cocido madrileño, con salsa alemana, en un restaurante egipcio, en el centro de la isla de Luzón. Sería un escarnio.
Relatará historias (¡Ay!, si supiera lo haría en tagalo o chabacano) desde allí, si no….. ¡hasta la vuelta!.


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22 de febrero de 2009

¿África?


Cuando el viajero insatisfecho bajó del tren que le llevaba a Mwanza -lago Victoria- y presenció aquel ajetreo inesperado, ansioso, sobre unas vías muertas de un muerto pasado, con aquel sol aplanador y comida poco apetecible, pensaba en África.
………. En esa tierra de documentales, esa realidad teñida de pobreza, esos acantilados marrones y esas muertes. Esos animales con rayas y manchas, esos altos árboles altos y de copa plana, esos hombres de piel negra y brillante, esas matanzas, esas carreteras rojizas, ese territorio de la imaginación, esas noticias negras, ese territorio de fotografías, esas negras solitarias caminando por una peligrosa senda, esos ojos tristes, esos monos aulladores y chillones, esos niños descalzos, esas comidas míseras, ese sol abrasador, esas moscas asesinas, esos niños soldado, esos coches atestados, esos tenderetes de comida, esas manos siempre extendidas y esa mirada profunda. Ese olor a pobreza, esas aguas encharcadas, ese sudor humano, ese sin-aliento de miseria, ese territorio de exploradores, esas selvas verdes e insondables, ese grito silencioso,….
Ese grito silencioso.
¿Pensaba en África?.

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16 de febrero de 2009

Placer en los poros

“Poco después, estaba encima de la cama de su habitación con dos bellas jóvenes, de oscuro cuerpo casi escultural. Una de ellas, de unos veinticinco años y totalmente desnuda a sus pies, desvestía a la otra, más joven, unos dieciocho años, y tumbada a su lado.
No salía del asombro.
Las encontró en una lejana playa (en un lejano país), se rieron; se rieron mucho, con ganas. De pronto, sin preguntar nada, sin hacer ninguna invitación paralela, observó cómo le acompañaban. La respiración se convirtió en un ‘tic-tac’ de un reloj despertador y…., ansiosa, sin sosiego.
En la habitación, en esos momentos previos, sintió una serenidad interior que nada tenía que ver con la excitación permanente que le acompañaba los días pasados. Se fijó en sus cuerpos de piel chocolate tan deslumbrantes, y esa serenidad se fue por los aires.
A sus pies, unos pechos brillantes, grandes, ligeramente caídos. A su lado, tumbada con naturalidad no exenta de cierto rubor, unos pechos firmes, duros, mirando hacia las alturas con una dignidad salvaje. Se rindió a la belleza que le tenía extasiado y la penetración fue real. Alternativa. Primero a los veinticinco años, con su monte afeitado, húmeda hasta sus pantorrillas chocolate. Luego a los dieciocho, peluda y rizada con inocente naturalidad. Alternativa. Y otra vez, alternativa. Jugaron a varios juegos eróticos, nada pornográficos, de placer supremo. El latigazo final fue para la joven ninfa, sin pensarlo, sin desearlo, pero a ella le tocó todo. Bueno, creo que a quien tocó fue a él.
Y vuelve la serenidad sin prisas. Ahora son tres cuerpos tumbados y deseosos de caricias. Se miraban, sin hablarse, y sonreían. Nuevas caricias. Las piernas entremezcladas y en constante movimiento, con breves roces, sintiéndose la piel.
¡Placer en los poros!”.

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11 de febrero de 2009

En Petra, el marco también cuenta


Llegar al vasto valle de Petra tiene un preparativo previo sorprendente: un desfiladero de rocas arcillosas, que simulaban aplastar al caminante, moldeadas por el viento y la arena pues el agua -muy escasa- nunca las pudo tallar, y de curvas suaves que el jinete-viajero no precisó esquivar, se encargaba de ello el propio caballo, ya veterano en miles de turistas.
El viajero insatisfecho se dejó guiar montado en su caballo-turista y acompañado del palafrenero-turista hasta alcanzar a divisar Petra en su totalidad.
Al finalizar el angosto desfiladero, el sol recibía al mochilero a mazazos. El polvo -sin ventisca- provenía del trajín de los “truhanes” negociantes, asentados bajo lonas. De un salto descendió del caballo y con los brazos abiertos vislumbró y admiró a lo lejos el lugar. De frente, la Tesorería (La Khazneh); a izquierda y derecha, multitud de templos, recintos tallados en la roca. Tumbas esculpidas, a derecha e izquierda.
Todo un complejo, reliquia de una civilización que floreció, pasada, caduca e inexistente: la nabatea.

El marco donde se halla, hablaba de esfuerzo y desiertos; de caravanas y puntos en medio de la nada; de comercio; de negocios y tristes batallas; de empresas artesanas boyantes y, luego, nefastas; de sufrimiento,…., y de ladrones, anteriores a los de Ali Babá y su hermano Kassim.


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2 de febrero de 2009

Ellora

En varios de los templos-cueva sorprendía ver al hindú, doblado el lomo, barriendo con una menuda y artesanal balea. Pulían el suelo con movimientos lentos, trasversales, suaves y minuciosos. Uno, se sentía observado; otro, miraba pedigüeño al extranjero, y otro más, seguía con su trabajosa tarea como si nadie hubiera entrado en su particular coto. Daba sensación de limpio, cuidado, para que el turista -viajero local o extranjero- disfrutara de la frescura que brotaba de la piedra (Excepto en ciertos rincones, donde olía a insistente orín).
Eran las cuevas de Ellora (India).
Este viajero insatisfecho ascendió, uno por uno, todos los escalones, entró en todas las cuevas (numeradas), convertidas por antiguos artistas en auténticas obras ingenieras, y recorrió cada una de sus galerías.
Decía el libro-guía: “Las más bellas son la número 10, 12, 16, 21, 29 y 32”.
¡Qué atrevimiento!
Todas conformaban una composición extraordinaria, el viajero las visitaba con la misma ilusión, el hindú las limpiaba con la misma parsimonia y su artesano hacedor las debió pulir con el mismo esmero.
¡Qué trabajoso le resultó a este mochilero llegar hasta ellas desde aquella ciudad que ahora no recuerda!. Aunque la impaciencia y desánimo no rondarían jamás su impenetrable corazón.
Primero, acompañado por un jovenzuelo hindú; luego, un rickshaw; más tarde, un atestado autobús y, para finalizar, una larga caminata, todo ello combinado con el asfixiante olor y calor hindú. Olor con regusto a olla sucia, a restos de curry mal rebañado, a humo de caña mohosa, a escupitajos rojizos de hojas de betel.

Mereció la pena.

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26 de enero de 2009

Aves en el manglar


Dejarse engañar puede ser una grata experiencia. Dejarse engañar en África, todo un acontecimiento.
La zona de Ziguinchor (Senegal), ciudad de ‘sabor’ francés, era uno de esos lugares peligrosos para los visitantes. La cercana frontera con Guinea-Bissau era muy permeable y los campos aledaños a Ziguinchor, refugio de guerrilleros regionales y del país vecino. Además, el río Casamance iba caudaloso entonces y su navegación era peligrosa aún contando con un potente motor, tuc-tuc.
Ambos peligros esquivaron a este viajero insatisfecho. A la orilla del río, en el puerto fluvial de la ciudad, engañado por un guía local (¿lo sería?), inició una de esas excursiones matinales que dejan regustillo en el recuerdo. Parajes bravos de río, parajes selváticos que olían a guerrilla, aguas que bajaban con fuerza, de cuando en cuando campos encharcados de aguas pantanosas, corrientes que tropezaban contra los manglares. Su fuerza hacía mover los cientos de nidos -tal vez, miles- de garzas y garcillas o, quizás, otras aves ribereñas que desconocía. Bonito espectáculo.
Desde la barca, ya entre los manglares, tocaba sus nidos, tenía sus huevos al alcance de las manos, palpaba su valor y, casi, sentía el ansia del ave que revoloteaba tímida y angustiada en su propio territorio que ni quería ni debía abandonar.
El viajero se sentía ofendido. Un intruso.
Al regreso, la corriente golpeaba con fuerza la barca. La noche caía cuando el río se imponía más crecido y caudaloso.
El corazón en un puño [¿vale la expresión?].
Arribaban ya de noche cerrada en el puerto fluvial de la ciudad.
El miedo, aún entre las piernas.
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21 de enero de 2009

El profesor de taekwondo


En un reciente viaje a Perú, en el trayecto de autobús de Tumbes a Trujillo, este viajero insatisfecho coincidió en el mismo asiento con un profesor civil de taekwondo, que daba clases en el ejército peruano. Entre las muchas cosas que se hablaron durante el largo viaje, este mochilero se interesó por la situación de las zonas alejadas de las ciudades y por la educación en ellas. El joven profesor -más parecía de ética que de deporte oriental- de mente preclara, se explayó largo rato, a veces indignado:
Acá en Perú, el programa de ayuda infantil se llama PRONAA, que quiere decir PROgrama Nacional de Asistencia Alimentaria, y es básicamente el apoyo alimentario hacia los ‘comedores populares’ y ‘comités de vaso de leche’. La idea desde el Gobierno es muy buena, pero el inconveniente es el trayecto y la burocracia que lleva este programa. Los malos funcionarios y personas-sin-escrúpulos que trafican con las necesidades de la gente más humilde.
Estos programas no llegan donde deben llegar.
Imagínate -añadía- el Estado debería comprar leche, pero no lo hace. En su lugar compra un producto que se llama, o denominan, enriquecido lácteo que se hace a base de todo, menos de leche (trigo, harina, soja, cereales etc.). Supongamos que el Estado compra 900 kilos (porque son en polvo), por ejemplo, para la región de Tumbes (ciudad del norte peruano). Se distribuyen entre las tres áreas zonales correspondientes. En cada una, 300 kilos. Cada zona tiene un promedio de 15 ‘comités de vaso de leche’ y cada comité un promedio de 30 beneficiarios. A la hora de repartir no alcanza, porque los mismos dirigentes venden el producto, o simplemente no lo entregan, o lo reparten entre su familia, a la que anteriormente clasificaron como ‘indigente’.
El problema viene a ser un asunto de moral y ética de cada una de las personas. Mientras más intermediarios existan, mayor será la corrupción
”.
Más claro, el agua.

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14 de enero de 2009

Lémures


Madagascar tiene una biodiversidad envidiable. La punta de lanza, su producto estrella, los lémures. Las amenazas y problemas que tienen el resto de las especies son los mismos que tiene este vistoso animal. Es importante partir de la idea de que Madagascar es un país esencialmente agrícola, en el que más de tres cuartas partes de la población dependen de ella para sobrevivir.
Los lémures son un tipo de primate, predecesor evolutivo de los monos y simios. Su nombre vendría del latín y significaría “espíritus de la noche”. Su hábitat primario son los bosques y no pueden sobrevivir en áreas deforestadas. Les pudo observar en unos protegidos montes cerca de Antsiranana (antes, Diego Suárez), pero el loco mercenario inglés que le acompañaba, en aquella única ocasión, le impidió disfrutar del paseo. El estúpido insultaba al guía, al conductor, al pequeño y sorprendido camaleón y a todo bicho viviente con quien se topara.
Los habitantes en Madagascar necesitan empleo y, como gran parte se genera en la agricultura, muchos recurren a la tala y quema de bosques para propiciar un espacio de cultivo. Un viaje nocturno a través de las carreteras de Madagascar puede dar una idea del desastre que está ocurriendo. En una sola noche de trayecto desde Antananarivo (capital) a Mahajanga -el viaje duró dos días- este viajero insatisfecho pudo observar al menos una decena de fuegos en el oscuro horizonte.
Imposible que un país aguante tal presión devastadora y esta isla, ya erosionada, puede morir de inundaciones y sequías al mismo tiempo.
La máquina de la protección del lémur está en marcha ¿llegará a tiempo?.

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8 de enero de 2009

Los jugos de La Triple Frontera


Cerveza, whisky, coca-cola, calimocho, fanta, cerveza, sangría, tinto de verano, calimocho, fanta,….
Nada. Nada.
Donde esté un jugo natural, tomado una mañana calurosa, con brisa matinal, y húmeda por las amazónicas aguas cercanas, que se quite cualquier brebaje moderno, mezclado de repelentes conservantes y aditivos. Este viajero insatisfecho siempre recordará aquellos jugos que tomaba nada más levantarse en Leticia (Colombia), una de las tres ciudades ribereñas que formaban La Triple Frontera.
En el mercado de Leticia, rodeado de puestos de frutas, verduras y carnes maltrechas, detrás de la hornacina de una simpática virgen, una de las muchas veneradas por el pueblo colombiano, estaba el chiringuitoLa piragua” donde servían los mejores jugos o zumos naturales, con carteles anunciadores de nombres estrambóticos, de frutas tropicales, desconocidas para este occidental europeo. Todavía, a veces, saliva cuando le vienen a su obtusa mente. Era, incluso, una particular forma de levantarse el saber que el jugo estaba esperando a la espalda de aquella kitsch y pretenciosa hornacina.
Eran los jugos de aquella selvática ciudad colombiana, que poseía almas-gemelas en Brasil y Perú: Tabatinga y Santa Rosa. Aquella zona, conocida como La Triple Frontera, tenía al río Amazonas como divisoria, además de una larga y terrible historia. Va a dejar que sea Javier Reverte quien explique con sus palabras, de experto periodista y viajero, la particularidad del lugar. Espera que Reverte sepa perdonar esta apropiación de conocimientos, tomados de su libro “El río de la desolación”:
Y por más que los mapas y las administraciones públicas las separen, estos hombres y mujeres fronterizos que habitan en mitad de una selva que no acepta comunicaciones por tierra con ningún otro lugar, son en el fondo una misma y única población. Da lo mismo que se expresen en dos idiomas y que las matrículas de sus autos sean diferentes y que cuenten billetes de banco con distintas denominaciones. La Triple Frontera es una geografía semejante: tres almas con un mismo cuerpo o tres cuerpos con el mismo corazón”.
Y además de los sabrosos jugos, estaba el río, bestia, vasto, grandioso, acogedor y fiero. Sus habitantes lo querían y lo respetaban. Prepárese aquel que ose dañarlo con malditos requerimientos industriales.
Les pertenecía y lo adoraban como los quechuas y aymaras a la pachamama.


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2 de enero de 2009

C h i k u n g u n y a


Hacía el equipaje. Aquí, unas zapatillas; allí, un pantalón liviano; en este apartado de la mochila, las gafas de sol; por el otro lado, sus calcetines de dibujos. Pretendía estar relajado y centrado, pero no lo estaba. Durante tres días había estado haciendo una investigación sobre el país y no le gustó nada saber que hacía poco habían sufrido, o estaban sufriendo, una epidemia. Este detalle le sumió en un sinfín de averiguaciones para ¿saber más?, ¿satisfacer su preocupación?, ¿abandonar la idea del viaje?. Un poco de todo. Nunca se había preocupado por esas cosas pero aquel viaje era distinto, no estaba dentro de sus planes inmediatos. No era su-viaje, no era el viaje del viajero insatisfecho.
La epidemia de chikungunya sigue extendiéndose, según la agencia AfrolNews. El virus chikungunya, trasmitido a través del mosquito, se extiende de una isla a otra en la región del Océano Índico. Las naciones isleñas conocidas como "paraísos" por los turistas se encuentran desamparadas en su lucha contra los mosquitos. En torno a 160.000 personas se han infectado tan sólo en la isla francesa de Reunión, y el virus se ha extendido a Seychelles, Isla Mauricio y Madagascar. Crece el temor entre los turistas a medida que la epidemia se extiende. Después de los ataques de alta fiebre, deshidratación y fuertes dolores, los pacientes se reestablecen lentamente por sí mismos. Solamente se sabe que las personas muy débiles, niños o ancianos, pueden correr el riesgo de morir. Pensaba para sus adentros: “No es nada agradable la noticia”.
El temor aparece entre el mundo turístico. “¿Y yo que soy? Acaso no soy un turista. Con ciertas particularidades, pero turista”.


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21 de diciembre de 2008

Ninette y el kilómetro 127


Se arrimó a ella y puso la mano entre sus muslos. Los acarició y luego retiró el borde de la braga hasta alcanzar su sexo. Siguió tocándola mientras la besaba y la tendía sobre el suelo de piedra. Fue suavizando, poco a poco, los movimientos de sus dedos. Al fin, unos minutos después, la oyó gemir y notó cómo sus muslos se abrían y se cerraban, en movimientos regulares, bajo sus caricias. Después se echó sobre Ninette y alzó por completo sus faldas. Se movió despacio encima de la muchacha. Ella volvió a gemir y a dejar que su cuerpo se agitara descontrolado bajo el suyo. Besó sus labios, hundió su lengua entre ellos. Y cuando su propio cuerpo le anunció que llegaba al orgasmo, de nuevo escuchó los lamentos de placer que nacían en la garganta de Ninette”. Así vivió este viajero insatisfecho uno de esos momentos llenos de pasión, y cuasi-enfermedad amatoria, al lado de un río guatemalteco (fotografía).
Quien no conozca, en persona, a este mochilero se preguntará “¿para que contará el estúpido esas andanzas que suenan a farol?”; pero quien le conozca tal vez pensará -a que sí- “¡que más quisieras, inútil!”.
Ninguno acierta.
Este bello fragmento pertenece a la “Trilogía de Centroamérica”, de Javier Reverte. Como su título indica, tres relatos duros, vitales, terribles, que se adentran en la espesura de la vida centroamericana, con verdades como puños, amoríos, con guerrillas, contras, asesinatos, intereses, muerte, que además huelen a verdad o susceptibles de haberlo sido.
Quizás, verdades noveladas.
Lo que este pasional lector, a veces viajero, muestra es la parte lúdica -un fragmento- de uno de sus relatos.
- La matanza y muerte en el kilómetro 127 de la carretera del Petén tendréis que leerla, dice.

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15 de diciembre de 2008

Meteorología en Venezuela


Venezuela es un país rico. ¿Quién duda esta evidencia?. Nadie. Así, dentro del meollo del viaje, descubrir cosas como esta instantánea es uno de los grandes placeres visuales. Para ironizar, para criticar, reírse, entretener la vista unos minutos,…. Para todo eso y mucho más da la fotografía-cartel.
[Que se fije detenidamente el lector].
Habrá quien vea una crítica soterrada hacia Chaves.
Nadie dude que lo es.
Estamos de pueblos equivocados, de montajes electorales, de falsos revolucionarios, de manipuladores, de valientes bocazas hasta los mismísimos,…..


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8 de diciembre de 2008

Mighty sparrow


Se levantaba todas las mañanas, compraba su periódico y desayunaba tranquilamente en un cercano bar. Tranquilamente, si. No había nada que hacer. Y no lo hacía. Este viajero insatisfecho considera esos meses de su vida como huecos, deshilachados, desubicado y perdido en Trinidad y Tobago, tratando de encontrar un sitio, vagueando en Port of Spain (Puerto de España) -su capital- entre la monotonía del día a día, la música calypso (el ritmo más conocido) y las famosas “steel pan”, orquestas siempre preparadas para amenizar el carnaval.
¡Famoso el carnaval de Trinidad y Tobago!.
Se levantaba todas las mañanas y, casi diariamente, desayunaba con un secuestro (kidnapping, ransom) en los periódicos. Se sorprendía que todos los días hubiera raptos en estas islas. Se convirtió aquello, mientras estuvo el mochilero (70 días), en el segundo país con más secuestros del mundo, sólo superado entonces por Colombia.
¿Qué había detrás?. Pura extorsión, mafias, el dinero del rescate, intereses políticos -según algún triniteño- y poco más. ¿Parece poco?. Se secuestraba al rico, al político, al deportista de éxito, al hijo del médico ilustre, al padre del propietario de una cadena de supermercados,….
Hay países en los que no se entiende eso desde fuera. Este mochilero preguntaba por qué tanto secuestro.
Difícil de explicar.
La vida sigue.
El país marcha.
Se volvía a levantar al día siguiente.
Hoy, un famoso jugador de béisbol.
Siempre pensaba en el mito musical y favorito de las islas. Todo un grandes-ventas, Mighty sparrow.
En ese tiempo, nunca le tocó……
Y, no volvió a saber más.


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Fotografía.: Emancipation´s Day, en las calles de Port of Spain (Trinidad y Tobago).

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2 de diciembre de 2008

El poporo

Ayer, al cambiar en su habitación el polvo de sitio, se fijo en ese casi olvidado recuerdo de su encuentro con los poblados kogi y arzario en plena Sierra Nevada colombiana.
Le sacó una fotografía y se dijo para sus adentros: “Dentro de un rato voy a enseñar el ‘poporo’ a mis amigos”. Si bien este utensilio no es viaje en sí, transciende a la categoría de viaje por ser genuino de una zona recorrida por este viajero insatisfecho.
Un ‘poporo’ (también puede ser de oro y, entonces, se convierte en la imagen al mundo de Colombia) es un recipiente para guardar sustancias calinas, en este caso conchas de mar machacadas y molidas, necesarias como combinación en la masticación de las hojas de coca. Conchas, que estos dos pueblos se encargan de recolectar en el mar, después de un largo peregrinaje a sus orillas.
Los pasos del ritual serían los siguientes: el kogi o arzario lleva su 'poporo' colgado (en realidad, una calabaza hueca), junto con un pequeño saquillo con hojas de coca, medio secas. En el interior, va el polvo o picadura de conchas marinas y en la boca del recipiente un palo que empapado por el dueño de saliva lo impregna de ese polvo, que su dueño chupa, combinado después con hojas de coca en su boca. Se forma una masa, que el propietario, al final del ritual, escupe al suelo.

Esa masa o pócima -al contrario que el tabaco- fortalece al campesino en sus largas caminatas por veredas imposibles.
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25 de noviembre de 2008

Llámale. ¡Adelante!.

¡Mira que habrá visto detalles este viajero insatisfecho!. Detalles en las personas con las que viaja, detalles en el destartalado autobús, detalles en los niños, a la orilla del camino, al lado del agua de un cálido lago, esperando a que escampe arrimado a un birrioso muro. Detalles en animales domésticos, en los perros vagabundos, en las empinadas montañas. Se fija en ellos para absorber su esencia espiritual y cuestionarse su apariencia banal.
Se fijó en el rinoceronte negro, en el kudu (ya ha escrito un post sobre él), en las gacelas Thomson, en los facoceros pero, también, se fijó en el elefántico pene del antiguo paquidermo africano.
Como regalo.
No había encontrado las pulseras de pelo-de-rabo-de-elefante, que le habían encargado sus amigas, y pensó: “Pues, llevo el rabo [aunque sea en fotografía]”.
Se equivocó de órgano.
Total naturalidad, sin prepotencia ninguna, sin sonrojarse por la presencia humana y sin caer en el exhibicionismo, el elefante mostró todo su poderío sexual. Este natural, bello y masculino adorno, la lentitud de sus movimientos, su mirada enmarañada y su aparente “pasotismo” -a la vez que tronchaba ramas con su trompa- convertían al elefante en una especie de filósofo griego, de mensajero del más allá, de rey sin trono o de mendigo pidiendo “p’a dormir”, aún sintiéndose feliz bajo el libre cielo.
Si alguien quiere llamarle, ¡adelante!. Vive en el Parque Nacional Kruger (Sudáfrica).
¡A ver que pasa!.
Si no responde, siempre se puede uno poner triste y protestar:
¡No me llama!

¡No me escribe!.
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19 de noviembre de 2008

La liana


Vean, vean. Lo que el viajero insatisfecho muestra tan inocentemente no es ni más ni menos que el producto de una de sus ganserías; el resultado de su relax en medio del ruidoso silencio, animado por el guía que le mostraba cierto lado salvaje de la selva amazónica; el empobrecimiento del personaje aventurero; el ensalzamiento del turismo bobalicón. En resumen, es mucho más de lo que a primera vista parece.
No se matará con una caída desde esa altura, o sí, pero está asfixiando su prestigio y dañando su espíritu aventurero.
Se está autodestruyendo.
Detrás de este cretino mochilero, a quince metros del suelo impulsado como un péndulo por una liana, se observa la naturaleza natural, libre de ataduras y sin el rostro domeñado por el hombre. La luz, prisionera de la naturaleza.
Cuando os ofrezcan lanzaros por una liana, imitando a un Tarzán-paralítico, no lo hagáis. El talante del viajero debe de estar a la altura, dominar la situación y no prepararse para hacer el ridículo con cuatro gritos “tarzanescos”.

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13 de noviembre de 2008

Dentro de una cueva-bunker-cuartel-cárcel

Uno, dos. Dos aviones se incrustaron en las torres gemelas de Nueva York (2001). Mientras, este viajero insatisfecho visitaba uno de los muchos bunker-cuartel-cárcel que los vietnamitas habían construido, aprovechando la peculiaridad del terreno de las islas de la bahía de Halong, durante la guerra con los norteamericanos. Uno de aquellos jefes militares de entonces, reconvertido aunque mal en vigilante-guía, enseñaba la cueva tratando de no herir las sensibilidades de posibles americanos entre el tropel de curiosos.
Al otro lado del Pacífico, en Nueva York, el pánico se apoderaba de la ciudad al ver los efectos del imponente impacto. También el miedo se extendía al país.
En la bahía de Halong, en la cueva-cuartel, la paz y armonía eran absolutas, aunque sobrevolando en el ambiente ese halo de inquietud e incertidumbre que daba imaginar lo que hicieron, en aquella oscura cueva, los bravos y traicioneros vietnamitas, así caricaturizados en las películas americanas.
Este viajero tuvo que esperar al menos una hora -ignorante de lo que estaba ocurriendo en ese momento en el país de la otra costa, en el lado americano- para que se formara un grupo numeroso y el guía -aún vestido con trasnochada estética militar- iniciara las explicaciones reglamentarias del recorrido.
Se entraba por una disimulada y pequeña abertura en el promontorio, uno de los muchos que había debido a la original orografía del terreno. Ya dentro, una inmensa cavidad -mitad natural, mitad trabajada- recibía a los inquietos curiosos. En la casi completa oscuridad debían avanzar por pasadizos y peligrosas escaleras casi verticales, con la escasa luz de la linterna del vigilante-general-guía.
En España y en el mundo se seguía con expectación los acontecimientos de Washington y Nueva York.
En este apartado rincón de Vietnam, el grupo visitaba las celdas incrustadas en las paredes de la gruta, que sirvió unas veces como refugio al alto mando vietnamita y, otras, como cárcel para prisioneros americanos.
A la salida de este antiguo y natural refugio, al mochilero le pareció escuchar y entender que una avioneta había impactado en una de las torres gemelas. Para él, la tragedia era fácil de imaginar: 8 o 10 personas muertas. Durante una escala de cuatro horas en el aeropuerto de Singapur, una semana más tarde, pudo vislumbrar un poco la magnitud del acto. No fue hasta pisar suelo español, el 19 de septiembre, que entendió lo ocurrido.

¡Que diferente es el mundo cuando la desinformación y la ignorancia impera!.
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Fotografía: Entrada / salida del bunker vietnamita, atestada de turistas.


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9 de noviembre de 2008

¡Serán mamones!

Auténtico viaje mochilero-religioso”, afirmó hace unas entradas este viajero insatisfecho, al referirse a su recorrido por Mozambique. En esos momentos, contaba su acceso y sorpresa en una iglesia mozambiqueña. Se acordaba, además, de la pareja de neozelandeses (ella, unos 65 años; él, unos 30), que encontró en uno de los lugares de obligado refrigerio cervecero en Ilha Mozambique. Su presencia en el país, ellos la justificaron por su vocación y misión de pastores evangelistas.
Su avión les traía de Israel y Jordania; ahora, en Mozambique; pasados un par de meses, el destino les llevaría a Egipto, y más tarde a Austria. Para finalizar su periplo de año y medio, harían una parada en Estambul antes de regresar a tierras neozelandesas.
¡Serán mamones!, pensó este mochilero, al conocer su ruta (dibujada en un mapa) y ver cómo, entre risas picaronas, tomaban cervezas -por no sabe qué miedos de conciencia, ambos las mantenían en el suelo no en la mesa- en una preciosa terraza del más coqueto restaurante isleño.
¡Serán mamones!, grita ahora cuando rememora el hecho.

Mochilero era el viaje. Y de religioso se trata, pues los protagonistas de la historia son dos apasionados y pícaros pastores evangelistas neozelandeses, disfrutando -cree este mequetrefe viajero- ella de una segunda juventud y él de su primera y desaforada gran pasión, medianamente tardía.
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Fotografía.: capilla de Nossa Senhora de Baluarte, en Ilha Moçambique, considerado el edificio europeo más antiguo del hemisferio meridional.


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4 de noviembre de 2008

Tro y Kozo


Inocencia y candidez es lo que desprenden los cuentos africanos. Cuentos con moraleja. Cuentos de esclavos. Cuentos de aldea perdida, de poblado mísero.
Este viajero insatisfecho ve en ellos una historia comparativa con su esclavitud pasada. Con estos cuentos ¿cómo podría progresar una tierra?.

Tro (Gran antílope) y Kozo (Árbol) eran amigos íntimos. Tro tenía, por otra parte, en la persona de un cazador, al más terrible de los enemigos. Temía a su obstinado perseguidor tanto más cuanto se sabía muy visible, a causa de su alta estatura y sus largos cuernos.
Cierto día, extenuado a consecuencias de una larga carrera, Antílope pasó cerca de Árbol y se detuvo par contarle sus desgracias.
- Hermano –le propuso Kozo-, nada es más fácil que substraerte a la vista del hombre: cuando corras algún peligro, refúgiate en mis ramas bajas, que cuelgan hasta el suelo y están abundantemente provistas de hojas. Estoy a tu entera disposición.
Tro se lo agradeció y, muchas veces, recurrió al amable ofrecimiento del fiel compañero. Se sentía del todo seguro bajo aquellas tupidas frondas donde ningún ojo humano hubiera podido descubrirle. Una mañana, tras una penosa excursión nocturna, Antílope se tendió bajo su amigo y dormitó; luego, acuciado por el hambre y sin valor para ir a buscar alimento, comenzó a ramonear las hojas de Árbol.
- ¿Qué estas haciendo? ¡Miserable! –gritó Kozo- Te doy asilo y he aquí que me despojas.
Tro se encogió de hombros, sin responder, prosiguió su comida, volvió cada día y, habiéndole cogido gusto a aquella nueva comida, consiguió desnudar todas las ramas que estaban a su alcance. Unos días más tarde, el cazador, pasando cerca de allí, no tuvo dificultad alguna en descubrir a Antílope profundamente dormido bajo Árbol, privado de su follaje. Apuntó y lo dejó seco. Tro pagó así, con su vida, su negra ingratitud
”.

Moraleja: Debes ser castigado cuando despojas a alguien que te ha hecho un favor.
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La fotografía es un árbol (quizás, un baobab) de Senegal, el mayor que ha visto este viajero. Bajo su sombra había un mercadillo. ¿Estaría Tro allí?.

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27 de octubre de 2008

De la yegua, claro

Aparte de sus viajes, necesitados del avión como transporte, este mochilero realiza intermitentes idas y venidas a su tierra natal que le ayudan a soportar el calvario madrileño. Ya en el pueblo que le vio nacer, si el tiempo le acompaña, cultiva matojos que a nadie interesan, riega con esmero arbustos inservibles, realiza largos paseos por los campos, descansa apoyado en un ribazo y vuelve a retomar su caminata cuando el cuerpo se encuentra entre relajado, después de su agarrotamiento anterior, y alegre, lo que anima nuevos pasos.
En su último viaje terruñero, una garbosa yegua soportó durante un buen rato su inconsciencia aventurera. Le permitió subirse y obedeció sus órdenes de carrera. Sintiéndose crecido por el éxito momentáneo y consentido, el viajero insatisfecho intentó ponerse de pie en su lomo desnudo.
No tiene constancia de que al animal en cuestión alguien, entonces, le susurrara al oído para que detuviera su galope, que lo hizo, lo que dice mucho de la inteligencia del animal pero también de la estupidez del viajero.
El público asistente a una cercana reunión aplaudió la reacción.

De la yegua, claro.

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22 de octubre de 2008

Restaurante Oro

- Mucho turismo aquí ¿dices?. Entra más turismo en Fuengirola en un mes que en toda Costa Rica en un año.
Quien se expresaba así, era un fuengirolés (?) afincado en Puerto Viejo (Costa Rica), con un restaurante de comida española (sin duda alguna, el mejor de aquel pueblo playero, plagado de sitios para comer), amante de su tierra natal y fervoroso defensor de la Seguridad social española que le había -dijo- salvado la vida.
Y gratis, añadió.
Este viajero insatisfecho, hospedado unos días en una de sus habitaciones, habló alguna noche con él mientras cenaba las mejores viandas desde su llegada al país. Divorciado de su mujer española, estaba casado con una muy trabajadora y joven nicaragüense que le cuidaba como si fuera su “particular-Dios”. Vigilaba su dieta, impuesta por la Seguridad social, no le permitía un sólo esfuerzo y controlaba sus cervezas como si en ello le fuera su futuro.
Que le iba.
El personaje era Antonio y llevaba, entonces (2005), con maestría el Restaurante Oro (sólo cenas).
No dejéis de visitarlo.
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Cerca de Puerto Viejo, estaba la reserva indígena de Bribri. Para llegar a sus aledaños había que tomar este simpático y colorido autobús.

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16 de octubre de 2008

Niños kogis


Al publicar esta fotografía en estos tiempos actuales de -a veces- ramplona paranoia pederastia, este viajero insatisfecho no sabe por qué sintió riesgo o, quizás, inseguridad. Pero tan natural le pareció la fotografía, tanta sinceridad vio en ella, tan inesperado fue el encuentro en aquel paraje con este par de niños, con su particular vestimenta blanca, que no puso reparos en compartirla.
Más tarde comprobaría que su fortuita aparición constituía el anuncio de un cercano poblado kogi, originario y habitante de la Sierra Nevada colombiana, afincado al lado de la ruta, por aquellas sendas en laderas montañosas.
Les cruzó el pequeño arroyuelo en brazos, aunque seguro lo habrían cruzado ya cientos de veces, ligeros y rápidos; habló con ellos cuatro palabras, y les pidió prestada una sonrisa para la instantánea, aunque eran sumamente reacios a cualquier muestra de simpatía
Obtuvo la sonrisa, y continuó su marcha.
Mientras el mochilero descansaba, apoyado en una cabaña de madera y paja de la comunidad kogi, los pequeños aparecieron tímidos por la misma estrecha vereda que trajera hasta allí a este curioso caminante.
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10 de octubre de 2008

Criterios viajeros del viajero insatisfecho

Hay muchos criterios para catalogar a los viajeros.
Muchos, y muy distintos.
Cada individuo tiene los suyos.
Un criterio, entre otros, para juzgar al viajero de nuestros días es la pura apreciación subjetiva, el derecho que tiene cada individuo a hacer sus propias conclusiones de acuerdo a sus gustos y disgustos. Un paladar puede definir aquel recorrido de turisteo anodino y estúpido, y otro de viaje magnífico, bueno, regular o malo.
Desde el punto de vista de este mequetrefe mochilero -ajeno siempre a las críticas malintencionadas- la única forma de evitar las buenas ofertas de operadores turísticos es librarse uno mismo de consignas preestablecidas y de los principios que sólo ven negocio, independientemente de la calidad de sus ofertas, que imponen valores y falsos valores, en contra de lo que supone atesoramiento de aventuras, sensaciones, experiencias, y venden lo que venden únicamente porque ellos deciden que es bueno, y lo tienen que “propagandear” como bueno.
Peleemos por nuestros esquemas viajeros, rebelándonos contra carteles anunciadores de viajes espectáculo, que venden cultura viajera enlatada, que generan divertimentos falsos para paralíticos de la aventura, de las contingencias o empresas de resultado incierto.
¡Quédense en casa, señores, o digan a sus amigos que, por unos días, van a cambiar de residencia!. Nada más.
Busquemos la autenticidad del viaje sentido y vivido, nada de simulacros y rutas acartonadas por los guías de turno. Porque el viaje es impulsor de cultura tanto interna como para la gente local; es centro neurálgico de vida espiritual; es goce de sentimientos, y es enseñanza para contrarrestar las imperfecciones que nos imponen, entre otras, la vida rutinaria y, como no, la política. Siendo extremista, con el viaje se atesoran unas formas ideales de ser, de amar, de vivir y sentir.
Sólo si el viaje recupera esas esencias de libertad, de individual aventura, se emancipa de land rovers innecesarios, de camellos contratados, de lanchas rápidas, de grupos-para-que-salga-más-barato y se apoya en las -también- esencias de las gentes del lugar, merece la pena disfrutarlo.

Si no, ¡al carajo!.

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4 de octubre de 2008

El sadhu

El shadu recogió el trozo de granada que le entregó el viajero insatisfecho en su palma de la mano.
Con suavidad (Aquello le convirtió en “su sadhu”).
Con la misma suavidad que le vio alejarse tan solo unos metros. Con la misma suavidad que se acercó a pedírsela, con un gesto. Casi quitársela. Con la misma suavidad que miró al viajero blanco y barbudo un instante, justo al tomar la granada.
Una mirada que hizo las veces de agradecimiento.
El mochilero observaba a “su sadhu” sorprendido, aunque no fuera la primera vez que veía a un personaje así. Hay muchos por las calles de la India, muchos escondidos en los lugares más insospechados, observando la religiosidad de la vida con la nitidez de un asceta, con la complejidad de una persona perdida y lejana.
Con suavidad y una lentitud pasmosa fue sacando el contenido de la granada, grano a grano. Un joven hindú pasó a su lado y dejó caer una rupia en su saco semivacío que tenía a los pies. El mochilero miraba, y oía el agua del Ganga (río Ganges) que pasaba al lado de la suavidad del sadhu. Sentado, tranquilo, en silencio, con su pelo moreno atado en moño, los brazos apoyados en las rodillas, su larga barba blanca, casi cenicienta, formando una típica silueta oriental.
[Le sacó una fotografía].
El que nunca haya tenido a unos metros a un sadhu nunca contrastará con lo que es su ajetreada vida propia y personal. Este sadhu de Rishikesh respira su ciudad sagrada. Palpa a la madre Ganga, que se muestra salvaje y ruidosa a su paso capitalino.
No pareciera Rishikesh el lugar ideal para meditar, pero lo es. Este viajero vio occidentales -tal vez patrañeros- vestidos de ascetas monacales, de imagen rasta y llevando una aparente vida de meditación. Aunque nada que ver con la verdad que transmitía “su sadhu”, cercano, en la ribera del Ganga.
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29 de septiembre de 2008

El río Mekong


Bello. Impresionante. Húmedo. Salvaje, a veces. Turistas, muchos. Real, quizás primitivo. Fascinante. Todas estas cosas y muchos calificativos más corresponden al río Mekong.
Si hay un río en el mundo que sea en sí mismo agua abundante y riqueza comercial, ese es el río vietnamita por excelencia. Ni el Amazonas, ni el Nilo acaparan ese cauce económico que éste posee.
Vietnam resurgió con él.
Los americanos lo sufrieron. O arrasaban su primigenia fuerza o sucumbían al impacto de sus gentes.
Gentes peleonas, personajes diferentes. Si tuvieran la falsedad de los chinos, la belleza de tailandeses y el furor de los bucaneros malayos serían otra cosa, pero no vietnamitas.
Los vietnamitas son eso, y más.
El río Mekong es eso, y más. Es vegetación, es agua, miles o millones de metros cúbicos de agua. Son riberas, donde pequeñas fábricas artesanales de molinos de arroz, de sombreros vietnamitas, de salsa de pescado, de galletas de arroz, de cachivaches orientales, de papel de arroz (otra vez con el arroz),…., jalonan el camino, ocultas -mucha veces- por la vegetación natural del río.
Mercados flotantes.
El mercado flotante de Cai Rang se encuentra cerca de la ciudad de Cân Tho y es uno de los dos mercados del suroreste de Vietnam. Para ofertar sus productos, el vietnamita-flotante los suspende del poste (beo cây) en la proa del barco.
Muy elemental, aunque no deja de ser original.
En este río todo es elemental pero todo -también- original. Hasta la presencia del viajero insatisfecho en su curso y orillas.

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