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1 de diciembre de 2015

Parque Nacional de Yala


-Elefante, al fondo, y japonesa, espécimen también abundante-

El tan cacareado Parque Nacional de Yala por los libros-guías de Sri Lanka, y en especial por la ‘lonely’, decepcionó a este mochilero. En sus adentros, una vez realizada la visita, pensó que para el que conociera alguno de los parques nacionales africanos, la aventura en el Yala le iba a resultar un poco pobre, al menos en cuanto a animales avistados.

-Cocodrilo-

El centro de operaciones para hacerle una visita era la ciudad de Tissa (hay otras),  tranquila ciudad cercana y con la suficiente oferta de guías con sus 4x4 para poder cumplir con el objetivo de la aventura. El viajero insatisfecho llegó a Tissa después de varias horas de autobús desde las tierras altas de Sri Lanka, concretamente de Haputale, y no directamente pues tuvo que hacer transbordo en un pueblo que no recuerda. Toda una mañana, y parte de la tarde, de ‘curveteo’ en un autobús local, le posibilitó conocer todos los parajes de paso con cierta lentitud y parsimonia. Pueblos y más pueblos, cascadas, bosques interminables, curvas, montañas verdes hasta su cima y, sobre todo, paradas y más paradas para bajarse o subirse la gente local. Al fin y al cabo era su medio de transporte no el de este intruso leonés. Nada más parar el autobús en la ciudad de destino, un joven caza-mochileros le abordó. ¿Qué mochilero se acercaba a aquella ciudad y no visitaba luego el Parque Nacional aledaño?. Y al mochilero que tenía delante de él le veía despistado y con cara de necesitar información, como así era. A través de este jovenzuelo consiguió un hotel barato y mediante él cerró el trato para recorrer al día siguiente el Yala. No era la mejor época del año, pero el agente turístico casi garantizaba el avistamiento de algún leopardo, y el resto de animales, por supuesto. La ‘lonely’ también consideraba a Yala como “uno de los mejores parques del mundo para ver leopardos”.
No hubo suerte con este felino.

-Gallo de bankiva-

En el parque se estimaba que habitaban unos 300 elefantes salvajes “pero que pueden ser escurridizos”, según el libro-guía. También había osos de pelo negro [fotografía], peludos osos perezosos, chacales, sambares (parecidos a los gamos), chitales (también parecidos a los gamos pero moteados), jabalíes, búfalos, mangostas, gallos de bankiva, pavos reales, monos, y unos cocodrilos “asombrosamente grandes” (tampoco era para tanto y, además, se veían muy lejanos). Fueron cuatro horas completas, con un breve descanso, dentro del parque y la suerte (con la que siempre hay que contar para poder ver animales en la más absoluta libertad) no fue muy propicia.
Otra vez será.

-Oso de pelo negro-


Copyright © By Blas F.Tomé 2015

21 de abril de 2013

Visita multi-lingüística

El descanso del león, o leona.

En la visita al Parque Nacional de Pendjari (Benin) tuvo mucho que ver las casualidades que conlleva un viaje, las probabilidades del que las busca y la voluntad de unas mujeres que finalmente le permitieron unirse. En el 4x4 que les llevó de gira iban una alemana, una francesa, una finlandesa, una coreana y el viajero insatisfecho (español). El día previo, tuvo la suerte de conocer a la francesa que hablaba un perfecto castellano y le invitó a estar presente en la reunión preparatoria en la que se decidiría si la visita era posible o no. Al final, las “cuatro mochileras+uno”, salidos todos de diferentes lugares, se encantaron a sí mismos y decidieron acoplarse para abaratar costes y conocer el Parque Nacional, a un centenar de kilómetros de la ciudad de Natitingou, donde se encontraban.
El PN de Pendjari, que tiene una superficie de 2.750 Km², toma su nombre del río que le atraviesa. Al sur, limita con los precipicios del macizo de Atacora, aunque éstos realmente no están dentro del propio parque. Era conocido por su vida silvestre y por ser el hogar de algunas de las últimas poblaciones de elefantes, leones e hipopótamos del África Occidental, tres ‘grandes’ que afortunadamente consiguieron divisar.
Una primera crítica que le viene a la mente es que no era la época apropiada. La estación seca en la zona (mes de enero) no favorecía contemplar un entorno bello y verdes praderas, más bien todo lo contrario, en gran parte, pastizales quemados por los responsables del parque. Fuegos controlados para evitar -dijo el guía- grandes incendios que pudieran ser mortales para aquellos animales y terreno protegidos. Los carnívoros y herbívoros, que se dejaban ver lejos, y el a veces paisaje quemado que rodeaba el trayecto, no permitieron una especial euforia.
Fuera como fuese, una gran visita.
Espectadores del león de la primera foto. ¿Manifestación?. No, así son los parques nacionales, a veces.

Copyright © By Blas F.Tomé 2013

25 de noviembre de 2008

Llámale. ¡Adelante!.

¡Mira que habrá visto detalles este viajero insatisfecho!. Detalles en las personas con las que viaja, detalles en el destartalado autobús, detalles en los niños, a la orilla del camino, al lado del agua de un cálido lago, esperando a que escampe arrimado a un birrioso muro. Detalles en animales domésticos, en los perros vagabundos, en las empinadas montañas. Se fija en ellos para absorber su esencia espiritual y cuestionarse su apariencia banal.
Se fijó en el rinoceronte negro, en el kudu (ya ha escrito un post sobre él), en las gacelas Thomson, en los facoceros pero, también, se fijó en el elefántico pene del antiguo paquidermo africano.
Como regalo.
No había encontrado las pulseras de pelo-de-rabo-de-elefante, que le habían encargado sus amigas, y pensó: “Pues, llevo el rabo [aunque sea en fotografía]”.
Se equivocó de órgano.
Total naturalidad, sin prepotencia ninguna, sin sonrojarse por la presencia humana y sin caer en el exhibicionismo, el elefante mostró todo su poderío sexual. Este natural, bello y masculino adorno, la lentitud de sus movimientos, su mirada enmarañada y su aparente “pasotismo” -a la vez que tronchaba ramas con su trompa- convertían al elefante en una especie de filósofo griego, de mensajero del más allá, de rey sin trono o de mendigo pidiendo “p’a dormir”, aún sintiéndose feliz bajo el libre cielo.
Si alguien quiere llamarle, ¡adelante!. Vive en el Parque Nacional Kruger (Sudáfrica).
¡A ver que pasa!.
Si no responde, siempre se puede uno poner triste y protestar:
¡No me llama!

¡No me escribe!.
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Copyright © By BlasFT 2008