El
trayecto de unas cinco horas no le resultó excesivamente pesado. Los paisajes
rurales malgaches, algunos arrozales, fincas sembradas de maíz y de muchos
terrenos baldíos pasaron ante sus ojos. Sin olvidar los baches en la carretera que
eran insistentes y le ocupaban gran parte de su atención. Viajaba en el asiento
delantero, compartido con otro personaje malgache.
Lo
primero al llegar a la población fue buscar un hotel donde poder pasar la
noche, o noches necesarias para visitar el Parque Nacional Isalo que, en
principio, dudaba de que estuviera abierto. Pero, sí. No solía cerrar —le dijeron—
excepto en días concretos por la lluvia. Se acercó hasta el hotel Chez Alice, alejado del centro y
bastante caro. Luego, entró a preguntar en el hotel Orchidée de l'Isalo, al lado de la parada del minibús, donde
regateó el precio de la habitación y consiguió algo un tanto razonable.
[No siempre funcionaron los regateos en los
hoteles durante la estancia malgache. En este, sí].
Lo que quedaba de tarde, lo dedicó a presenciar una manifestación muy concurrida que se dirigía a una explanada, donde escucharían al líder. Original, muy africana, con cantos, pancartas y bailes.
El Parque Nacional Isalo, que visitó al día siguiente, también después de un regateo con el guía local, se había constituido como Parque Nacional en 1962. Su orografía estaba compuesta de un macizo de acantilados y cañones, por los que circulaban ríos y arroyos, que con las lluvias podían ser peligrosos. Si era así, cerraban su acceso. Menos mal que la zona donde se ubicaba el Parque era poco lluviosa, aunque justo al abandonarlo, un fuerte chaparrón cayó sobre Ranohira y sus alrededores. Contenía, además, pozas y cascadas que, sin ser espectaculares, tenían su encanto.
Contrató con el guía un paseo durante la mañana y primeras horas de la tarde (era posible, incluso, pasar varios días dentro del Parque). Un vehículo 4x4 los acercó de la entrada al comienzo del cañón, a unos seis kilómetros de la población. Allí inició un recorrido por este cañón en el que la vegetación y los acantilados componían un bello paisaje. Fue su primer encuentro, también, con lémures de cola anillada, todo un regalo de la naturaleza. No siempre eran visibles, aunque podían ser fácilmente audibles entre la maleza. También, serpientes —vio una— y camaleones de varios tamaños, aunque inofensivos.
Entre
la vegetación existente, pudo admirar la palma
del viajero —la consideraría “su talismán”— y también, el pie de elefante, un curioso arbusto
—parecía un árbol en miniatura— adaptado a los lugares secos y calientes donde
crecía. Era capaz de almacenar agua lo que le convertía aún en más resistente.
Por la orografía del terreno, resultó ser un trayecto cansado para este veterano mochilero, pero las panorámicas lo merecían. Desde lo alto de un cerro, al que subieron por una estrecha senda, admiró unas grandiosas vistas.
Fue un trayecto de descubrimiento de la naturaleza malgache. ¡Un placer!




