El viajero insatisfecho llegó hasta allí
movido por la curiosidad. Desde hacía años aquel nombre evocaba recuerdos de su
etapa escolar, cuando El Aaiún aparecía en los mapas como la capital del
entonces Sáhara Español, una de las últimas colonias africanas administradas
por España. Aquellas lecciones de geografía e historia parecían muy lejanas,
pero despertaban ahora el deseo de comprobar qué quedaba de aquel pasado y cómo
convivía con la realidad actual.
Comenzó a
recorrer la ciudad sin un rumbo fijo, dejándose llevar por sus amplias avenidas
y sus calles sorprendentemente ordenadas. La imagen que encontró difería
bastante de la que había imaginado para una ciudad levantada en pleno desierto.
Modernos edificios administrativos, amplias rotondas, jardines cuidadosamente
mantenidos y numerosas palmeras componían un paisaje urbano que transmitía una
sensación de prosperidad y de planificación reciente.
Llegó hasta
la plaza
El Mechouar —cree recordar que así se llamaba— donde suponía que
latiría la vida cotidiana de la ciudad. Sin embargo, la encontró casi vacía.
Reinaba un silencio inesperado, apenas roto por el paso esporádico de algún
automóvil o de unos pocos transeúntes que cruzaban la explanada sin detenerse.
Rodeada de palmeras y edificios contemporáneos, la plaza ofrecía un espacio
agradable para pasear, sentarse en un banco bajo la escasa sombra o simplemente
observar el lento transcurrir de la jornada.
Muy cerca se encontraba el llamado barrio español, donde el paso del tiempo parecía haberse ralentizado. Sus viviendas bajas, de tonos ocres y líneas sencillas, conservaban la arquitectura funcional de la época colonial. Caminando por aquellas calles era fácil imaginar cómo habría sido la vida durante las décadas de administración española. La catedral de San Francisco de Asís, discreta pero bien conservada, seguía siendo uno de los testimonios más visibles de aquel periodo. También aparecían aquí y allá antiguos edificios militares, como algún viejo polvorín transformado con el tiempo en almacén o vivienda, vestigios de una presencia que desapareció hace medio siglo pero que había dejado huellas en el paisaje urbano.
Aun así, el
mochilero no consiguió establecer una conexión especial con la ciudad. Quizá
pesaba demasiado la compleja realidad política que envuelve al territorio;
quizá era la falta de animación en sus calles o la sensación de que gran parte
de su historia permanecía oculta tras una aparente normalidad. El Aaiún le
resultó limpia, amplia y ordenada, pero también impersonal, como si le faltara
ese carácter difícil de definir que convierte un lugar en inolvidable.
Al día siguiente emprendió de nuevo el camino. Dejaba atrás la ciudad y las contradicciones del Sáhara Occidental para dirigirse hacia el norte, en busca del océano y de la animada atmósfera de Agadir, siguiente etapa de su recorrido por Marruecos.
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