13 de septiembre de 2026

El Aaiún, Sahara Occidental. Marruecos


Plaza El Mechouar, El Aaiún

El siguiente destino sería El Aaiún. Decía (y dice) Wikipedia que «es la ciudad más grande del territorio no autónomo del Sáhara Occidental. Es la capital de iure de la República Árabe Saharaui Democrática, Estado con reconocimiento limitado, pero se encuentra ocupada por Marruecos, que la considera la capital de la región de El Aaiún-Saguía el-Hamra».

El viajero insatisfecho llegó hasta allí movido por la curiosidad. Desde hacía años aquel nombre evocaba recuerdos de su etapa escolar, cuando El Aaiún aparecía en los mapas como la capital del entonces Sáhara Español, una de las últimas colonias africanas administradas por España. Aquellas lecciones de geografía e historia parecían muy lejanas, pero despertaban ahora el deseo de comprobar qué quedaba de aquel pasado y cómo convivía con la realidad actual.

Comenzó a recorrer la ciudad sin un rumbo fijo, dejándose llevar por sus amplias avenidas y sus calles sorprendentemente ordenadas. La imagen que encontró difería bastante de la que había imaginado para una ciudad levantada en pleno desierto. Modernos edificios administrativos, amplias rotondas, jardines cuidadosamente mantenidos y numerosas palmeras componían un paisaje urbano que transmitía una sensación de prosperidad y de planificación reciente.

Llegó hasta la plaza El Mechouar —cree recordar que así se llamaba— donde suponía que latiría la vida cotidiana de la ciudad. Sin embargo, la encontró casi vacía. Reinaba un silencio inesperado, apenas roto por el paso esporádico de algún automóvil o de unos pocos transeúntes que cruzaban la explanada sin detenerse. Rodeada de palmeras y edificios contemporáneos, la plaza ofrecía un espacio agradable para pasear, sentarse en un banco bajo la escasa sombra o simplemente observar el lento transcurrir de la jornada.

Muy cerca se encontraba el llamado barrio español, donde el paso del tiempo parecía haberse ralentizado. Sus viviendas bajas, de tonos ocres y líneas sencillas, conservaban la arquitectura funcional de la época colonial. Caminando por aquellas calles era fácil imaginar cómo habría sido la vida durante las décadas de administración española. La catedral de San Francisco de Asís, discreta pero bien conservada, seguía siendo uno de los testimonios más visibles de aquel periodo. También aparecían aquí y allá antiguos edificios militares, como algún viejo polvorín transformado con el tiempo en almacén o vivienda, vestigios de una presencia que desapareció hace medio siglo pero que había dejado huellas en el paisaje urbano.

Catedral de San Francisco de Asís, barrio español, El Aaiún

Aun así, el mochilero no consiguió establecer una conexión especial con la ciudad. Quizá pesaba demasiado la compleja realidad política que envuelve al territorio; quizá era la falta de animación en sus calles o la sensación de que gran parte de su historia permanecía oculta tras una aparente normalidad. El Aaiún le resultó limpia, amplia y ordenada, pero también impersonal, como si le faltara ese carácter difícil de definir que convierte un lugar en inolvidable.

Al día siguiente emprendió de nuevo el camino. Dejaba atrás la ciudad y las contradicciones del Sáhara Occidental para dirigirse hacia el norte, en busca del océano y de la animada atmósfera de Agadir, siguiente etapa de su recorrido por Marruecos.

Calles y casas ocres, barrio español, El Aaiún

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