Mucha gente en España no conocerá,
ni de oídas, los monasterios del lagoTana (Etiopía) y eso que eran/son parte de la historia del
cristianismo; ortodoxo, pero cristianismo al fin y al cabo.
Los monasterios, situados a lo largo
de toda la geografía del lago, eran realmente peculiares. Se repartían por sus
orillas e islas allí enclavadas, a las que hoy día se podía llegar en barco si
uno se dejaba engañar por alguno de los muchos taxistas/barqueros de Bahar Dar. Cuando las pequeñas
embarcaciones de papiro navegaban como únicas disponibles, en no tan lejanas
épocas, aquellas islas eran para muchos remotas e inaccesibles. Se creía -una
de las primeras cosas que a este viajero insatisfecho le dijo el
barquero- fueron escondite de muchos tesoros, puestos allí a buen recuado
durante los difíciles años.
Ya en el recorrido por el lago, se
veían varias de estas embarcaciones hechas de papiro, los tankwas (primera fotografía). No debía ser muy aconsejable (quizás, prohibido)
alquilarlas pero al divisarlas en medio del lago su endeblez, cutrez y rústica
apariencia incitaban a ello.
Impactaban.
Con la visión de los monasterios,
en especial de los monjes, sentíase transportado a los tiempos de Pedro Páez, singular monje español de primeros del
siglo XVII que apostó por evangelizar en la zona.
Algo vería el ‘joío’.
No piense el lector/blogger que
los monasterios constituían un lugar idílico, más bien algo caótico pero de
genuíno impacto visual. Hasta ciertas acciones en apariencia rutinarias de los
monjes, se le antojaban a este mochilero, sorprendentes, no exentas de un
tufillo de falsedad de ‘cara a la (turística) galería’. Sus edificios, casi
todos ellos circulares -eso sí, en su interior la mayoría recargados de
pinturas y ‘santitos de colorines’-
desentonaban con sus remotos orígenes por los tejados cónicos de latón
(material ‘cuasi-peste’ en África)
que coronaban entonces la mayoría de ellos.
¡Ayyy, si Gebriel o Maryam [o el sursuncorda], levantaran la cabeza!.
Repondrían la tradicional cubierta de paja de ‘teff’.
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