Como
tenía aún varios días —pensaba pasar más tiempo en Zimbabue, y había previsto
una estancia zambiana inferior— dedicó un tiempo a Lusaka que, tal vez, no se
merecía, ni tenía previsto. Paseó por sus calles y comprobó, de primera mano,
muchos cambios en la modernización de una ciudad; o, quizás, la miró con otros
ojos, o se movió por zonas que no había visitado la primera vez. El caso fue
que la encontró más tranquila, con algunos edificios más modernos, sin tanto
ajetreo africano como recordaba. Todo el “folklore africano”, la gente agolpada
y el bullicio parecía estar concentrado en los alrededores de la Terminal de
autobuses. Alejándose un buen trecho de allí, la tranquilidad parecía estar
alcanzada. No era verdad, pues en otras zonas también se encontraba gran jaleo local.
Descrito así, se podría decir que era una ciudad irregular, en la que
contrastaba la modernidad con el abigarramiento africano.
Se hospedó en el mismo backpackers en el que lo había hecho hacía años y, ahí sí, vio deterioro. A este hospedaje le había atropellado el tiempo y, hasta cierto punto, el abandono, pero aún así pudo pasar dos días en relativa armonía interior, y personal. Otras dos noches pasaría —en la espera de tomar el vuelo— al regreso de su visita al Parque Nacional South Luangwa, cientos de kilómetros al norte de la capital.
En resumen, una ciudad que, sin abandonar sus raíces, parecía progresar a buen ritmo, o eso apreció este mochilero.


Que cómo pasa el tiempo? Cad vez que uno cumple años, más rápido 🙂 aunque si la canción dice que 20 años no es nada, imagínate 11. Yo me mudé hace 15 años y, aunque han pasado muchas cosas, todo me parece que ha pasado en un suspiro y tengo la misma sensación que tú tienes de tu hospedaje: atropellado por el tiempo.
ResponderEliminarUn abrzt!