29 de julio de 2007

444 escalones

444 escalones (¡qué casualidad!) son muchos para subirlos en una habitual jornada de calima ribereña, en periodo de canícula con un sol abrasador, y un mediodía cualquiera después de un largo paseo. Pero éstos son los peldaños, fielmente numerados, que hay que ascender para poder llegar y visitar el faro de Guayaquil (Ecuador) en el cerro de Santa Ana, la zona más segura, según mi libro-guía, de toda la ciudad. El turismo -como tantas veces se ha dicho- tira y la oficina municipal no quiere problemas.
Es dinero, es “pasta”.
El caso es que se asciende (uno, dos, tres, cuatro,….) por unos serpenteantes callejones de escaleras bajo la mirada, de trecho en trecho, de los uniformados vigilantes de seguridad. La zona (treinta, treinta y uno, treinta y dos,…) esta muy cuidada y los lugares de relajación viajera (bares, restaurantes, tiendas,…) circundan la zona a cada paso.
Este viajero subía como un fantasma (cien, ciento uno, ciento dos,…) sin atender a bares, ¡qué raro!, restaurantes o tiendas, que iba dejando atrás con cierta displicencia. Las casas pintadas en variedad de colores hacen del entorno un lugar singular (doscientos veinte, doscientos veintiuno, doscientos veintidós,….), aunque esta peculiar característica se puede disfrutar en algún otro país, sobre todo tropical. Después del agotador paseo, se llega al fortín del Cerro rodeado de cañones (…., y cuatrocientos cuarenta y cuatro) que, en su día, se utilizaron para defender la ciudad de desalmados piratas.
Desde lo alto, una vez traspasado el peldaño “cuatrero”, la ciudad -con su Malecón 2000- y el río Guayas, a los pies.

26 de julio de 2007

Engaños turísticos

Me repelió el lugar. Pero alguien se preguntará entonces ¿por qué lo visitaste?. Pues -respuesta- hasta que no lo visité no lo sabía, pero después de hacerlo me puedo permitir el lujo de decir: NO.
Esto se podría extender a todo Hong-Kong, aunque de lo que yo estoy hablando es de un determinado lugar de esta gigantesca urbe. “Que ¿cómo se llamaba?”, pues no lo recuerdo, pero lo que si me pareció es que era un lugar de turisteo saca-perras, lamentable reconstrucción de un poblado chino, con menos, bastante menos, gracia que el “Pueblo español” montado en las laderas de Montjuic, en Barcelona.
¡Si al menos se pareciera!.
Si uno sólo visita aquella ciudad y quiere engañar a sus amiguetes (yo no lo hice) de que ha recorrido toda China, no tiene más que sacar veinte fotos desde diferentes perspectivas y parecerá que ha realizado el viaje mochilero de su vida por todo el territorio de Mao Tse-tung.
Alguien se preguntará “¿dónde esta?”, para no visitarlo. Huy, pues no lo tengo muy claro. Sé que se encontraba a las afueras de Kowloon, la parte continental de Hong-Kong que es, en su mayoría, una isla.
Nada más.

15 de julio de 2007

No se puede "refusar"

Hoy tocaba limpieza y reordenación de mi cuarto. En uno de los rincones polvorientos que abundan en tan ilustre habitáculo, me topé con la fotografía que adorna este “post”. No es otra cosa que una postal, enviada por un antiguo amigo francés al que conocí en Nosy Be, una pequeña isla cercana, muy cercana, a la gran isla de Madagascar.
La miré detenidamente -creo que el que me conozca no dudará de mi buen gusto- y la volteé para ver lo que mi amigo me contaba. Creedme, no recordaba absolutamente nada de lo que podría decir. Breve texto: “El tipo de regalo que no se puede ‘refusar’ (sic)”.
Me vino a la mente la charla que mantuvimos un lejano día en un bar playero de la isla Nosy Be. Hablaba perfectamente español y había despedido a su feísima mujer, o tal vez se había despedido ella -eran recién casados-, al hotel donde dormían, cuando comenzamos una larga conversación. Sobre ¿qué?. No recuerdo nada. Lo he borrado de mi memoria. ¿Por qué entonces me envió a posteriori esta postal?. No lo sé. ¿Por qué nos escribimos al regreso?. No lo sé. ¿Por qué dejamos de hacerlo?. No lo sé.
Únicamente, me vino a la cabeza el instante o la vivencia -que quiero compartir- al ver esta bella postal, o esta muchacha (¿Color café muy tostado? ¿Color ébano?), llena de polvo, encontrada en un rincón de mi cuarto.

12 de julio de 2007

Las 7 Maravillas del Mundo


Yo he pisado cinco (5):

  • La Gran Muralla (China).
  • Las ruinas de Petra (Jordania).
  • El Cristo Redentor (Brasil).
  • Machu Picchu (Perú).
  • El Taj Mahal (India).

¿Y qué? ¿Por eso debería ser un viajero satisfecho? Pues no. No me importó mucho el cacareado certamen de la elección en Lisboa, no me importó su transmisión televisiva y no me importó mucho que La Alhambra no fuera elegida (ver fotografía).
Este proyecto, creado por la mano del astuto Bernard Weber, funcionó de manera privada. La UNESCO ya se desmarcó en su momento de lo que supone “una campaña mediática" para generar turismo.
¿Mercadotecnia? De todo un poco, o un mucho.
Pero nada que ver con mi interés por los viajes. Nunca pretendí deslumbrarme con las maravillas del mundo, aunque al acercarme por el país no pude dejar de pisarlas.
Serviría una reivindicación que hice hace muchos años: Mi particular indiferencia por las piedras, mi adoración por el camino, mi veneración por las gentes, por las razas, por los paisajes naturales y verdes y, en fin, por el sentimiento de viajar.
Nunca podré decir la frase, “Me encantaría morirme habiendo visitado las siete Maravillas del Mundo”.

10 de julio de 2007

Kaplan: el viajero en sentido anticuado

Al empezar a fraguar esta entrada, el viajero insatisfecho estaba leyendo al periodista judío Kaplan, Robert D. Kaplan, uno de sus inevitables personajes de ronda por el mundo mundial y conocedor de los entresijos de la persona y la naturaleza humanas. Y subscribió, al instante, una de sus afirmaciones que transcribe seguidamente:
Quería verme como un viajero en el sentido anticuado de la palabra. Un viajero acepta a la gente que le rodea y las cosas que le pasan. Nunca exige ni se queja; se limita a escuchar y observar (…)”.
A este mochilero le viene a la cabeza cuando pretendía conocer un pequeño pueblo a orillas del lago Malawi y las posibilidades de hacerlo eran únicamente esperar a que un desvencijado Land Rover hiciera acopio de pasaje, con lugareños, para comenzar así el trayecto de 30 kilómetros hasta esa villa ribereña.
En África, ese conocido sistema puede llevar a uno a viajar entre sacos apilados y gente más apilada aún, sentada -amontonada- en la caja de uno de esos viejos vehículos todoterreno.
En África, la espera es una filosofía de vida.
Y esperó. Largas horas, y aún así esperó. Ahora ante la frase de Kaplan se limita a sentirse orgulloso pues el viajero, en el sentido anticuado de la palabra, “nunca exige ni se queja”.
En este caso, espera.
Aún así, pagó un desorbitado monto de monedas -mucho más que los lugareños- por transitar por un peligroso camino entre montañas y ver, al girar una curva, el lago a lo lejos. Encontró un pueblo de pescadores, cuatro turistas mochileros emparejados a cuatro turistas mochileras y una playa de arena con secaderos de pescado en ella (ver fotografía).
Además, haciendo caso al autor judío, este solitario casi-trotamundos se limitó “a escuchar y observar”.


Copyright © By Blas F.Tomé 2007

8 de julio de 2007

Los viajes de "la caja-tonta"

El otro día, este viajero insatisfecho -ahora, en parada mochilera- estaba viendo el programa “En portada” de La 2. Un reportaje sobre las mujeres de la India le dejaba sobrecogido por su tratamiento y belleza argumental. Pretendía ahondar en la situación actual de las mujeres hindúes y lograba indignar al espectador más duro y experimentado. Baby Halder era esa serena mujer abandonada por su madre, obligada a casarse a los 12 años por su padre y maltratada por su marido. Una historia que ella recoge en el libro “Una vida menos ordinaria” y relata al periodista con una temperamental dignidad, seriedad de gestos y claridad de palabras.
Este vehemente mochilero interpretó, en el momento, esa experiencia contada ante una cámara, y transmitida por una televisión, como un viaje sin levantarse de su raído sofá de salón. Pero, no.
No. Las historias que emite “la caja-tonta” no son el viaje de viajero insatisfecho. Son,… otra historia, otra experiencia, otra forma de ver el mundo. Viajar, con una mochila al hombro, es -insisto- otra cosa. Es palpar uno mismo la realidad de cualquier lejano territorio; sentir el pulso humano de la persona que te aplasta en un desvencijado autobús de pasajeros; escuchar in situ la conversación de una pareja de labriegos; circular sin rumbo durante horas para terminar pedido en la maraña de calles de una ciudad desconocida; admirar cualquier ruina mirando al suelo, a veces, para evitar caer por el precipicio; observar el movimiento en los muchos mercados de abastos populares; descifrar el comportamiento del taxista que esta pidiendo una cantidad desorbitada por un trayecto ridículo; admirar al guía que le lleva a uno por la selva y advierte de los peligros. Es desentrañar, fotografiar, subir, pasear, pulular, pensar, bajar, andar ……, y, sobre todo, sorprenderse.

6 de julio de 2007

Los ancianos


Tenía los ojos ajados por el paso de los años; la piel que cubría sus órganos era rugosa y seca a la vez, aunque se adivinaba, bajo ésta, una mente despierta. Su pelo se veía cano, y sus escasos movimientos aún mantenían cierta gracia, afabilidad y benevolencia. Tenía una cara en la que se podía confiar”.
Esta descripción sirve para multitud de personas mayores -la misma para todas- que parecieran sacadas de una misma horma física y psicológica, y que he visto sentadas en los poyetes de sus casas, en los zaguanes, en sillas de madera raídas, en banzos o quijeros de caminos de diversos lugares y países.
Cuando vi a aquella anciana señora sentarse delante de mí, viajero solitario, en una de las sillas que rodeaban mi mesa, donde mantenía aún una cerveza fría, enseguida pensé que era una más de las muchas personas que atienden a esa misma descripción.
Y era verdad.
El por qué se sentó delante de mí y me habló sin parar en malgache (idioma de Madagascar), ni siquiera en su segunda lengua, el francés, que al menos hubiera entendido algo, fue y es para mí un misterio. La saqué una fotografía (ver), la invité a un trago que no aceptó, la escuché durante largo rato sin entender ni “papa”, y cuando creí oportuno me fui dejándola satisfecha, feliz, tranquila y -creo yo- pensando “estos blancos ¡qué raros son!”.

4 de julio de 2007

Un grito reivindicativo e ingenioso

En esta ocasión, el viaje es al mundo gay, Europride 2007. He viajado, si, dos veces a lo largo de estos años en este particular recorrido que montan tanto gays como lesbianas. Ambas, lo hice rodeado de mujeres, bueno, en esta ocasión no lo fue tanto pues únicamente me acompañaban dos. Así, no hay rodeo posible.
Quede claro que yo fui de viaje, no de manifestación. Durruti, desde el momento en que le coloqué en mi mente como ideal, me lo hubiera impedido.
Siempre suele concluir el día de este raro viaje, con el agotamiento que producen las masas, con el cansancio de las horas pasadas sufriendo la fuerte calima en la cabeza, con la frustración de no poder hacer la fotografía más llamativa y original (este año era imposible), con la escasez de momentos para una cierta independencia y con las típicas contradicciones de si es interesante la feria (¡perdón!) o todo es un juego de malabares. Fernando Delgado, periodista admirado por este viajero al “Euromaricón” -como llamó un amigo mío al evento- expresa, con su habitual buen hacer, lo siguiente:
Era una alivio ver el modo de expresar la libertad de su diferencia a unos ciudadanos que no iban contra nadie, ni siquiera contra quienes siguen yendo contra ellos”.
Exhibicionismo de cuerpos mutados con gracia, y a veces con cierta locura.
Llamativos gestos engañosos, puteros, desafiantes y atrevidos.
Fue un grito reivindicativo, un grito de ingenio, un grito de libertad y, sobre todo, de lucha.
Exabruptos, los mínimos.

2 de julio de 2007

El "viajero insatisfecho" olvida experiencias

Provoca una sensación rara saber que has visitado un lugar y no tienes especiales recuerdos de su paso. Me sucedió hace unos días al comentar con una querida “bloggera” sobre uno de sus “post” en relación con Kovalam Beach, en el sur de la India. Era tanta su pasión por este paradisíaco y perdido lugar que la “blog” que ha montado se apoda “Kovalam90”, en alusión al año en que descubrió su mítico lugar.
“Yo, no”, negaba así cualquier contacto con el lugar, cual “san pedro” ante su maestro, al conocer que estaba cerca de la ciudad de Trivandrum, donde mi avión había aterrizado. Si bien me sonaba lejanamente el nombre playero, no podría decir que había estado por allí. Ante una improbable posibilidad hice una consulta a mis “notas viajeras”, descubriendo con asombro que mi transitar por esa famosa playa, con fotografías incluso, había sido en 1995.
¡Me rindo!.
¿Y entonces? ¿Por qué había olvidado el lugar? La soledad viajera -donde las sensaciones, vivencias y experiencias son diferentes- es el único argumento que puedo tener. Para llegar a Kovalam Beach, hay que recorrer una carretera llena de mujeres y niños picapedreros que no se escapan a la curiosidad del turista. A mí no se me escaparon. En sus aguas se intercalan turistas, en bikini o bañador, con niños correteando y mujeres hindúes bañándose con sus saris de seda u otra vestimenta similar típica-tópica (ver fotografía), que tampoco se le escapa al extrañado viajero occidental. A mí no se me escapó.
Lo que si mi cabeza había olvidado, y que este pequeño impulso de mi querida “bloggera” me ha hecho recordar, es que disfruté de un agradable día de playa, sin tener conciencia entonces de que lo visto y disfrutado se me iba a escapar de la mente, como viajero insatisfecho.
¡Una pena!.

29 de junio de 2007

Los niños

Tengo una amiga que cada vez que ve la fotografía de este “post”, me dice que le parece una de las más bonitas fotografías que tengo, no por lo bien parecido que me encuentre (eso seguro), sino porque aprecia -creo yo- un momento de cierta ternura, que no me es muy habitual. Suelo ser con los niños que me rodean un poco “cardo”, frío, distante, tal vez intransigente en exceso. Pero en la imagen no muestro esa característica.
A lo largo de mis recorridos por el mundo mundano, si me pongo a pensar con detenimiento, recuerdo muchos instantes con niños, donde mi carácter aparece difuminado por esa infrecuente ternura. Los mantengo en alguna fotografía, pero mi soledad viajera me impide apoderarme de ellos con más frecuencia. Los más, los tengo en mi mente.
Paseaba por una ciudad tanzana que ahora mismo no recuerdo, cuando los niños me seguían por una no muy populosa calle gritando ¡mzungu!, ¡mzungu! (blanco). Yo me volvía, y hacía el gesto de perseguirlos, mientras ellos salían huyendo, para, al instante, volver a incorporarse de nuevo a su juego, ¡mzungu!, ¡mzungu! Mientras, sus madres reían la gracia de los niños y mía. Lo tengo en mi mente como un simpático momento.
Camino de “La ciudad perdida” colombiana -duro trayecto, por cierto- encontré a dos solitarios niños kogis, a quienes atravesé un pequeño río en mis brazos. Bello, pero infrecuente gesto. Una vez cruzado el río me hice una fotografía con ellos.
Algún día la mostraré.
Y más, y más,…… y más momentos.

27 de junio de 2007

Todos somos "WEB'eros"


Viajemos al mundo de la Web 2.0.
¿Todos sabemos lo que es?
Si la respuesta es NO, te estas engañando. La usas desde el momento en que estas leyendo estas líneas. Y no solamente eso sino que participas en su creación y en su propagación. Te has montado, sin ayuda de nadie y por propia voluntad, un viaje creativo de algo que sin ser nuevo, es novedoso (¿contradicción?).
Teniendo en cuenta que no hace mucho tiempo todos los servicios de Internet eran unidireccionales y no existía interacción o participación de los usuarios en este proceso, el salto cualitativo -si piensas en lo que estas leyendo- ha sido espectacular. Ahora, podemos organizarnos poniendo algo de nuestra parte, podemos comentar, votar, subir, bajar, distribuir. Podemos, en resumen, interactuar.
Bonito ¿verdad?, o tal vez puedas pensar: PAMPLINAS, pero…… AQUÍ ESTÁS.
Nos contamos viajes, experiencias, confidencias; hablamos de cosas; escribimos con faltas de ortografía; cometemos errores; olvidamos nuestra entrada diaria a la “blog” de turno y preferida a la vez; comentamos delante de unas cañas el último “post” leído, o escrito, o comentado; sabemos que nuestros amigos están de viaje; conocemos la experiencia pasada de un personaje ajeno a nosotros;….
¿Es más interesante que desgranar el último partido de fútbol, o no?.
En mis antiguos viajes, me vanagloriaba de estar desinformado, de no leer nada y desconectar con mi mundo cotidiano, pero ahora mi mentalidad ha cambiado y no puedo escapar, al llegar a cualquier pueblo o ciudad, de contactar con el punto informativo más cercano.
Es mi contribución -mezcla de pasión y esclavitud- al mundo “WEB’ero”.

25 de junio de 2007

Todos hicimos lo mismo

Primero fui yo, más tarde lo haría Leonardo DiCaprio (los "Bichitos viajeros", por supuesto), y el último “famoso” en llegar sería el tsunami. Todos hicimos lo mismo: llegar, arrasar e irnos por donde vinimos. Con diferencias.
Visité hace muchos, muchísimos años las Phi Phi Island, en las costas tailandesas. Eran unas islas especialmente bellas y, por ello, especialmente visitadas. Yo lo hice sin haber oído grandes cosas sobre sus características, pero me encontré un sitio donde decidí relajarme después del ajetreado viaje mochilero por Tailandia.
Iba para pasar el día pero me quedé tres, aunque no sé si lo hice por la belleza de las islas o por no regresar en el mismo barco con tres jóvenes japonesas, feas y pesadas, que me amargaron un poco la travesía de ida. Por lo que fuere, hice como que perdía el barco de regreso y lo perdí.
Podría decirse que eran demasiados días de estancia para este viajero que pierde poco el tiempo, aunque allí iban adinerados turistas a retozar un mes. Por allí rodó Leonardo DiCaprio la película “La playa”, allá por 1999, y por allí también arrasó el tsunami, en diciembre de 2004.
Recuerdo cómo era su orografía, sus costas y sus playas, y al saber del paso del tsunami pensé inmediatamente en el singular y brutal destrozo que por allí cometería. Tengo entendido que ya están recuperadas de sus efectos.
El turismo tira, deja dinero y agiliza la recuperación de lugares.
Espero que el bungalow (ver fotografía) donde yo pasé dos noches haya sobrevivido.

23 de junio de 2007

Primer viaje en bicicleta

En este post, la vida y las cosas de la vida están contadas a los demás, muy especialmente con la visión personal del autor, viajero insatisfecho.
¡Creedme! Mis primeros viajes fueron en bicicleta.
Para ello me remonto a mi más tierna adolescencia. Se trataba de pasar la tarde del domingo acompañado de los amigos y ¿qué mejor manera que haciendo un viaje por los alrededores de donde tu madre te trajo al mundo?
Ahora, en la distancia y viendo la fotografía, habría que cambiar la frase y decir ¿qué mejor manera que haciendo un viaje por los alrededores como tu madre te trajo al mundo?
Estos dos momentos (mi recuerdo y la visión de la instantánea) quizás sean uno solo y el camino se convierte, así, en un feliz destino. El camino, la información y la imagen (fotografía) interactúan entre sí, no hay uno sin la otra.
(Ejemplo reciente: la información sobre un Sarkozy supuestamente ebrio tras la reunión con Putin se acompaña de unas imágenes de un Sarkozy locuaz, disperso y aparentemente ebrio: ¿hay interacción?).
Pero volviendo a lo que nos ocupa, la fotografía que apoya este post. El camino es feliz, la información se cuenta desde la alegría (la mía) y la imagen demuestra lo mismo: la ciclista, en su periplo hacia no sé dónde, circula contenta, sonriente, desinhibida ¿qué mejor?
Un bonito círculo del cual no quiero escaparme.

Ni quiero que os escapéis.


21 de junio de 2007

¿En India o en China?


Tiene su aquel. Si uno visita el estado de Kerala, en el suroeste de India, puede organizarse por poco dinero un crucero de nueve horas, con la ventaja de seguir la ruta turística más lógica y coherente. Este viajero insatisfecho (ver fotografía) venía de sur a norte del territorio hindú. Su libro-guía le recomendaba hacer el trayecto Quilon-Alleppey (80 kilómetros) en barco, por unos impresionantes y paradisíacos canales, donde el agua se confunde con el cielo, la tierra con el agua y sus gentes con mandarines sureños. Uno se cruza con barcos, estilo champanes chinos, y sus tripulaciones pertrechadas de sombreros, también chinos. Todo un crisol oriental a tiro del pulsador de la cámara.
Muy obediente con su “maestro viajero” (libro-guía), este mochilero hizo ese trayecto en un soleado día de septiembre. No se arrepentirá nunca de haberlo decidido.
La maraña de lagunas, ríos, calles acuáticas, cruces, canales artificiales conforman un laberinto navegable que no se escapa al control de los hábiles barqueros de la zona. El paseo es zigzagueante de poblado en poblado, con paradas para comer, para dejar pasajeros, subir mercancías o encargos, para sentirte, en fin, como descubridor de un mundo al que no se le ha escapado la belleza primigenia. Toda una experiencia.
Comió la tradicional “arroz con curry”, utilizando su mano derecha y servido en hoja de plátano, un trozo de pescado frito en exceso y los típicos, pero caros, anacardos (una delicia, por cierto).
Entre los pasajeros, aún recuerdo la presencia de una pareja de catalanes con los que charlé mucho rato -entre fotografía y fotografía- después de pasar varios días sin haberme comunicado en el idioma que me vio nacer”.

19 de junio de 2007

Objetivo: desenmascarar al "conquense"

Este viajero insatisfecho, en esta ocasión, viaja al mundo de las fechorías. No es que pretenda convertirse en un ser deleznable, pero el cuerpo le pide, o mejor dicho, le lleva pidiendo algunos meses, desenmascarar al “conquense”.
¿Y por qué a él?: Por provocador.
El personaje se oculta tras las sombras de un famoso gentilicio (¿quién no conoce Cuenca?), pero que con ayuda de photoshop y escáner ha conseguido tomar cuerpo. Cara, en este caso. Se le cae la máscara, pero sin muchas posibilidades de éxito, pues seguro seguirá firmando con su ya tradicional “alias”.
Pero……. ¡Es otra cosa!.
Con él, este viajero, dejó aparcada su mochila por unos días hace muchos, muchísimos años, y se adentró en territorio leridano (un viaje, sin duda), con fuerza y desenfreno. Allí, él, por un lado -supongo-, y este que escribe sandeces, por otro, triunfaron como viajeros primerizos. Eran otros tiempos, no muy ancestrales pero sí diferentes.
¡Pongámosle cara! ¡Desenmascarémosle!
Aunque por él también han pasado los años. De cara de “pipiolillo” ha pasado a tener cara de ”tractorcillo”. Sigue guapo, bien parecido y como persona ha engrandecido.
¡Una "bestia" humana!

15 de junio de 2007

Los taxistas de África


Los mochileros también tienen sus cosas extrañas. También se meten dentro del caparazón, como aterrados por una supuesta falta de seguridad que creo, en este caso, no existía. Y yo, también me metí dentro del caparazón.
Llevado por la psicosis de miedo, que me insufló en el cuerpo un taxista cualquiera de los muchos que esperan a la llegada del bus en un nuevo destino, acabé en una “guest-house” repleta de viajeros mochileros, ninguno de ellos español.
Era una especie de “resort” de mochileros (“centro turístico” cutre), a las afueras de la ciudad de Blantyre, al sur de Malawi, muy cerca de Mozambique. Habitaciones incómodas, jardín desastroso, hamacas sobre-utilizadas, bar, música constante, restaurante, parrilla, billar,….
Odio los “resort”.
Pero allí aparecí, como un alma en pena, después de pasar horas y horas muertas en un cargado y desvencijado autobús local. La ciudad tranquila no se merecía el apelativo de peligrosa, pero todo un día batallando en un transporte “de mil paradas” implica a veces llegar con las defensas bajas. Y ahí está el hábil taxista que te promete por poco dinero llevarte a un lugar tranquilo donde el descanso será seguro.
Rompo una lanza por ellos. Te ayudan en los peores momentos, no por altruismo, creedme, sino por dinero, pero su peso específico en un viaje alcanza, a veces, cotas impagables. Se alimentan de miedosos y cansados “corderos mochileros”, pero se ganan su pan con dignidad y simpatía. Cobran sus carreras mirándote a la cara, pero cumplen con los ojos cerrados cualquier extraña petición.
No bailan por dinero, pero hacen como si bailaran.
No sonríen al verte, pero sus simpáticos ojos desprenden alegría.
No vuelven a buscarte, pero al salir de tu refugio te los puedes encontrar….
Son los taxistas de África.

13 de junio de 2007

En las soñadas dunas

Estaba en Yemen. No había volado en avión, ni navegado en barco, ni circulado por carretera alguna para llegar allí, pero el hecho era que estaba en ese país ancestral y medio tribal.
Ahora mismo, ante mí, tenía sus páramos desérticos. Circulaba en un
Land Rover conducido por un barbudo yemení que lentamente me hablaba en spanglish, no sin hacer mucho esfuerzo, y acompañándose con miradas preguntonas. Su cara arrugada, su cuerpo delgado y fibroso le daba un aspecto duro y cincelado. Masticaba “gat” como una costumbre, creo que convertida en obsesión. No circulábamos por carretera alguna y, de trecho en trecho, veíamos grupos de obreros colocando unos indicadores fronterizos en medio de la nada. Dunas a la derecha, lomas rocosas y peladas a la izquierda, arena por todos los lados.
Anteriormente -y lo tenía en mi mente- me habían comentado que si sufría un secuestro por una de las muchas tribus que merodeaban por las montañas, fuera sumiso: “no protestes y trata de entablar conversación con ellos”.
A lo lejos, un grupo de diez o doce puntos móviles se hacían cada vez más visibles a gran velocidad. Polvo, mucho polvo a su alrededor y blanquinegros turbantes. Se acercaban a nosotros, y viceversa. Una mirada rápida a mi conductor me decía que aquello podía ser lo temido, “no protestes y trata de entablar conversación con ellos”, pero,…. ¿cómo? Mi conductor yemení, paró nuestro vehículo, nos miraron y rodearon. Entreveía sus ojos y percibía sus raídos faldones y sus “
kalashnikov” apuntando al viento...........
Me desperté confuso. Me quedé un rato en la cama, desconcertado mirando los apilados montones de libros de mi cuarto y sin poder centrarme en el nuevo día. Con ese despertar extraño, me fui a la habitual ducha.
¡Malditos arena y polvo -pensé- y bendita agua tempranera!

11 de junio de 2007

¡A la mierda!


Los chinos se dejaban odiar y, al menos, conmigo tuvieron suerte. Lo consiguieron. En cada visita, en cada paseo, en cada uno de los viajes de entretenimiento, no sé por qué algo desprendía desconfianza. No había caras amables, permanente intento de engaño y despreocupación hacia los problemas de los demás. Su educación era de libreto o panfleto comunista y la culpa -lo sé- no la tendrían ellos. Corría el año 1993.
Todo se convertía en un problema: Por aquí no se puede pasear. Aquí no se puede hacer fotos. Aquí no se puede subir. Aquí no está permitido…
¡A la mierda!.
Esa fue mi experiencia, aunque alguien me podría rebatir los argumentos.
¿Un momento de recuerdo?: pasear por la Muralla china que, aunque llena de gentío, mantenía una discreta belleza. (¡Que me perdonen los “guerreros de terracota”, en Xian, o la Ciudad Prohibida, de Pekín!).
En su construcción morirían miles y miles de personas (en algún sitio he leído la cifra) y es producto de la estupidez y de la omnipotencia caprichosa de no se qué gobernantes pero, aún así, es brutal e impactante.
Es de tal envergadura que empequeñece cualquier obra de nuestros días; amilana cualquier proyecto moderno de portada de periódicos internacionales. Amedrenta, intimida, sube, desalienta, serpentea, baja, se oculta al atravesar una pequeña loma pero se reivindica de nuevo y vuelve a surgir en el horizonte.
No tuvimos suerte mi compañera -allí la tenía- y yo. La visita estuvo envuelta de un calor bochornoso que terminó en una terrible tormenta. Aún así pude (pudimos) disfrutar, aunque amedrentados, amilanados y con el desaliento, también brutal, en nuestro espíritu asombrado.
¡Que nadie me diga que no estuve en la Muralla china!.

Copyright © By Blas F.Tomé 2007

8 de junio de 2007

Los "guiños" del viajero

El viajero insatisfecho cuando sale a transitar por territorios desconocidos, con su mochila a la espalda, su cartera semivacía, su ropa cómoda y su equipaje imprescindible para la estancia prevista, estará continuamente lanzando “guiños” antisistema.
Lo primero que hará al subirse al avión que le transporta a su destino, será recrearse con su primera experiencia: la búsqueda en su libro-guía del barato hotel donde pernoctará su primera noche. Pasará, seguro, de las grandes compañías hoteleras del país y abordará cualquier hotelucho local que le consuma lo menos posible sus existencias monetarias, enviando un “guiño” al empresario hotelero de tarifas descomunales. Sacrificando por ello, quizás, un poco de comodidad pero ganando en satisfacción personal.
Hablará mucho, y muy a menudo, con la gente del lugar y cuando vea al grupo de turistas aborregados (tienen todos mis respetos) evitará el más mínimo contacto, cambiando incluso de acera si pasea medio muerto por cualquier céntrica calle de la ciudad en que se encuentre; y lanzará un “guiño” de insubordinación hacia todas las Travel Agencias que viven de la ansiedad turística de los mejor situados dentro de un mundo globalizado.
Caminará largas horas empapándose de las costumbres que cada pueblo evidencia en la calle, donde realmente se conoce al país, evitando no todas pero sí la mayoría de las “piedras” (ruinas, iglesias, monasterios, catedrales, palacios, murallas, casas coloniales, museos,…) donde el turista aborregado (tiene todos mis respetos) retoza como cerdo en un barrizal. Este “guiño” será a la rebeldía con lo establecido.
Y así, sucesivamente.
Pero al final de su periplo, se preguntará: “¿aguantaré esta situación por mucho tiempo?”.

6 de junio de 2007

Todo está contado


De Cuba, se ha dicho todo. Otros, han dicho todo. Este viajero insatisfecho no se siente con ganas de añadir nada novedoso. Únicamente, que no vio libertad, no sintió libertad y encima sufrió su falta.
Libertad para moverse como un mochilero encantado de serlo (falta de autobuses, el tren era inviable, escaseaba la gasolina, sufrió el periodo especial como la revolución llamaba a la falta de todo lo básico para el cubano,…). Solución: alquilar-comprar un destartalado vehículo, con propietario incluido, para tratar de conocer un poco la isla.
De La Habana a Varadero.
De La Habana a Pinar del Río.
De La Habana a Santiago de Cuba.
Con lo único que quedó encantado (al margen de lo que otros han dicho, que es todo) del letrero ante la Oficina de Intereses Americanos en Cuba (qué nombre más rebuscado para evitar llamarlo, Embajada): “SEÑORES IMPERIALISTAS ¡NO LES TENEMOS ABSOLUTAMENTE NINGÚN MIEDO!”. ¡Ele, ele y ele!.
Una revolución tiene que ser retorcida para llegar a colocar un letrero tan ajustado a sus intereses como éste.
¡Chapeau!.
Del resto de la revolución: falacias fidel-ianas.

4 de junio de 2007

N'gorongoro


Este viajero bajó al cráter del N'gorongoro por el camino más auténtico. Puede que hubiera otros aún más agrestes, pero descender al antiguo cráter volcánico por la vereda donde suben y bajan los rebaños del los masais le pareció a este intruso una experiencia para contar en los corrillos catetos de su pueblo natal.
Recrearse en Tanzania, es revivir experiencias de viajeros exploradores inolvidables: Richard Burton, John Speke, David Livingstone, Henry Stanley o, más recientemente, periodistas como Javier Reverte. ¡Cómo entretienen las historias de este último!. Lo contó admirablemente en su libro “El sueño de África”.
Que todos sepan que por allí circuló este loco viajero y que quiere contarlo. Pero -práctico él- se va a dejar ayudar y, en parte, recoger cómo Reverte lo relató. Nada más.
Miré al otro lado, hacia el N'gorongoro, quieto allí desde los lejanos días de la Creación, el único tesoro que nos resta de lo que pudo ser el jardín del Edén”.
El N'gorongoro se formó como hoy lo vemos hace cosa de dos millones de años. Se sitúa a 2.600 metros sobre el nivel del mar en sus bordes, mientras que dentro del cráter la altitud es de 1.800 metros. El interior del caldero es una enorme llanura, en forma casi circular, que alcanza un diámetro de veinte kilómetros. Hay manantiales y arroyos en su suelo, un par de lagunas de aguas dulces y un gran lago de aguas sódicas en el centro. También crece un bosque de acacias amarillas, el Lerai, en el lado norte del cráter”.
En este bosque (Lerai), los pájaros carroñeros, amaestrados por millares de turistas anteriores, me robaron el bocadillo en un pispas. Todavía lo recuerdo con cierto odio, aminorado por el lógico paso del tiempo. Menos mal que en nuestro Land-Rover llevábamos otros de reserva.
Ah!, se me olvidaba, la biodiversidad de animales es impresionante (leones, hipopótamos, hienas, gacelas, flamencos, cebras, rinocerontes, avestruces, ...).
Hace unos trescientos años llegaron aquí los datogas, pueblo nilótico y guerrero, que expulsaron a los habitantes de la región. Ciento cincuenta años después de ellos llegaron los masai”.

Gracias, querido amigo Reverte, por ayudarme a contar mi experiencia.
Lo absorbí todo como una esponja, pero no lo sé contar con bellas palabras. El lugar, tiene más poesía que los Campos de Castilla, inmortalizados por Antonio Machado.
Copyright © By Blas F.Tomé 2007

1 de junio de 2007

Un anciano viajero sería un SABIO

En general, un anciano viajero -no el que escribe entradas en esta blog como si fuera una imperiosa necesidad (ni es anciano, ni experimentado)- que luciera una barba larga y cana sería un SABIO.
Tendría una cabeza rebosante de sabiduría y unos ojos que habrían leído y descifrado el libro de la vida. Habría visto la absoluta pobreza de los niños intocables de la India y sabría lo que es la desesperanza; habría visto los niños europeos amparados por su impuesta y sencilla riqueza y sabría lo que es la alegría. Sabría que el sol da la vida al europeo que tiene agua en abundancia para saciar la sed, pero también que el sol trae la muerte al etíope que sufre su impacto en el desierto. Conocería la miseria en lugares lejanos y conocería la abundancia cuando aterrizara en su aeropuerto cercano.
Sabría lo que es la sed pero, también, la saciedad. Y sabría distinguir entre el desierto y el oasis.
¿Eso no es sabiduría?.
Para el anciano viajero, pasar a la vida rutinaria y prolongada en el lugar donde nació siempre sería el último recurso, una derrota intelectual y vital, una especie de degradación personal.
Por eso, este otro -el viajero insatisfecho- que relata y escribe de viajes, y que en su imaginación conoce a ese anciano viajero, recomienda viajar, moverse, trajinar el espíritu por otros lugares aunque, en la distancia, la mente añore el lugar donde nació.
Nunca llegará a ser SABIO, tal vez ENGREÍDO.
¿O ya lo es?.

30 de mayo de 2007

Viajero insatisfecho: ¿directo culpable?

Me asqueó un poco la experiencia. Pero lo peor es que opté por el camino más fácil: ¡tragar!.
Había salido en una moto (“de paquete”, por supuesto) de la ciudad de Mae Hong Son, al norte de Tailandia. El guía era como un pequeño forajido, medio salvaje, pero conducía de maravilla el singular vehículo, apropiado, por otra parte, al “numeroso tour” que había contratado: yo solo. Atravesamos un puente colgante, campos orientales con sabor oriental y pequeños ríos que con nuestra motocicleta a todo gas conseguimos a duras penas atravesar. En uno, pringamos. El tubo de escape quedó debajo del agua y hasta aquí llegamos, compañero: hasta el centro del río. Risas, y obligado empujón a nuestra motillo para salir del vengativo río.
Cero. Nulo turismo en el poblado de las “mujeres jirafa”, que era mi objetivo, pero la infraestructura montada: ticket de entrada, sonrisa del taquillero, breve reverencia de rigor, y levantamiento de la valla.
No salía de mi asombro. Le pregunté a mi loco guía si había alguna manera de evitar el trámite y colarnos por cualquier lado, no por el dinero, creedme, sino por no dar un revolcón a mis ilusiones, a mi imaginación, a mi espíritu viajero. Me lo pensé y…. ¡a tragar!.
Pose fotográfica con alguna de las mujeres, oferta de regalos artesanales, paseo por las casuchas y un vistazo a la escuela infantil. ¡Qué pena, pero había ya niñas, muy niñas, con los primeros anillos puestos!. No sé por qué me acuerdo ahora de los copistas japoneses o armenios que -leí un día- todo lo que llegaba a sus manos lo traducían de manera convulsiva. Verdaderos esclavos de su pasión traductora. Así, este pueblo, toda niña que florece en la familia rápidamente la llenan de anillos, y todos sabemos las consecuencias de esos aros metálicos. Son esclavos de otra cosa ¿del turismo? Quizás. Sus mujeres anilladas dan dinero.
¿Lo mejor?: el paisaje de los alrededores.
¿Lo más lamentable?: la explotación y los viajeros, que ahí nos hemos convertido en indirectos, ¿o directos?, culpables.

27 de mayo de 2007

Pobres, ¿o pedigüeños?

Hace unos días, paseando por Madrid, me encontré a unos mendigos, pobres, pedigüeños o “últimos olvidados” (nunca se cómo llamar a la gente que nos rodea y nos pide por calles y aceras) que con varias cajitas, y visible letrero delante de cada una, pedían a los transeúntes “PA’WISHKY”, “PA’VINO”, “PA’CERVEZA”, “PA’DROGA”. En ese momento, me sacaron una sonrisa, no sé si de crítica pero si por su originalidad. Pero al llegar a casa, pensé -haciendo un repaso mental a las entradas de esta bitácora- que nunca había hablado de mendigos, pobres, pedigüeños o “últimos olvidados” de otros lejanos países.
Hay muchos, muchísimos y de diferente orden y clasificación. Yo diría que cada país tiene su clase de pobre y mendigo. En cada sociedad se manifiesta de una manera, o de varias, pero con unas características visiblemente similares. En India, que tiene un amplio abanico de olvidados, me sorprendió ese hindú que vive en permanente oración (shadu) pero también en constante miseria; o ese otro hindú que padece linfariasis linfática o elefantiasis (también llamada “enfermedad de los pobres”), que aparentemente consume los huesos de las piernas (da miedo mirar) hasta convertirlas en una masa amorfa y blandengue, se arrastra en un carrito al ras del suelo y alarga su mano para solicitar conmiseración.
En Madagascar recuerdo aquel negro con grandes cicatrices en todas sus extremidades que se plantaba delante de mí todos los días al salir del “hotelucho” y me miraba, yo diría que con cierto odio. O en Tanzania, más concretamente, en Zanzíbar, aquel negro que con un brazo, pero sin piernas, tocaba la flauta, apoyada en un original trípode, y movía sus ojos al ver pasar a su posible clientela mientras lanzaba notas al aire. En Malawi, en Tanzania, o en cualquier parte de África, el niño que se acerca, toca la mano del viajero y cuando miras, extiende la otra buscando tu generosidad.
En Ecuador, los pobres suben al autobús te colocan cualquier golosina en las manos y después de un breve discurso solicitan que compres, como una manera de ganarse el pan. En Perú, las viejas y niños, vestidos de quechuas o aymaras u otra indumentaria típica, solicitan una ayuda.
En Brasil, medio jugando, me abordaron grupos de niños sucios.
En…..
Se podría uno preguntar ¿en qué orden morirán estos “últimos olvidados”?

Hoy, es día de elecciones. Los pobres y olvidados no votarán, Durruti tampoco lo hubiera hecho, y yo............ no lo haré.

25 de mayo de 2007

Puro ritmo


Trinidad y Tobago, esas dos islas que conforman un solo país, enclavadas en la zona donde -según opinión recogida in situ- nacen los huracanes que asolan el Caribe y el Golfo de México, fueron destino de este viajero insatisfecho. Los trinitobagueños (?) citan este hecho con orgullo, pero los científicos saben que estos fenómenos atmosféricos surgen más lejos, en el norte de África, muy cerca de las islas de Cabo Verde.
Este mochilero tiene una deuda con estas islas: nunca las ha nombrado en sus ya insistentes entradas. Pero es que Trinidad y Tobago fue un refugio después del fiasco laboral, un destino tal vez forzado, no muy deseado aunque racionalmente querido.
Contradicciones de la vida.
Al margen de las características de la zona (Trópico), estas islas son consideradas como la cuna del carnaval caribeño y sus gentes se sienten orgullosas de ello. Hablar de Trinidad y Tobago es hablar del carnaval y nombrar el carnaval es hablar de las “steel pan”.
Fue uno de los momentos que más emocionaron al viajero el escuchar por primera vez esas bandas “steel pan”, que practican durante todos los fines de semana del año en los panyards (patios) para estar brillantes en concursos, competiciones y típicas fiestas nacionales. Sus muchos componentes (40 o 50 personas) arrancan a estos característicos bidones musicales de diversos tamaños (ver fotografía grande), percusiones y sonidos imposibles. Su conjunto conforma una música envolvente, rítmica, folclórica, llena del espíritu de las lejanas selvas africanas, de donde sus habitantes se sienten descendientes. Pero Trinidad y Tobago también es calypso y socca, otros dos géneros que mezclan las reminiscencias de la esclavitud y la sátira social.
Puro ritmo.

(Allí conocí, una noche, a “Mighty Sparrow”, el rey del calypso. ¡Cierto!, era un auténtico “rey” para el país, y muy querido. Cuando nos presentaron le dije “my name is blas”, “like explosion, ja, ja, jaja,….”, respondió. Un cachondo).

22 de mayo de 2007

Una REDACCIÓN sobre África


Fragmento de la REDACCIÓN del hijo de unos amigos (14 años), contando parte de la reunión que mantuve con ellos:

En una conversación de hace tiempo, mantenida por mis padres y uno de sus muchos amigos, me llamó la atención cuando este amigo después de conversar largo rato en el salón de mi casa, aseguró en un momento determinado que ‘todas las noticias que nos llegan de África son negativas’.
Con unas fotos en la mano de su último viaje africano, creo que a Tanzania, explicaba a mis padres -nos explicaba- cada una de ellas; y no me olvido de aquella fotografía en la que un muchacho con la mano estirada hacia el fotógrafo parecía pedir más consuelo y cariño que una moneda. No se me olvidan sus ojos tristes, sus pies descalzos, y una niña, más pequeña aún, que a su lado se agarraba con todas sus fuerzas.
Y nos contaba nuestro amigo que en medio de una extensa llanura africana, el tren se detuvo de repente. Desde un poblado de cabañas que había a unos cincuenta metros de la vía, aparecieron centenares de personas, sobre todo mujeres y niños, que instalaron en pocos minutos uno de los restaurantes más campestres, aunque también más míseros, que podamos imaginar; sobre una vía muerta -decía el amigo de mis padres- y con un sol abrasador que convertía más y más brillantes las caras del negro más negro.
Mientras las mujeres se afanaban en montar sus tenderetes de comida para los viajeros que se iban apeando poco a poco de los vagones, los niños se acercaban a las ventanillas del tren siempre con las manos extendidas hacia lo alto.
Uno de esos niños era el de la foto
”.

18 de mayo de 2007

Una crónica de la agencia EFE

Multa de 845.000 euros por dejar parapléjica a una niña al retrasar la operación (titular).

Un neurólogo, una clínica, una sociedad de asistencia médica y dos aseguradoras han sido condenadas a pagar 845.000 euros a una niña que ingresó de urgencias con una parálisis parcial reversible, pero que no fue intervenida hasta cinco días después cuando padecía ya una parálisis completa e irreversible. La sentencia dice que si la niña hubiese sido operada a tiempo no habría quedado parapléjica, califica de irresponsable la actuación del médico y afirma que la clínica murciana Virgen de la Vega incumplió sus obligaciones básicas.
El juzgado de Primera Instancia Número 10 de Murcia condena también al médico M.C.E., a Mapfre Industrial, a Winterthur Seguros, a la clínica y a ASISA a pagar 30.961 euros al padre de la menor, que tenía 15 años cuando ocurrieron los hechos.
La sentencia, que ha sido recurrida, indica que A.F.R. ingresó el 21 de julio de 1999 en la clínica murciana ‘con una paraparesia provocada por compresión medular por tumor invasivo que requería una actuación quirúrgica urgente’. El diagnóstico fue realizado por M.C.E., quien prescribió una resonancia ese mismo día y un TAC el 22, resultado que se conoció el 23. La sentencia dice que la paciente debió ser intervenida, lo más tarde, el 23, ‘más la operación se realizó el 26’
.
…………………..
Para M.C.E., este “Bush de turno” dentro del mundo hospitalario que desapareció cuatro o cinco días de su puesto de trabajo, esto serán daños colaterales de una intervención quirúrgica (¡maldito!), pero para A.F.R. (15 años) fue un disparo certero que la rompió su feliz viaje por la vida y la postró para siempre en una silla de ruedas. El viajero insatisfecho habla como siempre de viajes pero, en esta ocasión, de un triste viaje por la vida.

  • I.F.T. (el padre) ha lanzado, a lo largo de estos últimos años, miles de gritos de desesperación.
  • D.R. (la madre) gritos de desolación.
  • S.F.R. (el hermano) de angustia.
  • I.F.R. (la hermana) gritos de impotencia.
  • I.F.R. (otra hermana) de triste desesperanza.

Pero A.F.R., en su silla de ruedas, ha añadido a todos estos, los de dolor, padecimiento y llanto. ¡Qué mazazo!.

A este viajero insatisfecho, B.F.T. (el tío), no le queda más repertorio de gritos, pero va a lanzar uno de asco a las actuaciones irresponsables, a los disparos certeros y a los daños colaterales.
Y ahora los culpables recurrirán la sentencia. Más sufrimiento para la pequeña, que seguro pensará “¡que esto acabe, ya!”. Pero ¿qué recurren? ¿el disparo certero?, ¿la trayectoria de ese disparo certero?. Como si fuera cuestión de prestigio ¿y el de la niña? ¡Sinvergüenzas!. ¡Malnacidos!.

17 de mayo de 2007

¡No podrán mirar al cielo!

Hace unos días me enteré, por mi periódico favorito, que los yazedis (Adoradores del Diablo), pueblo en pleno kurdistán irakí, tienen entre sus muchos preceptos, en realidad, prohibiciones (¡qué mal!), la del color azul. ¡No podrán mirar al cielo!.
¡Absurdo!.
Este viajero insatisfecho ha visto muchos cielos azules, diferentes en su marco, diversos en su intensidad, distintos en su tonalidad. Cielos azules mientras el bochornoso calor aplana la mente, al amanecer, al caer el sol…
En las laderas del Annapurna, en la cordillera del Himalaya, después de darse un agotador paseo (que nadie piense que intentó la ascensión), tuvo oportunidad este viajero de encontrarse un cielo casi ofensivo por su perfecta armonía. No encima de su cabeza, porque las nubes que cubrían los alrededores de esa mítica montaña alcanzaban también al cansado paseante, pero sí a lo lejos, donde el cielo se juntaba con otras montañas menores después de atravesar el valle de Pokara.
Un jovencísimo guía, que no lo era, me llevó hasta esa ladera por una empinada senda, moteada de casas de labriegos, pobres, trabajadores, con su cara cortada por la ventisca de altura, pero con una simpatía y sonrisa que me levantaron la moral, y el físico, después de horas de incesante subida.
Agotado, me senté en un ribazo del sendero y allí pude disfrutar de ese cielo lejano pero por el que me dejé envolver. Los yazedis lo tendrían prohibido en los preceptos de su satánica secta.
Y recuerdo ese cielo. Nada más.

13 de mayo de 2007

Medio Marañón, medio Lope de Aguirre



Este mochilero, en el año 1996, se sentía explorador, aventurero y mequetrefe, a la vez, bajando el inmenso río Amazonas, en un barco local, desde Manaos a Belem (5 días), durmiendo en hamaca (comprada, por cierto, a la salida), en el segundo piso del barco, pasando los días contemplando las lejanas riberas selváticas y aburriéndose como una lagartija al sol. Largo viaje, pero necesario para el espíritu de entonces.
Marañón y Lope de Aguirre lo habían hecho antes, maldiciendo los mosquitos y bichos raros, nada lejos de la realidad actual para cualquier intrépido turista que se acerque a sus orillas.
En días secos, aquella selva estaba infestada de mosquitos zancudos que los indios llamaban 'carapanás', sobre todo al oscurecer y en la noche. Era imposible evitarlos y algunos soldados se cubrían la cara con trapos, pero siempre hallaban los mosquitos algún resquicio en el pescuezo o en la oreja o en la mano(“La aventura equinoccial de Lope de Aguirre”, de Ramón J. Sender).
Javier Reverte, mi referente periodista aventurero, vino después y escribió “El río de la desolación”, que leí sintiéndome descubridor. Hoy, cualquiera habrá tenido su oportunidad; ayer (el del 96), yo lo sentía como experiencia vital.
Hasta aquella travesía, nunca había tirado objetos a los pobres, ni a los pedigüeños y ni siquiera a los más míseros personajes de Old Delhi, que se merecían su propia dignidad. Todo lo había entregado en las manos, sin permitirme arrojarlo como se hace con un perro callejero, pero al ver la pequeña piragua con dos niños acercarse a nuestro “autobús-de-río” y conocer sus intenciones, tiré camisetas, pantalones, bañador e, incluso, unas zapatillas que se hundieron en pocos segundos en el ancho Amazonas, sin que a los niños, agitados por el diluvio de objetos, les diera tiempo a impedirlo (ver fotografía grande). Entonces, me sentí cooperante, generoso e intrépido, nada parecido con lo que en estos momentos pasa por mi cabeza.
Rescatar esa suerte de aventura, es empequeñecer mi persona. Me lo merezco.

11 de mayo de 2007

Cuento un cuento

El viajero insatisfecho se sentaba todos los días en la misma esquina del mismo bar de siempre, con su vaso de cerveza, desconsuelo en los ojos, y en la cara, un raro mohín. No es que estuviera serio, o malhumorado, o lo hiciera por mala educación. Simplemente era así.
Se mostraba dispuesto a contar a cualquiera su vida errante (sin que nada ni nadie le apartase sus delgados dedos de su preciado cristal) y a escuchar otras aventuras -lo hacía con gusto y placer- pero no a someterse a la curiosidad de cualquier persona que se le acercara. Sus amigos le podían preguntar por qué no se cambiaba de sitio, por qué había llegado tan temprano, por qué tenía ahora esa determinada mueca, pero nunca querían saber nada de sus viajes, y no porque no tuvieran interés sino porque le conocían y sabían que de nada serviría hacer un interrogatorio. Lo habían intentado pero siempre recibían el mismo silencio y el mismo raro mohín.
Nadie entendía cómo el viajero insatisfecho, después de recorrer tantos lugares, durante sus intervalos de descanso, que eran muy prolongados, podía tener los hábitos tan estáticos que entraban en oposición con su capacidad para iniciar con cualquier disculpa un nuevo periplo.
Los clientes se renovaban, entraban unos, salían otros, pero él se mantenía siempre en el mismo sitio y a veces parecía, por su cara, añorar la última vez que visitó algún lejano país. No tenía espectadores pero todos simulaban serlo cuando, sin amigos a la vista, mantenía su mente perdida.
Al principio, sentía recelos de todos los que le cruzaban al abandonar tímidamente el local, aunque algunos se atrevían a mirarle, siempre ocultos tras unas gafas de sol o simulando colocarse la gorra y así orientar la mirada. Pasado un periodo, las primeras semanas, el viajero sentía no sólo sus recelos, sino el bisbiseo de la gente a su alrededor.
Con el paso de los días, todo iba in crescendo.
Después de algunos meses, se transformaron ya en murmuraciones, a veces, incluso en tono alto, que le llenaban de asco. Los últimos días, antes de partir otra vez a su nuevo destino, oía claramente los gritos de ¡fuera!, ¡fuera!, dichos por los clientes que le miraban. Cuando ya se despedía, con su mochila preparada para el día siguiente en un rincón del salón de casa, algunos de los que allí estaban intentaron agredirle con sendos bastones. Los más agresivos: los habituales viejos del lugar.
Se fue.
Inició una nueva huída.
Y vuelta a empezar.

9 de mayo de 2007

Agua, y más agua



El salto del Ángel

Hace días ya, me di cuenta de que llevaba ya muchas entradas contando mis patrañas viajeras en esta bitácora, a la que estoy cogiendo cariño.
Por qué utilicé tantas veces la expresión “tal vez” en ellas es un interrogante que en estos momentos no se responder. Alguien me ayudará. “Tal vez sí, en el Taj Mahal….”, “tal vez debería haber dado un salto espectacular…”, “me hubiera quedado allí un día, dos, tal vez más”. ¿Inseguridad? ¿falta de ideas?, ¿indecisión?. No lo sé.
Bueno, pues, tal vez, encontrarme a unos metros de “El salto de Ángel” (Venezuela) haya sido una de las experiencias más excitantes, donde la naturaleza se muestra más auténtica, más feroz, más vital. Es, entonces, cuando te das cuenta de que su vigor y su fuerza no tienen nada que ver con cualquier otro hecho humano. Porque la naturaleza es natural.
Miraba desde el pie de la montaña y el chorro de agua parecía formarse en las inmensas nubes que a ratos ocultaban su verdadero origen, el macizo Auyan Tepuí, el más famoso tepuí de los muchos que señorean por la zona.
¡Increíble!. ¡Impre-sionante!
Pero la naturaleza no cesó en mostrarse magistral, feroz, autónoma y libre de cualquier dominación. El posterior descenso por el río Churún, en una lancha motora en busca del campamento donde pasar la noche, fue toda una venganza de esa naturaleza que no permite mirones ni intrusos. El agua comenzó a caer del cielo, cerrado y negro de nubes, sobre nuestras móviles cabezas impulsadas por el motor de la lancha que nos llevaba a las ansiadas hamacas del descanso. Agua, agua tormentosa, más agua, ¡hasta las bolas!, agua que nos caía y agua que nos rodeaba. ¡Tremenda mojadura! Pensaba en mi cámara y mis cigarros “Habanos”, protegidos, por indicación del guía (¡qué genio!), en una débil bolsa plástica.


Cobertizo de descanso
Fue hora y media de aguacero y de sentir admiración por el timonel que nos guiaba. Todavía, ahora, pienso cómo alcanzaba a ver el cauce que surcábamos. Los arrebatos de agua cegaban los ojos del más experto navegante. Y llegamos al río Carrao, que recoge el cauce del Churún, y nuestro campamento no quería aparecer. Agua, y agua, más agua, ¡hasta los huevos!, agua espesa como un milenario cortinón que impedía divisar más allá de dos metros.
La llegada al cobertizo, campamento, o como quiera que se llame, tuvo un cierto aire patético. Los ocho o nueve que descendíamos éramos ambulantes esponjas empapadas, cada uno en busca de sus preciadas pertenencias y de un merecido descanso al margen del agua que no dejaba de caer. Abrir la bolsa y ver la cámara y el “Habanos” en perfecto estado, fue un añadido más a la feliz, pero dura aventura de conocer el Auyan Tepuí y su salvaje e inmensa cola cristalina.
Copyright © By Blas F.Tomé 2007




7 de mayo de 2007

El carril de desaceleración

El otro día estuve en la explotación ganadera de un familiar mío, primo, concretamente. Se quejaba de su situación laboral, de la personal ya conocía yo bastante. Un accidente laboral con una de sus múltiples maquinarias de trabajo, le había obligado a la amputación de su brazo derecho.
Pero mi primo se quejaba de su situación laboral. Ante la imposibilidad de mantener la explotación debido al desdichado accidente había solicitado la anulación del obligado “cupo de leche”, necesario para poder vender oficialmente la producción. De un día para otro, le anularon el imprescindible “cupo”. Y él me decía indignado:
- “¿Qué hago ahora con la leche de mi ganadería, que obligatoriamente tengo que seguir ordeñando?”.
No le habían dado el margen suficiente para aminorar poco a poco la producción lechera.
- Tengo que seguir ordeñando las vacas, pues si no, antes de venderlas, se podrían malograr. Tendré que tirar la leche”.
No le habían permitido coger el “carril de desaceleración”. Estaba saliendo de su particular autopista y tenía que hacer un giro brusco con el consabido riesgo de grave accidente.
¡Cuántas veces en la vida no se permite tomar ese carril!.
El caso de nuestros amigos (Javi y Ana), no por un problema, todo lo contrario, tendrán que dejar de viajar, al menos, temporalmente. No habrá una Gambia inmediata. Tendrán que adaptarse mentalmente pasito a pasito, poquito a poquito, a su nueva vida de triunfante espera. Ciertamente, tendrán a mano su carril para reducir velocidad y tomar la curva con seguridad.
Este viajero insatisfecho, de manera distinta, se lo planteó alguna vez pensando que imprevisibles problemas le impidieran viajar. No se puede estar al margen de las hipótesis, de las realidades de otros, del ejemplo ejemplarizante ni de los imprevistos.
¿Y si eso ocurriera?
¿Podría incorporarse, en ese caso, al carril de desaceleración?.

4 de mayo de 2007

Un control nocturno


Anoche leía a Kapuscinski. Entre sus muchas y sabrosas experiencias, cuenta cómo atravesó un control policial en la Angola de los 70, del FNLA, del UNITA y del MPLA, todas siglas de movimientos de liberación del país pero ¿también del hundimiento del Angola?:
Si los guardias son hombres de Agostinho Neto, que saludan con la palabra camarada, seguiremos con vida. Pero si resultan ser hombres de Holden Roberto o de Jonas Savimbi, que saludan con la palabra irmao (hermano), habremos llegado al final de nuestra existencia terrenal”.
¡Joder!, con pocas palabras le había puesto los pelos de punta al viajero insatisfecho.
Entonces, la imaginación le sitúa en el último día en Antananarivo (Madagascar). Nada que ver con lo vivido por el escritor polaco, nada que ver la situación en ese país isleño, pero con la oscuridad de la noche crecen los fantasmas del miedo y cualquier control se convierte en un pequeño infierno.
La última noche en Antananarivo, de lo más accidentada a nivel experiencias, le despidíó con un control policial, en los arrabales de la ciudad, donde la miseria se mamaba por todos los frentes. La noche era más noche si la rodeabas de negros desconocidos y si la iluminación de la ciudad carecía de sentido para el alcalde o regidor del lugar. El taxi (o algo parecido) que le llevaba al aeropuerto a las 3 de la madrugada (hora de meigas y brujas), llegado el momento, se detuvo de forma repentina. “Control policial”, le apuntó el joven taxista. Pasaron unos segundos y la policía debía estar allí, oculta entre las casuchas que difícilmente el mochilero visualizaba, sin perder detalle de las caras en el interior del vehículo. Miraba al chofer que parecía decir “en este momento no conviene que muestres prisa ni nerviosismo, nos debemos comportar como si nada, con correcta normalidad”. Escrutaba los alrededores con la mirada y seguía viendo oscuridad, y la negrura del conductor que también observaba los laterales y las desvencijadas casas o cabañas cercanas que apenas se entreveían. 
Eran alrededor de las 3 de la madrugada y deseaba que apareciera el policía de la oscuridad, les saludara con la palabra camarada, les pidiera el salvoconducto -el pasaporte- y, así, continuar con la ruta hacia el aeropuerto. El policía (cree que lo era) apareció por un lado y vestía un sucio anorak deportivo, le pidió el salvoconducto -el pasaporte-, lo ojeó, sin verlo pues la oscuridad lo impedía, y le alargó su mano libre abierta solicitando no sabe qué. Le puso 20 francos franceses en ella (mucho dinero para ellos). Como contrapartida le devolvió el pasaporte y le dejó continuar el viaje en la oscuridad más oscura, rumbo al aeropuerto.
Copyright © By Blas F.Tomé 2007



1 de mayo de 2007

No soy un "troll" de mí mismo

Sigo en lo mío. Esta es una entrada (post) de viajes, pero de viajes al mundo de los “troll”, y no es que quiera convertirme en “troll” de mí mismo, pero la necesidad (en este caso, el orgullo) aprieta.
Me acabo de enterar que un blog es “un grito de soledad” y estoy alucinado, indignado también, extrañado y confuso. Escribir en un blog, leído en muchos casos -no en el mío- por miles de personas, enfrentarse a una bitácora durante los días viajeros, conociendo a cientos de personas y relacionándose con ellas, salir a la calle todos los días y charlar con los amigos de temas triviales pero diarios, eso, y muchas cosas más, impiden a uno ponerse delante del ordenador para lanzar “un grito de soledad”.
Son cosas que da la vida. Sale uno a la calle, supuestamente desde la soledad, y se entera uno en cinco minutos de cosas tan “interesantes”(?) como ésta. ¿Qué necesidad tenía yo de irme a un Congreso Internacional para vislumbrar tal afirmación?.
Pues, no, Fernando Jáuregui, un blog es algo más que “un grito de soledad” y, aunque así fuera, habría que decir que “ni más ni menos que…”. Tener que escuchar semejante estupidez en una ponencia de un congreso internacional, oírle un día que no le correspondía, a una hora que tampoco, y despachar el tema en 5 escasos minutos para concluir con esta simpleza, es merecedor de todo tipo de “trolls”. En mi caso una excepción, pues estoy hablando de viajes.
Diría, no fiaros de periodistas “robapanes” -o mejor, sin ser tan duro, “ganapanes”- y no fiaros, sobre todo, de algunos progresistas que “vistan canas”, que tarde o temprano únicamente buscarán titulares.
Seguro, segurísimo que, después de esa brillante(?) intervención, pondrá “el cazo” para recibir los emolumentos por ser un famoso periodista, puesto que yo, ni poniendo una auditoria a dicho congreso internacional, me creería lo contrario.
No quiero enfadar a los que me lean: estoy hablando de viajes.