El joven masai, ejerciendo de guía
Era
una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros
africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva
aparición. El viajero insatisfecho
paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el
sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai
Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una
ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores
de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad
del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar
un auténtico poblado masai, con sus
cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como
imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo
hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.
Cercado para las ovejas
El joven masai ejercía de guía como si de un
profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde
guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo
he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre
viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando
entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el
centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con
alguna alubia (no entendió lo que el joven masai
le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre
charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo.
Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los
destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el
cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda
permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio
o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se
cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.
El joven masai, su padre y el amigo
La mujer y su hijo, dentro de la casa
Fue
un rato en un poblado masai, un rato
pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que
este viajero no piensa olvidar.
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