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6 de junio de 2016

Un rato en un poblado masai

El joven masai, ejerciendo de guía

Era una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva aparición. El viajero insatisfecho paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar un auténtico poblado masai, con sus cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.

Cercado para las ovejas

El joven masai ejercía de guía como si de un profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con alguna alubia (no entendió lo que el joven masai le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo. Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.

El joven masai, su padre y el amigo

La mujer y su hijo, dentro de la casa

Fue un rato en un poblado masai, un rato pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que este viajero no piensa olvidar.

Copyright © By Blas F.Tomé 2016

18 de marzo de 2010

Viajando por la muerte

Aún no sabe por qué pero este viajero insatisfecho siempre ha pensado que una investigación, quizás antropológica, sobre la muerte podría ser una buena excusa para ‘perderse’ (vagar) por el mundo y tardar años y años en aparecer. La muerte en sí, o sus ceremoniales, tiene tantas interpretaciones terrenales o del más Allá que dependiendo del pueblo, tribu o región su significado será diferente.
Si bien el cristianismo ha capitalizado el respeto al cuerpo en las ceremonias fúnebres por la creencia de que el hombre esta hecho a imagen de Dios; por contra, los masai -africanos- colocaban a sus muertos en el bosque para que los consumieran los carroñeros y depredadores. En la costa occidental de Canadá los cuervos se nutrían de cadáveres de los kwakiutl. En las Torres del Silencio de Malabar (India) o dokhmas, los parsis dejaban a sus muertos para que fueran picoteados por los buitres hasta quedar en los huesos.
Han sido cuatro ejemplos, pero, con ellos, la imaginación del lector se ha trasportado a tres o cuatro continentes. El supuesto viajero, convertido en investigador, habría viajado de una tribu a un poblado, de un área a otra región. La adquisición de sus conocimientos, hubiera supuesto traslados, caminatas, esperas, marchas y veredas.
¿No sería una manera de viajar?.

Viajes. Viajes.
  • En el círculo, varios féretros colocados hace años en terreno escarpado. La fotografía esta tomada en las Islas Filipinas, muy cerca de las famosas Cuevas de Sagada.
Copyright © By Blas F.Tomé 2010

4 de junio de 2007

N'gorongoro


Este viajero bajó al cráter del N'gorongoro por el camino más auténtico. Puede que hubiera otros aún más agrestes, pero descender al antiguo cráter volcánico por la vereda donde suben y bajan los rebaños del los masais le pareció a este intruso una experiencia para contar en los corrillos catetos de su pueblo natal.
Recrearse en Tanzania, es revivir experiencias de viajeros exploradores inolvidables: Richard Burton, John Speke, David Livingstone, Henry Stanley o, más recientemente, periodistas como Javier Reverte. ¡Cómo entretienen las historias de este último!. Lo contó admirablemente en su libro “El sueño de África”.
Que todos sepan que por allí circuló este loco viajero y que quiere contarlo. Pero -práctico él- se va a dejar ayudar y, en parte, recoger cómo Reverte lo relató. Nada más.
Miré al otro lado, hacia el N'gorongoro, quieto allí desde los lejanos días de la Creación, el único tesoro que nos resta de lo que pudo ser el jardín del Edén”.
El N'gorongoro se formó como hoy lo vemos hace cosa de dos millones de años. Se sitúa a 2.600 metros sobre el nivel del mar en sus bordes, mientras que dentro del cráter la altitud es de 1.800 metros. El interior del caldero es una enorme llanura, en forma casi circular, que alcanza un diámetro de veinte kilómetros. Hay manantiales y arroyos en su suelo, un par de lagunas de aguas dulces y un gran lago de aguas sódicas en el centro. También crece un bosque de acacias amarillas, el Lerai, en el lado norte del cráter”.
En este bosque (Lerai), los pájaros carroñeros, amaestrados por millares de turistas anteriores, me robaron el bocadillo en un pispas. Todavía lo recuerdo con cierto odio, aminorado por el lógico paso del tiempo. Menos mal que en nuestro Land-Rover llevábamos otros de reserva.
Ah!, se me olvidaba, la biodiversidad de animales es impresionante (leones, hipopótamos, hienas, gacelas, flamencos, cebras, rinocerontes, avestruces, ...).
Hace unos trescientos años llegaron aquí los datogas, pueblo nilótico y guerrero, que expulsaron a los habitantes de la región. Ciento cincuenta años después de ellos llegaron los masai”.

Gracias, querido amigo Reverte, por ayudarme a contar mi experiencia.
Lo absorbí todo como una esponja, pero no lo sé contar con bellas palabras. El lugar, tiene más poesía que los Campos de Castilla, inmortalizados por Antonio Machado.
Copyright © By Blas F.Tomé 2007