Antes de decidirse a vivir esta experiencia, el viajero debe tener en cuenta que las autoridades han endurecido las restricciones en los
últimos años. Aunque históricamente es posible viajar de manera informal sobre
los propios montones de mineral, esta práctica se ha vuelto mucho más
difícil y, en algunos casos, está estrictamente regulada o prohibida para los
turistas.
Su recorrido es sencillo: parte de las inmediaciones de las
minas de Zuérate, atraviesa el desierto mauritano durante unas veinte
horas —a veces con una parada intermedia en Choum— y llega a la
zona comercial de Nuadibú, a orillas del océano Atlántico. Desde su puerto, el
mineral, una vez procesado, emprende viaje hacia destinos repartidos por todo
el mundo.
………………….
El grupo de viajeros, en tierra de nadie (entre Zuérate y F’dérik) y a unos metros de los vagones, permanecía atento por si aparecía algún vehículo de seguridad. También especulaba sobre la hora de salida. De pronto, un leve ruido acompañado de un pequeño movimiento en los vagones puso a todos en alerta. Dudaron: aún parecía demasiado temprano. Sin embargo, un segundo tirón, apenas perceptible pero constante, les impulsó a actuar. Subieron precipitadamente mientras el tren, lento pero implacable, comenzaba a ganar velocidad.
Las prisas se acumularon. Mochilas, mantas y bolsas volaban
hacia lo alto de los vagones mientras sus dueños trepaban por unas escaleras
incómodas y traicioneras. Quien ya estaba arriba ayudaba a los demás a ascender
por la estructura metálica; quien permanecía abajo lanzaba el equipaje.
Movimientos rápidos, coordinados y urgentes. Finalmente, los cinco viajeros y
todos sus bártulos quedaron acomodados sobre el polvo de hierro. El tren había
alcanzado una velocidad constante y el grupo celebró con euforia el éxito del
embarque.
Llegó entonces un mínimo de organización. Había que
distribuir el equipaje y preparar el campamento improvisado. Cada uno llevaba
su mochila, un fardo con mantas y otros enseres para combatir el previsible
frío nocturno, además de una bolsa con agua y algo de comida.
A partir de ahí, todo fue aventura.
Cada vez que divisaban una persona o un vehículo junto a la vía, se agachaban o se tumbaban sobre la carga para evitar ser vistos. Persistía una cierta inquietud. La tranquilidad absoluta no llegó hasta que el desierto, con sus armas silenciosas —el silencio, la bruma amarillenta y la inmensidad—, terminó por envolverlos.
Como las vías avanzaban en línea recta, resultaba imposible
apreciar dónde comenzaba y dónde terminaba aquel inhóspito convoy. Más tarde,
una suave curva reveló su verdadera dimensión. Viajaban a lomos de una
gigantesca serpiente de hierro oscuro y fragmentado.
Los kilómetros transcurrían lentamente —el tren nunca alcanzó
una gran velocidad—. La arena y el horizonte plano rodeaban el convoy, y el
tiempo parecía diluirse. Todo se volvía monótono y relajante, pero también
fascinante.
Eran cinco aventureros que, con el paso de las horas,
cambiaban constantemente de posición: caminaban, hacían fotografías,
inmortalizaban su experiencia —cada uno a su manera— o permanecían inmóviles,
absortos ante el paisaje. El italiano, cámara en mano, corría sobre las
montañas de mineral y saltaba de un vagón a otro. El polaco se ajustaba una y otra
vez su turbante mauritano. Los dos amigos malteses conversaban y reían con sus
propias bromas. El viajero insatisfecho,
sentado en silencio, observaba el horizonte.
A veces aparecía una pequeña tienda junto a la vía. Otras, un
arbusto solitario resistía obstinadamente al desierto. Viejos raíles retorcidos
formaban pequeñas dunas metálicas y alguna modesta elevación rompía la
uniformidad de aquel océano de arena.
El tren se detenía sin previo aviso en mitad de aquel paisaje
silencioso. Permanecía inmóvil unos minutos y reanudaba la marcha. Más tarde se
detenía en una zona de doble vía y, tras una breve espera, otro tren vacío
pasaba en dirección contraria.
A última hora de la tarde, con muchos kilómetros ya a las
espaldas y sin haber parado en Choum, como parecía previsto, apareció en la
distancia, envuelto en una bruma ocre, el Ben Amera.
El Ben Amera es considerado el tercer
monolito más grande del mundo, después de Uluru, en Australia, y las Torres del
Paine, en Chile. Formado por granito, ofrece más de seiscientos metros de
desnivel para la escalada y atrae a numerosos amantes de las emociones fuertes.
Muy cerca se encuentra el monolito de Ben Aicha, que también cuenta con
diversas vías de ascensión.
El lugar está rodeado de leyendas. Una de ellas cuenta que Ben Amera representa a una mujer, mientras que Ben Aicha simboliza a su esposo. Ambos vivían en armonía hasta que una disputa, cuyo origen nadie recuerda, provocó su separación definitiva. Otra tradición popular atribuye a Ben Amera un simbolismo relacionado con la fertilidad, debido a una hendidura visible en una de sus laderas que recuerda a la anatomía femenina.
La noche llegó lentamente, pero con dureza. El frío, las
estrellas y el paso de las horas asumieron el protagonismo. El tiempo parecía
estirarse hasta el infinito. Con un gordo chaquetón y dos mantas encima, la noche fue larguísima.
El amanecer trajo consigo la aparición del sol sobre el
horizonte y los primeros arrabales de Nuadibú.
Habían sido veintitrés horas de trayecto.





No hay comentarios:
Publicar un comentario