22 de agosto de 2007

Acepto la provocación


Acepto la provocación que me hizo uno de mis lectores-bloggers e intentaré contar cómo se fraguó mi paseo por el río Amazonas, hace ya 11 años. No me gusta reincidir en el tema (lo traté en mi entrada “Medio Marañón, medio Lope de Aguirre”) pues no sé por qué me aburre evocar largas historias. No así, leerlas. Contaré cómo lo inicié, pero no todo el recorrido que, día tras día, se llegó a convertir en pesado y aburrido.
Salvo excepciones, ¡faltaría más!.
Navegar por el centro del río, día y noche, casi sin apreciar sus lejanas orillas tiene pocos momentos de admiración paisajística.
Manaos es la ciudad selvática de Brasil, a la que aconsejaría llegar por río, pues hacerlo en avión, y de noche, no deja de convertirla en una ciudad normal, cuando tiene todos los elementos para ser recordada como algo genuino.
Bueno, el caso es que mi ilusión era abandonarla por barco y hacer una travesía fluvial que me dejara un imborrable recuerdo de la selva brasileña. Conseguí información sobre los “autobuses-de-río”, que sabía existían, y me preparé mentalmente (2 minutos) para iniciar mi particular aventura. Compré la hamaca reglamentaria (me habían dicho que era fundamental para hacer la travesía) en una de las tienduchas cercanas al puerto fluvial; hice lo mismo con mi pasaje para ese día (el barco salía a primera hora de la tarde); me despedí del hotel barato en el que me hospedaba y me dirigí al puerto haciendo un alto en el camino para surtirme de fruta, agua y alguno de los víveres que yo consideraba necesarios. Estaba previsto que fueran cinco días de navegación y una sola parada en la ciudad de Santarem, para recoger nuevo pasaje y continuar viaje hasta nuestro destino final, Belem.
A primera hora de la tarde abordé el barco, conformado por tres pisos (típico de aquellas latitudes), y me entregué a la organización de “mi habitáculo” para pasar cinco noches. No pregunté, simplemente miré al resto de los pasajeros que se me habían adelantado y observé cómo “se lo montaban”. Colgué mi hamaca en un lugar aparentemente solitario y apoyé mi mochila en el poste de madera más cercano. Con el paso de los minutos apenas tendría espacio para subir a mi recién estrenada hamaca, pues la gente, lenta pero implacable, iba tamizando con las suyas los huecos que yo creía libres (ver fotografía).
Salimos de Manaos al atardecer. Lo de “a primera hora de la tarde”, había sido una ilusión. ¡Increíble!. Bellísima puesta de sol, según mantengo en mi recuerdo.
Únicamente, citar la primera noche pasada con el ruido (“tuc-tuc-tuc”) del barco, en su imparable avance por el cauce amazónico, y una ingrata tormenta cayendo sobre la solitaria y oscura amazonía, y sobre nuestro particular bus, claro. Agua, agua y agua. Un momento después de iniciarse el aguacero, del techo comenzaron a caernos gotas para convertirse poco a poco en pequeños chorros de agua, que nos levantaron a todos, cuando el sueño comenzaba a vencer nuestros cansados cuerpos.
Noche en vela.
La mañana siguiente, con largas tumbadas al sol, supliría la falta de reposo nocturno.

2 comentarios:

Laura dijo...

Wow!! Todo un viaje, los diversos ríos de Brasil y de Venezuela la gran mayoría son confluyentes en el río Amazonas.
A mí me gustaría conocer a los indígenas Yanomamis que viven en el estado Amazonas de Venezuela.

Saludos.

Sandra dijo...

¿Para qué quiere Laura un Yanomamis con un ejemplar tan genunino como tú? Además, ocupas poco, te cuelga en una hamaca...