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3 de julio de 2019

Kabatoro Guest House / Uganda


Hipopótamos en el lago Edouard

Ayer, después de casi dos años de haber visitado Uganda, ha recibido un wathsapp, con un mensaje de voz de un joven ugandés que quería saludarle. Este hecho, este mensaje, le hizo recordar aquella jornada de descanso en Kabatoro Guest House, a la salida del Queen Elizabeth National Park. El emisor de la nota era un empleado de aquella guest house donde pasó una noche.
Por cierto, noche de infausto recuerdo.
[Esto que va a contar fue su experiencia, aunque sabe, por el mensaje de este empleado, que el staff ha cambiado y puede haber variado la calidad del establecimiento].
Este ‘hotelucho’ -por internet se dejaban ver opiniones de las que se deducía cierta calidad- estaba en medio de la nada, y cuando el viajero insatisfecho apareció por allí, después de visitar el parque nacional, no tenían ni agua para una obligada ducha, olía a puta-mierda, pero mierda de la auténtica, no ofrecía wifi y pasó una noche de diablos.
Eso sí, los chicos y la chica que mantenían aquello (mal, por supuesto) eran agradables y hacían lo que buenamente podían. Que podían poco. Les encomendó que arreglaran la avería del agua y a ello se pusieron con cierto ahínco, aunque pasados 20 minutos, de abrir y cerrar llaves o de subirse al depósito del agua, abandonaron el trabajo que vieron irresoluble.
Otro delito, la cerveza estaba caliente pero, después de una ducha de ‘cubo y cazo’, de esas que con un recipiente pequeño se rocía el cuerpo con el agua que hay en otro, beber una cerveza era uno de los pocos placeres permitidos en África. Mientras se ocupaba de ello, a lo lejos, dos elefantes atravesaron ligeros un claro en la espesura de la cercana selva. Después, en una amigable charla con los empleados que habían suspendido sus trabajos de arreglo de la avería, se enteró, también, de otra mancha. Si quería desayunar al día siguiente algo decente, dos huevos y un café, no un vaso de agua con regusto a inmundicia, tendría que acercarse a comprarlo al poblado cercano de Katwe.
La noche estaba cayendo en Kabatoro Guest House. El mochilero leonés se sentía perdido, solitario por gusto, en la inmensidad de África. Un ‘boda boda’ (mototaxi en Uganda) era la única solución para arribar en Katwe y comprar aquellos benditos huevos y café. Uno de los jóvenes llamó por el móvil a uno de sus amigos motorista. La espera duró unos 30 minutos.
Con tres personas montadas en la moto, circulaban por un camino lleno de baches, polvo y oscuridad. Algún ruido o berrido lejano generaba cierta inquietud. Eran los alrededores de un parque nacional que no tiene vallas y la permeabilidad de la selva podía ofrecer sorpresas.
Katwe era una pequeña localidad a orillas del Lago Edouard, en cuyos alrededores se encontraba gran parte del Parque Nacional Queen Elizabert. Al llegar a la población, como ya era de noche cerrada, al extranjero ‘de los huevos y el café’ le dejaron en una especie de restaurante local mientras los jóvenes agenciaban los productos estrella. Aparecieron media hora más tarde cuando el mochilero saboreaba una cerveza, esta sí fría. Los invitó a otra que bebieron con rapidez. Montaron en la moto y desaparecieron en la noche.
Acababan de salir del pueblo, cuando se toparon con una manada de hipopótamos que atravesaba el polvoriento camino, cortándolos el paso. Stop. Unos 20 o 30 animales, grandes y pequeños, cruzaban la vía con parsimonia. Salían, pudo saber, a pastar en las orillas del lago.
¡Peligro, peligro!
Este mochilero, allí parado, viendo pasar en la oscuridad de la noche una manada de hipopótamos a uno o dos metros de la moto, se sintió muy vulnerable. El miedo, el silencio y la poca luz que salía del foco parecían estar ensamblados con la noche. El hipopótamo sin duda era el animal más mortífero de África. Unas veces atacaba por defender a sus crías, otras porque se invadía su territorio, y otras si se sentía amenazado. Supuso entonces, y ahora, que aquella noche, perdidos en aquel paraje africano, no cumplieron para los hipopótamos ninguna de las premisas anteriores. Estos artiodáctilos herbívoros cruzaron el camino y no se sintieron amenazados por aquellos tres motorizados individuos; al menos, uno de ellos, casi petrificado en el sillín de la moto.


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21 de abril de 2013

Visita multi-lingüística

El descanso del león, o leona.

En la visita al Parque Nacional de Pendjari (Benin) tuvo mucho que ver las casualidades que conlleva un viaje, las probabilidades del que las busca y la voluntad de unas mujeres que finalmente le permitieron unirse. En el 4x4 que les llevó de gira iban una alemana, una francesa, una finlandesa, una coreana y el viajero insatisfecho (español). El día previo, tuvo la suerte de conocer a la francesa que hablaba un perfecto castellano y le invitó a estar presente en la reunión preparatoria en la que se decidiría si la visita era posible o no. Al final, las “cuatro mochileras+uno”, salidos todos de diferentes lugares, se encantaron a sí mismos y decidieron acoplarse para abaratar costes y conocer el Parque Nacional, a un centenar de kilómetros de la ciudad de Natitingou, donde se encontraban.
El PN de Pendjari, que tiene una superficie de 2.750 Km², toma su nombre del río que le atraviesa. Al sur, limita con los precipicios del macizo de Atacora, aunque éstos realmente no están dentro del propio parque. Era conocido por su vida silvestre y por ser el hogar de algunas de las últimas poblaciones de elefantes, leones e hipopótamos del África Occidental, tres ‘grandes’ que afortunadamente consiguieron divisar.
Una primera crítica que le viene a la mente es que no era la época apropiada. La estación seca en la zona (mes de enero) no favorecía contemplar un entorno bello y verdes praderas, más bien todo lo contrario, en gran parte, pastizales quemados por los responsables del parque. Fuegos controlados para evitar -dijo el guía- grandes incendios que pudieran ser mortales para aquellos animales y terreno protegidos. Los carnívoros y herbívoros, que se dejaban ver lejos, y el a veces paisaje quemado que rodeaba el trayecto, no permitieron una especial euforia.
Fuera como fuese, una gran visita.
Espectadores del león de la primera foto. ¿Manifestación?. No, así son los parques nacionales, a veces.

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