23 de mayo de 2020

Moló-moló y la playa de Monogaga

Playa de Monogaga y la mochila viajera
Se pasó todo el día en la playa de Monogaga. Era la primera vez que pisaba una playa después de casi veinte días en Costa de Marfil. No lo hizo por las ansias de tomar el sol o pisar la arena que, normalmente, odia hacer, sino por conocer aquel destino fuera de toda ruta y alejado relativamente de la civilización.
Pero no era una playa solitaria pues cerca de donde rompían las olas multitud de rudimentarias casas de pescadores encontraban allí su sitio. Constituían una especie de comunidad o pueblo de pescadores acostumbrados, quiso pensar, a las visitas de foráneos pero, en todo caso, a pocas visitas. En su día, según le dijeron, hubo un pequeño hotel turístico (hotelito, diría) entre unas cuantas palmeras, con la playa al frente y selvática vegetación por detrás, pero había cerrado -temporalmente- por falta de concurrencia. Y esa sensación daba cuando pasó delante de él: cerrado de manera transitoria pero ¿cuánto de transitoria?
Muy difícil mantener o fortalecer el turismo en aquella zona pues, en un área de sesenta kilómetros a la redonda, las carreteras eran infernales, llenas de baches que las lluvias habían convertido en profundos obstáculos para la circulación. Además, desde el cruce de la carretera principal hasta la propia playa, había un camino, más bien vereda para motos y algún arriesgado taxi-compartido que se acercaba al lugar.
Uno de aquellos taxis tomó el viajero insatisfecho en la portuaria y ruidosa ciudad de San Pedro, dispuesto a pasar un día de merodeo, curioseo y en plan indagador. Allí le dejó el taxi alrededor de las once de la mañana, después de atravesar otros dos poblados donde fue descargando clientela, paquetes y bultos. Sobre las cinco de la tarde prometió regresar para llevarle de nuevo a San Pedro. Una especie de ruta regular (a la africana, pues podía fallar) que le llevaría de nuevo a ‘la civilización’.
Al descender, su primer curioseo fueron los coloridos botes allí varados, a la espera de salir a la mar. Luego se lanzó a un lento paseo por la orilla. Del océano, en este caso. El final de la playa se veía a lo lejos y, hasta allí, se propuso llegar. Dos o tres casas, de aspecto turístico, una de ellas, el hotel, fue dejando atrás al amparo del ruido de las olas. Un joven dentro del agua -le llegaba a la cintura- lanzaba una red circular, con la esperanza de enmarañar algún pescado descuidado. Un pequeño grupo de aburridos jóvenes estaban tumbados en una de las abandonadas casas playeras. Del interior de la vegetación, lo vio a lo lejos, otro joven salió dispuesto a llevar al mar una pequeña piragua allí varada, una de esas piraguas elaboradas de un solo tronco, toda ella decorada con motivos del Barça, sus colores y escudo. Al final de la playa, donde aquel espigón rocoso se internaba en el mar, un pequeño arroyo o riachuelo lanzaba sus aguas al calmo océano. Se sentó en una barca allí varada a observar el agua, la brisa y a aquella solitaria piragua alejarse en el horizonte.
Momentos de tranquilidad y reposo difíciles de pagar.
Volvió sobre sus pasos hacia las casas de pescadores y se alejó hacia el otro extremo de la playa con evidente holganza y dejadez. El tiempo transcurría lentamente en aquel solitario paraje. Nada que hacer más que pasear y apreciar la singularidad del lugar.
Un joven motorista, aparecido de no sabe dónde, se ofreció para acercarle al cruce de la carretera que distaba al menos 15 kilómetros y hacer este trayecto por una elevada cantidad de dinero. Era hora de regresar. Como la playa de Monogaga ya estaba vista decidió aceptar previo regateo. El muchacho olía en exceso a bebida, pero su simpatía alcoholizada contrarrestaba el mal efecto. Le dijo que accedía, si subía y bajaba aquellas pendientes que había observado al venir, despacio (‘moló-moló’), sin prisas ni acelerones gratuitos.
Moló-moló’ (poco a poco) repetía insistente el muchacho cuando la pendiente era descendente y el mochilero (de paquete) le tiraba hacia atrás para que fuera más despacio. ‘Moló-moló’, ‘moló-moló’, recordará siempre al evocar aquella lejana playa de Costa de Marfil.
Coloridas barca en la playa de Monogaga


Copyright © By Blas F.Tomé 2020

4 comentarios:

Pilar P. dijo...

Viajero, quién pillase esa barquita en estos momentos y darse a la mar 'moló-moló'... O, simplemente, pasear por la orilla... Bueno, ambas mejor. ;-)

Se me hace raro imaginarte en el taxi, cuando nos tienes acostumbrados a las 'moto-paquete'..., en esta ocasión, le echaste mucho valor para subirte con el conductor en esas condiciones..., aunque ya estés acostumbrado a los baches de los caminos...

Tu 'compañera', así colgada, vemos que también la pusiste a  descansar, aunque más bien creo que fue para que no se te manchase de arena...  A mí me pasa lo mismo con la arena de la playa... (aggg..), por eso siempre busco rocas...

La foto, a primera vista, me ha recordado a un saltamontes o bicho gigante colgado...  (Ji)

¡Mola!!

Besotesss

Emilio Fuentes Romero dijo...

Hola Blas: nos hablas con frecuencia de tus traslados como paquete en moto y de taxis-colectivos para distancias cortas. Pero desde Korhogo en el norte hasta San Pedro en SW hay una gran distancia: ¿Cómo haces estos trayectos? (Por cierto, parece curioso el nombre español(izado) de la ciudad).
Otra cosa que me llama la atención y que nunca te he querido antes preguntar (y que no tienes por qué contestar) es la siguiente: Dices que llevas 20 días en Costa de Marfil y en anteriores viajes tus estancias son similares: ¿cómo puedes cubrir gastos?
En fin Blas, hoy me quedo con ganas de preguntarte más cosas. Por ejemplo: ¿Pasaste por casualidad o fuiste a propósito al parque nacional de TaÏ?
Un abrazo!

V(B)iajero Insatisfecho dijo...

Hola, Emilio.
Bueno, aquí estoy. Como me haces unas preguntas muy concretas te contestaré lo más concreto posible.
Respecto a cómo hago los trayectos largos: en autobús local. Al menos, en esta cuestión que me preguntas desde Korhogo (en el norte) hasta San Pedro (en el sur), lo hice en tres autobuses. Uno de Korhogo a Touba, donde estuve 2 días; otro, de Touba a Man (estuve al menos 3 noches), y el último, un trayecto muy largo y muy pesado, desde Man a San Pedro. Hubiera parado antes de llegar a San Pedro, en otro sitio pero preferí hacerlo de un tirón (en el medio, había cosas pero menos interesantes).
Como cuento normalmente con 23 o 24 días, me organizo, pero no me gasto mucho dinero. Los trayectos locales en bus o 'matatus' (una especie de mini-bus) suelen ser baratos. Los hoteles, como te puedes imaginar, también. Voy a hoteles, relativamente baratos. Nunca pagué más de 20 euros, por noche. Si echas cuentas, transporte + hoteles + motos + comida + cervezas,....., me puedo gastar unos 1.500 euros (unas veces más y otras menos).
Y no visité Täi porque el acceso por el norte era muy complicado (pésimas carreteras y problemas); la entrada por el sur, más fácil, pero necesitaba más tiempo, y las combinaciones de buses y 'matatus' eran muy malas.
¡Necesitaba, también, mucha paciencia!, y aunque la tengo, a veces,.......
Bueno, espero haberte contestado con detalle, amigo, y te haya animado a hacerlo algún día. Si lo ves complicado, yo puede 'echarte un cable' (ji).
Un abrazo, Emilio.
[Si lo lees, dame el recibido, por fa...].

efurom1 dijo...

Recibido, Blas. Ya lo creo que has contestado con detalle. La verdad es que no me gustaría haberte incomodado / presionado con mis preguntas. Tan solo quería decirte que en alguna ocasión podrías tocar estos temas. El cuánto gasta uno es una cuestión privada y en cuanto a lo de Tai ya suponía que tus buenas razones tendrías. Por lo demás, tus datos no hacen sino confirmar lo que yo daba por supuesto. Ahora mismo no entran en mis posibilidades viajes de largo recorrido ( y hasta que no empecemos a salir de esta, tampoco casi los de corto). Pero quién sabe... Por supuesto, si hay alguna novedad, te recordaré lo del "cable". Un abrazo!