El gran cañón del Colorado
Para
ello viajó hasta Las Vegas desde Montreal y esperó a que sus ‘organizados’
amigos le llevaran en volandas hasta orillas del Gran Cañón del río Colorado.
Todo salió según lo previsto, se encontró con ellos en las oficinas de ‘El Álamo’, donde un flamante Nissan Armada les esperaba ¡Un pedazo
4x4 este Nissan que no conocía! El Gran
Cañón estaba relativamente cerca de Las Vegas, y la tan cacareada Ruta
66 estaba en el camino. La tomaron en la famosa población de Kingman,
donde aquella locomotora ‘Santa Fe/3759’, exhibida en todo su esplendor, parecía trasladar a los curiosos
visitantes al corazón del oeste americano. Una vieja locomotora de hierro que,
en otros tiempos, surcaría las famosas llanuras, saturadas de indios, colonos y
atrevidos vaqueros. Fue como el bautismo de fuego de aquel pequeño grupo de
amigos que se dirigía a los acantilados del famoso río por la Ruta
66, de rancio abolengo viajero. Dentro del 4x4 en el trayecto había de
todo: risas, curiosidad, recuerdos, ansias de conocer o extrañeza por algunos
chocantes momentos. Y, como no, ganas de llegar a orillas de los precipicios
más afamados del territorio americano.
Locomotora "Santa Fe"
Este
mochilero, según se acercaba, recordaba las barrancas de la Sierra de los
Tarahumara, del estado de Chihuahua, en México. Allí, lo más grandioso y
reputado eran las Barrancas de Urique, de Batopilas o del Cobre, que los lugareños
definían como mucho más grandiosas que aquellos precipicios que iban a conocer.
Y por su altura, sin duda, si lo eran. El Cañón del Colorado alcanzaba en su
máximo los 1600 metros, mientras que la Barranca de Urique tenía una profundidad
de 1879.
El gran cañón, visto desde el Yaki Point
Era
fácil visitar los distintos miradores del Cañón del Colorado, en la parte que
llamaban South Rim. Del Centro de
Visitantes, tres líneas de autobuses acercaban a los curiosos a los diferentes puntos
de observación, prefijados, pero elegidos con mucho tino. Todos los puntos,
todos, tenían gran belleza visual. Se podían hacer a base de paradas de autobús
o caminando de punto a punto. Ardua tarea esta última, sin duda.
El
‘grupo del Nissan Armada’ hizo de todo:
trayectos en bus y andando, largas paradas y apresurados asomos al abismo.
También, como no, ‘selfies’ de
peligro. Finalizaron aquella alborotada jornada de emociones en el Yaki Point, a una hora en la que el sol
caía ya hacia el horizonte, dejando una sensación de tranquilidad y paz. Los
picachos de roca formaban largas sombras en los terraplenes y las aristas de las
quebradas brillaban sin saber de dónde vendría su fulgor. El silencio incitaba
a un grito apasionado y fogoso.
El Yaki Point, un excelente punto, y recomendable, para finalizar la
visita.
Antigua gasolinera en la Ruta 66
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