26 de junio de 2010

Un cuento (africano) inventado


En un pequeño poblado, en la tupida y selvática zona de Kigali, en Ruanda, había una minúscula cabaña a las afueras que servía para recoger a los permanentes caminantes que transitaban por aquellos parajes selváticos. El receptáculo en cuestión tenía unos siete destartalados camastros que servían a los cansados viajeros para encontrar un rato de tranquilidad. Pero, poco a poco, los ‘monos’ del lugar fueron tomando terreno dentro, para pasar la noche. Al principio, estos ‘apestosos babuinos’ ocupaban un minúsculo espacio, tímidos, silenciosos, sin molestar a nadie y sin que nadie se sintiera molesto. Lentamente, aprovechándose de la bondad del resto de los huéspedes que temporalmente allí encontraban refugio, fueron llenando e invadiendo el pequeño recinto.
Los ‘monos’, además, saltaban, chillaban y sobre todo pedorreaban. Uno de ellos, empezó con ‘pedos de cuco’, suaves y delicados, pero -‘in crescendo’- al poco tiempo soltaba ‘pedos de hiena’, que olían a carnaza putrefacta y vomitiva.
- Terminará -dijo uno de los viajeros perjudicados- soltándolos ‘de ballena’, grandes, voluminosos, sonoros y con burbujas.
Estrujando, además, las justas normas antaño establecidas, ellos [los monos] también guardaban un riguroso orden para salir de la choza y hasta que no les tocaba el turno ni se movían. Incluso, en ese momento, alguno aprovechaba para dar la vuelta al recinto y ocupar de nuevo otra plaza. Llegó a haber cinco ‘monos’ al mismo tiempo en un espacio diseñado para siete viajeros.
Aquello que, en una lejana época, se construyó como descanso del viajero, se había convertido -con el tiempo- en la ‘choza de los monos’, ya agresivos e invasivos.
¡A ver quién se atrevía a echarlos!.


El hechicero/a del poblado tuvo que intervenir”.
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Moraleja: Cuando aparece gente "cansina, pertarda y toca-pelotas", no sólo tú te das cuenta.
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