9 de mayo de 2007

Agua, y más agua

Hace días ya, me di cuenta de que llevaba ya muchas entradas contando mis patrañas viajeras en esta bitácora, a la que estoy cogiendo cariño.
Por qué utilicé tantas veces la expresión “tal vez” en ellas es un interrogante que en estos momentos no se responder. Alguien me ayudará. “Tal vez sí, en el Taj Mahal….”, “tal vez debería haber dado un salto espectacular…”, “me hubiera quedado allí un día, dos, tal vez más”. ¿Inseguridad? ¿falta de ideas?, ¿indecisión?. No lo sé.
Bueno, pues, tal vez, encontrarme a unos metros de “El salto de Ángel” (Venezuela) haya sido una de las experiencias más excitantes, donde la naturaleza se muestra más auténtica, más feroz, más vital. Es, entonces, cuando te das cuenta de que su vigor y su fuerza no tienen nada que ver con cualquier otro hecho humano. Porque la naturaleza es natural.
Miraba desde el pie de la montaña y el chorro de agua parecía formarse en las inmensas nubes que a ratos ocultaban su verdadero origen, el macizo Auyan Tepuí, el más famoso tepuí de los muchos que señorean por la zona.
¡Increíble!. ¡Impre-sionante!
Pero la naturaleza no cesó en mostrarse magistral, feroz, autónoma y libre de cualquier dominación. El posterior descenso por el río Churún, en una lancha motora en busca del campamento donde pasar la noche, fue toda una venganza de esa naturaleza que no permite mirones ni intrusos. El agua comenzó a caer del cielo, cerrado y negro de nubes, sobre nuestras móviles cabezas impulsadas por el motor de la lancha que nos llevaba a las ansiadas hamacas del descanso. Agua, agua tormentosa, más agua, ¡hasta las bolas!, agua que nos caía y agua que nos rodeaba. ¡Tremenda mojadura! Pensaba en mi cámara y mis cigarros “Habanos”, protegidos, por indicación del guía (¡qué genio!), en una débil bolsa plástica.


Fue hora y media de aguacero y de sentir admiración por el timonel que nos guiaba. Todavía, ahora, pienso cómo alcanzaba a ver el cauce que surcábamos. Los arrebatos de agua cegaban los ojos del más experto navegante. Y llegamos al río Carrao, que recoge el cauce del Churún, y nuestro campamento no quería aparecer. Agua, y agua, más agua, ¡hasta los huevos!, agua espesa como un milenario cortinón que impedía divisar más allá de dos metros.

La llegada al cobertizo, campamento, o como quiera que se llame, tuvo un cierto aire patético. Los ocho o nueve que descendíamos éramos ambulantes esponjas empapadas, cada uno en busca de sus preciadas pertenencias y de un merecido descanso al margen del agua que no dejaba de caer. Abrir la bolsa y ver la cámara y el “Habanos” en perfecto estado, fue un añadido más a la feliz, pero dura aventura de conocer el Auyan Tepuí y su salvaje e inmensa cola cristalina.



6 comentarios:

BICHO dijo...

Bua! que envidia tio, como te los has pasado... esa anécdota te la escuché contar con mucha gracia! buenísima. La foto estupenda. Y lo del "tal vez..." como te entiendo. Siempre al regreso, descansadito en casa suelen aparecer los "tal vez..."

Un abrazo!

CONQUENSE dijo...

"Seco", hubieses preferido que fuese cerveza, pero tal vez el "HABANO" seguro que se te mojó.

Anónimo dijo...

HOLA VIAJEROS, SOY NUEVA Y DE POCOS VIAJES.
PERO LO QUE SI ME GUSTA ES REIRME Y CON VOSOTROS A VECES LO HAGO CON GANAS.
(MUY DIFICIL EN ESTOS TIEMPOS).
SOBRE TODO CON UN TAL "CONQUENSE".
TIO, ERES UN "CRAG" DEL HUMOR Y LA CONSTANCIA.
ESTA VA POR TI.

CONQUENSE dijo...

Gracias por tus elogios ANONIMO-A.

CONQUENSE dijo...

Se me ha olvidado decirte, ANONIMO-A, que el único "Crag" que hay en esta historia es el "SECO".

Sandra dijo...

Vaya... ¿y dónde dices que se compran esas duchas? Yo he mirado en Leroy Merlín y lo más parecido una manguera de patio con soporte...
Tendré que empezar para ir a ese lugar. Todavía recuerdo cuando me enamoré de él... a la temprana edad de... ¿17 años? con alguno de los libros de Vasquez Figueroa, donde narraba que el nombre se lo había puesto el aviador que lo sobrevoló por primera vez, Jimmy Angel. Si Jimmy tuviese un blog...