18 de agosto de 2023

La zona de Lubango / Angola


Loma de Lubango
Si algo sorprendía de Lubango y de su centro, era un relativo orden. Su cuidado aspecto y cierto desarrollo urbanístico, con calles bien asfaltadas, aceras ordenadas y motos y coches en relativo orden. Cuando apareció por allí, el viajero insatisfecho se encontró con una ciudad que no parecía muy africana. El río, con escaso cauce, estaba muy bien delimitado y un gran paseo nuevo florecía en ambas orillas.

Letras de Lubango


Cristo Rey

Desde cualquier parte de la ciudad se divisaba el Cristo Rey y las grandes letras de LUBANGO, ambas en la montaña que se elevaba a las afueras de la ciudad. Creía que el sitio merecía una visita y en ello se empeñó contratando a uno de los motoristas que circulaban por las calles. Había un largo camino hasta allí, pero consiguió un precio muy razonable. Creo que le sorprendió incluso al moto-taxi que le pidiera precio para ir hasta allí. Una carretera serpenteaba hasta subir a la parte alta de aquella loma. Luego, un desvío llevaba, primero hasta una base militar y, luego, al monumento.

La estatua era una versión reducida del famoso Cristo del Corcovado de Rio de Janeiro, y estaba iluminada incluso por las noches. Fue construida entre 1945 y 1950 utilizando mármol blanco brillante. El Cristo, sobre un pedestal y con los brazos abiertos, había sido restaurado hacía poco, pero aún mantenía cicatrices de guerra, aunque difícilmente apreciables. Pasó un largo rato por allí, apreciando Lubango en toda su amplitud y se acercó también a las grandes letras con el nombre de la ciudad. Como acababa de llegar a la ciudad y no quedaba mucho día por delante, con esta visita lo dio por concluido, pero al finalizar contrató al mismo motorista para que al día siguiente le llevara a las fisuras volcánicas de Tunda-Yala, lugar obligado de visita.


Fisura de Tunda-Yala

Cuando llegaron a la zona, mostraba la más absoluta soledad. Solamente una muchacha muila o kunene (?) merodeaba por allí a la caza de visitantes, a los que pudiera sonsacar algo de dinero, como fue el caso. Le dio unas pocas monedas, y su simpatía se abrió así para dejarse fotografiar, sin malas caras y gestos de desaprobación.


Joven muila o kunene

Tunda-Yala era una asombrosa garganta recortada en las laderas de Chela. Había un mirador de hormigón al borde del acantilado sobre un profundo barranco de unos mil metros. El lugar era tranquilo porque la visita fue entre semana, pero, según pudo saber, los fines de semana se llenaba de gente de Lubango que llegaba allí a disfrutar de esa brisa de montaña, fresca, casi fría por las tardes, y de las virtudes visuales de la zona. El sentimiento de paz y tranquilidad era engañoso pues Tunda-Yala tenía una historia macabra. Fue un lugar en el pasado, en un pasado relativamente reciente, donde a los criminales, desertores y rebeldes se les vendaban los ojos y se les disparaba o se les hacía caminar hasta el borde con las previsibles consecuencias que todos imaginarán.

Desde otro de los miradores, se apreciaba la extensión de aquel valle en todo su esplendor, con la población de Bibala, vista en miniatura desde aquella altura, al fondo de aquella vasta y verde extensión divisada.

Una vez recorridos todos los recovecos de la zona y disfrutado de la leve brisa, la vuelta fue tranquila, lenta y dichosa.

Copyright © By Blas F.Tomé 2023  

2 de agosto de 2023

La welwitschia mirabilis, Namibe


Welwitschia mirabilis

Un nuevo día en Moçamedes/Namibe. Un nuevo día y el último en esta ciudad, después de dormir en ella dos noches. El objetivo de esta jornada era internarse en el desierto, o al menos en un paisaje desértico, para descubrir o tener a sus pies una planta, única en su género, endémica del desierto del Namib y, por tanto, más famosa de la zona: welwitschia mirabilis. Una planta de difícil nombre, pero el viajero insatisfecho no conoce otro con más sabor castellano, o más sencillo de pronunciar.

Desayunó tranquilamente en el hotel donde se hospedada. Aunque barato, incluía este refrigerio diario dentro del precio, y se lanzó a la calle a la búsqueda de una moto, cuyo conductor supiera llevarle a la zona donde hubiera ejemplares medianamente grandes de esta planta. Tuvo gran suerte, pues el primero que paró, dijo conocer la zona —no todos los motoristas la conocían, según él— y le explicó un poco las condiciones generales para poder llegar. Unos ejemplares pequeños de la welwitschia estaban a unos diez kilómetros de la población, pero para llegar a otras algo más grandes y abundantes necesitaban recorrer unos veinticinco kilómetros, pero por una buena carretera. Dejando ésta unos cientos de metros se podrían encontrar. ¡Perfecto!

Eligió la última opción, la de ejemplares más grandes.

Negociaron el precio y salieron zumbando hacia el lugar. La carretera llevaba primero al aeropuerto de la ciudad y luego continuaba hacia la población de Tombua, uno de los puntos más al sur de Angola, en pleno desierto del Namib. En un punto intermedio entre Moçamedes y Tombua se encontraba la welwitschia, según explicaba el joven.

Era difícil determinar la edad de estas plantas, aunque parecía ser que podían llegar a vivir más de mil años, incluso dos mil. “Se cree —según dice Wikipedia— que la planta absorbe el agua a través de estructuras peculiares en sus hojas que le sirven para aprovechar el rocío nocturno del desierto. Friedrich Welwitsch la descubrió en 1860, considerándose una de las plantas más raras que existen y bastante apreciada por coleccionistas. Está en peligro”.

La carretera era espectacular en medio del desierto que, según pasaban los kilómetros, se veía más íntegro: ¡más desierto! La total falta de circulación, el paisaje vacío y el sonido de la moto convertían el momento en único. Y mucho más, con la expectativa de encontrar la endémica planta. Transcurridos los kilómetros, desde el propio borde de la carretera el motorista mostraba unos puntitos verdes relativamente lejanos.

Abandonaron la carretera unos centenares de metros y allí, allí había varias. Eran realmente diferentes a lo que es una planta habitual, tendrían una envergadura de unos tres o cuatro metros y parecían de otro planeta o salidas de película de ciencia ficción. Aún inmóviles, aparentaban ser peligrosas, como si de pronto fueran a tomar vida, absorbiendo hacia su interior al incauto viajero. En aquella zona había varias. Cuando en el desierto llovía –difícil, pero a veces ocurría— aquella zona era el cauce temporal de las aguas, de ahí que fuera la zona más apropiada para encontrarlas.

No era un gran monumento, ni era un paisaje de gran belleza, pero no hay duda de que fue un momento importante en el recorrido de este mochilero por Angola.


Detalle de la planta


Copyright © By Blas F.Tomé 2023 

14 de julio de 2023

Algunas peculiaridades de Moçamedes/Namibe


Barco oxidado y varado

Barco oxidado en la playa

A las afueras de la ciudad, aunque muy cerca, se veía aquel barco oxidado, varado en la playa como un gran monstruo surgido de alguna de las posibles atrocidades cometidas por el capitán Nemo, en sus fantásticas aventuras marinas. Se veía desde la playa-centro de la ciudad y allí se acercó utilizando uno de los moto-taxi tan abundantes en esta población pesquera y en toda Angola. Cuando apareció por allí, un grupo de muchachos de indeterminada apariencia dialogaba cerca del casco, un monstruoso forro oxidado. El motorista les saludó, y el viajero insatisfecho le preguntó si él los conocía: dijo que era costumbre saludar, para tratar de empatizar con el jefe o con todos los componentes del grupo, y evitar problemas. El saludo correspondido suponía una aceptación tácita de la interrupción y visita. En la parte de amura de babor aún era visible el nombre del barco Independencia, y debajo, S.V. Cabo Verde. Unas fotografías de aquel estropicio natural -producido por las olas después de la rotura de amarres en el puerto pesquero cercano- y posterior regreso a la ciudad.


Barco oxidado y muchachos charlando

Puerto pesquero

En la parte sur de la ciudad estaba el puerto pesquero, uno de los más importantes de Angola, junto a Luanda, Lobito y Benguela. Cuando realizó la visita, había cierto movimiento, aunque no coincidió, según pudo saber, con el momento de gran apogeo de pesca y mercancías.


Al fondo, puerto pesquero

El faro

En la parte norte de la ciudad y a una distancia de unos ocho o diez kilómetros se ubicaba el antiguo puerto minero y, relativamente cerca, el faro centenario, en peligro de derrumbe. Se acercó con el mismo moto-taxi y le pareció un lugar fuera de tiempo, abandonado, pero con ese sabor de faro colonial que le elevaba al púlpito de "antigüedad en peligro de descomposición". Situado en la parte alta de una meseta a orilla del mar, las aguas rompían con fuerza en el acantilado cercano. Tres o cuatro casas de pescadores, con plásticos, trapos, palos y pedruscos se ubicaban en los alrededores. Un ambiente de pobreza y miseria desprendían aquellos trastos colocados y organizados para servir de vivienda.

Casa de pescadores y, al fondo, el faro

El antiguo cine o cine-estudio

El cine-estudio, apodado por muchos como “la nave espacial”, estaba ubicado en un terreno baldío, en el centro de la ciudad. Construido en 1973, nunca fue inaugurado y jamás proyectaron película alguna en sus dos salas. En el momento de este paso por allí, estaba descuidado y desamparado, ocupado en parte por personas marginales. No era recomendable visitarlo ni pasear por su interior aún sin concluir.


Cine-estudio

Vóley-playa

Era sábado y tuvo oportunidad de ver vóley-playa en la playa de Moçamedes. El vóley-playa, una variante del voleibol, se juega sobre la arena y playas. Allí, unas jóvenes locales disfrutaban entonces de este deporte, con pocos espectadores, pero muy organizados, callados y expectantes. ¿No estarían admirando los cuerpos femeninos y esculturales de sus jóvenes locales?


Joven jugando al vóley-playa

 Copyright © By Blas F.Tomé 2023

1 de julio de 2023

El principal destino al sur: Namibe

De nuevo en Luanda, después de haber visitado Malanje -con las cataratas de Kalandula y Pungo Andongo- se planteó un largo trayecto (unos 1.000 kilómetros) que le llevaría rumbo sur, a la zona de Namibe, a la ciudad de Moçamedes, como se llamaba la población más grande de la región, aunque en libros-guía y en varias informaciones de internet identificaban Namibe como nombre de la ciudad. El autobús salía por la tarde, desde una de las estaciones terminales de la empresa Macon en Luanda, con destino a Benguela. Allí tomaría el primer autobús que saliera hacia Namibe. Llegó a Benguela sobre la 1,30 y el autobús hacia el sur del país partía a las 4,30 de la madrugada: tres horas de espera. Le restaban aún otras muchas de autobús hasta llegar a destino.


Mapa de Angola

En total, desde Luanda, el viaje duró unas veintiocho horas, aunque, ejerciendo de mochilero, nunca le asustaban esos trayectos largos pues entraban dentro de la organización y planes viajeros. 

La empresa Macon, en Angola, era como un emblema del país. Una empresa que se convertía en internacional pues tenía destinos fuera de Angola: a Windhoek (Namibia) o Kinshasa (Congo).

Durante el trayecto, pasada la sierra de Leba, el paisaje cambiaba a sabana-desértica y varios pobladores de tribus locales se dejaban ver en las paradas obligadas del bus. Sobre todo, mujeres vendiendo productos del lugar.


Mujeres de la etnia mucubais, durante el trayecto a Namibe

Una vez en Moçamedes/Namibe era primordial encontrar un hotel bueno, bonito y barato: un propósito complicado en aquella ciudad de áridos alrededores, aunque con un puerto pesquero importante para el país. Era una población costera del desierto situada en el suroeste de Angola y fundada en 1840 por la administración colonial portuguesa. En la actualidad contaba, según informaciones, con cerca de ochenta mil personas y con muchos edificios de la época colonial. 

Al bajar de la Macon, y no sabiendo nada de la ciudad, un taxi-moto era la mejor opción para encontrar alojamiento. Le llevó a un pequeño hotel, pero no le gustó; un segundo, no disponía de habitaciones, y en el tercero, hubo suerte: le dieron lo que deseaba. Ya avanzaba mucho la tarde, por lo que una vez descargada su mochila grande en los aposentos se dedicó a conocer los céntricos alrededores de esta pequeña urbe. También, a localizar un sitio para poder ingerir algo caliente. Llevaba más de veinticuatro horas sin probar bocado en condiciones, más allá de la fruta comprada en las paradas del bus y aquellos fritos en un puesto de la ruta que, por cierto, le sentarían mal. Atravesó el paseo principal e hizo un primer acercamiento al océano que, en aquella zona, era una extensa playa. El puerto se veía a lo lejos en uno de los extremos; en el otro, un barco varado en la orilla parecía, desde donde se encontraba, un fantasma marrón oxidado. Los brillos del sol le daban incluso un aspecto casi sanguinolento.

¡Ya se acercaría a visitarlo en otro momento!


Playa de Moçamedes/Namibe

El final del atardecer el viajero insatisfecho lo pasaría dentro de un restaurante local, motivado por una buena Cuca (la cerveza del país) y un apetitoso plato caliente.


Edificio colonial en Moçamedes/Namibe

Copyright © By Blas F.Tomé 2023 

16 de junio de 2023

La palanca negra gigante / Angola


Palanca negra gigante (Foto.: gentileza de Google)

Al borde de la extinción, la palanca negra gigante es una rara especie de antílope sable que sólo se encuentra en Angola, concretamente en la provincia de Malanje. Además de ser uno de los símbolos del país (también, logo de la compañía aérea bandera de Angola, TAAG), es un animal de enorme belleza y solemnidad. Tanto los machos como las hembras tienen cuernos, y pueden alcanzar el metro y medio de longitud. Los ejemplares adultos pesan más de 200 kilos y, aunque son tímidos por naturaleza, pueden mostrarse muy agresivos si son atacados. Viven en bosques, cerca del agua, y su caza está totalmente prohibida.
Logo de TAAG

Se llegó a pensar que la especie había perecido durante la guerra angoleña, pero en 2004 un equipo de investigación de una Universidad angoleña consiguió grabar a una manada de palancas negras gigantes en el Parque Nacional de Cangandala.

El viajero insatisfecho estaba en Malanje, cerca de este Parque Nacional ¿qué le impedía acercarse por allí y tratar de divisar, fotografiar y disfrutar de la palanca negra? Había ya visitado las cataratas de Kalandula y su poco organizado plan viajero pasaba por tratar de conocer de primera mano a este animal, como quien trata de conocer a un león, un elefante o a un guepardo: verle desde la distancia y con la seguridad que da ir en un 4x4, algo imprescindible en la mayoría de los parques del mundo.

Se informó en Malanje sobre cómo acercarse a la población de Cangandala, puerta del parque. Tomar un transporte local resultaba ser el método más barato y eficaz de llegar. Se subió a aquel autobús, cargado hasta los topes de gente del lugar, a una hora más bien temprana. El trayecto de unos cuarenta kilómetros fue relativamente rápido. Una extensa sabana, de verde vegetación y hierbas altas, se veía desde las ventanillas del autobús, salpicada de vez en cuando por pequeños pueblos de chozas de barro y techos de latón. Como el sol lucía entonces con especial fuerza, las paredes de las cabañas mostraban un bello color rojizo.

Una mujer que viajaba al lado, trabajaba en el centro de recepción de visitantes del parque, lo que le facilitó a la llegada la localización del lugar. Le acompañó. Allí, en el centro especial, un amable encargado, en un perfecto español, le informó de la imposibilidad de visitar el Parque Nacional, por tres motivos:

- Las recientes lluvias convertían en intransitable el camino de acceso.

- La palanca negra era imposible divisar en ese momento, debido a las hierbas altas y el resto de la vegetación, frondosa por las recientes lluvias. Además, ese antílope no se acercaba a beber agua a los lugares habituales pues disponía de ella en multitud de sitios alejados.

- El parque nacional permanecía cerrado hasta julio (entonces, era mayo).

Dio una pequeña vuelta por Cangandala, un pueblo cuidado y con relativa imagen de progreso, y regresó a Malanje.

Para otra ocasión.

Copyright © By Blas F.Tomé 2023 

2 de junio de 2023

Pungo Andongo y las cataratas de Kalandula, Angola


Pungo Andongo

De Luanda a Malanje –próxima parada de la ruta- tomó una especie de 4x4, que salía hacia su destino cuando estuviera lleno: nueve personas contando al conductor. Un sistema muy común en muchos países africanos y Angola no debía ser una excepción. El interés por ir a Malanje, además de para conocer la zona, era para tomar esta ciudad como punto de partida de la visita a las cataratas de Kalandula, que distaban unas cuantas decenas de kilómetros. Recuerda que era sábado cuando “aterrizó” en la ciudad dispuesto a conocer el famoso salto de agua al día siguiente, domingo. Previendo, según algunas informaciones, que las cataratas estarían más solitarias entre semana decidió ir primero a otro lugar menos concurrido, aunque en este país, algo turístico era normalmente visitado por un escaso número de personas. Mínimo, diría. Aun así, proyectó acercarse a Pungo Andongo, como destino alternativo de domingo.

Llegando a Pungo Andongo


Mujeres recogiendo agua, habitual escena en los poblados

Se levantó en Malanje pronto y tomó un candongueiro -como llamaban los angoleños a lo que en otros lugares africanos apodaban matatus- hacia la población de Cacuso, desde donde se podía desviar a Pungo Andongo y, también, a Kalandula. Uno, tomando un camino hacia la izquierda, y otro, a la derecha. ¿Qué mejor que ir de paquete en una moto?, se dijo al llegar a la población de Cacuso. Como sabía que había una distancia de unos cuarenta kilómetros, tenía que sopesar si el precio de la moto era o no abusivo y asequible. Y, no, para nada resultaba abusivo.

Pungo Andongo eran unos bloques montañosos de piedra que se erguían solitarios, algunos unos doscientos metros de altura respecto a la sabana circundante. Según la información entresacada del libro-guía, estas rocas constituían un misterio geológico pues parecían fuera de lugar en relación con el entorno. Era también un lugar de mitos y leyendas, y había servido de capital en el antiguo reino Ndongo. Además, desde los antiguos tiempos de la reina Ginga (famosa reina ndongo) había sido un punto estratégico: presidio durante años de la colonización portuguesa y, también, campo de batalla entre las fuerzas de la UNITA y el MPLA. Llegó hasta allí en la moto alquilada después de atravesar zonas inhóspitas llenas de arbustos, campos de caña de azúcar y varios poblados típicos angoleños y, junto con el motorista, subió a uno de los montículos desde donde se divisaba la grandiosidad de estas formaciones rocosas. Sobretodo el sol, pero también una pequeña brisa, acompañaron al viajero insatisfecho en aquellas alturas, y la soledad de la ruta y la naturaleza virgen que la envolvía, eran buenos estímulos para el gozo personal, aunque temporal.


Secado de mandioca en los arcenes

Si bien era domingo, y temía por el volumen de turistas (luego, estaría casi solitario), después de visitar aquella zona de rocas decidió acercarse en el mismo transporte a las cataratas de Kalandula. Había una buena carretera entre Cacuso y Kalandula lo que facilitó que el tiempo de trayecto no fuera exagerado. No obstante, tenía toda la tarde por delante y la distancia eran unos cincuenta kilómetros. Una sentada de una hora en la moto, con el culo dolorido, sería el resumen del recorrido. Bueno, también las escenas habituales del secado de mandioca en los arcenes y las extensiones del verde que rodeaban los bordes de la carretera. Hierbas altas, de más de dos metros, que impedían la visión de todo lo que circundaba.

La vista de las cataratas fue algo llamativo y colorista. Se llegaba a la parte alta, donde se iniciaba el salto, y desde un mirador construido ad hoc se observaba toda la caída del agua en su conjunto. De una altura de 105 metros y una anchura de 400, la ancha cascada conformaba una escena espectacular. El sonido del agua y el arco iris que se formaba en conjunción con el sol imperante eran dignos de un bello recuerdo. La bajada al pie de las cataratas se realizaba por una senda resbaladiza y complicada. Optó por dejar esta experiencia para otra ocasión debido a sus problemas de rodilla y a la posibilidad de un resbalón nada recomendable. Además, se podía uno acercar al borde mismo del salto, con el peligro que ello conllevaba, aunque varias señales recomendaban no hacerlo.


Cataratas de Kalandula

Eran imponentes las cataratas de Kalandula, la imagen turística de Angola, naturales, bellas e intimistas en su disfrute. Recordó que el pantallazo de bienvenida que aparecía en las televisiones del avión de la compañía bandera angoleña, TAAG, que le había llevado al país, era de esas cataratas. 


Cataratas de Kalandula

 Copyright © By Blas F.Tomé 2023

20 de mayo de 2023

La entrada en Angola


Eu love Luanda, en 'la Marginal' de Luanda

La llegada a Luanda, la llegada al Aeropuerto Internacional 4 de Fevereiro, generaba ya una primera, aunque muy pequeña, incertidumbre. Según las informaciones que ya poseía el viajero insatisfecho, había tres cosas que reducían las posibles preocupaciones: el aeropuerto se encontraba inmerso en la zona urbana; el aterrizaje era a primera hora de la mañana, no de noche como solía ocurrir en muchos viajes africanos, y la distancia al hotel era en cierta manera mínima. Insiste en ello pues las llegadas a estos aeropuertos siempre le generan una extraña inquietud.

Avenida 'la Marginal', vista desde la Fortaleza de São Miguel

Se presentaba allí con un pre-visado, pero necesitaba la pegatina en el pasaporte con la que actualmente se suelen formalizar y pagar el inevitable “impuesto revolucionario” por este visado real. Una larga y prolongada cola para este fin fue lo primero que se encontró. Como no había facturado su mochila grande, sino que la llevaba consigo, la preocupación por si había llegado o no el equipaje a la cinta transportadora desaparecía. Luego, el desarrollo del resto de actividades fue rápido. Cambió un poco de dinero en kuanchas (moneda local) y salió al exterior dispuesto a conseguir un medio de transporte para acercarse al hotel –un hotel que ya había reservado por internet (2 noches)-. Los hoteles en Luanda son excesivamente caros ¿por qué? Este mochilero no acierta a descifrar exactamente los motivos, pero algo tendrá que ver el que los precios -en la parte de Luanda donde se movían los negocios y las exportaciones de materias tan sugerentes como el petróleo o los diamantes, o las importaciones de productos básicos que Angola no generaba- se hincharan sin control para todos los extranjeros que allí desembarcaban. Si no era por esto que alguien se lo explique. El resto de barrios de Luanda, más baratos, se convertían en poco apropiados para el foráneo que llegaba a pisar el territorio.

Arribó en el recomendable y asequible hotel Ritz Capital, que había reservado por internet (luego, se daría cuenta de que nada que ver con el desorbitado precio de las habitaciones en el mismo hotel si se contrataba directamente en Recepción), dispuesto a desmenuzar y descifrar una parte de la ciudad, comenzando por los barrios aledaños. Tenía dos días, pues el proyecto era salir zumbando de allí cuanto antes.

El primero de ellos, visitó la Marginal -el paseo marítimo de la ciudad, moderno y tranquilo- y se acercó a la Fortaleza de São Miguel, precioso fuerte portugués situado en lo alto de un pequeño cerro, con vistas hacia toda la bahía y a la entrada de la ilha do Cabo (más bien península, pues estaba unida al continente). En esta fortaleza actualmente se situaba el Museo Nacional de Historia Militar de Angola, donde se mostraban sobre todo armas utilizadas en las últimas batallas libradas a fin de convertir el territorio en país (en Estado), y otros elementos más antiguos en un edificio central, o casamata, adornado con multitud de azulejos de la época portuguesa. Bellos azulejos, que hacían honor al nombre pues todas las escenas representadas y dibujos eran azules. En la llamada avenida la Marginal se encontraba el cartel “Eu love Luanda”, similar al de otras muchas ciudades, en otros tantos países de todo el mundo.


Interior de la Fortaleza de São Miguel


Casamata de la Fortaleza de São Miguel

El segundo día, un accidental resbalón/caída a primeras horas de la mañana en los adoquines de una pendiente acera, frustró todos sus proyectos de visita. Dolorido en la rodilla y guardando un cierto de reposo tuvo que anular todos los posibles recorridos para ese día. Bastante tenía con sufrir el percance calladito, sin cabrearse mucho y en la soledad de su habitación.

El viaje con esta caída adversa sería ya diferente, pues se vio obligado a reducir la movilidad lo máximo posible, pasear lo mínimo y hacer muchos trayectos en coche, autobús o moto. Estos últimos, muy frecuentes. Aun así, disfrutó (¡créanlo, amigos!) de su experiencia angoleña hasta el último día.

Copyright © By Blas F.Tomé 2023

25 de abril de 2023

Angola


Sencillo mapa de Angola

Cuando este ‘post’ salga a la luz, el viajero insatisfecho ya estará metido de lleno en un nuevo trayecto de mochila y caminatas. En esta ocasión, un viaje por Angola, país que no ha visitado, pero que siempre quiso conocer.

Angola es uno de los países africanos en los que más ha durado una guerra, que podría llamarse, guerra civil.

En el país, al independizarse en 1975, se formaron tres partidos independentistas, claves para entender la historia de lo que vendría después. Los partidos fueron MPLA, FNLA y UNITA. Éstos iniciaron una guerra antes de iniciar el traspaso de poderes, que cedían los portugueses. Se podría añadir un partido más, el FLEC, que pretendía la independencia del enclave de Cabinda (dentro del territorio del Congo), de Angola.

Todo un conglomerado de intereses, por parte de las potencias extranjeras, y las luchas de poder internas prolongaron la guerra y la inestabilidad hasta los primeros años del siglo XXI. Es decir, hasta hace unos pocos años.

Tiene referencias de que el país circula aún con múltiples problemas, pues tan larga lucha y guerra ha propiciado cierta devastación, sobre todo respecto a los recursos naturales agrícolas. Eso sí, tiene otros potenciales muy importantes como son petróleo, gas e, incluso, diamantes. De ahí que las potencias extranjeras tengan mucho interés en penetrar -ya lo han hecho- con sus garras explotadoras en el país.

Por aquí “mochileará” unos días, tratando de conocer, siempre desde su perspectiva, algo sobre este territorio, antigua colonia portuguesa.

No habla portugués, pero no lo considera un problema. Tal vez, alguna dificultad para moverse por el idioma, pero esto suele ser habitual en sus trayectos.

¡Hasta la vuelta!

Copyright © By Blas F.Tomé 2023

18 de abril de 2023

Sibu y Bintangor, Malasia


Llegando a Sibu, Malasia

Había terminado la visita a Laos, un país con muchas más cosas que ver que las disfrutadas. Había hecho un recorrido de norte a sur y con ello había conocido un poco, sólo un poco el país. Laos se merecía más visitas, sin duda. Se había ganado un tiempo que no le dedicó, seguro.

Después de atravesar la frontera con Camboya, el viajero insatisfecho se dirigió a Phnom Penh. Allí tomaría un vuelo para acercarse a Malasia, otro país que desconocía hasta entonces. Primero, aterrizaría en la parte malaya de la isla de Borneo y pisaría, así, una isla mítica, que siempre desprendió su curiosidad. Sin tener mucha idea hacia dónde ir, decidió empezar por Sibu, en el estado de Sarawak, una ciudad que resultó ser poco atractiva, a orillas del río Rajang. El ambiente de las calles, las edificaciones, lo que desprendía la ciudad a primera vista no le causó buenas sensaciones. Llegó, ya entrada la noche, procedente del aeropuerto, a un hotel con poca prestancia, como todos en los que solía pernoctar, pero éste, además, tenía poco que agradecer a la limpieza y al estilo. Únicamente destacaría la amabilidad del viejo recepcionista que le ayudó en lo que pudo, durante los días que estuvo allí. Al día siguiente, a primera hora de la mañana, daría una vuelta por los alrededores del hotel. ¿Qué encontró? Una ciudad más, moderna y simple, sin ese algo de esencia asiática o, al menos, no lo vislumbró. Poco que hacer en esta ciudad y pensó que, si todas las localidades malayas eran así, sin identidad, no habría mucho que ver y, menos, disfrutar.


El V(B)iajero Insatisfecho, en Bintangor

“¿Qué puede hacer un visitante como yo en esta ciudad?”, le preguntó al recepcionista. Con muchas dudas y con gestos de “¡no tengo ni idea!”, le indicó al final que visitara una población cercana donde había una competición de motos y lanchas acuáticas. Como nunca había visto tal cosa, se lanzó a la pequeña aventura. Un autobús le llevaría a Bintangor. Allí, en el caudaloso río que atravesaba la población, una gran muchedumbre esperaba la celebración de la competición, o eso dedujo, pues no preguntó a nadie. Desde la parada del autobús, guiado por la gente que circulaba por las calles, llegó al puerto fluvial donde se desarrollaban las carreras. Sin haber visto aún el agua, en los aledaños del río, se cruzó con varias lanchas rápidas trasportadas en remolques, tenderetes con artículos de todo tipo, locales provisionales de venta de comida y fuerte música que salía de las casetas. Ver el ambiente, le animó por momentos. Y pasó la mañana, casi el día, en aquella población disfrutando del jolgorio de fiesta y competición que desprendía el entorno. Sin duda alguna, era el único extranjero que por allí pululaba. Nadie de la multitud parecía proceder de otro sitio que no fuera de la propia isla de Borneo. Recorrió gran parte de los grupos de forofos allí asentados en los muelles, en los edificios que bordaban el río y en los ribazos que el propio cauce había propiciado, y no pudo deducir que alguno de ellos fuera turista o mochilero.


Competición de lanchas rápidas

Competían unas motos acuáticas y unas lanchas de aerodinámico diseño, decoradas con colores alegres y llamativos, y equipadas en apariencia “a la última”. Se celebraron varias carreras en un circuito de ida y vuelta por el ancho cauce. Vistosos derrapes cuando debían girar 180 grados, y tomar el sentido contrario, justo después de traspasar una boya. Velocidad espectacular sobre el agua. Presenció varias competiciones y diferentes modalidades de pruebas. Le interesaban las lanchas, la competición, pero también le agradaba observar a aquellas gentes en su terreno, con sus alegrías y decepciones. Los malayos eran morenos de piel y se les diferenciaba perfectamente, pero había también una gran mixtura, pues se cruzaba con muchos locales orientales de rasgos chinos. No pasó desapercibido. Cuando se encontraba en lugares así no solía ocurrir. Siempre era el extranjero, el distinto, el turista que curioseaba, a quien todos debían echar el ojo.

Así pasó varias horas.

La isla de Borneo le llevaba a una sofisticada modernidad, cuando en el avión pensaba que lo trasladaría a épocas pasadas.


Público, presenciando las carreras

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6 de abril de 2023

Las “4.000 islas” del río Mekong


Don Khon, desde el puente francés

La zona de las “4.000 islas” era una región situada al sur de Laos, haciendo frontera natural con Camboya. El rio Mekong, con su particular color marrón, discurría sorteando multitud de islas de las cuales las más grandes eran Don Det y Don Khon. Según referencias, parecía ser que la mejor de las islas para descansar unos días era Don Det. Allí decidió ir, aunque luego se daría cuenta de que cualquiera de las dos hubiera sido una buena decisión. Para alcanzar la pequeña isla, en el centro del río, el minibús desde Pakse le dejaría en Nakassong, a orillas del río. Desde allí, en unos minutos, un pequeño bote le acercaría a su destino.

Don Det y Don Khon eran, sin duda, un destino de turismo de mochila. Un turismo que, como despedida de Laos antes de salir por el sur hacia Camboya, buscaba un lugar tranquilo de relax, al sonido de las aguas del río Mekong y los silencios de los campos de arroz. Porque ambas islas eran eso: paseos en barca, caminatas entre arrozales y trayectos en bicicleta por caminos de tierra y piedras.

El viajero insatisfecho se adaptó al ambiente de inmediato. Nada más llegar. Alquiló un pequeño hotel, algo más caro de lo habitual, pero teniendo en cuenta que era zona turística lo tomó como plus impuesto y, después de una ducha, se dispuso a inspeccionar aquel conjunto de callejuelas, con hoteles o guesthouse, y casas de pescadores y de dueños de arrozales. Había muchas tiendas de alquiler de bicicletas, puestos de venta de regalos, bares y pequeños restaurantes, algunos de ellos con terrazas sobre pilotes con vistas al río. Los carteles anunciaban: Mekong river tours, Money exchange, Rental bikes, shop,…de todo. Y todo para el disfrute de mochileros, también para las gentes de paquetes turísticos. Un par de perros peleaba a la entrada de un bar y varios gatos observaban el juego, entre vigilantes y curiosos. Las aguas circulaban mansas, silenciosas como un desfile fúnebre, por los laterales de la pequeña isla. Con buenas sensaciones, se retiró a su habitación.


Mujeres recolectando arroz

A la mañana siguiente, alquilaría una bici para recorrer los arrozales de la isla y se acercaría a Don Khon para lo que era preciso cruzar el llamado puente francés, aún entero y útil para el trasiego e intercambio entre islas. Don Khon tenía una carretera central recientemente asfaltada y llana lo que posibilitaba un reposado pedaleo. Visitó las cataratas Somphamit, donde el rio Mekong generaba pequeños, pero ruidosos saltos, debido al terreno rocoso por el que atravesaba. Los sonidos que saltaban al aire cuando el agua y la espuma rompían con las rocas, atronaban. En aquellos momentos, dos jóvenes locales en la misma orilla de la corriente envenenada colocaban redes o algún artilugio que desde donde estaba no conseguía distinguir. ¡Eran dos reyes de las aguas feroces del Mekong! 

También, pedaleó sin mucho esfuerzo hasta el extremo sur de la isla donde se ubicaba un antiguo puerto fluvial francés. El agua de un coco le sirvió allí de líquido revitalizador.

Otro día, andando, disfrutaría más de las orillas y de las aguas del mítico río de la Indochina colonial.


Cataratas Somphamit, en el río Mekong

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25 de marzo de 2023

Vat Phou, a unos kilómetros de Pakse


Gigantesco buda. Al fondo, Pakse

Los alrededores de Pakse, además de lo ya citado en el post anterior, ofrecían otros enclaves interesantes, o visitables. Cruzando el río Mekong, en la ladera de una pequeña montaña que se alzaba a lo lejos había otro monumental buda que extendía su mirada reposada sobre toda la ciudad, postrada a sus pies. Allí se dirigió el viajero insatisfecho dispuesto a alcanzar el enclave, después de ascender varias escalinatas, con gran pendiente e inclinación. Desde lo alto, se divisaba Pakse en toda su amplitud, el río Mekong y sus alrededores. Al lado del gigantesco buda, decenas de budas más pequeños, de tamaño humano, se alineaban en un lateral de un templo budista muy venerado y visitado. A aquellas horas, solitario, para satisfacción de este intruso mochilero. Los pequeños budas eran regalos de líderes extranjeros en sus visitas al país o presentes de prestigiosas instituciones internacionales al pueblo laosiano. En un pequeño letrero figuraba el origen del obsequio. La ascensión y la visita le ocuparían casi la mañana. En lo que quedaba de ésta, y en la tarde, se acercaría en su motocicleta Honda de alquiler a la cercana ciudad de Champasak, a unos 30 kilómetros.

Filas de budas

Champasak era el nombre de la provincia y de una población. Cerca de ésta se encontraba el antiguo templo de Vat Phou, objeto de la visita.

Vat Phou era un complejo en ruinas del imperio jemer, construido en el siglo XI, y declarado como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, en el año 2001. Este antiguo imperio jemer era el mismo que construyó los templos de Angkor, en Camboya, más monumentales, sin duda, que Vat Phou. El complejo constaba de unos lagos artificiales, de los que partía una calzada ceremonial, delimitada por dos filas de pilares con forma de flor de loto, hacia la parte intermedia, donde se ubican sendos edificios cuadrangulares caracterizados por conservar bellas decoraciones talladas, pero ya bastante deterioradas por el paso de los años. Después, una escalinata central ascendía por la ladera a la parte más alta y sagrada de templos.


Edificio cuadrangular, Vat Phou

Estas ruinas no eran especialmente espectaculares y carecían de la grandiosidad de los templos de Angkor, en Camboya. Todo el complejo estaba relativamente cuidado, pero no dejaba de ser algo de difícil comprensión para el curioso foráneo, aunque sí alcanzaba la valía para una corta visita.

Además, ¡qué leches!, sólo el viaje en solitario y en motocicleta desde Pakse ya merecía la pena. Los 30 kilómetros de ruta cruzaban por arrozales, donde se veían muchos búfalos de agua de pequeños propietarios; por bosques de árboles y, más cerca de las ruinas, a los lados de la carretera, minúsculos campos de flores de loto.


Calzada, Vat Phou

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10 de marzo de 2023

Pakse, ciudad al sur de Laos


Ofrenda matinal

Siempre ha pensado que los viajes, los trayectos y los instantes no son algo rígido y sometido, y sí, elementos con vida propia. No siempre se atienen a previsiones o programas y cambian, como éste, en este caso. En la salida de Phonsavan hacia nuevo destino, el pensamiento del viajero insatisfecho era encontrar un transporte hasta una ciudad (no recuerda su nombre) que servía de punto de enlace para, luego, tomar rumbo sur, hacia la ciudad de Savannakhet. Lo encontró y se montó, pero mientras circulaban el conductor no le avisó de la parada en esta ciudad y el vehículo continuó su trayecto hacia su destino final, Vientián. A mitad de la ruta, al enterarse, tuvo que tomar otro autobús de vuelta a la citada ciudad que había quedado atrás.

Cuando llegó después de este trayecto inútil, le mostraron un autobús que salía en ese preciso momento hacía Pakse. Sin pensarlo lo tomó. Tenía una parada en Savannakhet pero, como ha dicho anteriormente, los trayectos y los instantes tienen vida propia, no son rígidos, y decidió continuar. Tenía dudas sobre el interés de esta población intermedia.

El trayecto hacia Pakse era largo. Sabía que tendría que pasar noche en el autobús, pero la decisión estaba tomada.

Amanecía en Pakse cuando el autobús entraba en la estación. El sol levantaba su pesado cuerpo luminoso por el horizonte y con sus rayos despertaba a las gentes del entorno. Un grupo de monjes budistas recogía, entonces, las ofrendas matinales entre los pocos creyentes que había por los alrededores de la parada de bus. Una imagen típica, pero no por eso menos sobrecogedora e interesante. La religiosidad y la devoción sobrevolaban el acto. El cuadro que presenciaba era el siguiente: una joven reverenciaba a los monjes en silencio y entregaba la ofrenda con sumisión y fervor; éstos, con movimientos suaves y un paso lento, recibían uno a uno la donación en el cuenco que llevaban colgado del hombro.

El tímido frescor de la mañana recién nacida lo envolvía todo. Los aromas de la naturaleza mezclados con los olores de la ciudad -despertaba entonces- agradaban las sensaciones y el espíritu del recién llegado. La población de Pakse se asentaba a orillas del río Mekong y a los dos lados de un afluente, que desembocaba, justo allí, en él. A primeras horas ya era una ciudad activa, luego con el paso de las horas, sería una ciudad tremendamente vital.


Motocicleta alquilada

Siguiendo las sugerencias del libro-guía tomó una guesthouse de cierta calidad, pero de precio asequible, como suele ser habitual. Los turistas y mochileros que había en la localidad -supuso- estaban concentrados en aquella zona. Callejeó ese día por los aledaños cercanos y paseó por la orilla del río Mekong que allí se presentaba ancho y caudaloso.

Al día siguiente, alquilaría una motocicleta para visitar los alrededores. Un intenso día de circulación, aunque reposado y relajante. La libertad de sentir el aire templado de la zona a la velocidad que los pocos caballos del motor le permitían era todo un privilegio. A ratos, las nubes amenazaban con descargar sobre el nuevo motorista, pero se libró siempre de ello.

Visitó dos espectaculares cataratas a unos cuarenta kilómetros de Pakse: Tad Fane y Tad Yuang, muy cerca la una de la otra. ¡Qué belleza natural la de ambas cataratas, en especial, la de Tad Fane con sus dos bocas naturales y un salto de agua de 120 metros! Disfrutó del camino, de muchas escenas rurales, de los niños que gritaban al paso de la moto, de negocios artesanales a orillas de la carretera y, en general, de la vida laosiana.


Catarata Tad Fane


Catarata Tad Yuang


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