Mostrando entradas con la etiqueta desierto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta desierto. Mostrar todas las entradas

10 de junio de 2026

Oasis de Tergit, Mauritania


Camellos en el camino al oasis de Tergit

El encargado del Auberge Triskell, en Nuakchot, fue tajante en su recomendación de la ruta a seguir, como quien comparte un secreto demasiado hermoso para callarlo:

—Antes de llegar a Atar, todo el mundo se detiene en Tergit.

Lo dijo con una convicción serena, definitiva. No hacía falta añadir mucho más. El oasis quedaba apenas a unos cuarenta y cinco kilómetros de Atar, en un pequeño desvío que, según parecía, nadie sensato se perdía.

Así que no hubo discusión posible.

El hombre telefoneó a la compañía de minibuses para reservarle una plaza y, tras obtener la conformidad del viajero insatisfecho —siempre necesitado de un paisaje nuevo, de un horizonte distinto—, dejó todo organizado. A la mañana siguiente, un taxi le conduciría hasta el aparcamiento de los buses, en las afueras de Nuakchot. El vehículo, por supuesto, debía partir a primerísima hora de la mañana. Y, como ocurre tantas veces en África, terminó saliendo dos o tres horas más tarde, cuando el tiempo ya había dejado de tener importancia.

La idea de penetrar en el desierto mauritano le mantenía en una inquietud constante, casi febril. Había atravesado ya extensiones saharianas desde su salida de Dakhla, pero en su imaginación Mauritania representaba otra dimensión del desierto. Algo absoluto.

Ya conocía la inmensidad, pero aquí adquiría una violencia mineral.

Ya había contemplado la monotonía de las dunas, pero en Mauritania aquella monotonía alcanzaba una forma perfecta, casi hipnótica.

La carretera asfaltada, estrecha y rectilínea, abandonaba lentamente la costa atlántica para internarse en el corazón del continente. El paisaje parecía vaciarse a medida que avanzaban. Aun así, de tanto en tanto, surgían pequeños arbustos junto al arcén, tercos supervivientes de arena y viento.

Observaba fascinado los grupos de camellos que pastaban no sabía qué en mitad de una ventisca ocre que envolvía el autobús. Miraba con extrañeza los depósitos de agua junto a algunas barracas, hinchados como enormes colchones tendidos sobre la arena. Se fijaba también en las sombras mínimas que proyectaban los escasos arbustos solitarios, dibujos efímeros que el viento parecía dispuesto a borrar en cualquier momento.

En aquel paisaje no existía el exceso. Todo era esencial.

Recordó entonces un proverbio persa que había leído tiempo atrás:

“La arena del desierto es para el viajero fatigado lo mismo que la conversación incesante para el amante del silencio.” Y comprendió su significado. Durante horas, el desierto parecía hablarle precisamente a través de su silencio.

Finalmente llegaron a Tergit.


El poblado de Tergit

El pueblo aparecía desperdigado entre palmerales y piedra, como si hubiese brotado de manera accidental al borde de un hilo de agua. Las casas, dispersas y desordenadas, se extendían entre dos montañas escarpadas cuyas cimas planas daban la impresión de haber sido cortadas de un tajo gigantesco. Parecía que la tierra se hubiese abierto allí siglos atrás, dejando una herida mineral convertida ahora en refugio.

Había leído —y el encargado del Triskell se lo había confirmado— que el albergue Jemal era el mejor lugar para pasar la noche. Hasta allí se dirigió junto a una pareja de franceses que habían compartido el viaje en minibús. Cargados con las mochilas, ascendieron lentamente por un sendero pedregoso hasta alcanzar una pequeña elevación situada entre el pueblo y la gran falla rocosa.

El alojamiento era sencillo: varias tiendas tuareg instaladas sobre la arena y alfombras extendidas directamente sobre el suelo.

¡Otra vez a dormir sobre la dureza del desierto!

Y, sin embargo, aquello formaba parte de la experiencia. Pasaría allí dos noches.

Durante ese tiempo conocería también a otros mochileros: dos malteses y un polaco con el rostro curtido por el sol y los caminos largos. Como sucede siempre en ciertos viajes, bastaban unas pocas horas compartidas para intercambiar historias que parecían pertenecer a viejos amigos.

El oasis se encontraba a unos centenares de metros del albergue.

En la entrada, junto al único sendero transitable, un mauritano cobraba el acceso con gesto rutinario. A ambos lados del camino, varios puestos de artesanía ofrecían collares, telas, pequeñas figuras y objetos tallados en madera reseca.


Mauritano a la entrada del oasis

Pero nada lograba distraer la atención de lo verdaderamente importante. Porque el oasis aparecía de pronto como una revelación.

La falla montañosa se estrechaba allí formando un barranco escondido, protegido del exterior por paredes de roca rojiza y parda. En su interior crecía un auténtico mar de palmeras que parecía imposible en medio de tanta aridez.

Al fondo, donde el desfiladero se volvía más angosto, el agua brotaba directamente de las piedras.

El goteo constante había teñido las rocas de verde oscuro. Los líquenes se adherían a la piedra húmeda formando manchas brillantes, mientras el agua, paciente durante siglos, había modelado pequeñas estalactitas, diminutas cuevas y regueros transparentes que desembocaban en piscinas naturales.

El aire era fresco.

Inesperadamente fresco.


El agua brotaba de las rocas

La sombra de las datileras invitaba a permanecer allí inmóvil, abandonado a una especie de contemplación primitiva. Había algo profundamente hipnótico en aquel rincón oculto mauritano.

Una pareja de jóvenes le recibió con un vaso de té caliente. El contraste resultaba casi irreal: el calor dulce del té entre las manos mientras, alrededor, el oasis respiraba lentamente bajo la roca.

Después comenzó a explorar los alrededores. La curiosidad le empujó a remontar el extremo del valle hasta alcanzar las laderas escarpadas donde las montañas parecían unirse. Desde allí arriba, el oasis quedaba reducido a una mancha verde perdida en la inmensidad mineral.

Pequeña piscina natural

Y entonces apareció el verdadero silencio.

No el silencio de la ausencia, sino el silencio pleno del desierto.

Un silencio tan poderoso que terminaba convirtiéndose en el único sonido posible.

Comprendió que un oasis no es únicamente agua y vegetación en medio de la nada.

Es una demostración de resistencia.

Un milagro geológico.

Un lugar donde la vida se obstina en existir.

Para entender de verdad la fuerza de un oasis no basta con observarlo desde lejos ni con admirar unas fotografías. Hay que caminar sobre su tierra húmeda. Hay que sentir el frescor inesperado entre las piedras. Hay que escuchar el agua abriéndose paso en mitad del desierto.

Y eso fue exactamente lo que hizo.

Copyright © By Blas F.Tomé 2026 

2 de agosto de 2023

La welwitschia mirabilis, Namibe


Welwitschia mirabilis

Un nuevo día en Moçamedes/Namibe. Un nuevo día y el último en esta ciudad, después de dormir en ella dos noches. El objetivo de esta jornada era internarse en el desierto, o al menos en un paisaje desértico, para descubrir o tener a sus pies una planta, única en su género, endémica del desierto del Namib y, por tanto, más famosa de la zona: welwitschia mirabilis. Una planta de difícil nombre, pero el viajero insatisfecho no conoce otro con más sabor castellano, o más sencillo de pronunciar.

Desayunó tranquilamente en el hotel donde se hospedada. Aunque barato, incluía este refrigerio diario dentro del precio, y se lanzó a la calle a la búsqueda de una moto, cuyo conductor supiera llevarle a la zona donde hubiera ejemplares medianamente grandes de esta planta. Tuvo gran suerte, pues el primero que paró, dijo conocer la zona —no todos los motoristas la conocían, según él— y le explicó un poco las condiciones generales para poder llegar. Unos ejemplares pequeños de la welwitschia estaban a unos diez kilómetros de la población, pero para llegar a otras algo más grandes y abundantes necesitaban recorrer unos veinticinco kilómetros, pero por una buena carretera. Dejando ésta unos cientos de metros se podrían encontrar. ¡Perfecto!

Eligió la última opción, la de ejemplares más grandes.

Negociaron el precio y salieron zumbando hacia el lugar. La carretera llevaba primero al aeropuerto de la ciudad y luego continuaba hacia la población de Tombua, uno de los puntos más al sur de Angola, en pleno desierto del Namib. En un punto intermedio entre Moçamedes y Tombua se encontraba la welwitschia, según explicaba el joven.

Era difícil determinar la edad de estas plantas, aunque parecía ser que podían llegar a vivir más de mil años, incluso dos mil. “Se cree —según dice Wikipedia— que la planta absorbe el agua a través de estructuras peculiares en sus hojas que le sirven para aprovechar el rocío nocturno del desierto. Friedrich Welwitsch la descubrió en 1860, considerándose una de las plantas más raras que existen y bastante apreciada por coleccionistas. Está en peligro”.

La carretera era espectacular en medio del desierto que, según pasaban los kilómetros, se veía más íntegro: ¡más desierto! La total falta de circulación, el paisaje vacío y el sonido de la moto convertían el momento en único. Y mucho más, con la expectativa de encontrar la endémica planta. Transcurridos los kilómetros, desde el propio borde de la carretera el motorista mostraba unos puntitos verdes relativamente lejanos.

Abandonaron la carretera unos centenares de metros y allí, allí había varias. Eran realmente diferentes a lo que es una planta habitual, tendrían una envergadura de unos tres o cuatro metros y parecían de otro planeta o salidas de película de ciencia ficción. Aún inmóviles, aparentaban ser peligrosas, como si de pronto fueran a tomar vida, absorbiendo hacia su interior al incauto viajero. En aquella zona había varias. Cuando en el desierto llovía –difícil, pero a veces ocurría— aquella zona era el cauce temporal de las aguas, de ahí que fuera la zona más apropiada para encontrarlas.

No era un gran monumento, ni era un paisaje de gran belleza, pero no hay duda de que fue un momento importante en el recorrido de este mochilero por Angola.


Detalle de la planta


Copyright © By Blas F.Tomé 2023