22 de marzo de 2014

El ‘kuomboka’ zambiano


Al fondo, allá donde se pone el sol [fotografía], se encontraba Lealui, una de las capitales del pueblo ‘lozi’ [la foto está tomada desde Mongu, actual capital de la provincia del Oeste, Zambia, a unos 15 kilómetros]. 
El viajero insatisfecho va a contar un poco de historia de esta zona, que se mezcla con la actividad festiva y las actuales celebraciones tradicionales.
Este pueblo ‘lozi’, con su ‘reyezuelo’ incluido, ocupa la región semiautónoma de Barotseland. Si bien, este ‘reyezuelo’ tiene en la actualidad nulo poder político en Zambia si lo tiene en la tradición local. Los ‘lozi’ tienen dos capitales: la otra es Limulunga, capital durante la estación lluviosa. El traslado anual de Lealui (inundada o a punto de inundarse) a Limulunga es un acontecimiento de gran importancia, celebrado como uno de los más conocidos festivales de Zambia, el ‘Kuomboka’.
La vasta llanura de Lealui (que se aprecia en la fotografía) y la abundancia de peces en la región fueron ideales para el asentamiento de los ‘lozi’, pero las lluvias y las posteriores inundaciones hacían imposible mantenerse allí. Nació así la costumbre de trasladarse periódicamente a unas tierras más seguras hasta la llegada de la estación seca. Durante el ritual, que aún se mantiene, se acompaña la partida del rey y de su pueblo de la capital del reino, Lealui, hacia Limulunga, ciudad situada al abrigo de las inundaciones provocadas por la crecida de aguas del Zambeze. Cantos y ritmos africanos están presentes durante todo el recorrido. Con la llegada de la familia real y su séquito al destino comienzan allí los festejos con cantos y bailes de la tradición ‘lozi’.
Todo este conglomerado de actividades forma el ‘Kuomboka’ zambiano.
Para presenciar este ritual, uno de los acontecimientos más antiguos del país, era necesario estar por la zona en el mes de abril, cuando se celebraba. Este mochilero estuvo en el mes de enero. Conoció, eso sí, Limulunga, un poblado africano más, con varias casas pintadas de rojo por Airtel y sin especial atractivo. No puedo visitar su palacio real (fabricado con esteras, juncos y barro, según pudo saber) pues estaba prohibido.
No pudo visitar Lealui por cuestiones logísticas. Se tuvo que conformar con presenciar esta puesta de sol desde la actual Mongu.


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

12 de marzo de 2014

Y de regalo….. el leopardo

El río Luangwa hacía de frontera natural del Parque Nacional South Luangwa (Zambia) pero ya desde la zona de campings y lodges, era muy fácil encontrarse con todo tipo de animales. Hipopótamos, también, incluso dentro de los mismos lodges. Parecía ser que ninguno estaba vallado. Una vez dentro del parque, habiendo ya atravesado el puente del río, el espectáculo era impresionante desde el primer minuto, manadas y manadas de antílopes, elefantes, jirafas y cebras. También, hipopótamos y cocodrilos.
Ha conocido muchos parques nacionales en África, tanto en el sur como en el centro o en el oeste, pero sin duda este parque nacional quedará en la mente del viajero insatisfecho por los ‘siglos de los siglos’. Nunca había conseguido divisar, a pesar de sus muchos intentos y ocasiones, el leopardo, y por fin, allí, en el South Luangwa, pudo conocerle en vivo y en directo. El 'momentazo' no decepcionó. El leopardo, siempre tímido -discreto, diría- y poco dado a tranquilos paseos, cuando inició aquel, lo que ocurrió a su alrededor fue de todo menos tranquilo. Sin ánimo cazador entonces, era ya temido por todos los animales que le rodeaban: las gacelas thomson (‘las macdonalds’ de los parques, decían los guías) emitían un berrido especial, más allá del miedo; los pájaros alertaban con fuertes graznidos; los facoceros lanzaban sus gruñidos desesperados, y en los alrededores resonaba un concierto de variopintos rugidos.
¡Qué 'momentazo'!.
Allí estaba. En principio, tumbado y observando a las cercanas gacelas; luego, paseando con cierta, pero tímida, soberbia. Paseaba sosegado, y tardó al menos dos minutos en desaparecer entre la maleza. Minutos de clic, clic, y más clic fotográficos. Hasta las fotografías salieron difuminadas por la excitación de su autor.
Una pena.



A las cuatro y media de la tarde empezaba el safari nocturno, dos horas a plena luz del sol y dos horas en la penumbra, la ocasión se presentaba como una oportunidad única de ver los animales durante la noche, algo que generalmente no es posible en otros parques. De nuevo, cientos de gacelas por todos los lados; otros herbívoros como los kudus, jirafas y cebras pastando tranquilamente aunque molestos y huidizos con la cercanía del 4 x 4, y algún que otro elefante y jabalí. Entre los compañeros se generó una buena sintonía-safari. Con las dos mexicanas, madre e hija, del pequeño grupo pudo, incluso, hablar español.
De nuevo, cuando hacía rato el sol había sucumbido en el horizonte, una nueva coreografía de atronadores sonidos alertó al guía de la presencia de algún peligroso animal. No podía ser otro que el leopardo. El avezado guía del foco le localizó y siguió durante un buen rato. El animal, como hipnotizado por la luz, se acercó al grupo visitante.
Dos veces en el mismo día.
No todos los espectadores de un gran parque nacional podrán contar lo mismo.


Copyright © By Blas F.Tomé 2014


1 de marzo de 2014

Victoria Falls Bridge


El puente de las Cataratas Victoria (Victoria Falls Bridge) era un puente en arco parabólico que atravesaba el río Zambeze, muy, muy cerca de las Cataratas Victoria, que servía de frontera entre Zambia y Zimbabwe.
El puente, diseñado por G. S. Hobson, era una construcción de hierro al estilo ‘eifel’ que pretendía ser parte de una vía férrea de El Cabo (Sudáfrica) a El Cairo (Egipto), un proyecto siempre en mente de Cecil J. Rhodes -patriarca de Rhodesia, antigua denominación de los, ahora, países limítrofes divididos- aunque nunca lo llegó a ver.
El principal arco del puente se unió el 1 de abril de 1905. Cuentan que las dos vigas centrales del arco estaban en su lugar para la puesta de sol del 31 de marzo, cuatro meses después de haberse levantado los postes extremos. Aquella noche, al superponer las vigas, sobraba alrededor de 1 ¼ pulgadas, y no podían ser clavadas en su lugar, para decepción de los trabajadores. Cuando el trabajo se inició a la mañana siguiente, se encontró que el puente se había contraído en la noche en la medida exacta de 1 ¼ pulgadas. Las dos vigas centrales habían caído en su lugar, y encajaba perfectamente.
La ceremonia de apertura tuvo lugar el 12 de septiembre de 1905. Fue inaugurado oficialmente por el profesor George Darwin, hijo de Charles Darwin y presidente de British Association (aunque según se decía en una pequeña exposición al lado del puente, George Darwin era ‘grandson’ (nieto) del famoso Charles Darwin. No sé). Los titulares de los diarios de entonces hablaban del ‘puente de un solo ojo más grande del mundo’.
-Inauguración del puente (fotografía de una fotografía)-

Hoy en día, es uno de los sitios preferidos para hacer “bungee jump”. O ‘puenting’, con se llama algunas veces.
Impresionaba ver a aquella mujer, entrada en años [fotografía pequeña], lanzarse al vacío con la tranquilidad en los pies y sonrisa en los labios.
¡¡Cosas ajenas al famoso Rhodes!!.
Si levantara la cabeza ¿él mismo se lanzaría?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

21 de febrero de 2014

La danza del leopardo, de Lieve Joris

El libro “La danza del leopardo” le acompañó al viajero insatisfecho en el reciente viaje a Zambia, territorio limítrofe del país que tan bien describe la escritora belga. Lo leyó con pasión en sus horas muertas, antes de dormir, en el merecido descanso después de cualquier largo paseo o delante de una cerveza ‘Mosi’ en el bar del hotelucho.
Los niños soldados de Kabila acaban de entrar en Kinshasa, la capital de la República Democrática del Congo. Mobutu, el presidente, ha huido, igual que todo el que puede. Salvo Lieve Joris, la autora, que se interna en el país, viviendo experiencias que cuenta con cierto desparpajo aunque desgrana, y bien, la zona visitada y desentraña, y bien, la problemática del país. Navega en barcos a punto de naufragar, recorre pistas cubiertas de barro, habla con todos. Visita las provincias del norte, del este y el sur, y plasma un retrato cercano a la realidad de este caótico y esperpéntico país.
El Congo se precipita a una vorágine de muerte y violencia, es un país desvalijado, sin dinero, presa del caos. Y sin embargo, siempre, la vida intenta hacerse un hueco.
Una historia para entender mejor el mundo. En concreto, el Congo, uno de los países más problemáticos de este bendito mundo.
Puede que lo peor esté por llegar.
................................................................
Ficha bibliográfica:
Joris, Lieve. La danza del leopardo [Traducción del neerlandés de Goedele de Sterck]. Revista Altaïr, S.L. Badalona, 2013.
Copyright © By Blas F.Tomé 2014

11 de febrero de 2014

Visita imprevista / PN Chobe

-Elefante-
No pensaba acercarse al Parque Nacional Chobe, en Botswana, desde la ciudad de Livingstone, en Zambia. Pero todo eran facilidades: la frontera con Botswana no estaba lejos; los taxis compartidos acercaban al visitante a la ciudad limítrofe (Kazungula) por relativo poco dinero; el gobierno ‘botswanés’ no cobraba por entrar al país (no se necesitaba visado), y sus guías turísticos se mostraban encantados de liberar al visitante del molesto peso del dinero por enseñar su Parque. La frontera (el río Chobe, que había que atravesar en un pequeño bote a motor) una de las muchas de África, con esa peculiar actividad frenética, donde los cambistas de dólares, pulas o kwachas abordaban insistentes al viajero a cada paso.
El PN Chobe era un territorio de unos 11.000 kilómetros cuadrados y centro de la industria turística de Botswana.
Área protegida desde 1930, y Parque Nacional desde 1968.
Kasane era la población más cercana, donde se concentraba un buen número de ‘lodges’ y alojamientos de distintos niveles y por donde se podía acceder al Parque. Este viajero insatisfecho no necesitaba estos alojamientos pues haría noche en una pequeña tienda de campaña dentro del mismo, eso sí, acompañado por otros mochileros que realizaban la misma operación.
El Parque estaba situado en un privilegiado lugar, aprovechando las orillas del río del mismo nombre, Chobe. Las visitas de una jornada se realizaban en dos tramos: uno, recorriendo el río en barca, más o menos acondicionada, según con quien contrataras, y otro, por sus orillas en un jeep. Aunque este mochilero hizo el safari fluvial por la mañana, decían que la experiencia era visualmente más atrayente por la tarde para ver caer el sol desde la barca, en pleno río.
Aquí encontraban su cobijo un gran número de especies, pero el elefante, camaradas, el elefante... era el ‘puto amo’, con miles y miles de individuos, aunque -como siempre dicen en África- el más peligroso era el hipopótamo que, a pesar de ser herbívoro, tiene un sentido muy elevado de la territorialidad y ataca en cuanto la siente peligrar.
No olvida tampoco al león.
Animales vistos: elefantes -por supuesto-, hipopótamos, jirafas, leones, gacelas, antílopes, facoceros, cocodrilos, monos, kudus, cebras, pucús,….. y más elefantes, y más y más.

-Hipopótamos jugando -cree-

-Familia de leones-


Copyright © By Blas F.Tomé 2014

31 de enero de 2014

Las cataratas Victoria, vistas desde Zambia

El viajero (su sombra), después de visitar las cataratas Victoria


“Heme aquí frente a frente
de la espesa tiniebla desde donde
oírme debe la deidad 'rugiente'
que en su seno se esconde:
Dime, genio terrible del torrente,
¿a dónde vas al trasponer, la valla
del hondo precipicio,
tras la ruda batalla
de la atracción, la roca y la corriente. . ?”  ( Por: Juan Antonio Pérez Bonalde).

Sin duda era una gran experiencia viajera sentir el estruendo infinito de las cataratas Victoria, en la frontera entre Zambia y Zimbabwe. En aquel recóndito paraje en los tiempos de Livingstone, se encontraba este regalo de la naturaleza salvaje para el que lo supiera apreciar.
Ahora, eso sí, la naturaleza aledaña menos salvaje, más bien acondicionada para que el viajero o turista presencie su ímpetu. Aunque nada artificial había en las cataratas en sí. Todo lo artificial se encontraba en sus alrededores, lo que daba comodidad al visitante.
El sol calentaba ‘a rabiar’, como diría Pablo Alborán, pero cuando la cercanía del salto se medía en unos pocos metros, la lluvia que desprendía amortiguaba el pegajoso calor.
El viajero insatisfecho no suele explayarse en mostrar fotografías pero en esta ocasión va a hacer una excepción. Visitadas desde el lado ‘zambezi’ nada más, estas instantáneas pueden dar idea de su grandiosidad aunque sin hacer justicia del lugar.
Para quedarse atónitos.

Primera visión de las cataratas
 Grandiosidad del lugar
Fuerza de la naturaleza
Diferente perspectiva
 Las cataratas al fondo, vistas desde el puente-frontera
Una vez pasadas las cataratas, el río Zambeze comienza a zigzaguear por los barrancos

Copyright © By Blas F.Tomé 2014

20 de enero de 2014

Zambia, Africa, despierta!!

"No tengas sexo conmigo. Protégeme. LA VIOLACION ES UN CRIMEN", dice este cartel

Salía temprano de Lusaka, rumbo a Chipata (cerca del Parque Nacional South Luangwa) entre grandes carteles de anuncios: SUPER FAST INTERNET (ZAMTEL); ZAMBEEF, feeding the Nation; DEFILEMENT IS A CRIME (La violación es un crimen); AIRTEL; 100 YEARS LUSAKA ("Qué joven es Lusaka!!. Mi padre nacía cuando se formó esta ciudad")...
La campiña verde, de insultante verde, aparecía rasgada por el asfalto por el que circulaba el bus. Los suburbios iban quedando atrás con sus gentes iniciando otra dura jornada. Triste, quizás. Poco a poco el movimiento era más movimiento. Las 'townships' despertaban envueltas en una bruma humeda y en la penumbra de la noche, ya casi desaparecida.
Amanecía.
Zambia, Africa, despierta!!.
El verde, insultante verde, se adueñaba de los bordes de la carretera. Por esos bordes, comenzaban a moverse padres, madres, hombres y niños, yendo a no se sabe d
ónde.
El bus rasgaba la sabana-selva (como el soto-bosque, de Felix Rodriguez de la Fuente) a gran velocidad. Un viejo perro negro movía su cola lentamente mientras miraba atento algo que debía moverse entre los hierbajos. Un joven pedaleaba lento una bicicleta que llevaba un cerdo gruñ
ón atado y tumbado en el transportín; su corto gruñido sonó a amenaza al cruzar a gran velocidad el bus.

Las cabañas desperdigadas entre la sabana-selva

De vez en cuando, las cabañas de juncos y barro aparecían a los lados al penetrar en la vasta campiña. Sacos llenos de 'carbón vegetal' se exponían en el breve arcen.
Comenzaba a llover. Se esperaba, pues los cerrados nubarrones se habían mostrado con rapidez. Las gotas rompían sobre el parabrisas del buseto, mientras, niños y niñas uniformados, calados hasta los huesos, caminaban por la orilla -con miedo y aun desperezándose- supone, hacia la escuela.
A gran velocidad, surg
ían, en los límites de la carretera, cestas repletas de mangos, naranjas, o bananas; palanganas de plástico con voluminosas setas recién cortadas, y más sacos de 'carbón vegetal'. Y los carboneros, como los vascos de la película 'Tasio', de Montxo Armendáriz. Entre los árboles y la constante maleza, ciertos claros con cabañas de paja y barro, algunas cercadas con vallas de esteras y juncos.
Campos sembrados de maiz. Mujeres dobladas (doblegadas?) arañando la tierra y eliminando malas hierbas.
Zambia, Africa, despierta!!.

Los carboneros trabajando (al fondo)

Copyright © By Blas F.Tomé 2014



10 de enero de 2014

Las cataratas Victoria / Zambia

¡Excelentes!
¡Inmensas!.
¡Atronadoras!, ¡majestuosas!, ¡grandiosas!. ¿Queréis que este leonés continue con más calificativos sobre las cataratas Victoria? Tienen, quizás, menos prensa que las cataratas de Iguazu, que las de Niágara, o el Salto del Ángel (o las cataratas Paraiso, de la pelicula ‘Up’), pero son de una excepcional belleza. Situadas en la línea divisoria entre Zimbabwe y Zambia, en África, se convierten en lugar ideal para mochileros aventureros pero también (y más) para turistas de 4 x 4 y guía traductor de español. Aunque para las tribus locales eran Mosi-oa-Tunya, que significa ‘el humo que truena’, el explorador escocés David Livingstone las rebautizó en 1855, en honor a la Reina Victoria I de Inglaterra, mucho antes de que le encontrara en Ujiji, a orillas del lago Tanganika, Henry Stanley. Pasaron a la posteridad, especialmente para ‘el mundo blanco’, con el pomposo y presuntuoso nombre de cataratas Victoria pero estas atronadoras aguas se merecen más el nombre original.
Livingstone prosiguió después sus exploraciones hasta que murió en 1873. Y lo hizo en Zambia a causa de la malaria y disentería. Su cadáver fue trasladado a Inglaterra, y enterrado en la Abadía de Westminster, aunque ciertas leyendas proclaman que su corazón le fue antes extirpado para que reposara en África.
Muy fácil
(nada que ver con lo que le costaría a Livingstone) le resultó al viajero insatisfecho llegar a la increible turba de agua que al impactar con el fondo desprendía un aparente vapor, convertido en una implacable lluvia para el visitante, a quien regaba sin descanso; oir el sonido atronador; disfrutar de la rara tranquilidad, y transladarse a la época en que Livingstone pisó el lugar: un minibus ofertado por el Livingstone Backpackers, dónde se hospedaba, le acercó a la puerta del Parque Nacional Mosi-oa-Tunya.
Durante dos horas recorrió todos los pasillos/vías cimentados y empedrados que la organización ofrece para sortear la maleza, siempre acompañado por el trueno de aquellas aguas saltarinas.
Multitud de páginas se han escrito sobre este lugar. No va a descubrir con este texto una catarata más, pero siempre le quedará el efímero momento en el que sintió las primeras gotas de agua/vapor, desprendidas por el aún lejano salto.

Copyright © By Blas F.Tomé 2014

1 de enero de 2014

¿El país de ‘las minas del Rey Salomón’?

Por algún juego malabares de la mente, el 'peque'-viajero insatisfecho siempre había colocado ‘las minas del Rey Salomón’ en Zambia (antigua Rodesia del Norte). Nunca es fácil saber el por qué de esas desviaciones en el subconsciente de un niño, quizás, por algún detalle especial unido a algún conocimiento incipiente y raro.
El caso es que este país centro/sur-africano se encontraba (y se encuentra) lejos de la costa, por lo que la larga expedición de Quatermain estaría así justificada.
Pero Zambia, en la actualidad, es otra cosa: es democracia estable a la africana, es el país silencioso del que nadie habla y un país que vive en su mayoría de la agricultura de subsistencia y de pocas exportaciones, exceptuando algo de cobre.
¿Y qué bandera más extraña tiene Zambia?.



En su mochila no lleva gran cosa. Además de unos libros, únicamente un apartado para la curiosidad y otro gran separado para la ilusión. Y muchas ganas de volver a África, sin descartar sufrimiento e insatisfacción.

Copyright © By Blas F.Tomé 2014

23 de diciembre de 2013

El ghanés se siente africano….

África nunca será la misma para quien la abandone y regrese años más tarde. Aunque no es tierra de cambios, y si hubiera alguno, tal vez sería para peor. No es veleidosa (si bien, ¡es dura la violencia africana!, ¡la más dura!.) pero al haber alumbrado no solo hombres, sino razas, y criado no solo ciudadanos, sino civilizaciones -unas mueren y al instante otras resurgen- África puede ser desapasionada, indiferente, cálida o cínica, repleta de una sabiduría excesiva.
Ha atravesado por diferentes etapas: hoy, podría ser la tierra prometida; mañana, podría volverse de nuevo una tierra oscura, retraída, desdeñosa e impaciente, y así hasta el infinito. En la familia de los continentes, África es la hermana callada y meditabunda, cortejada durante siglos por imperios de caballeros errantes, a los que ha rechazado uno tras otro, en virtud de su sabiduría y de cierto hastío por la inoportunidad. Ayer, cortejada por anglosajones, portugueses, alemanes o belgas; hoy, cortejada y explotada por chinos. Y el ciclo de los cambios, sin haberlos, continúa.
Todas las naciones se arrogan su derecho por África, pero ninguna la ha poseído por completo. Con el tiempo, no muy lejano, la tomarán o, quizás, la asfixiarán, que puede convertirse en sinónimo.
¡Cuantas veces ha escuchado el viajero insatisfecho decir a un africano en momentos de contrariedades: “Esto es así, esto es África”!, con ese sentido continental que tienen sus gentes.
El ghanés se siente africano.
El etíope se siente africano.
El tanzano se siente africano.
El beninés se siente africano.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

15 de diciembre de 2013

¿Alpacas o vicuñas?


Era (y sigue siendo) difícil diferenciar a lo lejos en la puna alto-andina a la alpaca, la llama, el guanaco o la vicuña, y esta pregunta era muy recurrente en determinadas excursiones por el altiplano peruano. La puna es un territorio andino hosco, un herbazal de alta montaña y pastizal de áspero alimento para esta fauna local. Suele albergar muchas plantas endémicas y distintivas que han evolucionado en respuesta al clima de montaña, frío y soleado.
Cuando el bus paró en lo alto, la mente del mochilero pensó en un paraje inhóspito, y la 'rasca' que venía de las cercanas montañas heladas quitaban la inspiración. Allí, como en personal parcela, se movían estos cuatro animales andinos.
La llama y el guanaco eran los más grandes y, de la primera, decían que se caracterizaba por ser rústica, versátil, tímida, mansa, dócil y por reconocer fácilmente al dueño.
La alpaca era de tamaño mediano y no se utilizaba como animal de carga. Mientras, la vicuña era el más pequeño de estos camélidos.
Después de explicaciones más o menos concretas, el viajero insatisfecho al divisarlas entonces pastando en la lejanía en el altiplano, y ahora viéndolas en una foto, siempre se pregunta ¿son llamas o alpacas?. Quizás las dos más difíciles de diferenciar. 
¿O serán vicuñas?.
Con la distancia del tiempo transcurrido cree recordar que las vicuñas eran complicadas de encontrar y las alpacas eran las más explotadas por la gente local para enternecer al turista. Tiernas, sencillas, casi de peluche, y admitían caricias y arrumacos.
Las de las fotografías -tomada a una altura aproximada de 4.500 metros, camino del valle del Colca (Perú)- deben ser alpacas.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

7 de diciembre de 2013

Mandela/Madiba

Ha muerto Mandela, o Madiba como algunos le llamaban. El viajero insatisfecho piensa ahora por qué pasó de puntillas sobre la realidad sudafricana de hace 5 o 6 años. Su viaje era a Mozambique y había utilizado Johanesburgo como ciudad de llegada a la zona. Allí conoció un pelín esa realidad. A la vuelta del vecino país, en Nelspruit, ciudad obligada si se quiere conocer el Parque Nacional Kruger, conoció otro poquito. Los pubs y supermercados en los “mall” eran territorio blanco. Las diferencias económicas entre el rico (blanco) y el pobre (negro) seguían siendo evidentes, varios años después del paso de Mandela por la jefatura de Estado. Había progresos en cuanto a igualdad pero aún faltaba mucho.
Entrada a uno de los "mall" de Nelspruit / territorio blanco

Y recuerda momentos.
Se encaminaba a la Park Station de Johanesburgo en un taxi (más bien una ‘van’ que le había recogido en aquel hotel de mochileros, junto a otros colegas de mochila o petate que se dirigían ‘dios sabe dónde’) para tomar un ‘buseto’ a Mozambique. Los alrededores de la Park Station eran a aquella hora temprana pura Sudáfrica-negra. La circulación era entonces lenta y desde la ‘van’ observaba la viva realidad. Negros, quizás de la humillada raza koisan (más conocidos como hotentotes), vivían en sus destrozadas tiendas de campaña en el medio del seto central de enmarañadas carreteras. Habitaban, unos, en los cobertizos instalados en las aceras, en las cabañas de cartón y plástico, casuchas elaboradas con ingenio y madera; algunos dormían arremolinados como lobeznos; otros, solos y apoyados en los postes eléctricos, todos negros; los vagabundos, algunos tullidos otros desesperados, los desconcertados por la vida, los indiferentes a ella, los venidos de fuera en busca de un territorio ilusorio, todos ellos merodeaban por los alrededores de la Park Station. Uno de los lugares -dijeron- más peligroso.
Las diferencias después del gobierno Mandela seguían (y siguen, cree ahora) existiendo. Pero Mandela consiguió revitalizar la ilusión africana, la esperanza de la nación negra.
¡Viva África!.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013

1 de diciembre de 2013

El dinero les convierte en terrenales

-Círculo de espectadores-
Al viajero insatisfecho le extrañó un tanto que en aquella populosa celebración del vudú en Ouidah (Benín) no hubiera más público ‘blanco’. Hizo una pasada visual por el multitudinario círculo y no encontró ninguno. Precisamente era 12 de enero, un día después de la festividad del vudú más importante de todo África, más internacionalmente conocida y visitada, pero como segunda jornada festiva también lo era de celebraciones.
Considerado como la cuna del vudú, la ciudad costera de Ouidah atrae a seguidores de todo el país, así como de Togo y Nigeria, que asisten creyentes a las ceremonias religiosas.
El mochilero leonés tuvo ciertos problemas a la hora de hacer fotografías pues se pusiera donde se pusiera, alguien al lado le hablaba de la prohibición. Se cambió de ubicación varias veces y siempre le recordaban lo mismo. Nunca llegó a creer tal cosa, y menos en un lugar público, aunque bailaran allí los espíritus Egungun (?), bailarines enmascarados representando los espíritus ancestrales del clan de los yoruba que regresaban para poseer y ofrecer orientación.
-Espíritus Egungun, bailando-
Para ojos ignorantes y extraños era un baile multicolor. Resultaba difícil entender lo que estaba ocurriendo en el centro del círculo. Bailaban ufanos, aunque de vez en cuando descansaran junto a otros danzantes en su particular palco de honor. Los espíritus, mientras danzaban, eran acompañados en todo momento por un guía que especialmente actuaba cuando se acercaban al público. Con una vara, el terrenal-guía impedía que el espíritu danzante tocara con sus manos o ropas a las personas congregadas en el círculo.
Eso sí, uno de los espíritus Egungun (danzante enmascarado) cuando se percató del ‘blanco’ que le observaba, se acercó raudo, alargando en silencio su mano para solicitar ese oscuro objeto del deseo: el dinero.
Hasta los espíritus del vudú cuando ven al ‘blanco-cajero-automático’ se convierten en terrenales.
-Palco de honor de los danzantes descansando-

-Espíritu Egungun se acerca a pedir dinero al 'blanco'-


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

19 de noviembre de 2013

¿Qué estoy haciendo aquí?


“¿Qué estoy haciendo aquí?”. Pregunta que cualquier viajero se ha hecho, siguiendo -sin saberlo- la pauta que marcó Arthur Rimbaud, en Harar (Etiopía), que hizo famosa esta sencilla frase entre aventureros. Al menos el viajero insatisfecho se la ha hecho en algunas recaladas en lugares de algún lejano país.
“¿Qué estoy haciendo aquí?” se preguntaba sobre las diez de la noche, sólo, delante de unos espaguettis a la boloñesa, o algo parecido, con una cerveza “La Beninoise” al lado, la ciudad norteña de Natitingou (Benín) al fondo, con escasas luces (fotografía) y en silencio, solo roto por algún que otro bocinazo de los pocos coches que a esa hora circulaban. Era 31 de diciembre (Noche Vieja) y acababa de llegar a la ciudad después de un cansado día de bus y baches.
Las tiendas de antigüedades de Addis Abeba (Etiopía) estaban llenas de mercancías, tanto tesoros empolvados como imitaciones sucias. Cruces de plata de todos los tamaños (la cruz de Lalibela, la cruz de Aksum,…), pinturas de tela robadas de iglesias ortodoxas etíopes, viejas y gruesas biblias amáricas con ilustraciones pintadas a mano, iconos y rosarios; coranes, cuentas de ámbar [Etiopía es mixtura de religiones, se mezclan ortodoxos con musulmanes o animistas], brazaletes y escudos de marfil. Artículos de madera y cuero de todas las tribus del país; taburetes muy elaborados, reposacabezas de madera maciza del valle del Omo, lanzas, escudos, postes funerarios de los konso; platillos para los labios de las mursi o taparrabos. Rodeado y acorralado por todos estos y otros cachivaches el mochilero se preguntaba “¿Qué estoy haciendo aquí?”.
Abandonaba aquella noche, de madrugada, Antananarivo (Madagascar) rumbo a casa cuando se percató que le habían robado en la habitación de aquel nauseabundo hotel los últimos ‘francos-malgaches’ (moneda del país) que le quedaban para llegar al aeropuerto. ¡Malditos!, bramaba al vigilante (¿vigilante?) nocturno del hotel. ¿Qué estoy haciendo aquí, durmiendo en este antro inmundo con vigilantes ladrones o de pacotilla?.


Copyright © By Blas F.Tomé 2013

9 de noviembre de 2013

La isla de Malapascua, un pequeño paraíso

Arreglando las redes, Isla de Malapascua

Construyendo una barca, Isla de Malapascua

La isla de Malapascua se encuentra en el archipiélago de las Visayas, muy cerca, y al norte, de la isla Cebú (Islas Filipinas).
Era una pequeña isla de tranquilas aguas y playas que tenía relativa afluencia turística, de lo que vivía un numeroso grupo de habitantes. Al menos, varios hoteles, bungalows y restaurantes ocupaban la playa principal de la isla. Recorriéndola a pie (medía 2 kilómetros y medio de larga por uno de ancho) se podían ver también típicas escenas de pesca artesanal. Además de las instalaciones turísticas, una pequeña y tranquila aldea encontraba allí perfecta ubicación para un grupo de familias de pescadores, distribuidos en comunidades o barangays.
Aldea de pescadores, Isla de Malapascua

El nombre de ‘Malapascua’ viene de la época colonial española, cuando uno de sus barcos encalló allí el día de Navidad de 1520. A causa de ello, los marineros y sus familias llamaron al lugar, a aquella isla olvidada, Mala Pascua.
El viajero insatisfecho llegó a ella en una pequeña embarcación a motor que hacía la ruta Maya (población norteña de la isla Cebú)-Malapascua como si de un bus/barco se tratara. En el trayecto, no más de 30 minutos, tuvo la oportunidad de cruzarse, y empequeñecerse, con un gran barco transoceánico de impactante, soberbia y monumental navegación.
De monumental tranquilidad también fue la estancia. Una mañana en una pequeña barca alquilada para circunnavegar la isla; una tarde de exploración entre la multitud de palmeras y una jornada más de curioseo por la aldea y ‘ganseo’ por la playa fue todo lo que duró la estancia en aquel pequeño paraíso filipino. Y una cosa que nunca olvidará: escuchó hablar chabacano (reducto idiomático de ascendencia española) a una camarera nacida en la isla de Mindanao, donde aún se hablaba.
Las dos amanecidas que pasó en la isla fueron acompañadas por los ‘kikirikís’ matutinos de multitud de gallos que poblaban la pequeña aldea cercana. Aves de bella estampa y porte que los filipinos utilizaban para sus tradicionales peleas.
También en la isla de Malapascua, este mochilero disfrutó, haciendo ‘snorkel’, de uno de los paisajes marinos más impresionantes que ha visto en vivo y en directo. Sentía entonces, y siente ahora, envidia de los muchos buceadores que pudo ver regresando de expediciones acuáticas, con cara animosa y duradera sonrisa.

[Por esta preciosa y tranquila isla habrá pasado ayer, 8 de noviembre, el super-tifón 'Haiyan-Yolanda'. Este viajero les desea lo mejor].

Copyright © By Blas F.Tomé 2013


2 de noviembre de 2013

La mancha mongólica de los mayas

¡Adelante otra curiosidad!.
El guía turístico (80 por ciento maya, ¿recordáis?) que acompañaba en bus a la pequeña expedición a Chichén Itzá (México) aseguró, también, que todos los descendientes mayas o, al menos, la gran mayoría, portaban al nacer la mancha mongólica que, si bien suele desaparecer a los pocos años, en los indios y sus descendientes más cercanos se mantiene durante toda su vida. El ‘guía-80-por-ciento-maya’ con cierto gracejo, sin ningún tipo de rubor y con la sonoridad de su bonita voz (según ecos cercanos), se ofreció a mostrársela al pasaje e, incluso, hizo el amago de bajarse sus cortos pantalones hasta la rodilla.
¡Estaba bromeando el 'mentecato’!.
La mancha mongólica es, como todo el mundo sabe, una lesión de la piel frecuente en los recién nacidos. Tiene un color azulado, verdoso o gris, formas variadas, bordes difusos y se localiza principalmente en la zona baja de la espalda y glúteos. Toma el nombre de mancha mongólica por haberse detectado por primera vez en esa raza, y su nombre no tiene ninguna relación con la enfermedad del síndrome de Down o mongolismo.

La creencia popular en muchas culturas orientales es que el alma no quería reencarnarse en ese bebé, y los espíritus superiores le dan una patada para empujarlo a la Tierra, dejándole el ‘moretón’.
Esta lesión no requiere de tratamiento y se cura sola.
Ningún pasajero pudo ver la mancha en el trasero del guía, pero él aprovechó para dar una disertación conocida (al menos para el viajero insatisfecho) sobre el antiguo paso de los pueblos esteparios de la zona de Mongolia por el estrecho de Bering para ocupar y poblar, así, todo el territorio americano. Un hecho histórico que confirmaría los evidentes parecidos de raza.
Copyright © By Blas F.Tomé 2013