Casa de Los Santos, donde se firmó el acta de independencia...........................................
La villa de Los Santos (Panamá) fue la primera población en que se gritó la independencia panameña de los españoles en 1821. Allí se redactó una carta para Simón Bolivar en la que la población se sumaba a su lucha contra la colonia, según el libro-guía-viajero.
La revuelta fue encabezada por un personaje, posiblemente legendario (no existen pruebas de su existencia), llamado Rufina Alfaro, que se convirtió en la heroína simbólica de la independencia panameña. Esta mujer sedujo a un mando militar y obtuvo la información necesaria para que el pueblo pudiera tomar el cuartel.
¡Tenía que visitar esta villa y acercarse en el espacio a los hechos!, se dijo.
Y lo hizo.
Cuando este mochilero salía de su casco viejo, donde por supuesto se encontraba la inevitable iglesia (de San Atanasio, en este caso), un maduro ciclista se le acercó dando tumbos con su vieja y destartalada bicicleta. Al cruzarse ambos, le gritó fuerte, rotundo y claro ¡¡El brujo de Borinquén!!.
El grito derivó, cuando llegó al hotel, en una inmediata investigación. Para ello, Internet es una gran fuente de datos, a veces, fiable; otras, no tanto y, las más, desprestigiada.
Ismael Rivera, conocido y exitoso cantante portorriqueño, fue apodado así. Estuvo a punto de retirarse de la canción debido a las drogas, pero su devoción por el Cristo Negro, ubicado en la iglesia de San Felipe de Portobelo (Panamá), obró el milagro y, la marcada y antigua influencia sobre el artista, motivó que aquel dejara las drogas.
El viajero insatisfecho miraba la fotografía del cantante en la web y alternaba, repetidamente, con el espejo donde aparecía su rostro [el del viajero] desmelenado y barbudo. Confuso se preguntaba “¿por qué ese hijo-e-puta de ciclista panameño me habrá gritado ¡¡El brujo de Borinquén!!, si más bien parezco El Bin Laden del Darién(*)?”.
La revuelta fue encabezada por un personaje, posiblemente legendario (no existen pruebas de su existencia), llamado Rufina Alfaro, que se convirtió en la heroína simbólica de la independencia panameña. Esta mujer sedujo a un mando militar y obtuvo la información necesaria para que el pueblo pudiera tomar el cuartel.
¡Tenía que visitar esta villa y acercarse en el espacio a los hechos!, se dijo.
Y lo hizo.
Cuando este mochilero salía de su casco viejo, donde por supuesto se encontraba la inevitable iglesia (de San Atanasio, en este caso), un maduro ciclista se le acercó dando tumbos con su vieja y destartalada bicicleta. Al cruzarse ambos, le gritó fuerte, rotundo y claro ¡¡El brujo de Borinquén!!.
El grito derivó, cuando llegó al hotel, en una inmediata investigación. Para ello, Internet es una gran fuente de datos, a veces, fiable; otras, no tanto y, las más, desprestigiada.
Ismael Rivera, conocido y exitoso cantante portorriqueño, fue apodado así. Estuvo a punto de retirarse de la canción debido a las drogas, pero su devoción por el Cristo Negro, ubicado en la iglesia de San Felipe de Portobelo (Panamá), obró el milagro y, la marcada y antigua influencia sobre el artista, motivó que aquel dejara las drogas.
El viajero insatisfecho miraba la fotografía del cantante en la web y alternaba, repetidamente, con el espejo donde aparecía su rostro [el del viajero] desmelenado y barbudo. Confuso se preguntaba “¿por qué ese hijo-e-puta de ciclista panameño me habrá gritado ¡¡El brujo de Borinquén!!, si más bien parezco El Bin Laden del Darién(*)?”.

Ismael Rivera
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(*) Darién: Región selvática panameña que hace frontera con Colombia.
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Según fantasea la leyenda, desde todas sus ventanas se podía admirar el Taj Mahal a lo lejos. Y, efectivamente, así era, desde todas las aberturas, almenas, balcones y ventanas que daban al río se contemplaba el famoso mausoleo. Este mochilero, como el Sha Jahan, observó desde allí por primera vez aquel prodigio arquitectónico. Y fue desde allí, desde donde le vio brillar como perla oriental, apareado por los destellos/reflejos del río Yamuna.
En aquella época -el viajero insatisfecho lo guarda en su mente- entre las piedras rojas de aquel mastodóntico fuerte (rojo) brotaba salvaje la verde maleza que los desheredados/parias hindúes trataban de limpiar a golpe de zoleta.

En su interior, el olor recordaba al guano-quechua de Perú, a las cuevas de Ajanta en India o al viejo orín en tierra emponzoñada de humedad. En el exterior, la belleza era de roca y verde contorno; de mar y azul celeste; de brisa marina, sol y arena.



















