[Las continuará arrancando].
Era la representación más palpable
y cercana, un resumen de lo que suponía la ancestral arquitectura inca.
Aquellos antiguos constructores, como imbuidos
por la más absoluta sencillez, centraron su trabajo en los grandes bloques de
piedra tallada que encajaban con una precisión milimétrica, formando muros
ensamblados con esmero y pulcritud. Había miles de ellos por Cuzco y alrededores. En muchos
casos, un ejemplo de integración; en otros, de abandono.
Aquel día, al pasar por delante de
ella [de la piedra], este viajero
insatisfecho, desconocedor de tenerla tan cerca (en plena calle, estrecha y
peatonal que llevaba desde la plaza de Armas al barrio de San Blas, donde hospedaba) y alertado
por el grupito de buscavidas/protectores de la piedra, asentados allí para
extorsionar al turista, reaccionó tocándola con cierta admiración. Eso le valió
la inmediata bronca de aquellos ‘niñatos’ buscavidas que pretendían con ello
asustar, amedrantar e incluso timar a cualquier solitario paseante con aires
extranjeros.
Luego, deambulando por callejones
y avenidas, reflexionaba sobre la cantidad de entrometidos, granujas, rateros,
estafadores, maleantes, bribones, engreídos, y demás tribus, que se mueven en
los lugares turísticos de todo pueblo o ciudad del mundo mundial.
¿Qué no se podía tocar la 'cacareada' piedra de los doce ángulos?.
¿Qué no se podía tocar la 'cacareada' piedra de los doce ángulos?.
¡A mamarla!.
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