27 de octubre de 2020

Mahajanga /Madagascar

Embelesado y sentado en aquella balaustrada, dando la espalda a un inmenso baobab y mirando a lo lejos el inmenso océano, invadido como se veía por unos entrantes de tierra, estaba insanamente feliz. Se había entretenido hacía un rato con un buen plato de mariscos, refritos y especiados en exceso, pero con sabroso paladar, y aquella cerveza fría ¡ay! Ahora estaba dejando al estómago trabajar, segregar jugos para hacer una buena asimilación, y su mente dando vueltas allá por la ionosfera de la razón.

Había llegado hacía dos días a Mahajanga, en un largo camino ya conocido, desde Nosy Be. Un experto y avispado guía le había sugerido este puerto para hacer la travesía entre Madagascar y Mozambique que quería hacer. Dijo, incluso, conocer servicios especiales desde esta ciudad hacia las islas Comores, y más allá. Lo pensó unas horas, desde la tranquilidad.

Tranquilidad para tratar de descubrir el rumbo personal. Su rumbo.

El caso es que decidió desandar lo andado y volver a Mahajanga. No tenía prisas, y sí ganas de hacer algo que llenara su espacio mental.

El lugar y el baobab tenían encanto. Ya lo había visitado al subir, y pensó que sería un buen punto de reunión con personajes de la mar. Resultaría más fácil entrar en contacto con la gente, pensó. Evitar el calor era también una buena razón para cobijarse bajo el árbol milenario, especialmente cuando aprieta a estas horas de la siesta. El paseo no resultó tan agradable como esperaba, hacía un viento racheado que levantaba una polvareda grisácea en remolinos espaciados a lo largo del camino. Eso sí, aquel marisco refrito desapareció totalmente de su buche y no dio ninguna amargura digestiva. No se veía un alma hasta donde alcanzaba la vista, a pesar de que varias casas aledañas mantenían la posibilidad abierta de que algún espíritu móvil apareciera, pero sus habitantes -imaginó- sestearían o simplemente se protegían del calor y polvo.

Le llevó más de una hora alcanzar su objetivo, pero mereció la pena. Allí estaba el majestuoso árbol, impasible a la ventolera y dignificando todo lo que había a su alrededor, por muy humilde que fuera. Sus dimensiones eran ostentosas, solo el tronco ocupaba un círculo de unos 10 metros de diámetro. Enmarcándolo, a modo de faja, la balaustrada de obra donde estaba sentado, y la parte baja de su tronco, pintada de blanco, no sabe si con el fin de protegerle de parásitos u hormigas.

El lugar que ocupaba no era muy apropiado pues el baobab era el centro de una rotonda que los coches y motos bordeaban, a veces, con un tino desquiciado de conductores de rallys. Un rickshaw se paró y le incitó a la vuelta turística de rigor, algo que desestimó con controlada educación y varios dala-dala gritaron, cuando estaban frente a él, su destino. Como aquella zona, por la hora, no era precisamente un jolgorio, extrajo de su pequeña mochila azul la libreta de notas y se puso a escribir de manera desordenada pequeñas puntillas y anotaciones breves del día. Ya lo ordenaría más tarde.

Cuando levantó la cabeza tenía a dos blancos delante. Le miraron e hicieron un gesto de saludo. Sorprendente esta actuación en África cuando dos blancos se cruzan en la calle o se encuentran en un local, siempre surge de manera improvisada un gesto de saludo. ¿Por qué esa distinción? Eran españoles, con marcado acento vasco. Casual, sorpresivo y raro fue aquel encuentro. Vascos, de Bilbao y Bermeo, pertenecían a la tripulación del “Rosyth” que, según Jon, el bermeano, era como un camión de reparto.

- Traemos y llevamos carga de un lado para otro, desde Ciudad del Cabo hasta Mombasa. De aquí vamos a Beira, Mozambique, dijo.  Si tienes alguna intención de un abordaje, pídenos permiso primero, añadió según transcurría la conversación, en tono de broma, después de que les comentara sus intenciones.

- No. Nosotros no llevamos pasaje, remarcó el otro que llevaba un llamativo Fred Perry rosa. Pero yo que tú me informaría antes en la oficina del consignatario.

Le apuntaron datos, direcciones portuarias, e incluso de manera enigmática, insinuaron ciertas posibilidades. ¡Vaya! No sé por qué me parece que las cosas se están arreglando, pensó de manera optimista. Hablaron largo rato del Gobierno, del SIDA, de los atentados de ETA y de fútbol. Y sí, les vió menos inclinados a prolongadas charlas políticas que partidarios de visitas al campo del San Mamés.

¡Aupa, Atlhetic!

[Continuará].

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4 comentarios:

efurom1 dijo...

Oí la palabra baobab cuando tenía 10 o 12 años, en una obra de teatro de Rabindranath Tagore (¿El cartero del rey?). Entonces no había internet y las enciclopedias eran un lujo. Pero aquella palabra, pronunciada en ese contexto poético de la obra, me parecía mágica.
Después sí, había visto fotos y, viendo tu escrito, eso de "estaba inmensamente feliz", se comprende (y si mal no recuerdo es la primera vez en todos estos años que te leo algo por el estilo).
Un abrazo

V(B)iajero Insatisfecho dijo...

Querido Emilio:
Gracias, como siempre, por tus aportaciones. Las recibo con agrado y alegría. Pero hoy siento mucho (ji) tener que hacerte una rectificación 'estaba insanamente feliz'. Lo siento. Lo que deseo es que te haya gustado el texto, porque al final pone [continuará].
Gracias, Emilio (Es broma).

Emilio Fuentes Romero dijo...

Y qué diferencia hay? 🙂

Pilar P. dijo...

Noto al viajero en este inicio de viaje (post) muy reflexivo... (Rumbo.  Tranquilidad.  Pensamientos.  Notas...) 
Lo de 'insanamente feliz' es lo que me hace  pensar a mí qué significará...  Feliz, ¿pero qué? ¿O era por la digestión de los mariscos refritos y la cervecita fría?

Estar metido en 'tus notas' sentado junto a ese baobad gigantesco (¡cómo para abrazar!) y encontrarte con los dos de Bilbao allí mismo, tuvo que ser igual de impactante que ver el baobad, ¿no?
Cómo se suele decir, '¡qué pequeño es el mundo!'. Y, cómo no, hablar de fútbol...

A mí esa balaustrada blanca me 'chirría' un poco, queda un 'pegote' rodeando al impresionante baobad. Pero bueno, para gustos...

¿Te ayudó el baobad a encontrar el rumbo? 
¿Qué se siente ante esa inmensidad de árbol?  Siempre lo he pensado..., al igual que estar debajo de una secuoya...
¿Qué se sentirá? ����

Besosssss.