9 de agosto de 2016

Veracruz, al ritmo del alma

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-Puerto/Malecón-

Llegaba a Veracruz ya avanzada la mañana después de una noche completa, y de insomnio, en un autobús desde Campeche, una ciudad colonial -otra- dentro del elenco de ciudades mexicanas. Y el viajero insatisfecho llegaba a ella con la mochila organizada de alusiones históricas, la documentación mental estructurada y preparado para tropezar con lo que finalmente encontró: una ciudad portuaria con un puerto de verdad, con barcos mercantes atracados que sobresalían de las tranquilas aguas como monumentos de chatarra ideados por algún veterano maestro cubista. Un puerto por el que se podía pasear, tranquilo, aunque ese sosiego era interrumpido a veces por los jovenzuelos vestidos con pantalón corto y camiseta raída que animaban a los incautos transeúntes a tirar una moneda al agua contaminada y sucia que bordeaba el malecón, para así recuperarla ellos después de un rápido chapuzón. Siempre lograban el objetivo. La interceptaban antes llegar al fondo, concluyó. Costumbre esta que ya había presenciado en alguna otra población, por ejemplo de Islas Filipinas, y siempre le producía una especial repugnancia y rechazo. Tanto por los jóvenes que la propiciaban como por los viajeros, casi siempre un poco soberbios, que se prestaban a esa penosa situación.

 -Zócalo, al fondo, la orquesta-

Se dejó embaucar, sí por Veracruz, por el encanto de sus calles y plazas abarrotadas de palmeras típicas y cocoteros y, al caer la tarde, el ritmo que la ciudad guardaba en sus entrañas afloraba en el Zócalo, en especial. Era la ciudad de la fiesta, de la música y los jarochos. En el escenario circular del Zócalo se situaba la orquesta, pero lo hacía con el ritual de una gran orquesta con trombón. Siempre ha pensado, ya desde niño, que una orquesta con trombón es una excelente orquesta. Y al son que rugía tranquilo, un grupo de parejas, en gran parte mayores, se animaba a danzar. Sus pasos llenos de estilo movían las miradas del público fiel que presenciaba la actuación. Así oscurecía en Veracruz. Los camareros de los bares que bordeaban la plaza, al iniciarse el ‘rompan filas’ de la orquesta, animaban a los asistentes a continuar la noche con el ritmo de las espontáneas marimbas (esos xilófonos de madera) que merodeaban por allí. Los limpiabotas en sus monumentos al betún reclamaban a los transeúntes su última intervención. Las luces aparecían ya encendidas y la ciudad se aletargaba para entrar en fase de ensoñación. Al regresar al hotel, un viejo camión de basura hacía sus paradas y un grito rebelde descuartizaba la noche en trocitos de realidad.

-Limpiabotas-

Veracruz creció al borde del Atlántico con la competencia de Acapulco en el Pacífico. El oro y la plata que salían de su puerto venían directos a España. Para acercarse a esa lucha pérfida de oro, plata, piratas y -añade- revolución, era necesario visitar la fortaleza de San Juan de Ulúa, algo que hizo una mañana en un tranvía (más bien un viejo autobús de madera). La fortaleza, tiempo atrás una isla, se levantaba ahora por los sucesivos refuerzos en forma de península frente al malecón. La primera fortificación fue un arsenal y, cómo no, una capilla pero todo ello fue robustecido durante el siglo XVIII para proteger la ciudad de los piratas. A lo largo de los años ejerció como lugar de intercambio de mercancías llegadas de Europa y también de cárcel, una de las más temidas. El guía local, incluido en el precio del transporte/tranvía, enseñaba con cierto afán morboso la celda que, además de ser considerada el infierno, era invadida por las mareas en plena oscuridad, un suplicio añadido para el condenado. Más tarde, el lugar sirvió de penal al que fuera presidente de México, Benito Juárez. Construida en gran parte de roca coralina -se apreciaba ya a la entrada- tiene en su haber una herrumbrosa, sirva el calificativo, historia.

-Fortaleza San Juan de Ulúa-

Pero olvidados del fulgor como puerto y de lo penoso como presidio, Veracruz se extendía como un soplo de vida por la zona playera, lindando con el mar que tanto la otorgó, con edificios alegres de hechura internacional. Perdía así un poco su vestimenta tradicional pero ganaba en modernidad.
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7 comentarios:

igoa dijo...

Llego la primerita a mi Mexico adorado! Y esta vez de la mano de nuestro VI...
Y que me dices de los bailongos de las noches veracruzanas?
Besos

Independiente Trashumante dijo...

Se ve que te impregnaste bien de ese soplo de vida. Se siente la vida en tu estupenda recreación literaria de esa ciudad portuaria y relajante tal y como tú la trasladas a palabra.

Gracias y saludos.

Carlos el viajero dijo...

Ay Veracruz!
La puerta de entrada de muchos españoles en la época del exilio.
Sin duda, es una ciudad con historia, y portuaria por antonomasia con todo lo que conlleva,
Que bueno que viste bailar el Danzón en el zócalo. Seguro que no te perdiste una visita a la "Parroquia", la cafeteria más famosa de Veracruz.
Espero tu post de tu antecesora en el viaje: Campeche que no conozco y me interesa qué le acaeció al viajero insatisfecho por ahí.
Saludos

Carlos el viajero dijo...

Ah se me olvidaba.
Me mola la foto del bolero (el limpiabotas). Los mejores del mundo, los mexicanos. Tu que vives en Madrid seguro que te habrás tropezado con alguno de ellos en la Gran Vía
Saludos ;)

Carlos dijo...

Los bailongos; otra herencia casi perdida y según dices solo mantenida por personas de edad, y pocas. Aquí lo mismo claro. Los chunda chundas han venido a ocupar su espacio, junto a la ignorancia por el baile y la música. Estamos a otro ritmo amigo y espero que cambie a mejor porque si no...Será todo como un parque temático malo.

efurom1 dijo...

Hola Blas: si a tí te produce cierto rechazo -por los motivos que bien explicas- esa costumbre de tirar una moneda al agua, a mí me sucede algo parecido con los limpiabotas que, en muchas de nuestras ciudades han desaparecido, pero en otras...
PD. ¿ Estás ya devuelta? Yo, sí.
Un abrazo: emilio

igoa dijo...

Hola, hola!!!!!!!!!!!!
Para cuando Honduras?
Besos, pero menos