23 de mayo de 2009

La canasta (Filipinas)

Cada país -este viajero insatisfecho ya ha realizado sus comprobaciones- tiene su deporte. En algún territorio, tal evidencia les engrandece y les relanza al mundo donde la ilusión e imaginación son una importante componente de vida.
En Filipinas, cuando cenaba en las terrazas de madera al aire libre, la televisión transmitía uno -cualquiera- de los partidos de la NBA; en los lejanos pueblos, situados a lo largo de la carretera, la canasta se alzaba principal y era habitual ver a un par de jóvenes jugando solitarios al baloncesto. Un filipino que le abordó en Cebú City, al enterarse de su origen, le recitó, de carrerilla, los nombres de todos los españoles que juegan en los campos USA.
Ejemplos significativos.
Si Gasol hubiera nacido allí, sería un mito. Habría aprendido en esas canastas solitarias y, quizás, se habría endiosado con la admiración ciega que demuestra el filipino hacia sus ídolos gigantes deportivos.
Bajitos, sí son los filipinos, pero sus mitos son los más altos del basketball, los más grandes de la cancha, los mejores en mates y triples del circuito NBA.
Este mochilero aún recuerda a aquel niño que, bajo una solitaria y artesana canasta, miraba inmóvil, pensativo y, quizás, triste su torcido y destrozado aro. No pudo hacer la fotografía del momento, pero aquel instante circula en su mente como símbolo imaginario del ‘país de las 7.000 islas’.

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