26 de enero de 2009

Aves en el manglar


Dejarse engañar puede ser una grata experiencia. Dejarse engañar en África, todo un acontecimiento.
La zona de Ziguinchor (Senegal), ciudad de ‘sabor’ francés, era uno de esos lugares peligrosos para los visitantes. La cercana frontera con Guinea-Bissau era muy permeable y los campos aledaños a Ziguinchor, refugio de guerrilleros regionales y del país vecino. Además, el río Casamance iba caudaloso entonces y su navegación era peligrosa aún contando con un potente motor, tuc-tuc.
Ambos peligros esquivaron a este viajero insatisfecho. A la orilla del río, en el puerto fluvial de la ciudad, engañado por un guía local (¿lo sería?), inició una de esas excursiones matinales que dejan regustillo en el recuerdo. Parajes bravos de río, parajes selváticos que olían a guerrilla, aguas que bajaban con fuerza, de cuando en cuando campos encharcados de aguas pantanosas, corrientes que tropezaban contra los manglares. Su fuerza hacía mover los cientos de nidos -tal vez, miles- de garzas y garcillas o, quizás, otras aves ribereñas que desconocía. Bonito espectáculo.
Desde la barca, ya entre los manglares, tocaba sus nidos, tenía sus huevos al alcance de las manos, palpaba su valor y, casi, sentía el ansia del ave que revoloteaba tímida y angustiada en su propio territorio que ni quería ni debía abandonar.
El viajero se sentía ofendido. Un intruso.
Al regreso, la corriente golpeaba con fuerza la barca. La noche caía cuando el río se imponía más crecido y caudaloso.
El corazón en un puño [¿vale la expresión?].
Arribaban ya de noche cerrada en el puerto fluvial de la ciudad.
El miedo, aún entre las piernas.
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1 comentario:

conquense dijo...

"Seco", ¡cuantas veces has imitado la foto superior!, no sabrías el número de "garzas" y "garcillas" que has "pisado" en tu vida, con lo cual tienes de todo entre las piernas menos miedo.