15 de junio de 2008

Se derrumbó la revolución

Muy cerca de Sierra Maestra, cuna de la revolución cubana de Fidel Castro, en el Oriente isleño, este viajero insatisfecho desmitificó en su interior ese histórico acontecimiento.
En un poblado aledaño, entre Santiago de Cuba y Guantánamo, compró ilegalmente a unos labriegos un cerdo (no estaba permitido), en el llamado periodo especial, que sirvió para alimentar las bocas y calmar el estómago de un grupo de jóvenes lugareños, que escondían el bocado -la tajada- como si fuera la cosecha de un cruel robo.
La idea partió para “echarnos unas risas” y “resolver” la cena, pero se convirtió en un verdadero espectáculo al ir aumentando el grupo, al olor de tan sorpresivo asado campestre.
Qué mal (por el hecho en sí) y qué bien (al verles saciados). Así se sintió en las estribaciones de aquellos montes tan guerrilleros.
Se derrumbó la revolución, cuando tuvo que comprar un cerdo a escondidas.
Se derrumbó la revolución, cuando observó cómo los bocados eran de asustadizas personas.
Se derrumbó la revolución, cuando oyó al viejo, oriundo de Asturias, gemir por haberse quedado atrapado entonces por el Régimen -de entonces y de ahora-.
¡Se derrumbó la revolución, como se derrumbó para muchos cubanos!.
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2 comentarios:

catik dijo...

Por supuuesto, no hay revolución que valga cuando el que la dirije se cree por encima de los demás a los que trata como menores de edad eternamente
Un saludo

Mar Sanfrancisco dijo...

Todo cae por su propio peso...

Saludos y besotes.