15 de enero de 2008

De ronda de cervezas y ron

Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”. Eso, o algo parecido, le dijo el joven-rancherito-venezolano al conductor del bus que llevaría al mochilero al centro de Caracas.
Ahora, desde la reflexión y el reposo, no sabe cómo llegó hasta allí (bueno, sí: despistado) pero lo que tiene claro es que jamás volverá a los ranchitos caraqueños en las condiciones que lo hizo en aquella ocasión.
Subió paseando. Miraba y miraba las casas y pequeños escaparates cercanos y, de vez en cuando, trataba de encontrar un punto donde divisar la ciudad en toda su extensión ¡Más arriba!, pensaba. Así, casi sin ser consciente de nada, se adentró en un territorio marginal, asfixiante, sorpresivo y peligroso. Cuando se encontró en pleno callejón sin salida -casi precipicio- con las caras de cuatro niños y señoras regordetas y sucias mirándole extrañadas, se dio mediana cuenta de dónde se encontraba. Dio la vuelta. Cuando se sintió rodeado por cuatro chavales bien vestidos pero de maneras provocativas -como provocativo es ser dueño de un territorio o calle sin ley- se puso a la defensiva.
La naturalidad parecía, en esos momentos, su mejor arma. Y esa naturalidad le llevó a invitarles a rondas de cervezas y ron; a dejarles la cámara de fotos como si no fuera con ellos su drama interior; a visitar una casa donde cuatro plañideras rezaban al muerto que tenían en la vecina habitación. Apuñalado, jovenzuelo, hermano del acompañante, ya casi amigo, de rondas de cervezas y ron.
Verle tieso en la cama tan moreno, casi imberbe, y oír a las plañideras rezar y llorar, llorar y rezar, fue como trazar una raya entre lo verdadero y lo falso. La muerte no era nada más que muerte, adornada con un mínimo candor de unas mujeres que, aparte de plañir, ofrecían al viajero insatisfecho arroz blanco y le invitaban con gestos a pasar al muy cutre salón. Mientras, en su cabeza, planeaba una salida digna del lugar, con naturalidad de amigo y sin sentirse trasquilado.
De allí, otra vez de rondas de cervezas y ron. Por fin, al bus. “Si le pasa algo a mi amigo, le monto una balasera que no queda vivo ni el gallo”.

2 comentarios:

conquense dijo...

"Seco", no se como tienes valor de adentrarte por esas zonas tan conflictivas, claro que en este caso jugabas con ventaja ya que esas gentes creían que eras Fidel Castro el amigo de su Presidente y eran capaces de matar hasta el gallo si alguien se atrevía a tocarte.

Mar Sanfrancisco dijo...

Jope...Blas...si fuera tu madre te daba un guantazo...
Pero como no lo soy...tu sigue que yo me lo paso genial leyéndote.

Besotes