24 de mayo de 2015

Los reinos perdidos de África

Hoy toca libro. 
Sorprendente relato de un autor, Jeffrey Tayler, que no conocía -mejor, del que no había leído nada- sobre su viaje por esos reinos de África dentro del territorio del Sahel, aislados geográficamente y, sin duda, perdidos muchos años, al margen de las insistentes pesquisas del mundo explorador europeo. Para pergeñar este relato, el autor recorrió, en los primeros años del siglo XXI, cerca de 4000 kilómetros de este a oeste en camión, taxi, autobús o barco por el río Níger para acercarnos un territorio olvidado, sin pulir y hostil.  “Taylor nos presenta un Sahel acuciado por las rebeliones étnicas y la violencia sectaria, feudo del fundamentalismo y, no obstante, hogar de gentes y pueblos de una hospitalidad y fortaleza extraordinarias”, dicen en la contraportada del libro.
El viajero insatisfecho, que no es precisamente un crítico literario, cree que este relato crece poco a poco con el talento y las aventuras del autor, y con su forma de vivirlas y contarlas. Recuerda a los grandes escritores-viajeros por todos conocidos. Unas aventuras que con seguridad habrán cambiado al autor para el resto de su vida. Con una base teórica -y más: hablaba árabe- sobre la región describe con sencillez pero con sabiduría algunos acontecimientos trascendentales de esta área que rezuma cuasi feudalismo, vapuleada permanentemente por el harmatán que tantas veces nombra.
Así detalla, con gran acierto, un breve recorrido por una de las ciudades que cruzó en su camino: “Traqueteando por las calles en uno de los taxis destartalados de la ciudad, removiendo los hedores de las alcantarillas abiertas, uno se adentra en la muchedumbre de mendigos, jóvenes haraganes y trapicheros; el conductor toca la bocina para dispersar las carretillas y a sus propietarios despavoridos; se dispersan las columnas de mujeres que avanzan a duras penas, atónitas y sudorosas, cargadas con sacos de sorgo o cántaros de agua de los pozos vecinos”.
Si este mochilero piensa en esas frases, ellas describen situaciones similares vividas, en cualquiera de las muchas ciudades sembradas por los diversos caminos africanos. 
No es la ruta más sabrosa para recorrer pero sin duda es un sabroso libro para leer, disfrutar y apasionar a la mente con él.
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Tayler, Jeffrey. Los reinos perdidos de África (traducción de Marta Pino Moreno), Alhena Media, Barcelona, 2008.
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15 de mayo de 2015

El ‘tuk-tuk’

Tuk-tuk, taxi

El tuctuc, o tuk-tuk, o rikshaw era el medio de transporte estrella en Camboya. Tenía, y tiene gran variedad de nombres, según donde se sitúe el vehículo, pero, sin duda, donde toma posesión del lugar, o se implanta, se convierte en transporte imprescindible. El viajero insatisfecho ya lo había visto y disfrutado, por primera vez, en India. Luego, lo ha utilizado en muchos otros sitios como Tailandia, China, Filipinas, en Madagascar o en Perú, con variedades diferentes dependiendo del fabricante y, a veces, de las necesidades climatológicas del país.

Tuk-tuk, autobús

En otros sitios se llamaban motocarros o triciclos motorizados pero -generalizando- era el ‘mismo burro con distinto rabo’. Eran originales, vistosos y se adaptaban a las particularidades del país.
-          ¿Cómo visitar los templos de Angkor?.´- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir al aeropuerto?.- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir a un punto concreto y lejano de la ciudad?.- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir a la playa?.- En tuk-tuk.
Para los solitarios mochileros eran un recurso ante el cansancio de la caminata por la ciudad. “Huy!!, qué lejos estará ahora la guesthouse!!. Pillaré un tuk-tuk”. En Camboya eran, por lo general, abiertos, panorámicos y muy bien aireados. O se acostumbró pronto o la capital Phnom Penh no era excesivamente ruidosa por lo que viajar en este transporte era bastante agradable. En los cruces servía eso de presentar el morro y luego continuar. Era una buena y general táctica.
Sus conductores ya fueran camboyanos, o tailandeses, o indios eran los que mejor hablaban inglés o se hacían comprender, los que llevaban al mochilero al hotel por un módico precio o simplemente experimentados guías para las pequeñas cosas.
En este muestrario de fotografías se ve también la variedad de usos que se les daba. Muchos, sin duda.
Inimaginables.

Tuk-tuk, artesanía

Tuk-tuk, todo a 100

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8 de mayo de 2015

Motilla del Azuer / Daimiel


-Vista del pozo desde arriba-
Algo cercano. No siempre en esta ventana se va a hablar de cosas lejanas.
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Uno de esos sitios en España que sorprende e impacta sin ser especialmente espectacular es Motilla del Azuer. Este asentamiento es el yacimiento más representativo de la Edad de Bronce en La Mancha, concretamente en Daimiel. Ubicado en la planicie de la meseta manchega, pasa casi desapercibido para aquel que no sea un estudioso del tema pero, al visitarlo, deja al viajero perplejo por la originalidad de su estructura, la sencillez del empedrado permanente aunque en medio de una gran complejidad en sus curvas. Desde donde realmente se percata uno de su estructura es a vista de pájaro, por lo que visitar el vídeo que se muestra en la página web es algo realmente aconsejable. Bellas imágenes, acompañadas por una preciosa melodía musical que anima únicamente al disfrute de lo que se va viendo en cada momento.
“El pozo más antiguo de la Península”, destacan en el vídeo, y no es de extrañar pues el yacimiento se remonta a los años 2200 a. d. C. Por lo tanto, con más de 4.000 años de antigüedad. ¡Ya han pasado años! Conforme los niveles hídricos bajaban en aquella época, los habitantes accedían a los niveles más bajos del nivel freático del agua por medios de pequeñas rampas descendiendo más y más en el subsuelo, superando, según datos del yacimiento, los 14 metros de profundidad.

-Geometrías curvas-
En el término municipal de Daimiel se encuentra la mayor concentración de este tipo de poblados de España. Sus habitantes actuales relatan con satisfacción este hecho, orgullosos como están de su gran pasado histórico.
Y el viajero insatisfecho se pregunta, curioso como siempre, si Alonso Quijano y el amigo Sancho probarían de sus aguas o, quizás, fuera el propio Rocinante el que se beneficiara de su presumible frescor. Previo acarreo del obediente escudero, claro.

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25 de abril de 2015

Koh Rong, una isla mochilera

-Playa de Koh Touch, Koh Rong-

Koh Rong era una pequeña isla camboyana, para algunos, olvidada. Pero nada de eso, aquella isla, en invierno, se llenaba de mochileros australianos y europeos que destilaban alcohol por los poros y destrozaban sus blancuzcas pieles a base de solo y calor.
Estaba situada a hora y media en barco (menos, en una lancha rápida; por supuesto, más cara) de la turística playa de Sihanoukville, en el continente.
-Vista de Koh Rong, desde el ferry-


Koh Rong tenía en su haber unas maravillas y virginales playas pero, como carecía de carreteras interiores, la más accesible, donde llegaban los ferry era Koh Touch aunque, al menos, a otras dos era fácil llegar. Más accesible y, por tanto, más popular. Carecía, por supuesto, de paseo marítimo y la única manera de moverse era pisando su blanca arena. La playa era el paseo, era el recreo, era el 'bufoneo', lo era todo. A este trozo de arena le habían surgido cabañas entre la vegetación como si de un terrible sarampión se tratara; cabañas de madera y techo de paja para ser respetuosas con el entorno, y eso era de agradecer. En realidad eran pequeños hoteles, con más carencias que servicios básicos. Pero ¡me caguen diez!, tenían su encanto.
-Muelle en Koh Rong visto desde la playa-


En realidad, y en un principio, la playa de Koh Touch era un pequeño pueblo de pescadores; aún sigue teniendo algunos que miran a los mochileros con cierta perplejidad.
"¿De dónde habrán salido estos descerebrados?", parecían preguntarse.
El viajero insatisfecho se acercó por allí por pura curiosidad. Estaba en la ciudad de Sihanoukville y una mañana entera en su playa podía ser desolador. Allí mismo había un ferry que le transportaba a Koh Rong, y luego le traía de regreso. Decidió acercarse. Se movió y se movió por la isla y, a la hora de tomar la vuelta, se arrepintió de no haber proyectado una estancia más larga, aún a pesar de que este mochilero suele huir de los ambientes cargados de jolgorio.
Allí, en plena playa, estuvo de charleta con unos ‘jovencetes’ valencianos que trabajaban como empleados en uno de los locales playeros, Ashia (bar, restaurante y con unas habitaciones baratas para alquilar). Eran cuatro o cinco sufridores de la crisis en España que escucharon la oferta de trabajo de otro español, arriesgado emprendedor.
Vivían -dijeron- en el paraíso, aunque sus amigos y familiares en Valencia les tacharan de malvivir en aquel lejano lugar.
Pasó un rato agradable. 
Un día diferente.

-Playa de Koh Touch-


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14 de abril de 2015

Una flor llamada ‘shivalinga’

-Shivalinga-
Al iniciar la visita del Palacio de Real de Phnom Penh, lo primero que le sorprendió fue un grupo de chino-japo-turistas que se concentraban alrededor de un árbol con estrambóticas flores. Una placa de metal, a media altura, confirmaba que el arbol era un Pentacme siamensis’. El chino-japo-guía hablaba y hablaba ‘como una verdadera cotorra’, y la aglomeración atenta impedía al resto hacer cómodamente una fotografía a aquellas vistosas flores. Sólo pudo hacer una instantánea de una de ellas, por eso incluirá otras fotos, prestadas de Internet, para componer y hacer fácilmente comprensible esta entrada. Las siempre críticas a este tipo de turismo chino-japo se confirmaban ante este viajero insatisfecho.
Aquellas flores eran sagradas para Buda y sus discípulos (supone que eso era lo que le contaba el guía a sus seguidores), y el árbol era conocido desde hace más de 3.000 años en el sudeste asiático, siendo tan venerado que 'se encontraba a menudo creciendo en los templos religiosos’, según dice San-Google. Aquel ejemplar, rodeado de chino-japos, probablemente había sido trasladado allí desde la India.
Consultas posteriores, al regreso, confirmaban que este árbol también tenía su implantación, con otros nombres más sencillos, en Sudamérica. Nombres como ‘coco de mono’, ‘coco hediondo’ o ‘castaño de macaco’. En idioma tamil se llamaba ‘nagalingam’, y sus flores -en telugú (idioma de Andhra Pradesh, en India)- se llamaban ‘shivalinga’ (así, a primera vista, se podría traducir como la “linga (falo) de Shiva”.
Popularmente, también conocido como el ‘árbol bala de cañón' porque no sólo los frutos son tan grandes, redondos y pesados como sus homónimos sino que, al caer a la tierra, a menudo lo hacen con los ruidos fuertes y explosivos. Naturalmente, estos árboles no se plantan junto a caminos, porque una fruta que cae fácilmente podría causar una lesión fatal.
Quizá la gran curiosidad provocada por este extraño árbol viene del hecho de que la fruta parece estar desarrollándose directamente del tronco del árbol en oposición a los árboles normales. También en que la fruta tiene un hedor verdaderamente horrible, a diferencia de sus flores.
En inglés, se conoce como ‘Cannonball Tree’.


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3 de abril de 2015

“Cosas que sé hacer cuando viajo”

El viajero insatisfecho va a cumplir con la petición que le hace ‘Dianamiaus’, aunque no sea muy proclive a este tipo de ofertas-envenenadas (pero con veneno de buen rollo, lo sabe) y va a enumerar alguna de las…. “cosas que sé hacer cuando viajo”. Hay tantas que va a centrarse en unas, quizás algunas irreverentes, y dejará otras que serán tan importantes como las primeras. Intentará ser original, aunque no lo logre, pero así es.
Sabe:

Mimetizarse
En Egipto, el viajero ha sido Ramses (“look like Ramses”, decían). En Zambia, ha sido Livingstone (igual: “look like Livingstone”, decían). En Perú, fue Atahualpa, el emperador inca (“te pareces a Atahualpa”, aseguraban). Se jugaría ahora mismo un huevo y parte de otro de los de ellos, que lo hacían para hacerse los simpáticos y alentar un acercamiento egoísta e interesado. Pero así es, este leonés ni es como el tal Ramses, ni mucho menos como el explorador más grande que jamás haya pisado África, aunque, según parece, sabe mimetizarse.

"Look like Livingstone"

Regatear
Y es fundamental dominar el oficio cuando las zapatillas recorren cualquier país africano, u oriental (India, o Tailandia, o Camboya,…). Las reglas están establecidas de antemano o, si no lo están, son de uso general, y cualquier ‘adán’ intentará estafar o, si no estafar, al menos intentará sacar al mochilero el “money, money”, y cuanto más mejor. Un blanco por definición en África, al menos en ciertos lugares de este bello continente, es un cajero automático ambulante, y eso se nota. Se piensan que a todos los blancos les sobra el dinero, o son millonarios per se. A veces, hay que explicárselo y en verdad lo entienden.

-Regateo en el mercado de Malanville / Benin-

Cambiar de rumbo
Cualquier circunstancia le puede hacer variar los planes que ha decidido la noche anterior (no sabe si se deberían llamar planes) y cambia el rumbo porque el conserje de hostel  o de la guesthouse le recomienda otro. Ha cambiado el lugar de destino hasta cuando iba a comprar el billete a la bus-station y el motero de turno que le llevaba le dijo que por allí, por aquella zona donde iba a ir, no había nada que ver, “vete por este otro lado” Y le hizo caso, aunque no siempre, o casi nunca, la persona local que no conoce el mundo del turista o viajero tiene los mismos gustos por las cosas y puede discernir la realidad de lo que es ‘visitable’ para un viajero.

-Bus-station en Lusaka-

Ser precavido
A este mochilero le gusta la noche, o al menos, antes le gustaba, pero dependiendo del país visitado o de la ciudad que sea en ese momento su base de operaciones, unas veces se arriesga a vivir la noche; otras, se lo piensa dos veces, moviéndose entonces a esas horas por terreno más o menos conocido. Lo que quiere decir que siempre es precavido. La peligrosidad, a veces es una mandanga, pero otras puede ser muy real.

-Nochevieja en Natitingou-

Tener las cosas claras
A este mochilero le gustan las mujeres, y jamás dejará de ¿buitrear? o ¿mirar? a las mujeres del lugar, ya sean blancas, chinas, negras, o nepalíes o tanzanas. Vayan vestidas de locales o a la moda internacional, sean de ‘body africano’ u occidental. A veces, también, las caras son su pasión, no siempre un cuerpo insinuante o cimbreante va a ser el único objetivo. En su descargo dirá que siempre viaja sólo y no suele tener condicionantes a su lado que impidan realizar la tarea, a la que se dedica 16 horas al día; el resto, duerme. Creedle, no es una obsesión pero sí una realidad.
También, aunque no tenga relación con lo anteriormente dicho, le gusta la cerveza y encontrará cualquier disculpa (cansancio, calor, conversación,…) para deleitarse con una. Cree que ha dicho al principio que tiene las cosas claras.

-Joven emberá, Panamá-
-Joven paseando por la calle-

Leer
Como en un viaje suele haber muchos tiempos muertos -o al menos él los busca y los encuentra- dedica ese tiempo a la lectura. Suele llevar varios libros en la mochila y rara vez vuelve con alguno de ellos no leído. Es fácil entretenerse con unas páginas antes de dormir ¿será una costumbre?.

-Libros-

Para completar el 'juego', la 'rueda' o la 'diversión', nomino a (la participación es voluntaria, no necesitáis odiarme, así, de entrada):

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25 de marzo de 2015

Un tierno arrullo

Es verdad que las estrellas de mar mueren cuando están fuera del agua, en apenas un minuto aproximadamente. El viajero insatisfecho lo pudo comprobar en el Archipiélago de San Blas, en Panamá, cuando la sensual colombiana/alemana -se decía alemana pero hablaba un perfecto español con sonoridades colombianas- cogió dos de ellas, muy cerca de la orilla en una playa arenosa de una diminuta y apacible isla deshabitada, y las colocó -después de quitarse las telas de arriba- a modo de cazuelas de sujetador. Algo que no debería haber hecho con estos delicados equinodermos y, menos, mantenerlos fuera del agua un tiempo excesivo, aunque necesario para hacer una variedad de sensuales fotografías, como la que sirve de cabecera. Y sí, una de las dos murió ante los ojos de los inconscientes mochileros que reían las atrayentes posturas de la accidental y temporal modelo. Cuando la estrella de mar ha muerto, al introducirla de nuevo en el agua salada, no se mantiene en el fondo sino que flota, síntoma evidente de que ha caído en desgracia. Habría disfrutado de los turgentes pechos de la simpática colombiana/alemana pero su vida había valido eso, un tierno arrullo.
Todos apenados.
Las branquias dermales de las estrellas de mar están especializadas para la captura del oxigeno presente en el agua, y cuando estas especies son sacadas de su hábitat acuático no pueden realizar el intercambio de gases para su ciclos vitales, por lo que sufren una intoxicación, generalmente con dióxido o monóxido de carbono y, en un tiempo relativamente corto, mueren, es decir, se "ahogan".
Este sencillo ‘post’ es un pequeño aporte a la causa de un turismo sostenible, un granito de arena en el arte de concienciar a otros sobre la importancia de determinadas acciones que, quizás por desconocimiento, puedan perjudicar a ciertos animales o determinadas plantas.


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11 de marzo de 2015

Músicos en la colecta / Camboya

Es posible que todos los ‘bloggers’ se acuerden de que Camboya sufrió un conflicto entre Gobierno y los jemeres rojos que duró muchos años. Todo el mundo recuerda que el mandato de los jemeres rojos provocó un genocidio con miles, millones de camboyanos muertos. Pero no sabría decir si todos los lectores de este texto son conscientes del problema de las minas antipersona en el país, miles o millones de ‘municiones durmientes’ que siguen mutilando, especialmente a niños o, si no a estos, a sus padres, arrojando así a aquellos a una triste vida de orfandad. En Camboya, la mitad de las víctimas terrestres son niños. Zonas, como la nororiental, continúan -a pesar de los esfuerzos- infectadas de campos de minas. La zona de Pailin, cerca también de la turística ciudad de Battambang, decían ‘era uno de los lugares más peligrosos del mundo’. También, en Siem Reap, cerca de los templos de Angkor, había multitud de campos de minas. Y dos décadas después de que los jemeres rojos y sus enemigos sembraran los campos de muerte, se seguía trabajando en un intento de que los campos de labor fueran seguros para niños y colonos.
Esto es lo que dicen los estudios, pero que nadie se venga abajo y piense que visitar Camboya es lo más cercano a quedarse lisiado.
No. Para el turista, o el viajero, todo está controlado. O casi todo.
Había muchas muestras que evidenciaban peligrosidad, sobre todo en la visión de gran número personas mutiladas. Personas que, a veces, servían de reclamo para solicitar una donación al visitante. También, músicos que dejaban caer sus notas para contribuir a la colecta.
Un mundo complicado, lleno de situaciones límite -si se quieren apreciar- y de visiones desagradables sin posibilidad de evitar, aunque, también (¡perdón!), era posible mirar a otro lado. No eran insistentes.
Recuerda, en especial, aquel grupo –su primer representante enseñaba con descaro su pierna artificial- que tocaba ‘notas-orientales-de-sitar’ (o que el viajero insatisfecho identifica así) cuando los visitantes caminaban sobre una firme pasarela que cruzaba aquella zona pantanosa [fotografía], camino -una vez más- de otra maravilla del arte jemer.


-Grupo de músicos, en colecta para los mutilados de las minas anti persona-

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1 de marzo de 2015

Kampot, ciudad de la provincia de la pimienta

-Rotonda, con escultura del durián-

Si hubiera que definir Kampot (Camboya), esa pequeña ciudad a orillas del Kampong Bay River y muy cerca del monte Bokor, sería por ‘su ritmo pausado, ambiente afable y tranquila atmósfera’. Su parte antigua, era una agradable zona que aún mantenía ese viejo y transnochado aire colonial francés. Decrépito, sí, pues por sus edificios se apreciaba el largo tiempo transcurrido.

-Edificios coloniales franceses-

Con sólo darse una vuelta por la orilla del río se palpaba esa tranquilidad, resaltada aún más si la hora del paseo era al atardecer, con la preciosa puesta de sol. En toda aquella avenida lateral al río, se concentraban la mayoría de bares y restaurantes, todos ellos llenos, o regentados al menos, por numerosos turistas y expatriados. Se oía mucho hablar francés entre los jóvenes, y no tan jóvenes viajeros.
Le sorprendió, además, el gran número de rotondas que tenía Kampot, con sus respectivas estatuas modernas realistas, que ya había podido observar en otras ciudades. Le llamó especialmente la atención la ‘estatua del durián'*, hiperrealista, aunque también le pareció ver un cierto toque ‘kitsch’. Se decía que todas ellas servían para orientar al pueblo llano que no sabía leer. El viajero insatisfecho tiene dudas de que esta sea una verdadera teoría y no uno más de los tópicos y típicos bulos que se generan con el paso del tiempo.
Desde esta apacible ciudad se podían hacer pequeños recorridos a la playa de Kep (unos 25 kilómetros), a las cercanas salinas o al campo a apreciar de cerca la vida rural, incluso visitar sus famosas plantaciones de pimienta.
La pimienta era tan extraordinaria en esta zona, que según el libro-guía, estaba a punto “de ser el primer producto camboyano que recibe una ‘indicación geográfica’ como los quesos franceses”, o el jamón español, claro. El auge de las ventas de tan apreciado producto beneficiaba a las familias que vivían de ella y, sobre todo, a los jóvenes que ya podían casarse porque sus padres al fin tenían ingresos como para sufragar la dote.
Y al escribir esto, recuerda a aquel conductor de tuc-tuc de la provincia de Ratanakiri (visitada anteriormente) que en un momento de sinceridad le dijo que seguía soltero porque era muy caro pagar la dote de una mujer.
Así estaban las tradiciones camboyanas.
-Barco turístico para el paseo por el río-

[*] Para quien no conozca, el durián es una fruta, muy dulce, originaria de sudeste de Asia, muy apreciada y, casi reverenciada en la zona. Exteriormente, es muy espinosa.


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21 de febrero de 2015

El templo de las mujeres

-Niña, a la entrada del Banteay Srei-

Visitar Camboya, transitar por los templos de Angkor y quedarse alucinado, cree este viajero insatisfecho, era todo uno. No va a referirse a cada uno de los templos pues son muchos, no los visitó todos y, encima, el mundo-mundial al completo habla de ellos. Algún día se animará y publicará algunas fotos que, según cree, será la única aportación personal que podrá añadir a un tema tan manido, tan explotado como son los templos. Aunque, sin duda, uno de los motivos por los que quería aterrizar en este país era para dejarse impresionar por ellos.
Y el país no le decepcionó.
Pero se quiere referir en especial a uno de ellos, uno de los más reconocido y alabado por turistas, viajeros y expertos.
Era el templo Banteay Srei, cacareado y propagado a los cuatro vientos por los conductores de ‘tuc-tuc’ y moteros como el ‘templo de las mujeres’. ‘Tienes que ir’, decían, y eso que era uno de los que estaban algo apartados del centro neurálgico que era, y lo será siempre, Angkor Wat. Este mochilero cree que, de esta manera, ellos, hábiles, podían hacer una negociación en el precio del trayecto más ventajosa, o fuera, quizás, porque era el más querido de los camboyanos. El trayecto, hecho sin prisas, servía para conocer un poco la vida rural camboyana, sus paisajes y sus auténticos hogares. En uno de los poblados que se atravesaban, dedicaban sus esfuerzos al azucar de palma que cocinaban y vendían al borde de la carretera. ¡Buenísimos dulces!.
Pero, al margen de todo esto, de ser un templo dedicado a Shiva, de ser construido con una piedra de arenisca rojiza y por mujeres a finales del siglo X, tenía una particularidad turística: en las inmediaciones, se había diseñado un verdadero complejo recreativo con tiendas -por supuesto-, restaurantes, centro de exposiciones y baños públicos de gran calidad.
Considerado Banteay Srei la obra maestra dentro del arte clásico jemer, era uno de los más pequeños pero con gran calidad de relieves narrativos que ilustraban variedad de leyendas sagradas.
Una pequeña muestra fotográfica:
-Vista lateral-

-Entrada principal-

-Detalle-

-Detalle-


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7 de febrero de 2015

El tren bambú, cerca de Battambang

 -Vía del tren bambú-

Cada vez que el viajero insatisfecho recuerda la hazaña, dice: ¡qué cosas hace uno cuando holgazanea en un viaje!. Pues, aún así, aún sorprendiéndose a sí mismo, la experiencia del tren bambú, en Battambang (Camboya), no dejaba de ser interesante.
Era un transporte ilegal o al menos no oficialmente autorizado. Ahora mismo, casi supeditado su éxito al folclore turístico y mochilero.
Pero el tren bambú tiene su historia. Partiendo de una línea ferroviaria que sirvió a los franceses, en su época colonial, para transportar el café, arroz, bananas y el resto de productos básicos desde las zonas rurales a Phnom Penh, ha derivado en lo que ahora existe: un simpático subproducto del tren.
En la época de Pol Pot, toda la infraestructura ferroviaria (máquinas, vagones, e incluso algunas vías) fueron destruidas. Tras la caída de Pol Pot, con las gentes en la más absoluta pobreza y toda aquella zona sembrada de campos de minas, los camboyanos se inventaron este sistema de transporte que sorteaba, de alguna manera, el peligro de las terribles minas. La línea férrea de Battambang-Phnom Penh estaba casi intacta y la capacidad imaginativa del camboyano no había sido destruida. Unidos ambos factores se puso en marcha un sistema casero para transporte de pasajeros y mercancías, utilizando los ejes y ruedas de los vagones destruidos y poniendo sobre ellas unas plataformas de bambú, tal y como existe hoy día. Todo ello, impulsado por un motor reciclado de otro vehículo móvil.

-Parados, esperando a que llegue el otro tren bambú-

Yendo cómodamente sentado en la plataforma y viendo el mecanismo del tren bambú se apreciaba realmente ese alarde imaginativo del camboyano, digno de mencionar. Como sólo existía una vía, cuando se cruzaban dos de estos artefactos primitivos, ambos maquinistas paraban uno frente al otro y, literalmente, desarmaban uno de los convoyes para que el otro pueda pasar. Colaboraban ambos operarios en el desarme y posterior armado del tren. Los turistas, con cara de sorprendidos, no ponían en marcha su brazo colaborador (¡vagos!). Pero así era la relación del viajero con el camboyano.
Así era la vida del camboyano.
Cuando el tren alcanzaba el máximo de velocidad (unos 50 km/h), y traqueteaba sin piedad, daban ganas de gritar: ¡A por los corruptos!.
Ahora, cuando estuvo allí este leonés, a los viajero-turistas les proponían un recorrido de 5 dólares, ida y vuelta a la primera estación, donde aguardaban, como no, los tenderetes de productos locales y bebidas. Tras un breve descanso, se iniciaba el camino de vuelta. Se atravesaban campos de arroz y paisajes hasta cierto punto, agrestes, llenos de vegetación y matojos. Durante el trayecto, si mal no recuerda, tuvieron que descender del artilugio unas 5 veces para dejar paso a los que venían en ruta contraria.
Muy divertido.

-Desmontando el tren bambú (1)-

-Desmontando el tren bambú (2)-

A la ida, iban tres en el convoy (cuatro, con el conductor); a la vuelta, se unió un veterano lugareño que regresaba a su casa después de una más que posible dura jornada.
En tono de broma, a este mochilero le propusieron hacer el recorrido completo a Phnom Penh (unos 350 kilómetos), dos días y dos noches hasta llegar al destino. Durante el trayecto nocturno -dijeron- dormiría cómodamente en la plataforma de bambú.
¡Qué simpáticos!.
¿Turistada?. Sin duda, pero también una manera de colaborar con alguna economía poco boyante en la zona.

-Lugareño camboyano, a la vuelta del recorrido-

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25 de enero de 2015

Un breve acercamiento a Ratanakiri

-Casa 'kreung''. Al fondo, otras que van perdiendo su autenticidad-

La región de Ratanakiri, al noreste de Camboya, era conocida como el ’oriente salvaje’. Nada más lejos de la realidad si nos atenemos a sus gentes: amables, simpáticas y agradecidas con el visitante. En sus paisajes dominaban las montañas boscosas y un relativo terreno abrupto; también, el clima más frío del país, junto con la región de Mondulkiri. Si bien el libro-guía hablaba de difícil acceso, entonces, era un área totalmente accesible, buena carretera y perfecta comunicación, teniendo en cuenta dónde estaba: en Camboya. La localidad de Ban Lung, capital de la provincia, fue la base de operaciones, si esto puede definir esta breve visita.
Sus gentes “vendían” al turismo lo que tenían: pequeñas cascadas, senderismo de varios días de duración por la selva y visitas a las minorías étnicas (pueblos) de los alrededores.
-Lago circular 'Boeng Yeak Lom'-

El viajero insatisfecho vió dos ridículas cascadas (ninguna tenía algo especial) y visitó el Boeng Yeak Lom, un precioso lago, circular, quizás volcánico, muy cerca de la localidad y rodeado del verdor de la jungla circundante pero que se circunscribía a unos cientos de metros. Más alejado, se apropiaban del espacio las tierras de labor o los pequeños arbustos.
-Anciana 'kreung', soltera y sin hijos-

-Anciano 'kreung'-

Más le gustaron las minorías étnicas, los ‘kreung’ y los ‘tam puom’. En especial, los primeros que le recibieron con agrado y simpatía. El poblado de los segundos estaba semivacío, sus gentes durante el día solían bajar -y fue testigo de ello- a vender sus productos al mercado de Ban Lung. Para acercarse, alquiló una moto con su correspondiente motero que le sirvió, además, de guía. Con los ‘kreung’, entró en sus casas; fotografió a sus gentes; vió como elaboraban su aguardiente (o algo parecido) de arroz, más bien de cáscara de arroz, y la humildad, rayana a la absoluta pobreza, con que vivía aquella anciana, soltera y sin hijos, con quien intercambió sonrisas. El motero-guía dijo, traduciendo sus palabras, que en su juventud nadie había pagado la dote a su familia por ella. !Pobre!.
-Dos jóvenes 'kreung', elaborando aguardiente de arroz-

En la cultura ‘kreung’, los hijos, al independizarse de sus padres, se construían casitas aledañas e individuales de bambú, diferentes en su altura según el sexo: siempre más alta la del chico que la de la chica. Si bien en los pueblos actuales que visitó no pudo ver un caso real (para comparar), en las cercanías del lago Boeng Yeak Lom había un ejemplo, edificado a tamaño real, de ambas casas, tratando -cree- de mostrar al visitante la particularidad cultural y tradicional de la región.
-Casas 'kreung', alta (chico) y baja (chica)-

Sin duda, una nada despreciable experiencia para aquellos que, sin dejar a un lado ‘las piedras’, les atraiga un poco la parte antropológica en cada uno de los viajes.
Y un breve apunte más, en el recorrido por la zona se podían ver extensas y viejas plantaciones de caucho. También, recién plantadas, por lo que el caucho parece tener futuro. Un claro futuro con el petróleo al alza, pero no sabe si será lo mismo con un petróleo relativamente barato, y bajando.
Copyright © By Blas F.Tomé 2015

18 de enero de 2015

De Siem Reap a Battambang

De Siem Reap a Battambang  (dos ciudades camboyanas) se podía ir en un ordinario bus dando un gran rodeo o pagar un inflado ticket -muy caro comparado con el del bus- para cruzar el Tonlé Sap (el lago orgullo de los camboyanos), en un pequeño barco de recreo o excursión, evitando así el largo trayecto por carretera. 
Hasta los topes iba. 
Repleto de mochileros que querían vivir la experiencia, aunque la gran mayoría no imaginaba, el viajero insatisfecho tampoco, que en vez de ir cómodamente sentados, el completo pasaje iría literalmente apiñado, al bordo de la incomodidad, o sobrepasada ésta.
En la cubierta tumbado, o sentado, o sin saber que postura tomar, el sol calentaba a rabiar y el dañino sudor 'de hamaca de Benidorm' comenzaba a brotar en la piel. En medio del lago, la percepción era de total vulnerabilidad.
Calor y más calor, sudor y más sudor. Con el paso de las horas el hábito a sufrir mermaría las funestas sensaciones y el cabreo inicial. Como contrapunto, a su alrededor pasaban poblados flotantes (varios), pequeños o grandes y no menos extraños; débiles barcos de pescadores artesanos a las orillas; campos de arroz ya recolectados y secos, los más, y otros verdes y atrayentes; campos de maíz recién sembrado, con sus primeros brotes, y muchos, muchos palafitos de lugareños.
Un paisaje fascinante que obligaba olvidar la piña de mochileros que sufría las inclemencias del sol.

Después de haber cruzado el lago Tonlé Sap, en las márgenes del río que ascendía hacia Battambang formando constantes meandros, se visionaba, también, un espectáculo de niños que saludaban y gritaban la novedad; mujeres afanosas en la limpieza de los peces pescados; hombres en las orillas, algunos con el agua al pecho -desnudo-, cambiaban y reponían redes que hacían flotar con botellas de plástico.
Actividad, mucha actividad.
Casas levantadas sobre altos pilotes a la orilla, y plásticos de diferentes tamaños que sobre cuatro palos de bambú conformaban otros humildes hogares de pescadores en los múltiples recodos del rio.
Con el paso de las horas, que fueron muchas, el río era cada vez más estrecho y a la barcaza, repleta de holgazanes mochileros, cada vez le costaba más surcar sus aguas.
Al caer la tarde, cuando el sol perdía intensidad, la sensación de relajo y tranquilidad comenzaba a aflorar. Es más, era primordial para la mente del viajero. 
Cuando la noche ya era cerrada el barco llegaba a Battambang.
Feliz trayecto.



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