Siguiendo las indicaciones de un mauritano que se acercó con curiosidad
y buena disposición, caminaron hacia otro hotel cercano. La incertidumbre,
lejos de disiparse, aumentó cuando descubrieron que estaba completo. Bueno, en
realidad quedaba una única habitación: diminuta, con una cama tan estrecha que
resultaba imposible para dos personas.
Los demás hoteles de la ciudad escapaban ampliamente del presupuesto
que ambos consideraban razonable. Mientras valoraban qué hacer, otro amable
vecino les sugirió una alternativa distinta: un edificio donde se alquilaban
pequeños apartamentos, más modestos que un hotel, pero mucho más asequibles.
La sorpresa que les aguardaba allí fue mayúscula. Nada más entrar en la
planta baja aparecieron los amigos malteses acompañados de otro mochilero.
Apenas unas horas antes habían alquilado un apartamento en aquel mismo
edificio. Los abrazos, las carcajadas y la incredulidad fueron instantáneos.
Una vez más, las casualidades del viaje habían reunido al grupo que se había
dispersado días atrás en Atar.
Había además una nueva incorporación: un italiano solitario, tímido y
algo excéntrico, a quien los malteses habían conocido en Chingueti. Aquella noche
compartirían, todos, el mismo alojamiento. El apartamento constaba de una
habitación, una cocina, un baño y un amplio salón dispuesto al más puro estilo
mauritano: un largo asiento de obra recorría todas las paredes de la estancia,
formando una especie de sofá continuo que serviría de cama improvisada para
cuatro de los mochileros. El viajero
insatisfecho se apropió de la única cama de la habitación principal. Bueno,
le fue cedida por el grupo al ser el más veterano.
Entre anécdotas, risas e historias acumuladas durante los últimos días,
las horas transcurrieron sin apenas darse cuenta. Cuando miraron el reloj ya
era medianoche. Era momento de descansar.
A la mañana siguiente, aún de madrugada y sin tiempo para visitar la
población, tomaron un taxi hacia el verdadero motivo por el que todos se
encontraban allí: el legendario tren del hierro mauritano.
Según la información que habían conseguido, el convoy permanecía
detenido entre Zuérate y F’dérik, una pequeña población
situada varias decenas de kilómetros más al norte. Durante el trayecto lo
pudieron divisar a lo lejos: una interminable serpiente de vagones oscuros
recortándose sobre el paisaje desértico. El taxi los dejó aproximadamente a la
altura de la mitad del tren.
Eran alrededor de las ocho y media de la mañana. Nadie sabía con
certeza cuándo partiría, hacía Nuadibú. Con la mezcla habitual de
emoción e incertidumbre que acompaña a los viajes por Mauritania, se acercaron a
los vagones para descubrir qué les esperaba a continuación.

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