Los dos mochileros emprendieron el regreso a Atar a primera hora de la
mañana. Cuando abandonaron Ouadane, el sol apenas comenzaba a asomarse por el
horizonte, proyectando una luz tenue sobre las arenas y las formaciones rocosas
que rodeaban la ciudad. El aire todavía conservaba el frescor de la noche,
aunque todos sabían que en pocas horas el calor volvería a imponerse con la
autoridad habitual del desierto.
El trayecto fue largo y monótono, idéntico al recorrido de la ida.
Kilómetro tras kilómetro, el paisaje parecía repetirse sin fin: extensiones de
arena, afloramientos de roca oscura y una sensación constante de inmensidad que
empequeñecía a cualquier viajero. De vez en cuando aparecía alguna acacia
solitaria o el rastro lejano de un campamento nómada, pequeños recordatorios de
que aquella región, pese a su apariencia inhóspita, seguía estando habitada.
La decisión había sido dejar Chingueti para una futura ocasión.
La legendaria ciudad, una de las más conocidas del país y considerada durante
siglos un importante centro religioso y cultural del mundo islámico, se
encontraba a medio camino en un desvío de la ruta principal. Inicialmente había
formado parte de sus planes, pero las limitaciones de tiempo les habían obligado
a posponer la visita. Ambos coincidían en que merecía ser recorrida con calma y
no como una simple parada apresurada entre destinos.
El objetivo inmediato era mucho más práctico: llegar a Atar
y enlazar ese mismo día con el transporte que los llevaría hasta Zuérate.
Si todo salía según lo previsto, evitarían perder una jornada entera de viaje.
La fortuna estuvo de su lado. Tras alcanzar Atar, comprobaron que disponían de
unas tres horas antes de la salida del minibús hacia el norte.
Aquellas horas resultaron especialmente útiles. La experiencia les había enseñado que improvisar en el desierto tenía límites, y el siguiente desafío exigía cierta preparación. Desde Zuérate tenían intención de abordar el célebre tren de hierro mauritano rumbo a Nuadibú, una de las experiencias más conocidas —y también más duras— para los viajeros que recorren el país.
Con ese propósito se dirigieron al mercado de Atar. El bullicio
contrastaba con la quietud de las regiones desérticas que acababan de
atravesar. Entre puestos improvisados y pequeños comercios se mezclaban
vendedores, compradores y curiosos. Allí buscaron todo aquello que pudiera
hacer más llevadera una noche sobre los vagones del tren. Compraron dos mantas
gruesas, un pantalón adicional, un chaquetón y un turbante mauritano para cada
uno. Ninguna de aquellas prendas destacaba por su calidad o su aspecto; muchas
habían pasado por varias manos antes de llegar a los expositores polvorientos
del mercado. Sin embargo, en aquel contexto, la funcionalidad importaba mucho
más que la estética.
Los vendedores, acostumbrados a negociar cada transacción, comenzaron
pidiendo precios desorbitados. Como era habitual, siguió un largo intercambio
de cifras, sonrisas y gestos teatrales. Después de varios regateos lograron
reducir considerablemente las cantidades iniciales y se marcharon
razonablemente satisfechos con las compras.
Mientras recorrían los puestos, también mantuvieron conversaciones con
algunos habitantes de la ciudad. Varios se interesaron por los planes de los
extranjeros y sonrieron al escuchar que pretendían viajar sobre el tren minero.
Algunos les ofrecieron consejos; otros se limitaron a describir el frío intenso
de la noche, el polvo de mineral de hierro que se adhiere a la ropa y la piel,
y la interminable duración del trayecto.
Las advertencias no hicieron más que aumentar la expectación. Las
noches del desierto, según era de todos conocido, eran frías. Largas.
Solitarias y polvorientas. El calor sofocante del día desaparecía con rapidez
una vez oculto el sol, dejando paso a temperaturas sorprendentemente bajas. No
había más remedio que ir preparados.
Cuando llegó la hora indicada, regresaron a la estación de salida y
ocuparon sus asientos en el minibús. Poco después, el vehículo abandonó Atar y
tomó la carretera que conducía hacia el norte.
El siguiente destino era Zuérate. Allí les aguardaba una de las etapas
más esperadas del viaje, y alguna que otra sorpresa. El trayecto por carretera
se prolongó durante horas y la oscuridad terminó envolviendo completamente el
entorno. Cuando finalmente llegaron, ya muy entrada la noche, el cansancio
acumulado era evidente. Sin embargo, la sensación predominante no era el
agotamiento, sino la expectativa. La aventura del tren de hierro estaba a punto
de comenzar.


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