24 de febrero de 2012

Nacimiento del Nilo Azul / Etiopía


La imagen de aquel lejano hipopótamo recibiéndole al acercarse al nacimiento del Nilo Azul, quedará en la mente del viajero insatisfecho como una postal vivida. Sí, allí mismo, en uno de los rincones del lago Tana (Etiopía) se situaba su nacimiento, harto difícil de demostrar -aunque siempre fué necesario concretar y ubicar- pues cerca desembocaba algún arroyuelo llamado Gishen Abay River que, antes de aparecer por allí, correteó por lejanos valles y apartadas montañas.
¿No será, en sus fuentes, donde arranca el Nilo Azul?.
No importaba, para este mochilero nace/nacía en el misterioso mundo de aquel cabezón de hipopótamo que apareció y se sumergió al instante, aunque le dió tiempo a captarle con su cámara.
Hacía unos días, una amiga 'blogger' le recordaba que para Javier Reverte, periodista/escritor viajero, el lago Tana olía a flores. Y sí, olía a flores. Pero, también, al papiro que crecía en algunas partes de su orilla; olía a bondad de la naturaleza que colocó el lago en aquel lugar tan apartado pero necesario; olía a sus ribereños que se sentaban en masa al atardecer a inspirar la tranquilidad de sus aguas, ellas mismas perfumadas por el suave rocío devuelto por la ya pasada noche; olía a monjes mandones y algunos pasados guerreros; olía al brusco remar de los muchachos en sus pequeñas embarcaciones de papiro y, también, al verdor agradecido de sus orillas.
Se sentó un día al atardecer, imitando a los ribereños, y se entretuvo mirando las minúsculas olas que más tarde reflejarían algunas luces del cielo. Y luchando en esa terrible batalla con sus pensamientos, los fue dejando caer al, en aquellos momentos, pardo lago Tana.

Fotografia.- El papiro crece a las orillas del lago Tana.

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18 de febrero de 2012

El 'Camelot de África' / Etiopía

Hoy, o ayer ¡qué más da!, tocaba un poco de historia, leyenda, cuentos y tradiciones.
Una mirada atrás.
Dice la leyenda que el emperador Menelik I, hijo de la reina de Saba y el rey Salomón, trajo el Arca de la Alianza desde Jerusalem a Etiopía, fundando una de las dinastías ininterrumpidas más longevas del mundo. Este sólo es un ejemplo de la magnífica historia de Etiopía que funde leyenda y tradición, misterio y hechos reales.
En ese hollado camino, merecía la pena Gondar, ciudad enmarañada entre pequeñas lomas y valles, y envilecida también por el ‘veneno’ que imperaba en el país, el eucalipto; aunque este crítico-mochilero debe reconocer era muy útil para los locales: con él construían sus casas, vallas, andamios,..... Todo.
Al norte del lago Tana, la ciudad de Gondar poseía la fortaleza Fasil Ghebbi del siglo XVII, y dentro de ella el palacio de Fasiladas que, con su sola mirada, dignificaba el pesado y largo trayecto desde Bahar Dar, al sur del lago, en un apretado minibús, lleno de ‘stopes’ y paradas.
Muchas veces descrita como el ‘Camelot de Africa’ al viajero insatisfecho le sorprendió pues, al mirarla, su mente se desplazaba también a las películas del rey Arturo, Merlín, Escalibur y los caballeros de la Tabla redonda.
[Ah, y cómo no, del ‘golfillo’ de Lancelot].
Se habría rodado alguna película allí?
Ha visto tantas, y tantas versiones, que también la describiría como el ‘Camelot africano’ que otros, antes que él, aportaron como particular e imaginativa visión.
!Esto es 'otro África'!.

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12 de febrero de 2012

Los mursis y la moto / Etiopía

El V(B)iajero Insatisfecho, en moto. Al fondo, el valle del río Omo

De esta guisa y sin muchos complejos de imagen (primera foto) atravesó, de paquete en moto, el Parque Nacional Mago, sur de Etiopía, en medio de un asfixiante calor, tragando polvo por los poros y dando saltos como reconocido paquete por un camino de tierra y piedra, pisoteado por miles de turistas en sus 4x4.
Pero contento de estar allí.
Se veían ruines y abandonadas chozas de mursis, grupos de ganado guiados por niños mursis y algun joven, en solitario, con su rifle que portaba como si de una endeble vara fuese. El viajero insatisfecho y su ‘motorman’ se cruzaban con ellos y dejaban una espesa estela de polvo que ellos parecían obviar. El calor que soportaba el valle convertía aquello en un verdadero horno de sudor y verde mortecino y ceniciento. La epoca de lluvias habia pasado.
El libro guía decía que podía alcanzar 41 grados pero este mochilero (reconvertido en paquete) cree que la sensación térmica, por la abigarrada espesura de maleza, podría ser de 50 o 52.
El Parque Nacional Mago, muy cercano al lago Turkana (Kenia), fue creado originariamente para proteger una gama completa de animales y alardear de una exótica colección, incluyendo búfalos, leones, leopardos, elefantes y jirafas. En la práctica, quedaban algunos mamíferos como la cebra, kudos, y poco más.
¡Ah!, y cómo no, los mursis, explotados hasta la saciedad con fines turísticos y ellos mismos pervertidos por los 'birr' (moneda local) que reciben como intercambio.
¡Una vergüenza!.
 Mujer mursi, en el poblado artificial montado para hacer la 'turistada' de rigor.

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5 de febrero de 2012

Addis Abeba, contrastes y miseria / Etiopía

Addis Abeba, capital de Etiopía, después de una noche de dormida y adaptación, se mostraba caótica. No le sorprendió al viajero insatisfecho pues sabe de ciudades africanas. La primera impresión fue que crecía sin un plan. Se olvidó de la organización y apostó por “el mañana ¡dios dirá”!.
Contrastes, como siempre. Al lado de la opulencia, vivía la enfermedad. Una enfermedad que se exhibía/exhibe, además, como justificante de la mendicidad. Y ésta parecía/parece verse por todas las partes y llegaba a producir la indiferencia de tanto que se mostraba. Después de la mendicidad suele (no siempre) venir el hurto, el robo, la extorsión. No sufrido, por ahora, y espera que nunca.
Los niños vendían de todo, chicles, golosinas, tabaco. Se les veía muy espabilados, con una sonrisa que parecía ocultar sus ratos de miseria. Seguro, seguro -al menos aquellos- que además de vender, por lo general, eran pequeños ladronzuelos.
Y en ese lento aterrizar a un país, todavía afectado por el choque que supone el cambio e impresionado por lo mismo, oyó por primera vez expresarse en amárico. “Aderu” (buenos días), le dijo aquel negro/brillante, quizás enclenque charlatán, cuando vio que allí parado el mochilero escuchaba mientras él iba desgranando (no sabe qué) pausadamente como quien levanta cada pesada palabra pronunciada. Semejaba a un rimero de cifras pues, a la vez, elevaba uno de sus dedos, o dos, o tres como si contara sus ‘pesonas/pesadas’ sentencias. 
Un grupo de asnos, cargados con sacos de carbón vegetal, enfilaban la calle entre el ruido de los tubos de escape de los coches. Bajaban de las montañas tapizadas de eucaliptos que rodeaban la ciudad, según pudo saber. Hasta hacía no mucho la madera era el principal combustible de la mayoría de la población. La introducción del eucalipto en Etiopía supuso una catástrofe natural que evitó una catástrofe humana, pues su escasez hubiera sido mortal.
[Ese mochilero siempre critica este árbol, que tanto daño ha hecho al territorio ibérico].
Los europeos introdujeron este árbol australiano y su colonización silenciosa sigue avanzando.

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29 de enero de 2012

Etiopía, el país de la reina de Saba

En 2001, ya había intentado visitar Etiopía pero un problema logístico le desvió a Vietnam, desde donde vivió (o mejor, no vivió) los atentados del 11-S.
Ni se enteró.
En 2003 leyó “El safari de la estrella negra” que le devolvió, de nuevo, la vena etíope.
  • Etiopía se distinguía en el África negra por disponer de guión propio y, por consiguiente, de su propia historia escrita y un poderoso sentido del pasado. Los etíopes son tan conscientes de sus vínculos culturales antiguos con India y Egipto, y la fuente religiosa de Oriente Medio, que a menudo afirman ser los primeros cristianos. Cuando antepasados bárbaros corrían por Europa con el culo al aire y con el vientre pintado con glasto azul, los etíopes, ataviados con ropajes elaborados, criaban ganado, utilizaban la rueda y defendían su civilización del ataque del islam, mientras cumplían con devoción los Diez Mandamientos”, decía Paul Theroux, en su libro “El safari de la estrella negra”.
Y si lo decía Theroux, que era, y es, uno de los escritores viajeros por excelencia, ¿qué iba a hacer el viajero insatisfecho?.
Pues,….., prepararse -otra vez- para ir.
Hasta ahora, y han pasado varios años, no puede decir que el viaje está hecho, que no lo está, pero será inminente.
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21 de enero de 2012

Un poco de arte tradicional del Sahel

Desde la ciudad de Bolgatanga (Ghana), la intención del viajero insatisfecho era visitar el Palacio Paga Pía, en la frontera de Burkina Faso [su fotografía era portada del libro-guía de cabecera]. Un taxi/compartido -medio de transporte barato para realizar movimientos de unos pocos kilómetros en el norte de Ghana- le acercó a la ciudad de Paga. Allí, nada más descender, fue recibido por dos jóvenes salidos de entre las casuchas aledañas. Lo primero que hicieron: reclamarle el ‘impuesto revolucionario’.
Este leonés siempre se queja, de estas forzadas dádivas, pero debe reconocer, y lo hace, que no suelen ser excesivas y, al fin y al cabo, ellos enseñan lo poco que tienen, pero que constituye su cultura, y además tratan de explicar sus históricas realidades o sus invenciones.
Se decía que aquel extenso complejo fue fundado por Naveh Kampala. De él sólo mostraban alguna casa tradicional. El resto, más parecido a los pobres arrabales chabolistas de un pueblucho, nada tenía que ver con lo que en los países europeos se conoce como palacio. Los descendientes del tal Kampala vivían ahora allí, distribuidos en docenas de casuchas, con su rango, con sus más de 300 parientes, esposas e hijos. Alrededor de tres cuartas partes de aquellos pequeños edificios del complejo se habían construído -ya quedaba poco cosa- en el estilo tradicional del Sahel, varios atractivamente pintados y algunos, los más antiguos, conteniendo cerámica y otros artilugios, todos ellos artesanales [ver fotografía].
El diseño de las puertas de las casas [ver fotografías] era una reliquia de la época esclavista, según algunas fuentes. La baja entrada y un alto murete que por el interior la bordeaba, hacía imposible que alguien, no bienvenido, entrara en casa sin que el ocupante tuviera un montón de tiempo para darle un golpe en la nuca.
Comprobado.
El muchacho que ejerció entonces de guía le contó, además, otra versión: ese particular, raro y original diseño de las entradas impedía el acceso de animales salvajes.
¿Cuál sería la historia real y cuál la invención?.
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15 de enero de 2012

Unas frases sacadas a un escritor africano

  • Durante más de un mes, ella se resistió completamente a que la tocara. Él le suplicó. Incluso intentó encandilarla ofreciéndole dinero y regalos. Pero su revulsión era incontrolable. Él acabó por enfadarse. La pegó. La castigó. La mataba de hambre. Aquello se convirtió en una guerra absurda entre la voluntad del hombre y la ausencia de deseo de la mujer. Algunas noches, él se le acercaba, desnudo, y la obligaba a contemplar su erección. Ella nunca podría olvidar la primera vez que le vio desnudo. El tamaño de su miembro la dejó horrorizada. Le recordaba a un llantén alargado y curvado. Ifeyiwa escapó a todo correr y gritando de la habitación. Un día él no la dejó escapar, la agarró, la sujetó a la fuerza, forcejeó sobre ella y de repente se desplomó encima, maldiciendo, agotado. Su esperma se había desparramado sobre el vientre de Ifeyiwa y su vestido rasgado. Ella salió rodando debajo de él, se envolvió en un paño y salió al patio, donde vomitó. Aquella noche se baño tres veces”.(Okri, Ben. Amor peligroso. Ediciones del bronce. Barcelona, 1998, pag. 115-116).
¡Qué oscura es África!, pero qué brillos de cordura y repulsa surgen a veces. Son destellos de esa natural sabiduría en un escritor africano, como el de este texto, de cierto inconformismo y denuncia de la dura vida real y cotidiana.
Esta fotografía [oscura en la noche, con brillos imprevistos] tomada en Mozambique le viene al pelo, pensó este viajero insatisfecho.
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7 de enero de 2012

Había que amortizar el tique

Ufffff. ¡Qué pereza -pensaba entonces- visitar en aquellos momentos Vimanmek Mansión Museum, muy distante de donde el viajero insatisfecho se encontraba!.
El tique de entrada lo tenía. Iba incluido por no sabe qué razón en el tique conjunto que vendían en el Gran Palacio de Bangkok ya visitado.
¡Había que amortizarlo!
Sorprendentemente, la mansión -muy turística para los visitantes locales que deseaban ver donde veraneaba su venerado y antiguo rey Rama V- era una belleza, cuidada, inmensa, relajante, delicada y considerada la vivienda de madera de teca más grande del mundo.
Era difícil escuchar a la guía -obligatoria para la visita- aunque su inglés no era tan malo con el del mequetrefe mochilero, pero era fácil sentir descalzo la madera de teca, toda ella; admirar las estancias, con sabor del siglo XIX, las antecámaras y maquesinas de diferentes tamaños; las vitrinas repletas de objetos de cristal, de porcelana, oro, plata y marfil; el mobiliario artesano europeo, o chino, de maderas nobles y bellas incrustaciones de piedras de colores; la sala de la reina; el cuarto de baño del rey y, en fin, multitud de recuerdos personales que la bella guía thai se esforzaba en detallar al son de su rítmica cantinela en inglés.
Al salir, después de calzarse las zapatillas, era el momento de buscar la cámara, guardada a buen recaudo por imperativo thailandés, y hacer la fotografía de rigor ante la casa (prohibido en su interior).
Siempre un ‘pelín’ renegado, el mochilero no quiere mostrarse en ella.



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30 de diciembre de 2011

El V(B)iajero Insatisfecho bajo el ‘efecto Scarlett’

Este año, que finaliza, ha sido el año del ‘efecto Scarlett’ [primera fotografía].
- ¿No recordáis?.
- Si. Si, cuando le robaron las fotos íntimas a Scarlett Johannson.
No quiere este viajero insatisfecho dejar que este ‘importante-acontecimiento’ pase sin ser tratado en este blog de viajes con varios ejemplos.
- ¿Qué no tiene nada que ver con los viajes?.
- Si. Es un viaje a la oscuridad mental humana.




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23 de diciembre de 2011

Los viajes no son lo que eran

© Aventuras de Tiburcio y Cogollo, por Trapiello
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Los viajes no son lo que eran”. Esta frase ha pasado muchas veces por la mente del viajero insatisfecho. Aunque pareciera una remembranza tierna y melancólica de un momento que este mochilero no conoció, no hay duda de que, antes, el viajero en general se enfrentaba a civilizaciones, pueblos, regiones o individuos opuestos a su mundo cotidiano que evocaban exotismo por sus extrañas y ajenas cualidades. Piénsese en los primeros exploradores de tierras africanas: abordaban un mundo extraño, hostil, diferente y dañino.
Ahora, la búsqueda de lo exótico o de lo desconocido tiene que ser interior, debe ser razonada en las entrañas, mezclada, eso sí, con los pequeños retazos de cierta antigüedad que vayan apareciendo en el camino.
El fósil aquel, visto; el tatuaje aquel, grabado a fuego en el cuerpo de aquel, en apariencia, aborigen; el movimiento hace mucho observado, o el monolito desconocido son imprescindibles para hacer sentir al viajero, viajero, y constituyen su galería de objetos e imágenes que podrían ser la ‘negra-habitación’ de las vanas aspiraciones por enfrentarse a pueblos antiguos o civilizaciones ancestrales.
El viajero de hoy debe conformarse con pisar terrenos únicamente que él no había pisado, con vivir situaciones imprevistas y congratularse de descubrir y tocar lo que otros ya le han enseñado mediante imágenes (léase, los documentales), palabras o, quizás, cuentos inventados.
No importa.
A este leonés, le gustan las casuchas de chatarra desvencijadas que nadie mira, los tranvías rojos y oxidados, los bares de madera con balaustrada de latón y las calles silenciosas azotadas por un viento sobrecogedor. Y así, no son necesarios ni los brotes de historia, ni las catedrales del siglo XVI, ni las civilizaciones babilónicas, y mucho menos la búsqueda permanente de lo terrenal exótico.


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13 de diciembre de 2011

Cocobolo

¡Vaya paliza!, y qué sudada, por ayudar a cargar troncos de cocobolo en un 4x4 panameño. Aquellos troncos, serrados para seleccionar el verdadero corazón de la madera, pesaban más que ‘un matrimonio a la fuerza’. Y todo ese sufrimiento del mochilero fue por encomendarse a un ganadero de Quintín para, así, conseguir transporte desde La Palma a aquel lejano poblado. Al ‘joío’ muchacho no se le ocurrió otra cosa que hacer un flete a medio camino, antes de llegar al destino.
Y ahí estaba el viajero insatisfecho dispuesto a ayudar y a cargar si hiciera falta con todo el cocobolo de la zona del Darién.
[En su descargo, habrá que decir que no supo hasta después, qué especiales tocones ayudaba a cargar].
Si bien hay varios tipos de estos árboles, la talla más generalizada es la de uno que puede alcanzar los 20-25 metros de altura. Debido a su gran belleza y alto valor, se ha sobreexplotado y está ahora en peligro de extinción fuera de parques nacionales y reservas. Su textura es muy densa y aceitosa, a la vista y a la sensación. Con esta hermosa y carísima madera (que lo es) se hacen guitarras, oboes, piezas de ajedrez, manillas de cuchillo y artesanía animal, en general.
Probablemente aquello era una pequeña ilegal tala o, quizás, no muy justificada.
Tal vez, no.
No lo supo.
Ante el desconocimiento de la madera que le estaba agotando, este mochilero preguntó al ganadero/conductor por qué era tan valiosa.
- No lo sé. Es muy escasa, de buenísima calidad y la compran los chinos –contestó el joven ganadero.
¡Vaya, otra vez los chinos!.


PD.: En la foto aparece la dueña del cocobolo (al fondo), su hijo y el ganadero/conductor.
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2 de diciembre de 2011

Bangkok también tiene otro-Bangkok

Bangkok (Thailandia) era algo más que el conocido Gran Palacio/Wat Phra Kaeo, que el Museo Nacional, que la gran ciudad del sureste asiático, o el barrio de Chinatown, o sus modernos ‘scalextric’ viarios y aeropuerto.
Era más.
[¡Qué mal lo ha pasado el pueblo 'thai' hace unos días: lluvias torrenciales, inundaciones, penalidades, muertos,…!].
La capital de Thailandia era también una compleja red de canales, khlongs, de imprescindible visita. Muchos de ellos ya cegados o convertidos en calles, la ciudad conservaba los suficientes para ver aquella ‘otra urbe’. A orillas de estos khlongs había cientos o miles de embarcaderos particulares, accesos habituales a viviendas privadas de madera sobre pilotes, a templos más modestos, a pequeñas industrias familiares y tiendas minúsculas.
Allí era donde había otra vida cotidiana, otro Bangkok de olores y sabores, donde a veces la piel se vestía de torbellinos de flores y plantas flotantes y vegetación exuberante. Mientras el pequeño bote tronaba por el estrecho canal central, el que surgía como una rama a la derecha, parecía no tener fin a lo lejos; el que surgía a la izquierda, simulaba estar abandonado aunque, en uno de sus laterales, varios niños saltaban el agua y reían el paso de la ‘longtail boat’.
Aún se resistían algunas mujeres a abandonar su mercadeo flotante en sus pequeñas piraguas, pero se veía falso y turístico al orillarse, con la complicidad del piloto, al taxi-boat en que viajaba el viajero insatisfecho y ofrecer al escaso pasaje (dos personas) un sombrero pai-pai, la cerveza de lata ‘Chang’ (carísima), las especias plastificadas y otra talla de madera más del siempre ‘afeminadoBuda.
Sin embargo, aquella última mañana de la estancia en Bangkok fue un bonito postre de vida tailandesa, flambeado por la antigua y casi extinta llama de una ciudad con diferente buqué oriental.






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20 de noviembre de 2011

Una viñeta del humorista preferido

Las insistentes noticias e informaciones sobre la expansión china en el mundo en desarrollo están apoyando antiguas teorías de este mochilero sobre el peligro chino, en especial, el de los ‘timoneles’ chinos, sus aspiraciones dispersionistas, su exportación del esclavismo laboral y sus pretensiones de anegar al mundo.
En charlas de amigos, nadie quiere entender estas teorías, pero al volumen informativo se remite. Al reportaje (doble página) sobre el desembarco de estos asiáticos en África, publicado por ‘El País’ hace ya algunos días, habría que añadir el que sacó recientemente este mismo medio sobre la presencia china en América Latina.
Pekin ha encontrado al otro lado del Pacífico la importante fuente de materias primas que precisa para alimentar la locomotora de su desarrollo y se ha lanzado sin reparos a su conquista. El desembarco chino, sin embargo, comienza a crear resquemor […]’, señala Georgina Higueras en su crónica.
Dícese: A los países en desarrollo les compran/esquilman las materias primas y a Europa le compran la deuda. ¡Cuidadín, cuidadín!.
Y le viene a la cabeza a este viajero insatisfecho el desasosiego y resentimientos de los panameños de Yaviza [población del Darién], visitados el pasado febrero después de unas terribles inundaciones, con los chinos que acaparan desde hace años el negocio de los supermercados en aquel apartado territorio. Estos no compartieron sus pertenencias, salvadas entre todos de las temibles avalanchas de agua, con el resto de los habitantes y vecinos. Los yaviceños pasaron verdaderas penurias y necesidades, sobre todo en el primer momento, hasta que el gobierno y algunas ONG’s pudieron socorrerles y apoyarles.
Los chinos tenían de todo y mi familia, que no pudo salvar nada, pasó más que hambre. No repartieron nada, guardaron todo y, posteriormente, incluso maltrecho, lo vendieron’, le dijeron entonces a este curioso visitante.
Una oscura falta de solidaridad, en vida cotidiana y, más, en situaciones extremas.

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Forges (El País, 14 de noviembre de 2011):
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Forges (El País, 24 de noviembre de 2011):

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11 de noviembre de 2011

Good night, good night

A este blogger le llegan ecos de nuevas votaciones para elegir ahora (después de pasar el tormento de las 7 Maravillas del mundo) las 7 Maravillas de la naturaleza. Entre las 28 finalistas que han pasado la criba de expertos viajeros esta el río subterráneo de Puerto Princesa que en realidad no se encuentra en la ciudad de este mismo nombre, capital de la isla de Palawan (Filipinas), sino alejada a dos horas de jeepney o minibús.
Como no había hablado de él, hoy dará unas pequeñas notas.
Cuando este viajero insatisfecho lo visitó, la carretera estaba medianamente cuidada, con tramos de trayecto de tierra pedregosa aunque gran parte de ella, por culpa del turismo, estaba siendo cementada (esa especial manera que tienen algunos países de construir las carreteras, ayudándose de hormigón en lugar del más popular asfalto).
La experiencia de aquel famoso río subterráneo fue una internada, después de atravesar en apariencia una inmensa y dentada boca rocosa, a una oscura cueva navegable donde las impresionantes paredes de piedra y el río parecían adentrarse como Julio Verne nos relató en Viaje al fondo de la Tierra. La longitud era de aproximadamente 8 kilómetros, aunque lo que se podía visitar era la mitad. A lo largo del recorrido el barquero se encargaba, ayudado por un pésimo foco, de enseñar las ya habituales, aunque siempre diferentes, formas contruidas por la caprichosa naturaleza y de explicar, acompañado del eco y el chapoteo del agua, las historias de su descubrimiento e inicial exploración.
Tales explicaciones eran interrumpidas, de vez en cuando, por los gritos de ‘¡good night, good night!', en la oscuridad reinante, de barqueros y guías, correspondidos estos desde la otra barca que cruzaba, en un ir y venir permanente, con otro similar ‘¡good night!’ mezclado con risas y bromas de sus ocupantes.
¡Qué cretino y estúpido es a veces el turista, turisteando!.




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2 de noviembre de 2011

Un verdadero 'muslin' fumador

Para internarse en la bahía de Phang Nga (Thailandia) la mejor vía era desde la parte continental. En el puerto de Phang Nga, a unos doce kilómetros de la ciudad del mismo nombre, se podía alquilar una ‘longtail boat’ (habituales embarcaciones locales) por una razonable cantidad de bahts.
Se abordaba la bahía entre el ruido ronco del motor de ‘la boat’ y el cercano, siniestro y misterioso territorio manglar, en el pasado -según el libro/guía, no comprobado- infestado de gaviales, los cocodrilos más grandes del mundo. El barquero/piloto, que se adentraba con su pequeño ‘paquete-turístico’ (dos personas) en las tranquilas aguas, era un simpático viejete musulmán, en sus días de Ramadán lo que no le impedía fumar con frecuencia sus cigarros y algún “Ducados” de regalo, cuando no era observado por otro correligionario muslin. Una hipocresía más de las muchas a las que lleva la imposición de un estricto seguimiento religioso, en general, y musulmán, en particular.
A lo lejos, en el horizonte, la inmensidad de la bahía de Phang Nga, con sus islotes/peñascos que le recordaban al viajero insatisfecho la bahía de Halong (Vietnam) o el archipiélago de Bacuit, cercano a la isla de Palawan (Filipinas). Bloques tejidos de roca y verde vegetación que intimidarían y alejarían los sueños de cualquier urbanita que se sintiera tal.
No va a describir este mochilero todo el impresionante panorama. Numerosos pequeños macizos isleños que se vislumbraban a lo lejos borrosos en aguas contaminadas [en este caso, ¡viva la contaminación!] por la suave calima del mar de Andamán. La isla de Kao Tapoo, apodada [también, utilizada como reclamo turístico] ‘James Bond Island’ desde que se filmaron algunos exteriores de El hombre de la pistola de oro con Roger Moore delante de ese alto y esbelto bloque monolítico, era una de las más visitadas.
¡Venga el turismo alimentado por el famoso Agente 007!.


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21 de octubre de 2011

Retazos internos del viajero

Lo que está claro es que EL VIAJE cambia las perspectivas de las gentes de formas muy diversas. El viajero insatisfecho, que se reivindica y se siente orgulloso de su origen rural leonés, rara vez nota alborotada su alma en las grandes ciudades, por ejemplo Panamá, Bogotá, Accra o Sebastopol.
Se interesa más por la tierra de nadie, por lo más lejano o natural, por los lugares que están de camino de las ciudades más que por las ciudades mismas. Tiene la sospecha de que las personas que se deslumbran con Roma, Nueva York, San Francisco o Londres -son algunos ejemplos, claro- y se creen urbanitas y metropolitanos, son en el fondo sabuesos de campo, simples mortales temerosos, provincianos demasiado domesticados y aturdidos por las luces de la ciudad.
[Por supuesto que se puede discordar].
Y se puede llegar a estas y otras firmes conclusiones, por lo general, con cuatro escasos apuntes tomados o vistazos realizados.

Después de estar en Casablanca unas horas, el leonés concluía que los camareros son unos ‘subordinaos/mandaos’ del régimen por no dejarle beber cerveza en una terraza. De Londres sacó la percepción en medio fin de semana de que era una ciudad caprichosa y estirada. Los dos días que llovió en París de los tres de estancia, convirtieron a esa ciudad en lluviosa. Los tanzanos eran muy amistosos pues informaban al extranjero. Los taxistas de África, una bendición porque sacaron al viajero de grandes apuros por relativo poco dinero.
Dicho de otro modo, una generalización en base a lo experimentado en una sola tarde, en dos días o en un rato, dependiendo de lo que se trate. Es lo que se suele hacer en un ‘blog’ de viajes la mayoría de las veces: alcanzar conclusiones sobre la base de pruebas muy escasas.
¿Pero es válido?. Lo es. Sin ser método científico, es real o, al menos, así lo cree este mochilero-blogger.
Y como mochilero-auto-reconocido también cree que el lujo estropea, malcría, infantiliza y convierte en botarate al rico o burgués simplón. Al final, por mucho que el 'millonatis' en cuestión mueva su culo por los cuatro puntos cardinales, ese lujo le impedirá conocer el mundo.




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12 de octubre de 2011

Un letrero internacional

El thai era el ‘habla’ de los tailandeses, el idioma de Thailandia, o Tailandia, y la lengua que enseñaban en las escuelas.
Su alfabeto estaba formado por 44 consonantes y 11 vocales, según dice el libro-guía pues a este viajero insatisfecho todos los rasgos le parecían símbolos distintos, como si no tuviera fin. La gramática era rudimentaria y las palabras podían funcionar como nombre, verbo, adjetivo o adverbio. Todo esto se diferenciaba por los tonos. Así pues, una misma palabra podía tener hasta cinco significados distintos dependiendo de la entonación del parlante.
Complicado ¿eh?.
Pero había entre todo este baturrillo, un letrero, insistente y persistente, que no hablaba thailandés. Era internacional, si por internacional el lector entiende que lo capta todo el mundo, independiente del idioma en que estuviera escrito.
Internacional también era el gesto de la caricatura.
¿Que sostenía el personaje en esa mano izquierda -por el otro lado era la derecha- en su apurada carrera?.



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3 de octubre de 2011

Ni pusilánime, ni pacato

El viajero insatisfecho no se considera un pusilánime o pacato, pero lo del ambiente nocturno de sexo, o quizás juegos de sexo, o solo espectáculos de tinte sexual en la playa de Patong, Phuket (Thailandia), era para ‘echarlo de comer aparte’, aunque, claro está, el país había apostado por este sonajero/campana para -en cierto modo- llamar la atención y atraer al turista.
Una nave entera repleta de bares, clubes, casinos de alterne y espectáculos calientes. Otra, al lado, con el mismo ambiente recargado, estridente y barroco. Cientos y cientos de mujeres thailandesas o de países vecinos, también travestis, al reclamo del turista que paseaba solitario, en parejas o en familia.
Sin atisbo de convertirse en una bacanal o aquelarre, más bien al contrario, aquella atmósfera lanzaba a la ciudad/playera, jornada tras jornada, a una larga noche de copas, movidas, miradas, tocamientos, dinero, insinuaciones, borracheras, contactos, música y marcha sin fin. Por excesivo, era una exhibición y una ceremonia con ritual conocido, el más antiguo del hombre. Phuket era un oasis del sexo, o de la compañía, pues -cree este leonés- vendía más compañía que sexo. Y si no ¿por qué a la mañana siguiente señores cincuentones o sesentones paseaban con señoritas thailandesas de veinticinco agarraditos de la mano?.
Con o sin interés por el sexo/compañía, la caminata a altas horas dejaba, al finalizar la noche, una sonrisa/miel en los labios.
Quizás, si este mochilero fuera un pusilánime o pacato hubiera concluido la noche con una total indignación.
Pero no lo era.
No lo es.


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23 de septiembre de 2011

La incertidumbre en el viaje

Las principales preocupaciones de un viajero novato (llámese turista, obrero vacacional, trashumante o mochilero) no son tanto los problemas básicos (por ejemplo, conseguir agua en un país desconocido o buscar la bus-station necesaria) como las zozobras e inconvenientes indeterminados. El viajero novicio se preocupa menos por los peligros visibles (el leopardo lejano que le pueda atacar) que de las amenazas vagas e inconsistentes que puedan surgir en el momento más insospechado y contra las que no está suficientemente protegido.
Y lo dice aquí, en estas líneas, por haberlo sufrido en sus carnes.
Un elemento impredecible puede ser objeto de desánimo para el viajero principiante tanto o más que los supuestos peligros o revueltas ciudadanas violentas conocidas que -supongamos- ocupan las portadas de los diarios en aquel determinado lugar a visitar.
El desconocimiento del idioma, en concreto, añade a ese desánimo un cierto halo de tremendismo y desesperación. No se encuentra seguro si no sabe, o mejor dicho, si no puede explicar su problema o la solución a éste. Por ejemplo, no le preocupa la revuelta violenta en sí misma sino más bien cómo convencer al que pretenda abofetearle con una porra que él no pertenece a esa movilización sino que es un visitante que pasaba por allí. El nerviosismo en los preparativos del viaje tiene, en la mayoría de los casos, su origen en el desconocimiento de la lengua del sitio que se pretende recorrer y al que se pretende enfrentar. En definitiva, la propia incapacidad para protegerse a sí mismo de esa incertidumbre e intranquilidad.
Desasosiego muy cercano en el recuerdo de este viajero insatisfecho.


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14 de septiembre de 2011

Surcando aires en la playa de Patong

Cuando al atardecer, casi crepúsculo, en la playa de Patong, Phuket (Thailandia), uno de los ‘ganchos’ le animó a ascender en lo que llamaban ‘paragliding’/parapente por un módico precio de bahts (moneda local), no lo pensó dos veces. Llevaba más de media hora observando cómo se ejercitaban los más atrevidos, o con más dinero disponible, y sentía cierta sana envidia y ansiedad.
El sistema era sencillo. Pertrechado de un fiable[?] arnés, atado a un particular paracaídas y unido por un cable a un potente bote, el viajero insatisfecho ascendía arrastrado por la fuerza y la velocidad del aparato [pronto dejó de oír el ronquido del motor] llevando ‘por paquete’ a un chaval thailandés que hacía las veces de piloto acrobático, sin arnés ni artilugio que le uniera al parapente. Ya en el aire, unas veces el muchacho entrelazaba sus pies al cuerpo de este leonés, otras se sentaba ligeramente en el cuello, como apoyo, y las más se suspendía de las cuerdas para, con aquellos movimientos y posturas, guiar a su antojo aquel débil aparato volador.
Desde las alturas [unos cinco minutos], apenas le dio tiempo a presenciar una preciosa puesta de sol en el horizonte del mar de Andamán, a ser consciente de la altura a la que volaba, como si se tratara de un buitre leonado (o leonés), y a no percibir descarga de adrenalina alguna ante aquel apacible surcado de aires.
Notar el suave descenso en la playa, posado en la arena con total maestría, fue uno de los momentos del viaje.
Hubo muchos otros.


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4 de septiembre de 2011

Sin el dios Indra

En la instantánea de portada es fácil deducir que el viajero insatisfecho estuviera impresionado al ver semejante monumento. Moderno él -tiene apenas quince años de existencia- estaba ya rodeado y asfixiado por el enfermizo afán thailandés de los ‘scalextric’ en las carreteras de circunvalación, y del centro, de las grandes ciudades (ver fotografía 2).
El gigantesco Erawan Elephant era un elefante de tres cabezas que medía, desde la base hasta la parte más alta, 43 metros, ¡es decir!, lo que un edificio de 14 pisos. Y eso que, el dios Indra, que cabalga normalmente sobre Erawan, no fue agregado al conjunto.
El abdomen albergaba un templo dedicado a Buda donde no podía faltar la figura de un ‘afeminadoBuda (¡perdón, no pretende ofender!), iluminado por una tenue luz como de ‘bombilla de bajo consumo’. Allí estuvo, entre consternado e incrédulo por semejante magnificencia, este mochilero una mañana de agosto, después de sortear cantidad de obstáculos idiomáticos, lingüísticos y de barato transporte.
Enclavado dentro de un cuidado jardín de cuento de hadas thailandés, a las afueras de Bangkok, el monumento del ‘elefante de las tres cabezas’ aparecía tranquilo, recogido y reposado, a pesar del sonoro (allí, entonces, silencioso) gruñir de los vehículos de cuatro (o doce) ruedas, aquella soleada y muy calorosa mañana.
Constituyó un momento de reposo ideal para los cansados cuerpos de aquellos dos turistas/viajeros, en sus horas finales del periplo thailandés.




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28 de agosto de 2011

Koh Panyee, un poblado 'gitano'

El macro-centro turístico de Phuket (Thailandia) ejercía su dañina presión sobre el medioambiente del bello entorno que constituye la bahía de Phang Nga.
Phuket es, por decirlo de alguna manera, ‘la ibiza thailandesa’, y Phang Nga ideal, por la distancia, para la excursión de un día de los inquilinos de Phuket, que llegaban allí en pequeños grupos organizados, ansiosos por pasar una jornada diferente.
[En otro ‘post’ hablará sobre esta preciosa bahía].
Esta inevitable contaminación turística se dejaba notar en el poblado de Koh Panyee, o Gipsy Village / Poblado gitano (dentro de la bahía de Phang Nga), formado por casas de madera sobre pilotes (palafitos) habitados por musulmanes “moken”, en Thailandia llamados “gitanos del mar”, un pueblo que, en otras décadas y asentamientos, vivieron en sus propias embarcaciones.
Koh Panyee está enclavado a la sombra de un gran peñasco/isla lo que le da un aspecto de intermediario humano y viviente entre roca y mar. Acercarse a él navegando en una pequeña ‘longtail boat’ (barcas habituales en la zona) alentaba al viajero insatisfecho. Pasear por sus calles, después de haber evitado el turístico restaurante-vende-todo, daba una genuina y acreditada sensación. Olía a pescado putrefacto, a madera húmeda, a verdura cocinada con raras especias (¡muy fuerte!) internados ya en los palafitos de Koh Panyee. En sus angostas calles, también sobre pilotes, algunos de hormigón, con ambiente abigarrado y con pérdida de cierta autenticidad, se observaba a las mujeres, algunas con su hiyab, vendiendo aparentes alhajas, baratijas y objetos artesanos de todos los estilos mientras miraban con cierto desdén.
Otra vez la contaminación y presión turística que cambia rituales, maneras y costumbres, impedía observar su tradicional y, seguro, fascinante vida real y ancestral.



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17 de agosto de 2011

!Maldito 'tsunami', y maldito Dicaprio!

Ko Phi Phi es el nombre genérico que se da a las islas mundialmente famosas por sus bellísimas playas de arena blanca, sus acantilados sumergidos en el mar, el magnífico azul turquesa de las aguas y bellos fondos marinos.
!!Una paradoja en Thailandia: la protección del medioambiente esta subordinado a los intereses del desarrollo turístico!!.
Si aquel grupo de delfines no hubiera recibido al “speed boat” en el que viajaba, a la entrada de la una de las bahías de las Phi Phi, el viajero insatisfecho recordaría (que lo hará) las islas como unas desgraciadas más de la degeneración medioambiental de un entorno que siempre había sido bello en el “coco” de este cazurro leonés, desde aquel mil novecientos noventa y pocos que las visitara por primera vez.
La lengua de tierra que unía (o separaba) las opuestas bahías de Ton Say y de Loh Dalam, en Phi Phi Dom, entonces, un palmeral salpicado de algún pequeño bungalow, en uno de ellos pernoctó dos noches (ahora, ni rastro de palmeras), se ha convertido en 2011 en todo un pueblo de entrecruzadas calles peatonales, tupidas de tiendas que venden todo tipo de inservibles artículos turísticos. Sus pobladores, o especuladores (lo mismo da), lo llaman ahora, después del desastre, Tsunami Village.
Homenaje?.
Recordatorio?
!!Sinvergüenzas!!
Y sinvergüenza el gobierno “thai” que apostó por el turismo masivo (en España se hizo en los setenta) para destrozar sus parajes naturales más bellos y significativos de la zona del mar de Andamán. Donde este mochilero 
(en mil novecientos noventa y pocos) hiciera rudimentario “snorkeling” y contemplara bellos corales y simpáticos peces “nemo”, ahora (2011) se ha convertido en aparcadero de “longtail boats” y “speed boats”, como llaman a sus manejables antiguas y modernas barcas turísticas. 

!!Maldito ‘tsunami’ que hizo trístemente célebre a Phi Phi Dom y maldito Leonardo Dicaprio que dió relumbrón a Phi Phi Lee (o Let, o Lay, las guías no se ponen de acuerdo) donde rodó su película “La playa”!!.
!!Benditos delfines que con sus joviales saltos, llenos de naturalidad, dejaron un ligero buen sabor de boca al viajero que por segunda vez volvió al destrozado paraíso natural de las islas Phi Phi!!.


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5 de agosto de 2011

Como si no hubiera ocurrido nunca

Hace unos días leía una frase que le recordó a toda una maravilla de escritor. Una frase que venía muy a cuento con lo que hoy va a tratar de adelantar.
Lo que solo ocurre una vez es como si no hubiera ocurrido nunca”. Y eso piensa al emprender un nuevo viaje, o más bien, una nueva ruta vacacional. En esta ocasión, “si, sin su mochila”. Es la segunda vez que visitará Tailandia, para no tener la sensación de ‘no haber ido nunca’.
No es por eso, pero allá va.
Aquellas gentes, en un recuerdo lejano, le dejaron la sensación de paz permanente, de eterna alegría, de silencio cuasi-religioso y de educación desmedida hacia el visitante.
¿Serán los mismos?.
El viajero insatisfecho, no.
El periodo de gran fastuosidad de los tailandeses fue sin duda el siglo XV y XVI cuando Ayutthaya era una capital de ¡un millón de habitantes!. Muchas capitales europeas actuales no eran más que pueblos en esta época en comparación con el poder y la riqueza de Ayutthaya.
Sirva este pequeño apunte histórico para no desdeñar la tradición de un pueblo que ahora mismo es uno de los centros turísticos mundiales.
¿Y este mochilero qué pinta allí?.


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19 de julio de 2011

La publicidad invasiva es ofensiva

En ciertos países africanos la presión de la publicidad es tremendamente invasiva. Y no es que su presencia sea mayor o menor que en otras regiones del planeta pero sí se evidencia en formas y maneras más infantiles, sencillas (con esa sencillez que ofende), descaradas y sensibles, pasadas ya de moda en ciertos países europeos; o al viajero insatisfecho eso le parecía.
[Confiesa públicamente su malestar con ese tipo de publicidad que mete sus narices en parcelas humanas demasiado afectivas con el propósito, eso sí como el resto, de captar la atención para luego entregarles algún mensaje].
Esas estatuas coloreadas de Coca-cola, en Vieira (Mozambique), situadas donde en Madrid, por ejemplo, aparecería ‘Felipe IV, a caballo’, catapultaba al producto americano a símbolo de la historia de ese país africano. ¿Qué mensaje estaban entregando?.
¡Demasiado entrometido!.
La publicidad se centraba en variadas plazas o rotondas.
¡Poco tacto!
Para evitarla, el viandante podía modificar el itinerario o mirar a otro lado.
¡Inconveniente añadido!
Casi un parque temático de la publicidad. Si en Disneylandia el puesto donde se vendían ‘perritos calientes’ tenía forma de salchicha, en Mozambique su ‘particular Felipe IV’ tenía forma de botella de Coca-Cola.
Todo un manipuleo continuado y peligroso que, en fin, parece todo un intento de ‘matar moscas a cañonazos’.

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11 de julio de 2011

El simpático descaro adolescente

La ciudad de La Palma, capital del Darién (Panamá), miraba al Pacífico entre viejos palafitos, que eran bares, hoteles (en uno de ellos, pernoctó tres días) casas particulares y tiendas de comestibles o cachivaches. Una mediana población que recogía gran número de colombianos ilegales, a quienes las autoridades panameñas no dejaban avanzar e internarse en el país con sus intermitentes controles en la única carretera que le cruzaba, la ‘Panamericana’.
Siempre fue el permanente callejeo una de las estrategias diseñada por el viajero insatisfecho para conocer aquella y otras muchas ciudades. Paseó por serpenteantes senderos llenos de escaleras con subidas y bajadas que rompían el ritmo y cansaban al caminante. Y así, al final de uno de estas largas caminatas, en los alejados suburbios siempre peligrosos de aquella capital, puerta del selvático territorio del Darién, descubrió, entre un pequeño acantilado, un solitario tenderete con gasolinera para barcas; a unos niños con camisetas de la selección de Portugal, (¿por qué no la española?. Les daba igual) y un poblado de indígenas ‘emberá’, lleno de trabajadores integrados, que se desperezaba del usual calor de la tarde. El paseo del andante mochilero por delante de una de aquellas casas de madera alertó a unas simpáticas jóvenes, cuidadoras de unos pequeños, de que había intruso/extranjero, ideal para risas y chanzas, carantoñas lejanas y sensualidades adolescentes.
Una guapa morena no-emberá era la de mayor descaro. Era como una flor, azahares o jazmines, pintados por Sorolla pero también un cuerpo cincelado para sucumbir a Los burdeles de Páprika de Tinto Brass. Aquel día, sin motivo aparente, se mostraba dando alegres gruñidos, simplemente porque sus hormonas, quizás, le estuvieran jugando una ‘buena pasada’. Después de una descerebrada charla, se despidió del viajero lanzando ‘cientos de besos' al aire, con picardía y esa presunción excesiva sobre su capacidad sexual, no exenta por contra de cierta timidez.
Su condición era poesía pero sus maneras despuntaban una dulzona insinuación.
Una niña, y su inevitable venida a mujer.
¡Rápido!.
¡Rápido!

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