9 de abril de 2019

Subida por las aguas del río Lobé / Camerún

Desembocadura y cataratas del río Lobé

Parecía Kribi, área playera más popular y turística de Camerún, ‘la zona del cuento de la Cenicienta’ o algo similar. No era muy playero este mochilero (ni lo es) y, por tanto, para acercarle a la playa era necesario hacer un delicado acto de persuasión. Durante el viaje hablaba con gentes variopintas, sin duda, y todas ellas parecían mandarle a Kribi. Sin ser eso verdad era como una especie de seducción inducida de la que parecía no poder escapar, analizaba el viajero insatisfecho en sus cábalas nocturnas. Al final, decidió que sería uno de los lugares a visitar ¿cómo iba a irse del país sin haber conocido Kribi? No fue el destino final de su viaje, como en algún momento pensó, pero si pasó dos días por la zona tratando de conocer, vivir, palpar su realidad que no era muy diferente a cualquier otra zona del país. Eso sí, el mar y las playas estaban allí para disfrute del turista embelesado y tranquilo. 
Inexistente, entonces.
Nada más llegar a la población, cumplidos los trámites de búsqueda de alojamiento, salió a dar la vuelta de rigor y, como “todos los caminos llevan a Roma”, en la playa apareció como alma en pena dispuesto a pasar las pocas horas de luz paseando por la arena. Allí mismo descubrió aquel barco fantasma, abandonado al oleaje, al óxido y a la descomposición. Daba pena observar aquel pecio, allí varado y mantenido en aquel estado de abandono, quizás burocrático de la Administración camerunesa. Y pensó ¡qué fácil sería destruir el mundo!

Barco en la playa de Kribi
De regreso a la casa donde se hospedaba, organizó la protección de su descanso nocturno, colocó con esmero la red antimosquitos alrededor de la cama, se internó en su interior asegurándose de no dejar hueco de acceso para los malvados/malditos zancudos, y durmió placenteramente.
La mañana siguiente la dedicaría a recorrer los puntos más interesantes del lugar. Entre otros, visitó la desembocadura del rio Lobé que vuelca sus aguas al mar, y muere, formando un sinfín de pequeñas, y no tan pequeñas, cataratas. No eran, en esencia, espectaculares, pero sí un accidente natural muy peculiar en los ríos del mundo conocido.
Como su intención era ascender un trecho el río Lobé, poco por encima de la desembocadura, unos metros antes de formarse las cataratas, alquiló una piragua después de mucho regatear itinerario y precio. Pretendía ascender por el cauce sin prisas, de una manera silenciosa, sin el ruido constante de un motor. Quería hacerlo a remo, y sabía que se podía. Allí comenzó aquella mañana de relajación, calma y sosiego. Ya sabía que remontar el río, enmarcado por la espesa jungla ecuatorial, parecería una escena sacada de algún pasaje de “El corazón de las tinieblas”, la novela de Joseph Conrad, ambientada en el África Ecuatorial. En aquel preciso momento, era donde se encontraba.
Piragua en el río Lobé
El piraguero no hablaba mucho y se dedicaba con desvelo a su trabajo: a remar con calma. Se dejó llevar por la naturaleza que rodeaba al río y a la piragua. Árboles de todo tipo y vegetación de toda calaña pasaban lentamente delante de los ojos de este viajero. En las orillas había montones de redes trampa, entonces en desuso, para la captura de peces y crustáceos marinos. En una de ellas, apilada junto a otras muchas, un pequeño varano, incauto él, había caído en la trampa y se removía con nerviosismo al verse observado. Tal vez, no se había encomendado a la Mami-Wata y por eso quedó atrapado. La mayoría de los pueblos que vivían a lo largo de la costa del golfo de Guinea creían en la presencia de divinidades acuáticas. Hoy en día, a pesar de la difusión de cristianismo, la creencia en la Mami-Wata, un ser femenino parecido a una sirena de los mares, seguía viva entre las gentes del litoral.
Después de una larga media hora de remo, el conductor de la piragua le ofreció visitar un poblado pigmeo que habitaba cercano a la orilla. Ya había visitado varios poblados de esta etnia a lo ancho del país, por lo que desestimar la oferta era del todo comprensible. Y mucho más después de que el propio piraguero le asegurara que las gentes de este primer poblado, acostumbrado ya al turismo, eran insaciables pedigüeños de dinero. ¡No, gracias! Un segundo poblado, más lejano, parecía ser más consecuente, menos cansino y, aunque sabía que no iba a llegar a él, agradeció que así fuera. No todo tenía que ser resuelto con dinero (o sí).
El avance por el río Lobé fue un total éxito para las pretensiones de este mochilero: disfrutó de la naturaleza, se deslizó por sus aguas en silencio, oyó el canto de algún extraño pájaro y observó al martín pescador, con su largo pico, lanzarse con éxito a la captura de algún cándido pececillo.
Allí, nada que organizar, nada que decidir, nada que solventar, cosas éstas que realizaba como una máquina todos los días para mantenerse en pie.
En ruta.

Vista de la playa de Kribi, desde la terraza de uno de los hoteles


Copyright © By Blas F.Tomé 2019

2 comentarios:

efurom1 dijo...

Te veo hoy disfrutón, Blas, con tu paseo en piragua por el Lobé, que tiene su punto con las cascadas en la desembocadura (bien por la foto 1). Lo que pasa es que, en qué estaría yo pensando, al comenzar a hablar de la posibilidad de alquilar una piragua...¡¡¡yo creía que el que ibas a remar eras tú!!!
Un abrazo.
PD. Ya veo que tienes buen estómago y que no te hace falta (ni te cuerdas de echar en la mochila) el Frtsc :-)

Pilar (Pipedi) dijo...

'Viajero-in', cual 'cándido pececillo' te imagino a ti en la piragua disfrutando de ese paseo tan placentero... Un poco a 'modo Moisés' en su cesta por el río Nilo... :))

Y, sí, por un décima de segundo también he pensado como 'Efurom', que ibas tú a coger los remos...  Pero ha sido un instante (ji).
Qué sensaciones, pensamientos, y reflexiones se deben tener en esos recorridos y sobre esas aguas...�� Bueno, si es que el trayecto da para ello, claro.  No sé lo que duró.  Y si no te encontraste con mucho 'trafico gondolero' (ji).

Por cierto, mochilero, ya que mencionas lo de las mosquiteras... Siempre he pensado que se cierran bien para que no entren los mosquitos, y como tú, poder dormir placenteramente y tranquilo, pero..., pero..., pero... ¿y si, al apagar la luz, ya hay uno dentro y 'escondido'?...  (@_@)

Fuera de bromas...

Me quedo un rato en ese mirador de la terraza del hotel, mirando, y disfrutando, de esos colores grises del mar y el horizonte... Y de su hamacas vacías... Y pensando, ¿Olería también a tierra mojada después de la lluvia? Qué delicia!

Besotesss.