8 de diciembre de 2018

La Catedral de sal, de Zipaquirá

Entrada de la Catedral de Sal

Calificativos como ‘impresionante’, o ‘excursión de un día más habitual desde Bogotá’, o ‘considerada como la primera maravilla de Colombia’ o ‘se le ha otorgado incluso el título de joya arquitectónica de la modernidad’. Todas estas expresiones unidas convencían a cualquier incauto para catalogar la visita a la Catedral de sal de Zipaquirá como algo ansiado para sus aspiraciones viajeras. Pero no, no os confundáis ¡malditos!. “No todo es oro lo que reluce”, que decían los abuelos.
Según explicaba el libro/guía, la Lonely Planet, había ‘dos catedrales de sal: la primera se abrió en 1954 y se cerró en 1992 por motivos de seguridad, pero se puede visitar su impresionante sustituta”. Esta ‘impresionante sustituta’ nada tenía que ver con los mineros que allí trabajaron, ni nada tenía que ver con un supuesto horadado de vetas de sal por los laboriosos mineros con la intencionalidad de dar un carácter religioso al lugar. Esta ‘impresionante sustituta’ era un proyecto arquitectónico, para lucimiento de algún organismo oficial, pero totalmente al margen de los trabajos de humildes y fervorosos mineros.
El viajero insatisfecho para evitar tumultos y aglomeraciones apareció temprano por la boca de la mina, y consiguió su propósito de entrar en la primera tanda con guía para poder escuchar así sus interesantes (?) explicaciones. Escuchaba y procesaba lo que decía pero, a los pocos minutos de iniciar el recorrido, desconectó sin remedio cuando solo llevaba dos o tres estaciones de calvario allí esculpidas (eran catorce). No se creía nada de lo que percibía, todo era hueco o falso, y a las explicaciones sobre cada una de las estaciones del calvario (que era la entrada y parte inicial del recorrido) les faltaba fuerza. Todo parecía orquestado por algún obstinado religioso para convertir aquella cueva en una catedral ‘mentirosa’.
(En estas pocas líneas pretende continuar su tono crítico pero no quiere dejar de advertir que seguro habrá visitantes que reverenciarán lo visitado como algo bello y divino. No les culpa, cada uno que haga ‘de su capa un sayo’).

Una de las estaciones del calvario

Este gran pasillo inicial con las diferentes estaciones de un calvario, talladas en plan moderno, daba de pronto a una gran sala en la que al fondo se apreciaba una gran cruz tallada e iluminada con gracia y calidad. Allí, teniendo al fondo la cruz y tratando de empatizar con el guía que todo lo sabía, hizo un amago de escuchar lo que con tanto interés contaba a los allí congregados, pero continuaba con su discurso llano, de explicaciones banales y triviales. Nada. Ni mención respecto a una posible intervención de los mineros para crear aquel hueco a gran profundidad en una montaña de sal. Todo eran objetos que simbolizaban algo devoto; una losa como sepulcro de Cristo que por su falta de simetría ‘parecía’ estar abriéndose, o iluminaciones que propiciaban un encuentro con ese Dios de todos. No había esculturas talladas en sal, al menos no en número reseñable; nada habían esculpido los mineros en posibles arrebatos de religiosidad. Todo era moderno, pero de una modernidad vanidosa, diseñado por un arquitecto con sensibilidades pero sin más propósito que el de esbozar un hueco al que se pudiera llamar catedral, por otra parte, un vocablo bastante atrevido para aquel lugar.
Catedral de Sal, con la cruz al fondo

La Catedral de sal, de Zipaquirá, no convenció nada a este mochilero leonés. Es más recomendaría a cualquier visitante que prescindiera de ella en una posible cita con Bogotá y alrededores, o se abstuviera de perder una sola mañana en arribar a aquella aparente banalidad.
Nada que decir al que esté interesado en entrar en un recinto minero sin más. Y nada que decir al que quiera visitar la población de Zipaquirá que tiene una nada desechable zona central de demostrada belleza arquitectónica colonial.

Parque Principal de Zipaquirá

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2 comentarios:

efurom1 dijo...

Pues si la catedral de la sal no convenció al mochilero, imagínate a tus lectores, por lo menos a mí. La iluminación de la foto 3 parece más apropiada para una discoteca que de una iglesia. Seguro que el "arquitecto" ha querido hacer una atracción turística, pero eso es algo muy diferente a lo que imagino fue la de 1954. Me quedo mejor con tu última foto.
Un abrazo

Carlos el viajero dijo...

Vaya. Ya somos dos. Y lo peor es que las visité en el 2006 pensando que eran las auténticas y no que había unas anteriores. Tampoco me informé mucho. La verdad. Tuve suerte de aquel momento que no había apenas gente pero tambien me dio una sensación entre discoteca con tanta luz artificial de color y de poco tema natural. En fín cosas que pasan y que hay que contar. Creo que no volvería tampoco. Un saludote y buenas fiestas Blas. :)