26 de septiembre de 2016

San Juan Chamula, el pueblo del misticismo mágico

-Iglesia de San Juan Chamula-
 
Estaba dispuesto aquella mañana de domingo, mes de septiembre, a introducirse en el misticismo mágico de San Juan Chamula, pueblo tradicional del estado mexicano de Chiapas. Posiblemente la comunidad ‘tzotzil’ más visitada. 
Desde San Cristóbal de las Casas, donde se encontraba, agarró un minibús-colectivo, medio que utilizaban allí para desplazarse a los cercanos pueblos, y se presentó en el mercado. Como era domingo lo encontró especialmente ambientado, reunidos allí todos los habitantes de los pueblos y comunidades cercanos. A lo lejos, por las vecinas montañas, se hallaban diseminadas multitud de casas. El murmullo que oía era ‘tzotzil’ (nadie parecía hablar español; pero sí, todos lo entendían y hablaban, o casi todos), mientras atravesaba puestos de frutas, de telas, de herramientas de labranza, puestos de comida, vendedores de zapatillas, puestos de helados al sol, hierbas secas (no conocía sus nombres), lana de borrego -muchos montones- de la que estaban elaborados las faldas de las ‘chamulas’ y los chalecos (o algo parecido) de los ‘chamulos’ o, quizás, ‘chamulanos’. La falda de las mujeres, color negro; el chaleco de los hombres, color blanco.


-Mercado de San Juan Chamula. En primer plano, puesto con lana de borrego-
 
La visita iba para el mercado pero, en especial, para la iglesia. Ha dicho que estaba dispuesto a introducirse en el misticismo mágico de San Juan Chamula. Por 25 pesos mexicanos (poco más de un euro), pagados en la oficina de turismo situada al lado de la iglesia (si no impedían la entrada), los foráneos podían visitarla. Una manera de rentabilizar los incordios de los visitantes en sus rituales, sin duda. Era un lugar muy peculiar, en cuyo interior estaba terminantemente prohibido fotografiar (las señales visibles lo indicaban: no cámaras, ni móviles, ni gafas o gorras). La arquitectura del templo era de estilo colonial clásico (como casi todas las iglesias del estado de Chiapas), pero con la particularidad de no contar con bancas para sentarse, pues los habitantes oraban de rodillas, o acuclillados, y creaban en conjunto una atmósfera mística muy especial al mezclarse rituales prehispánicos/mayas con los de la evangelización católica.
La entrada inicial al recinto interior fue espectacular por lo abigarrado del acervo, por el humo reinante y también, como no, por ese inevitable misticismo mágico desprendido ante tantas figuras, velas encendidas entre la penumbra y los 'chamulos' en multitud de posturas.
Lo buscado por el mochilero.
La única nave de la iglesia estaba decorada con velas -cientos- de diferentes tamaños y colores. El suelo, todo él recubierto de una fina capa de hierba verde recién cortada, solamente en ciertos lugares (varios), donde habían hecho un hueco, el mosaico aparecía lleno de diminutas velas blancas encendidas, en forma de altares en el suelo. Uno de los ‘tzotziles’ se encargaba de ir encendiendo las velas unas con otras, mientras se oía a su alrededor un suave ronroneo de oraciones en idioma ‘tzotzil’. Allí, en cada uno de esos pequeños altares, oraban sentados o arrodillados decenas de personas, algunas con gallinas en sus brazos. Para andar era necesario estar muy atento para no pisar alguna vela o mano que se encontrara apoyada en el suelo. Todo estaba arremolinado. Cierto, si, con un ordenado desbarajuste.
Los laterales de la nave, o recinto interior, estaban repletos de imágenes de santos (a veces con extraños nombres) en hornacinas de madera, algunos de ellos repetidos. San Pedro Mártir, San Pablo Mayor, Arcángel San Miguel Menor, San Pedro dueño de la llave (por supuesto, portaba una en sus manos), San Pablo Menor, Pastor, Santa Martha, Santa Magdalena y Sagrado Corazón Mayor. En una única hornacina aparecían, los tres juntos, San Judas Tadeo, San Pedidor y San Juanito (por orden de exposición y tamaño). También estaban allí representados Santo Tomás, la Virgen de la Encarnación, Arcángel San Miguel Mayor y, aunque en diferentes cajones, Santiago, junto a San Lucas y San Mateo, y delante de ellos (algo que le extrañó), además de las numerosas velas, la figurita de un caballo -parecía salido del rancho ‘El Miedo’ de Doña Bárbara- y la de un jaguar -también por los alrededores del mismo rancho-. Todas las figuras de santos, absolutamente todas, llevaban colgado de su cuello un espejo, debido a la creencia de que servían para reflejar la maldad. Preguntó a uno de los presentes sobre este detalle y le comentó que los ‘chamulos’ no hacen confesión con un sacerdote, si no que realizan autoconfesiones para lo que necesitan que sus faltas se reflejen en los espejos.
Mientras el viajero insatisfecho estuvo en su interior, se celebraba también una misa, con apariencia de rito católico, pero únicamente en la parte delantera de la iglesia. El sacerdote oficiaba ante un grupo de personas, todos ellos de pie. Rodeándolo. Mientras, en el resto de la iglesia, se homenajeaban a otras devociones distintas y se multiplicaban los altares de velas en el suelo. Cada uno a su rollo. En el decorado del altar mayor o central, San Juan Bautista ocupaba el lugar principal, rodeado de San Juan Menor y de otra figura que no identificó. Y es que en San Juan Chamula el predilecto de su devoción era San Juan Bautista, no Jesucristo, que lo tenían entre las imágenes con el resto de los santos. El mismo San Juan Bautista presidía la pila bautismal en una de las esquinas, donde en aquel momento esperaban varios padres con sus bebés en brazos.
Al tratar de abandonar el templo, una fila de músicos tocando tambores, guitarras (rudamente elaboradas), arpas grandes (muy utilizadas en el folclore mexicano), y otros instrumentos, precedidos de una especie de incensarios de latón que multiplicaban el humo interior, le impidieron por unos momentos salir. Parecían 'Los tigres del norte', en uno de sus 'corridos mexicanos'.
Un lío. Un barullo total.
El humo que envolvía toda la nave, provocado por algo parecido al incienso y al humo de los cientos/miles de velas, le añadía al marco de las múltiples celebraciones un aire encantador, embaucador, casi brujo.
No pudo sacar fotografías, en vista de las estrictas prohibiciones. Y más cuando comprobó que al sacar su libretilla moleskine’ para apuntar algo, un personaje con cara de pocos amigos se le acercó y lo impidió. "Tampoco se puede escribir. También lo prohíben", le dijo.
Ah!. Uno de los que elaboraban altares y encendían las velas en filas en el suelo, al pasar junto a él le preguntó, “¿de dónde procedes?”. El mochilero, en medio de ese ambiente de prohibiciones, con la mosca tras la oreja o, quizás, con el miedo en el cuerpo, le contestó, “soy español”. Y el personaje en cuestión sonrió y le saludó efusivo.
“- ¡Mirad que si le da por recordar el violento pasado colonial español y embrutecerse!”.


Copyright © By Blas F.Tomé 2016

5 comentarios:

gloriainfinita dijo...

Sin palabras me deja usted, señor.

V(B)iajero Insatisfecho dijo...

¿Y eso es bueno, 'gloriatormento'?. ¿O tengo que empezar a rezar?.

efurom1 dijo...

Pos vaya! No dejan hacer fotos, no dejan tomar notas, no dejan hacer "ná". menos mal que el viajero tiene buena retentiva. A mí me hubiera sido imposible después citar a tantísimos sant@s. Casi todos me hubieran parecido iguales.
En fin Blas, lo importante, a pesar de lo dicho, es que esa atmósfera de misticismo mágico llega hasta nosotros (6.000 kilómetros mediante).
En cuanto al pasado colonial español, siempre habrá algún energúmeno por ahí suelto (o en grupo). Pero la verdad es que México se portó como dios manda con los exiliados españoles. Ojalá nosotros...
Un abrazo: emilio

Independiente Trashumante dijo...

Bueno, es una maravilla que te explayes un poco más de lo que sueles hacer. Se ve que ese misticismo embarullado te tocó cerca y nos lo ofreces con todo lujo de detalles. Hay tantos lujos por el mundo para disfrutar...

Gracias y saludos.

igoa dijo...

Bien, bien! Se ve que los espiritus le van tirando de la lengua...
Asi mismito me lo recuerdo, hermanito! Solo que no habia tanta gente en aquel dia, ni tampoco cobraban, ni habia ese edificio "moderno" por el mercado.
Los curas tienen que aguantarse con lo que les dejan, es el reparto de poderes. A cada cual lo suyo y la iglesia es ahora del pueblo. ?No?
Besos