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29 de julio de 2026

Zuérate, Mauritania


Tren del hierro mauritano
(No hay fotos de la espera a su partida, ni de Zuérate)

En la noche, Zuérate daba la impresión de ser una ciudad de tamaño considerable, más grande y populosa de lo que habían imaginado. Sin embargo, nada más descender del autobús, el polaco y este mochilero, todavía algo aturdidos por el viaje, comprobaron que el hotel donde pensaban pasar la noche estaba cerrado a cal y canto. En la oscuridad parecía incluso abandonado desde hacía años.

Siguiendo las indicaciones de un mauritano que se acercó con curiosidad y buena disposición, caminaron hacia otro hotel cercano. La incertidumbre, lejos de disiparse, aumentó cuando descubrieron que estaba completo. Bueno, en realidad quedaba una única habitación: diminuta, con una cama tan estrecha que resultaba imposible para dos personas.

Los demás hoteles de la ciudad escapaban ampliamente del presupuesto que ambos consideraban razonable. Mientras valoraban qué hacer, otro amable vecino les sugirió una alternativa distinta: un edificio donde se alquilaban pequeños apartamentos, más modestos que un hotel, pero mucho más asequibles.

La sorpresa que les aguardaba allí fue mayúscula. Nada más entrar en la planta baja aparecieron los amigos malteses acompañados de otro mochilero. Apenas unas horas antes habían alquilado un apartamento en aquel mismo edificio. Los abrazos, las carcajadas y la incredulidad fueron instantáneos. Una vez más, las casualidades del viaje habían reunido al grupo que se había dispersado días atrás en Atar.

Había además una nueva incorporación: un italiano solitario, tímido y algo excéntrico, a quien los malteses habían conocido en Chingueti. Aquella noche compartirían, todos, el mismo alojamiento. El apartamento constaba de una habitación, una cocina, un baño y un amplio salón dispuesto al más puro estilo mauritano: un largo asiento de obra recorría todas las paredes de la estancia, formando una especie de sofá continuo que serviría de cama improvisada para cuatro de los mochileros. El viajero insatisfecho se apropió de la única cama de la habitación principal. Bueno, le fue cedida por el grupo al ser el más veterano.

Entre anécdotas, risas e historias acumuladas durante los últimos días, las horas transcurrieron sin apenas darse cuenta. Cuando miraron el reloj ya era medianoche. Era momento de descansar.

A la mañana siguiente, aún de madrugada y sin tiempo para visitar la población, tomaron un taxi hacia el verdadero motivo por el que todos se encontraban allí: el legendario tren del hierro mauritano.

Según la información que habían conseguido, el convoy permanecía detenido entre Zuérate y F’dérik, una pequeña población situada varias decenas de kilómetros más al norte. Durante el trayecto lo pudieron divisar a lo lejos: una interminable serpiente de vagones oscuros recortándose sobre el paisaje desértico. El taxi los dejó aproximadamente a la altura de la mitad del tren.

Eran alrededor de las ocho y media de la mañana. Nadie sabía con certeza cuándo partiría, hacía Nuadibú. Con la mezcla habitual de emoción e incertidumbre que acompaña a los viajes por Mauritania, se acercaron a los vagones para descubrir qué les esperaba a continuación.

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26 de junio de 2026

Atar y la salida, Mauritania


El grupo de viajeros abandona Tergit

La troupe formada en el Auberge Jemal —una joven pareja de franceses, un polaco, dos malteses y este viajero insatisfecho— abandonó Tergit (o Terjit) en el mismo transporte con dirección a Atar, donde el grupo acabaría dividiéndose. El trayecto transcurría entre un paisaje cada vez más desértico —aunque sin grandes dunas de arena—, pequeñas estribaciones montañosas y una estrecha carretera que servía de hilo conductor hacia el siguiente destino.

Atar, como ya se ha señalado en posts anteriores, se encontraba a unos 45 kilómetros del oasis. Era una ciudad en medio de la aridez mauritana con cierta actividad, aunque sin nada especialmente reseñable. Una población más. Su principal valor residía en ser un punto de tránsito y comunicaciones para alcanzar enclaves más profundos y, a priori, más interesantes.

Una vez allí, el grupo se separó. Los malteses visitarían primero Chingueti, mientras que el resto se dirigiría directamente a Ouadane, en un recorrido más largo. Aunque la ruta inicial era prácticamente la misma —el camino hacia Chingueti se desviaba a mitad de trayecto—, los vehículos empleados eran distintos: todoterrenos 4x4 que, además de transportar pasajeros, servían también para el acarreo de mercancías.

Todas las informaciones recomendaban visitar primero Ouadane y dejar Chingueti para el regreso, pero cada cual tenía sus propios planes. Los malteses, con menos tiempo disponible, optaron por acercarse únicamente a este último enclave y prescindir de Ouadane, más remoto.

El vehículo que los sacó de Atar iba cargado hasta los topes de fardos, cajas y objetos variopintos. Sin duda, transportaba parte de los enseres destinados a los habitantes de Ouadane. Una vez en marcha, los kilómetros transcurrían lentamente, siempre rodeados de un paisaje austero y desértico. Más adelante, la carretera ascendía por un desfiladero hasta desembocar en una planicie inhóspita y poco fértil: una llanura casi infinita, con un horizonte plano y lineal extendiéndose en los 360 grados de la mirada.


En plena llanura desértica, cerco para orar, con la indicación de la dirección a La Meca


Detrás del todoterreno, el conductor reza (bulto azul)

Hicieron varias paradas. Los pasajeros las aprovechaban para estirar las piernas o atender necesidades básicas; para el conductor, en cambio, era el momento de la oración. Arrodillado en dirección a La Meca, se entregaba a sus rezos y plegarias. Al concluir, con la gravedad de un penitente y ante la imposibilidad de comunicarse verbalmente —no hablaba otro idioma que el suyo—, invitaba con gestos a los viajeros a subir de nuevo al vehículo para reanudar el trayecto.

El sol descendía lentamente hacia el horizonte y la noche terminó por envolverlos cuando aún faltaban muchos kilómetros para llegar al destino.

En plena oscuridad, finalmente, llegaron a Ouadane.


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