Nunca
pensó que fuera tan largo el viaje hasta allí. La carretera era sinuosa, sí, y
estaba trazada por las cimas de aquellas montañas que conformaban estrechos
valles. De una cumbre a la otra o de una estribación montañosa a la siguiente.
Fue un largo trayecto de más de catorce horas de ruta en un minibús cargado de
viajeros, y se hizo muy largo. Arribaron a la población muy entrada la noche.
La estación de autobuses estaba a unos dos kilómetros del centro y gracias a la amabilidad de un vigilante de la estación (pagando el trayecto, por supuesto) pudo este viajero insatisfecho localizar uno de los pocos hoteluchos para pasar la noche. Era muy difícil la comunicación en aquella zona donde parecía no haber llegado turista alguno, ni mochilero perdido, pues todo el mundo hablaba su idioma local y carecía, al menos en apariencia, de una mínima infraestructura para desplazamientos por los alrededores. Aun así, al levantarse al día siguiente inició la dura batalla de tratar de conseguir algún medio para visitar algo de la zona circundante. Paró a un veterano motorista que le miró al pasar y, aunque ni era experto ni parecía fuera su labor, se lanzó a negociar el precio del trayecto a Ban Komean, un pequeño poblado -según detallaba la guía- productor de té, ubicado en una de las muchas laderas de la zona. El interés no era tanto por las plantaciones como por encontrar en la ruta algún pequeño pueblo local y tradicional, en el que siempre podría surgir la sorpresa de alguna actividad social típica o arcaica.
Con
la moto circulando por caminos de tierra y piedras, socavones y baches, llegaron
a la zona de las plantaciones de té después de casi una hora de trayecto. Nada
especial, nada reseñable en el camino, sólo el disfrute de la naturaleza rural
y las espectaculares panorámicas de valles y montañas que se extendían hacía el
horizonte. Una vez allí, un paseo por los antiquísimos terrenos, con viejas
plantas de té. Poco más en aquella excursión rural y sin mayores pretensiones.
Vio varias mujeres con atuendos tradicionales a lo largo de la ruta y, en especial, se cruzó con una que llamó su atención. Le hizo una foto para el recuerdo e intentó conocer su procedencia y el porqué de aquella vestimenta. Imposible la comunicación e imposible averiguar dónde se asentaba su poblado: desistió de conocer sus orígenes, aunque podría ser de algún pueblo Akha de los alrededores.
Pasó
una larga mañana por los alrededores de Phongsali, intentando avistar algo
llamativo, un poblado tradicional o una cultura local, pero, si bien disfrutó
del aire fresco y virgen de la zona, no pudo saborear nada auténticamente
antiguo y típico.
¡Cosas
de la vida mochilera!
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