23 de marzo de 2007

No tiene ganas de escribir

No tiene ganas de escribir, pero después de esperar a decir esto varios viajes, cree que no tiene más remedio. Escribe sin fuerza, pero consciente de que Iberoamérica tiene un sabor, una exuberancia especial, no hace falta nada más que mirar sus calles. Y quiere hablar de Iberoamérica aunque este año su destino fue algo más concreto, Perú, país prototipo -cree- de este inmenso continente.
No deja de sorprender, después de conocer varios países de la zona, los mercados, los bazares, los escaparates, los tenderetes,.... Todo parece abarrotado, atestado, apelotonado, abigarrado de objetos, frutas, verduras, ropa, utensilios, casetes, DVD´s, flores, más ropa, herramientas, jarroncitos, platitos,... y año tras año, siempre da la impresión de que no para de crecer, como si surgiera -como dirían los refraneros (majaderos)- de debajo de las piedras.
Cientos y cientos, miles de absurdas chucherías, figurillas, flautas, sombreros, de lana de alpaca, de piel, de lana de oveja, de papel, figuritas de cristal, de barro, de plástico, de laca, conchas, mandíbulas de no sé que pez inmenso (tal vez, tiburones), guantes, cinturones, pulseras, pendientes. Se muestran sobre estrados de madera, en el suelo, colgados de alambres que a su vez cuelgan de fachadas, en repisas, encima de taburetes, sobre el césped. Sales a la calle y los encuentras en la gran mayoría de las aceras, en los puntos turísticos (en cada uno de ellos, sin excepción), en los puntos paisajísticos aunque sea en la cota 4.910 mts, en las puertas de los museos, de las iglesias,....
Eso obliga a tener siempre un punto de estado de alerta y a veces pasear con la cabeza fría e incluso el corazón indiferente. Compra, compra, compra. "Los viajeros no podemos comprar todo", le dijo el viajero insatisfecho a varios locales insistentes, eso sí, manteniendo siempre la corrección que a veces no estaría mal perder. Esto a veces sorprende más si el viajero hace un análisis comparativo con lo que puede ocurrir en África, donde a veces cuatro palos en la hoguera (medio consumidos), una olla abollada, requemada y unos plátanos colgados de un seco palo parecen ser todo lo disponible.
Pero Iberoamérica es insustituible, opulenta. Si hay que hablar de una inmensa llanura, se nombra la Pampa argentina; si se habla de una selva, salvájemente grande, habrá que referirse a la Selva amazónica; y de gigantescas cordilleras, los Andes; y de ríos abrumadoramente caudalosos, el Amazonas,... No hablará de sus gentes (multirraciales), de sus partidos políticos (populistas), de sus influencias históricas (hispanas, africanas, chinas, hindúes, alemanas,....).
Todo este complejo paraíso, además, funciona a base de contrastes, pero... ¿funciona?.


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21 de marzo de 2007

Polizón por la borda


A muchos viajeros les ha pasado. A mí también me pasó.
Entré en Perú por la frontera de Ecuador. Como hice en otros viajes, en algún otro país, antes de pasar cambié un poco de dinero en la moneda local (nuevos soles) para los lógicos primeros gastos. Al llegar al puesto de inmigración de mi nuevo país, uno de los muchos jóvenes que se acercaron cuando bajé del triciclo que me llevó a realizar el papeleo, se reía de un billete de 50 nuevos soles que llevaba junto a otro de 10, para asegurarme que era falso.
"¡Vaya, ya me la han 'clavao'!", pensé irritado.
El nuevo territorio se me mostraba delante y comenzaba la curiosidad, las ganas y el ímpetu viajero. Bajé hasta Trujillo y comencé a saborear el arte colonial en las calles de la ciudad -después vendrían otras de características similares- y el arte preinca incluso, en las ruinas de Chan-Chan.
El billete falso me quemaba en el bolsillo. Lo tocaba y miraba y me decía "cabrones, me habéis engañado". Estuve (¿estoy?) tan convencido de que el papel era falso que hubiera sido imprudente contradecirme.
Bajé a Lima, busqué a Pizarro, paseé por sus amplias avenidas, encontré a Pizarro y, en fin, disfruté "delolindo".
Tomé de nuevo el billete, lo saqué arrugado del costado de mi pantorrilla y lo coloqué, odiándolo, en el interior de un libro ya leído que fue a parar a la caverna oscura de mi mochila.
En Arequipa, pernocté cerca de la Plaza de Armas (todas las ciudades tienen una) para, luego, internarme en el altiplano andino y visitar el valle del Colca. Tremendo valle, con vistosas terrazas incas y preincas y su profundo cañón, de vértigo, sin más.
Tener un billete falso a la espalda era como para cualquier capitán de barco tener un polizón a bordo. Me solidarizo con todos los capitanes que surcan los océanos.
Y llegué donde el "soroche" es "SOROCHE": el lago Titicaca. Navegué el lago como un capitán de la marina mercante, viví la experiencia de dormir y alternar con los uros en sus islas flotantes y conocí la isla Taquile, ya en el centro del lago.
En una de mis reordenaciones de macuto, agarré el billete en mis manos e hice amago de tirarlo al río que con fuerza pasaba a mi lado. El balón de unos niños que jugaban cerca fue, bote tras bote, a parar al impetuoso río y desapareció en segundos. Me distraje, y lo guardé de nuevo.
Cuzco, Ollantaytambo y su fortaleza, Machu-Picchu y sus emociones. Nada paraba mi viaje. Luego vino, de nuevo, la subida hacia el norte peruano. Parada y fonda en Cajamarca, también Otuzco, y, por fín, descanso, merecido descanso en la playa de Máncora. ¿Y la selva peruana?. No pudo ser. En otra ocasión será mi único destino.
Me quedaban dos días para salir de Perú rumbo a Guayaquil (Ecuador) y "mi polizón" me ardía en la mochila. Era mi última oportunidad y entré en un bar nocturno.
- "Un pisco-sauer, amigo", dije con decisión.
Y esta pasión mía por probar los "caldos" más típicos de cada país que visito me salvó. Entregué el "falso billete" y esperé a que "el amigo" me trajera el "vuelto", como dicen por aquí, o mi billete, claro. Cayó. Amarré mis papeles y monedas y salí feliz. A dormir a pierna suelta, después de haber tirado "mi polizón por la borda".
Nunca sabré -tampoco vosotros- si fuí engañado o engañé.

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18 de marzo de 2007

De Machu Picchu al cielo


Este viajero insatisfecho tomó un carísimo tren en Ollantaytambo, durmió ya cansado en Aguas Calientes, abordó un costoso autobús para ascender la serpenteante carretera y pagó una entrada desorbitante. Pero, después de liberarse de todo este lastre de "malos rollos", apreció con emoción el encuentro con las ruinas de Machu-Picchu.
Serenidad, transparencia interior, fragilidad, quietud y paz. ¿Por qué no sentí lo mismo cuando visité la Gran Muralla china o la Ciudad Perdida colombiana o el Salto de Ángel venezolano?. Tal vez sí en el Taj Mahal hindú (el más bello ejemplo de arquitectura mongol) pero desde dos frentes muy distintos. El Taj Mahal representa el amor, incluso después de la muerte, Machu Picchu, el vigor de un imperio vivo que se deshacía en guerras fratricidas entre Atahualpa y Huáscar, en sus propias ignominias y que con el empuje de nuestro fiero Pizarro dió su último suspiro.
En mi imaginación, ví a Inka Yupanki (Pachakuti), en cuyo reinado se supone fue edificado Machu Picchu como hacienda Real, subido en su trono de piedra -ejerciendo de juez y testigo de su proyecto megalómano- contemplando cómo sus capataces controlaban a los esclavos que trasladaban piedras a golpe de látigo a través de impresionantes rampas de arrastre, cómo los picapedreros tallaban y moldeaban las impresionantes piedras y cómo eran colocadas, guiados por los expertos arquitectos, con impresionante precisión en sus múltiples muros. Hubo sangre, muerte y explotación.
En la realidad, recorrí estas impactantes ruinas acompañado por una entrañable pareja, Javi y Ana, enamorados hasta los tuétanos, pero que compartieron conmigo, de manera desinteresada, su precioso tiempo. Tan desinteresado es el amor en los primeros años como rutinario puede ser en los últimos.
Nos reimos entre los muros casi milenarios, compartimos la subida al Wayna Picchu, el cielo nos regó con su lluvia y, hasta el agotamiento, paseamos entre piedras y llamas, también, entre el verde que inunda la montaña y los profundos valles que lo rodean.
¡Que el espíritu de Inka Yupanki, protector y justiciero de esta zona, no quiera que el amor de esta pareja se convierta en rutinario!.

17 de marzo de 2007

El río sagrado

A unos centenares de metros de La Raya, la cota más alta de la carretera que circula de Puno a Cuzco (ver fotografía), nace el río Vilcanota, desapercibido, casi torpe, con el único vestigio de fuerza al formar un pequeño salto de agua que termina en el valle, muy cerca de la carretera, a la que atraviesa por un pequeño puente. Luego va formando unos pequeños meandros sobre una pradera de hierba áspera y verde, muy verde. A lo largo del valle muchos eucaliptos crecen con fuerza, como moteando las laderas con un verde aún más intenso. Observé el "reguerucho" mucho rato hasta que nuestro bus se alejó por una de las laderas que conforman el valle. Atravesamos -y el arroyuelo también- varios diseminados pueblos como Aguas Calientes (nada que ver con el Aguas Calientes, cercano a las ruinas de Machu-Picchu), Occobamba, Marangani,.... Casas de adobe, tejados de hojalata -algunos de teja- y en las cercanas laderas, terrazas rudimentarias sembradas de algún producto propicio para ese clima.
Al llegar a Sicuani, otro de estos pueblos, pregunté a uno de los locales por la gran cantidad de eucaliptos: "Son australianos, traídos hace años para evitar la erosión". Perplejidad. ¿Y antes?, añadí. "Había otro tipo de árboles, como chachacoma, queñue, molles, queshuer,....". Y recordé la errática política forestal en España de hace años, cuando se plantaron también eucaliptos, que dañan el suelo y pervierten la identidad de las zonas repobladas.
El río, por tradición sagrado para los pueblos de esta zona y sus antiguos pobladores, no merecería ninguna nota si no fuera porque cuando se acerca a la ciudad de Cuzco se convierte en el río Urubamba, para, kilómetros y kilómetros más abajo, mutar en Ucayali y finalizar convirtiéndose, allá por la ciudad de Iquitos, en el río Amazonas.

12 de marzo de 2007

Noche con los uros

Dormir en el poblado de los uros, en el lago Titicaca, se convirtió para este viajero insatisfecho en toda una experiencia; pernoctar en una de sus islas flotantes, modeladas con el junco de totora en medio del lago, donde ellos han pasado decenas y centenas de años, no deja de ser algo excitante.
La reunión una vez anochecido, bajo una tormenta "titicaqueña" de granizo, lluvia, truenos y relámpagos (pasé miedo), con dos jóvenes uros (12 o 13 años), que me abordaron mientras esperaba mi cena, me resultó instructiva y provechosa, y escuchar a éstos hablarme de sus ancestros me pareció chocante. Descubrí que aunque ahora hablan aymara, su lengua primitiva fue el pukina. Se ha extinguido, aunque uno de ellos me aseguró que aún se habla entre un grupo de uros excindidos (¡qué palabra!) que habitan en la parte boliviana del lago.
No querían hablar de otra cosa sino de sus tradiciones !Qué lección de integridad y humildad me dieron!.
Luego, en mi cabaña de juncos de totora (ver fotografía), arropado por la granizada persistente y, de manera más real, por 5 mantas de lana de alpaca, sentí (sensación ilusoria) cómo la isla flotaba en la inmensidad de las aguas.


11 de marzo de 2007

Contradicciones en el altiplano

La mujer más fotografiada del planeta Tierra podría haber sido una de las muchas sharapovas que hay en el circuito de tenis o una de las angelinas jolie del celuloide o, quizás, una noemi campbell de las pasarelas, pero no, el día D, a la hora H, lo fue una anciana señora del altiplano peruano, a una altitud de unos 4.500 metros, con un rebaño de alpacas al fondo y en la lejanía la cordillera andina nevada y vigorosa como una sucesión volcánica. Todos sabemos lo que significa el altiplano, esa tierra alta, yerma, tamizada de hierba pajiza, de fríos humedales, donde amenaza el "soroche" desde el momento que comienzas a ascender, en mi caso, desde la ciudad de Arequipa.
Uno, dos o cinco soles (moneda peruana) por una fotografía, según la generosidad del francés, italiano, español o canadiense que quisiera retratarse con esta sharapova, jolie o campbell de las alturas y en este inhóspito territorio.
Yo retrasaba el momento, esperando ver que todo el grupo fuese retratado en tan digna fotografía o, tal vez, esperando se disiparan mis ganas de acercarme a tan soberana señora del altiplano, y entregarle uno o dos soles según lo que mi conciencia me indicase.
Pero allá fuí, pedí colaboración a uno de mis colegas de bus (un mosaico de nacionalidades) a quien entregué mi cámara, coloqué unos soles en la mano de la buena señora, que agradeció el gesto con una palabra, casi un sonido, que no entendí y esperé el click de la cámara que inmortalizara el momento con mi particular angelina jolie.
Me sentí bien, fotografiando a llamas y vicuñas. Me sentí mal, fotografiado con aquella buena mujer de la puna (altiplano) pero, luego, superado mi complejo de turista japonés, posé deseoso y cariñoso con una baby alpaca.

4 de marzo de 2007

Perú reivindica su dignidad


"¿Dónde está Pizarro?", se preguntaba este viajero insatisfecho cuando se acercó por la Plaza de Armas, de Lima.
No creía estar confundido, y suponía que encontraría la estatua ecuestre en esta plaza tan principal de la ciudad. Una primera ojeada no dió resultado, pero culpé al gentío que la ocupaba y por supuesto -pensé- que la ocultaba.
Subí los peldaños de la catedral que también se emplaza allí, para tener mejor visión general, pero no pude entrever ni rastro de Pizarro y su caballo. Consulté mi guía viajera y decía textualmente: "En la esquina de la plaza, enfrente de la catedral, destaca una impresionante estatua ecuestre de Francisco Pizarro, réplica exacta de la que existe en la Plaza Mayor de Trujillo, Cáceres (España), su ciudad natal".
El héroe no aparecía. Paseé y paseé por la ciudad y, de repente, sin buscar más al símbolo de la conquista del imperio inca, apareció el fiero Pizarro, en un moderno parque a la orilla del río Rimac, al lado de la muralla de la antigua fortaleza limeña, descubierta y conservada por los arqueólogos en el mismo emplazamiento. Pizarro se encuentra fuera del perímetro de la fortaleza (¿fuera de su ciudad?), entre árboles recientemente plantados, bajado de su pedestal, casi escondido, y sin letrero que identifique al "héroe", sólo uno que pide cuidar el cesped. ¿Será que le tratan de ocultar?.
Pregunté los motivos de este traslado a algunos limeños con quienes conversé: "No, no tiene ningún simbolismo este cambio. Lo pidió el pueblo", me dijo una simpática camarera. "Bueno, representa la conquista del Perú por parte de los españoles, a los que tenemos mucho que agradecer, pero ahora se trata de recuperar lo anterior", opinó un taxista. El encargado del hotel en el que me hospedaba interpretó que el hecho de que Pizarro estuviera presidiendo la plaza era "considerarle un héroe", cuando lo que hizo "fue conquistar Perú". "El actual alcalde Castañeda -añadió- llevó a cabo hace un año el traslado".
¿Será que los peruanos han reivindicado su dignidad?.

2 de marzo de 2007

¿Puedo saludar?

¿Puedo saludar?.
(El fantasma viajero de mi blog me advierte que no debo convertirme en garrulillo de las tecnologías, pero me autoriza a saludar, sin poder insistir mucho en el futuro -me dice- sobre este tema. Se sentiría ofendido).
Bueno, pues, saludo a todos los que me leen, que son pocos; a mis amigos, que lo hacen -algunos-; a mi familia, que no me lee,…. (el fantasma comienza a encontrarse mal y no debo seguir).
Y voy camino del Tahuantinsuyo, verdadero nombre del imperio inca, que Francisco Pizarro se encontró allá por el año 1532. El conquistador español se dirigió con fuerza al corazón de este imperio, donde capturó al jefe inca Atahualpa y puso, así, final al siglo de dominación inca en este territorio. Su capital, Cuzco (Cusco, para mi amigo), no servía mucho a los españoles, que necesitaban una capital en la costa para mantener la comunicación con España, y de ahí que Pizarro fundara Lima. A lo largo de los años, Lima se convirtió en el principal centro político, social y comercial de la región andina mientras Cuzco languidecía.
Y en mi mente escucho a Atahualpa hablar regio, engreído, soberbio, valiente y digno con sus seguidores y también con los españoles. Ahora, en mis primeros pasos por este territorio de pasado inca, me encuentro a sus descendientes hablando más o menos así:
“Júrame, mi cholita, que no se lo dirás a nadie, pues no querrás que tu cuñadito vaya preso. Sólo tienes que callarte, no más. Mamacita me ayudará y ninguna perica se meterá conmigo nunca más. Imagínate, mi cholita, que la otra noche lo chapé tomando tiempo con un cronómetro mientras hacíamos cositas,….”.
Me sorprendió este país al llegar por la frontera ecuatoriana. El paisaje por donde el bus transitaba durante horas era muy parecido al que se ve en la fotografía. Desierto, con dunas, y carreteras y puentes destrozados en ciertos lugares por el pasado fenómeno de El Niño.

23 de febrero de 2007

Perú "destineision". Allá que voy


“Me encontraréis a bordo ligero de equipaje / casi desnudo, como los hijos de la mar”, decía Antonio Machado. No es mi caso, aunque también sé que nuestro escritor no se refería a esta nimiedad. Mi equipaje esta adornado de guías del país y libros de lectura para desbloquearme por las noches, para olvidar los reincidentes problemas que el viaje acarrea. Siempre hago lo mismo en los preparatorios. Visito la librería especializada, que tengo cerca de mi casa, y cargo con abundante material. En esta ocasión le ha tocado el turno a “El malestar en la globalización”, de Joseph E. Stiglitz, pasta blanda, edición de bolsillo y seguro que, al terminar mi viaje, bastante deteriorado por los golpes, las subidas y bajadas de mi morral y la despreocupación con la que suelo tratar mi equipaje. Además, este viajero insatisfecho lee y lee sin parar (y esto también deteriora, aunque no envilece) y cuando hay escasez de existencias suele ser el mismo libro; “La guerra del fútbol y otros reportajes”, de Ryszard Kapuscinski; “Pantaleón y las visitadoras”, de Mario Vargas Llosa, (lo quiero releer) muy deteriorado pues lo compré en una de esas tiendas repletas de libros de segunda mano, con novelas de Marcial Lafuente Estefanía, casetes antiguos de VHS y números atrasados de revistas de todo tipo, menuda pátina grasienta tiene de tanto pasar de mano en mano, y “Rumbo a Tartaria”, de Robert D. Kaplan, que no sé por qué me ha resultado tan barato, cerca de tres veces menos de lo que marca en su contraportada. En mi librería suelen tener libros que por su escasa venta, o cualquier otro motivo, los ponen a un precio muy asequible. Yo, encantado. No esta nada mal comenzar los viajes ahorrando en estos menesteres, bastante circulan luego los billetes en ciertas visitas de difícil acceso si no fuera por los dólares que anticipas a cualquier guía local que, por supuesto, no lo es. Creo que “me pasé cuatro pueblos”, como dirían en el mío, a la hora de elegir estos libros que con su variado contenido me llevarán de una zona a otra del Globo (me globalizarán) sin moverme de mi lugar de destino.
Estuve buscando, aunque no de manera insistente, “El peor viaje del mundo”, de Apsley Cherry-Garrard, pero el destino no me fue propicio. Cuando tenga tiempo, cumpliré la promesa de leerlo, si lo reeditan, pues me dicen que está agotado o ya descatalogado.

19 de febrero de 2007

La Triple Frontera

Nada conocía entonces, hace ya años, cuando llegué a Leticia, la ciudad colombiana del Amazonas. Nada sé ahora -mejor dicho, no lo recuerdo en estos momentos- sobre el por qué de aquel interés de Colombia, en su pasada historia, por tener una ciudad en la ribera del gran río si para llegar a ella desde el resto del país era necesario tomar un avión, ya que todo lo que rodea a esta ciudad es “purita selva”. Pero el hecho es que, una vez allí, es cuando conoces que Leticia es una de las ciudades de La Triple Frontera, las otras son Tabatinga (Brasil) y Santa Rosa (Perú). Por este simple detalle ya tiene para el viajero insatisfecho un atractivo especial.
Recuerdo cuando visité Tailandia uno de los activos turísticos que “te vendían” en las agencias de viaje locales era El Triángulo de Oro, que en realidad era el lugar donde confluían tres países, Birmania, Laos y Tailandia. Yo me negué a visitar algo que me parecía propaganda “saca-perras”, prefiriendo ver otras cosas menos vendidas pero no por eso menos atrayentes. Nunca me arrepentí de esa decisión después de las noticias más recientes que me han llegado sobre el lugar: total falta de atractivo.
Pero esa zona conocida como La Triple Frontera, tiene el río Amazonas como divisoria, además de su larga y terrible historia, buenos puntos de apoyo para que se merezca mi particular reconocimiento. Voy a dejar que sea Javier Reverte, quien explique con sus palabras de experto periodista y viajero la particularidad del lugar. Espero sepa perdonarme mi admirado Reverte por esta apropiación de sus conocimientos, tomados de su libro El río de la desolación:
“Y por más que los mapas y las administraciones públicas las separen, estos hombres y mujeres fronterizos que habitan en mitad de una selva que no acepta comunicaciones por tierra con ningún otro lugar, son en el fondo una misma y única población. Da lo mismo que se expresen en dos idiomas y que las matrículas de sus autos sean diferentes y que cuenten billetes de banco con distintas denominaciones. La Triple Frontera es una geografía semejante: tres almas con un mismo cuerpo o tres cuerpos con el mismo corazón. Recuerda a la Santísima Trinidad del credo católico, por aquello de uno en esencia y trino en persona”.
Lo demás, era el río, bestia como un dragón, vasto, grandioso, acogedor, y a la vez fiero con el que le falte al respeto. Sus habitantes lo querían y lo respetaban, aunque también lo contaminasen pero no más que en cualquier otro lugar de este terrible planeta.



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15 de febrero de 2007

La violencia es más cruda en África

En la orilla del lago Malawi había un hotelucho, o casa de huéspedes, que regentaba un australiano joven, rubio como la crema, porrero y, a veces, las más, borracho, huido de la justicia australiana o, al menos, así me dijo. Pero eso sí, desde la amplia terraza de su hotelucho, cargada de mesas y hamacas, se veía en todo su esplendor el inmenso lago por el que hacía unas horas yo había navegado. Las noches se convertían en un intercambio cultural e internacional en este refugio de turistas mochileros. Un sudafricano “partía la pana” con una suiza; un finlandés miraba embelesado a una jovencísima ruandesa, negra brillante como…..como todas las negras, y el australiano, esas noches que estuve, se entendía con dos inglesas, ambas gorditas pero con simpáticas caras. Y más relaciones, y más intercambios culturales…
Los agotadores días de “turisteo” y marchas por los alrededores con el sol abrasador, “un sol de justicia” (qué poco me gusta esta expresión), terminaban habitualmente en una terracita en el centro de la pequeña ciudad ribereña del lago, donde la cerveza era el mejor regalo que uno podía obsequiarse. Desde la terraza, mientras apuntaba en mi diario las actividades de la jornada, presencié algo que me impactó. Un musculoso negro se acercaba corriendo por la calle, seguido de otro más raquítico pero que daba unos gritos que no podía entender. De pronto, un ladrillo (de esos artesanales que no tienen ningún orificio, sólidos y pesados) sale de la mano del raquítico con tal fuerza que impacta en el hombro del perseguido cuando éste pasaba a mi lado, lo que le hace tambalearse a punto de caer. Un segundo pedrusco en las piernas le derriba momentáneamente a pocos pasos delante de mí. Luego, sale corriendo. Todo ocurre en un segundo. El perseguidor desiste de su empeño de alcanzarle y nos mira satisfecho de su logro, como si su instinto depredador hubiera sido colmado. ¡Qué crudeza!. No pude reaccionar, pero tampoco lo hicieron sus congéneres que miraban impasibles la escena. Algunos ni eso, seguían con sus inútiles, pero necesarias labores. La cosa no iba con ellos. La violencia y el sufrimiento se convirtieron en rutina hace mucho tiempo en África y su crudeza les deja neutros, impasibles, críticos silenciosos ¿con quien?, ¿con el agresor o con el agredido?. Desconocía los orígenes de la reyerta, pero la imagen sigue en mi mente cada vez que me acuerdo de África. No he vuelto al negro continente, y aunque tengo ansia de pisarlo, me incomoda imaginar lo que me puedo encontrar. Esas escenas diarias, sin aparente valor e inestabilidad nacional, pero que hay que verlas, vivirlas y sentirlas pues no dejan de ser lejanas para la mente de cualquier europeo que ejerza de viajero insatisfecho.

12 de febrero de 2007

Los años 1992 y 2001 están relacionados


En este breve texto trataré de demostrar que 1992 -año de España (Olimpiadas de Barcelona, Exposición Universal de Sevilla y Madrid, Ciudad Cultural)- tiene algo que ver y está relacionado con el 2001 -año de Estados Unidos (atentado del 11-S en Nueva York y Washington)-.
Era el “año de España” (1992) cuando me fui a Tailandia, en un apasionante viaje mochilero. Nada más llegar a Bangkok, en la recepción del primer hotel cutre donde puse mis pies, conocí a dos navarros, también mochileros, que trataban de entrar, desde allí, en Vietnam y estaban encontrando muchas complicaciones a la hora de conseguir su visado. Fue entonces cuando comenzó mi sueño de viajero insatisfecho de conocer un día Vietnam. Mientras más me hablaban mis colegas mochileros (¡que bien me caen los navarros!) más ganas tenía de viajar a ese país. Y el deseo se cumplió en el “año de Estados Unidos” (2001). ¿hay o no relación entre estos dos años?.
Llegué a Saigón (ahora, Ho Chi Minh) que en mi mente, alienada por películas americanas, tenía un simbolismo raro, distinto y casi contradictorio, pero me encontré una ciudad de mezclas arquitectónicas no muy lejana -dentro de la peculiaridad asiática- de cualquier ciudad, de cualquier país. Se había destrozado el simbolismo, pero comenzaba la admiración hacia un pueblo: el vietnamita. Sonrisa, amabilidad, expresión educada,…, son los tópicos típicos de la gente asiática, pero que en este país se convierten en verdaderos. No siempre ocurre, mi experiencia me hace ser, en este sentido, escéptico.
De Saigón a Hanoi, al norte, todo esencial y maravilloso. “Soy español”, respondía en inglés cuando me preguntaban ¿De dónde eres?. “Ah, Tay ban nha”, respondían. Cara de confusión, porque aunque lo intuía no podía estar seguro de lo que querían decir. Alguien más listo que yo se empeñó en explicármelo: “Tay Ban Nha es España en vietnamita”. Qué bien. Que intuición más acertada la mía.
¡¡Visitad este país, por dios!!.

5 de febrero de 2007

Simpatía tanzana para el viajero

Y yo, en Mwanza (Tanzania), admirando con veneración el lago Victoria desde esta bulliciosa ciudad. Ahora, desde la perspectiva del paso del tiempo, me siento un poco ridículo al recordar que en aquella época (1999) me envolvía una satisfacción viajera ante la visión del histórico lago y, en cierto modo, la emoción. Me sentía allí, en la distancia, como el doctor Livinsgtone o Speke, o quizá como el más temerario Stanley, a quien se le encomendó buscar al primero, perdido hacía años en el inhóspito territorio del continente. “Doctor Livingstone, supongo”, fueron las primeras (y ya famosas) palabras que dijo el aventurero al encontrar al también aventurero, explorador y misionero más famoso de toda África.
Que cómo llegué hasta el lago, pues arrimado a mi mochila viajera después de un largo viaje en tren -por cierto, mejor medio de transporte que el autobus en tierras africanas- desde el otro extremo del país, Dar Es Saalam.
Quería recorrer el lago, sentir la sensación de haber navegado sus aguas y emular al livingstone que tengo, todos tenemos, dentro. Cualquier marinero, como los que describe Arturo Pérez-Reverte en su último libro Corsarios de Levante, se hubiera mofado de mí y me hubiera tachado de “aspirante a marinero de agua dulce”. ¡Que les den!. Yo estaba encantado con el momento y, además, recorrí durante toda la mañana una extensa parte del lago.
Muy cerca del muelle, porque hay un muelle como si fuera un pequeño puerto del Pacífico, destacaban airosas un grupo de rocas (ver fotografía), que a la orilla emergen como prehistóricos menhires en equilibrio raro e inestable. Tuve miedo de acercarme a ellas por si la fatalidad de un fuerte viento conseguía derrumbarlas. Y me preguntaba si Livinsgtone o Stanley habían estado allí admirando el paisaje antes de intentar circunnavegar las aguas, pero, al instante, aparté ese inocente pensamiento. Que los expertos, antropólogos o viajeros, expliquen desde sus investigaciones qué personaje europeo fue el primero en acercarse por allí, y digo europeo, porque los parlantes de swahili eran dueños y señores de esos parajes hace mucho tiempo.
“Malaika, nakupenda malaika” (bonita, te quiero bonita), según la tradicional canción swahili, popularizada hace muchos años por Boney M. A veces, este viajero insatisfecho preguntaba al camarero que le atendía (y todavía recuerda), cómo se decía hola (jambo), o gracias (asanti sana), o ¿cómo estas? (nzuri sana), para corresponder, en swahili, la amabilidad de estas gentes que saludaban al visitante con simpatía.

1 de febrero de 2007

Kapuscinski y Libertalia

Hace unos días murió Ryszard Kapuscinski, y quería dejar constancia de ello. Todas sus obras, sean de donde sean, se leen como si fueran crónicas de la realidad humana de un determinado país. Si miramos el apartado de “Mis libros de viaje” vemos que, en su momento, al menos incluí dos (Ébano y Viajes con Heródoto), pero podrían haber sido cinco o, tal vez, siete. Qué más da, pues todos los que he leído podrían formar parte de este importante apartado, del que, además, faltan muchos, muchísimos otros autores.
¡Al grano, que te vas por las ramas!.
Madagascar es en la literatura de viajes Libertalia, un país imaginario en la mente de Daniel Defoe, pero también es la isla de la biodiversidad y, como consecuencia, un territorio que deberíamos defender a “capa y espada”. Hace algunos años estuve por allí y si soy coherente con lo que pensé en aquellos momentos, tengo que decir que una de las cosas que más me impresionó, además de sus paisajes, fue el observar, durante una eterna noche de viaje en un utilitario coche atestado de locales, la inmensa cantidad de fuegos que se mantenían vivos a lo largo del camino. Se veían a lo lejos, más cerca y al lado del camino. Eso puede destruir en pocos años un país completo, su biodiversidad mermarla hasta convertirla en una retórica de la historia.
El país, bien. Su gente, bien. Su historia, trastornada de invasiones, repoblaciones humanas y piratas. ¿Por qué ningún “kapuscinki” escribe algo sobre ese país?. Tal vez, sin serlo, lo haga yo, viajero insatisfecho.

30 de enero de 2007

En 1994 me perdí en la "Ciudad perdida"

En el macizo de Sierra Nevada, en Colombia, se encuentra la popularmente conocida “Ciudad perdida”, restos de un enclave de la antigua civilización tayrona, hoy convertido en lugar de orgullo colombiano y destino turístico, claro. De difícil acceso por su ubicación lejana, es toda una experiencia aventurera llegar a sus famosas terrazas. Pero la recompensa es grata, si no sucumbes a los impertinentes mosquitos que te atacan sin piedad a lo largo del camino.
Consulto mi diario, de entonces, y leo dentro de mis breves apuntes una frase: “la recompensa es el camino”. Y de pronto, el recuerdo, como graciosa anécdota, de “la última Coca Cola” como llamaba mi guía a hurtadillas a la mujer que nos acoge en su cabaña el primero de los seis días que dura la expedición.
En mi casa aún destaca, entre varios objetos viajeros, el poporo que el kogi Valencio me regaló un amanecer en ese impresionante paraje, todavía a falta de una jornada de camino a la “Ciudad perdida”. El poporo, especie de calabaza hueca, es el “vicio indígena” -según reseña mi diario- que tiene sus orígenes tan lejanos como el propio pueblo, como la propia civilización tayrona, ya desaparecida. Unas conchas de molusco, recogidas cada año en las lejanas aguas del mar Caribe, posteriormente molidas, son colocadas dentro de este particular recipiente. Esa masa blanquecina, que luego mastican mezclada con hojas de coca, sirven al pueblo kogi -descendiente de los tayrona- y también a los arzario -similares en sus ropas a los primeros- de reconstituyente para aguantar las duras jornadas por las selváticas veredas de Sierra Nevada.
Momentos cumbres de la experiencia aventurera: ese constante “sube y baja” por valles y montañas que te alejan del mundo civilizado colombiano y, casi, se convierten en un obstáculo para tu objetivo; esa vereda serpenteante y estrecha que hace frágil al poco iniciado caminante; ese paso del río por un rudimentario puente de troncos y cortezas construido por el pueblo kogi, muy útil para el lugareño y para el turista empecinado en transitar su territorio; ese encuentro inesperado con los primeros niños kogi (ver fotografía) a quienes consigues convencer para que te presten su sonrisa como recuerdo en una instantánea; ese primer poblado indígena que han anunciado, con su presencia, esos niños solitarios; esa breve charla con el chamán mama Lorenzo, hombre difícil y poco comunicativo pero verdadero jefe espiritual para esas gentes que acuden a su destartalada cabaña; esa subida desde el cauce del río por las empinadas escaleras tayrona hacia el soñado destino y, sobre todo, esa visión final de la “Ciudad Perdida” (ver fotografía principal). La meta. Imponente en sus terrazas, pacífica y tranquila en sus imaginarias calles transitadas antaño por aquella civilización tayrona, ahora lejana,.... y triste, como el fin de ese pueblo que la levantó y, obligado, la abandonó.
A modo de disculpa. Acabo de iniciar mi blog y cuento historias, a veces de antaño, pero pronto, pronto, escribiré desde algún país lejano.

27 de enero de 2007

India y Nepal: Iniciación viajera

Eso representa mi primer viaje a la India: la iniciación como viajero. Corría el año 1986 (¡¡cuánto tiempo!!) y me embarqué, como un pardillo, en la mejor experiencia de mi vida.
Cuánto sufrimiento, cuánto miedo y cuánta soledad en aquellos días iniciáticos, que pasaron a ser, con los años, uno de mis mejores viajes: el primero. De huir de mi pueblo, “para no sacar patatas” -como suelo decir a mis amigos- a meterme en el impresionante mundo oriental, con mis temores y mis ansias de conocer, pero con el inconveniente del desconocimiento del idioma y..... la soledad de mi mochila. No hablaba una palabra de inglés y la incomunicación llegaba a puntos extremos, sospechosos, indignates, tal vez, de superación.
Fueron cuarenta y cinco días en los que vi la pura realidad del pueblo hindú en su cruda existencia. Pasé miedo paseando por Chandhi Chowk, de Old Delhi; desconcierto en los viajes del tren; admiración ante el Taj Mahal, en Agra; cierta espiritualidad al presenciar las abluciones en el río Ganges en la ciudad de la muerte, Varanasi o Benarés; mucha ternura al conocer a los shadus (como el de la fotografía) y comprender su abandono de lo material y su dedicación a la oración; confusión al presenciar, a lo lejos, las cremaciones en los ghat del río, y cierto reposo al cruzar la frontera nepalí y recorrer las tranquilas calles del centro de Katmandú. En Pokhara, en las laderas del Annapurna, admiré, al amanecer, lo impresionante que pueden ser las frías, rocosas y blancas cumbres del Himalaya, para eso el jefe del pequeño hotel en que me hospedaba se encargaba de despertarte a las 6 de la mañana, único momento del día en que las nubes dejaban divisar en todo su esplendor la cima.
A la orilla del lago de Pokhara encontré a la primera pareja de españoles, a los que mareé y agobié con mis inmensas ganas de “charleta”, después de aproximadamente un mes sin poder comunicarme en español. Misión cumplida. Mi iniciación viajera había comenzado con éxito. Aires de libertad dentro de mis venas y la mochila, el bien más preciado. Luego vinieron viajes y más viajes de turismo mochilero: Jordania, Turquía, Madagascar, Tailandia, China, Vietnam, Senegal, Tanzania, Malawi, Colombia, Cuba, Trinidad y Tobago, Venezuela, Costa Rica,….. y siempre pensando: misión cumplida, pero siempre......., insatisfecho.

26 de enero de 2007

El futuro laboral: Al carajo


















Todo mi mundo laboral se me fue al carajo hace varios años, y pensé que viajar era una de mis mejores soluciones, pero…. la cuestión monetaria condiciona, y aquí me veis, insatisfecho.
Así me despedía de mis compañeros (alegre, realizado,…con vida) en mi última cena de confraternización:
“
Nunca olvidaré los ratos que he pasado con vosotros. De eso, estoy seguro. Me gustaría decíroslo directamente, y mirándoos a los ojos, pero me resulta muy difícil. Y no es que me asuste lo difícil, lo que ocurre es que para decir exactamente lo que quiero decir necesito la palabra escrita, que siempre es más precisa. Podríais pensar que efectivamente es más precisa, pero menos espontánea. Lo admito, pero no significa que sea menos verdadera, que es lo que al final importa.
Tal vez tengáis curiosidad por saber si el recuerdo de esos momentos es “bueno o malo”. ¡El recuerdo es bueno!. Podría ser más explícito, pero vuestras caras me lo impiden. No puedo engañaros, sin embargo, y deciros que todo ha sido bueno, pues en algún momento ha sido cansado, agotador y, siendo exagerado, extenuante. Pero sólo han sido décimas de segundo. ¿Cómo voy a guardar en mi cabeza esas mínimas décimas?. Las he olvidado, y si las recuerdo ahora es, únicamente, por ser mi despedida.
Si bien no soy capaz de deciros que ha sido una vivencia muy agradable, si soy capaz de escribirlo, porque escrito está. Y lo califico de “vivencia”, porque sé que aún me quedan muchas otras, y todas ellas, sumadas, creo que serán una vida. La mía. Ayer, caminábamos por el mismo sendero, hoy, sentado en un ribazo, os veo pasar. No os agobiéis, no. Guardad vuestras lágrimas para mejores causas. Simplemente, me apetecía deciros lo que he escrito, sin más
”.

















Y me fuí a la búsqueda de un chaman a la selva amazónica, para que me quitara los malos espíritus y averiguara de dónde venía mi enfermedad mochilero-viajera.

25 de enero de 2007

Tengo un sueño
















En Libertalia, paraíso ubicado al sur del más grande océano y a miles y miles de kilómetros del imbécil centro del mundo, los ciudadanos, de común acuerdo, hemos decidido declararnos libres e independientes de todas aquellos poderes, reinos, virreinos, príncipes, ministros, burgueses, millonarios, dirigentes, intelectualísimos, de toda la fauna y flora que conduce y explota al rebaño humano, y liberarnos así de las barreras que impiden la creatividad y la capacidad de soñar de nuestra gente. Para que el futuro cercano, con la potencia creadora como bandera, alcance el camino que nos lleve a las estrellas.
A partir de ahora, voy a vivir en él. A la orilla de un maravilloso río que surge de las montañas de la libertad.... y de ahí, partiré rumbo al mundo, donde las ataduras y barreras no me serán impuestas.
Un............................ HASTA LUEGO.