37007 - Salamanca
Copyright © By Blas F.Tomé 2023
Copyright © By Blas F.Tomé 2023
Luang
Prabang era una
ciudad espectacular, muy turística. Guardaba aún el encanto de antigua colonia
francesa pero poblada de multitud de templos, monasterios y todo tipo de
vestigios budistas. Y monjes, muchos monjes budistas. Se contaban por cientos,
puede que por millares. Monjes madrugadores, para recoger las ofrendas de sus
fieles.
La ciudad, a orillas del río Mekong, rodeaba al templo Phu Si, erigido en lo alto de una pequeña montaña o elevación en cuya ladera crecían árboles y arbustos (De noche, la estupa débilmente iluminada, que coronaba el monte y el templo, parecía flotar sobre la ciudad, que dormía en su base).
La
jornada transcurría para el viajero
insatisfecho entre los paseos y las visitas a la multitud de templos
perdidos en sus calles y callejuelas: Wat Mai Suwannaphumahm, Wat
Ho Pah Bang, Royal Palace, Wat Siang Thong,… y más y
más templos. También, con los recorridos por la parte alta de la ribera del río
Mekong, donde un gran número de cafés y restaurantes animaban al turista a
presenciar el tranquilo transcurrir de sus aguas, y a disfrutar de las maravillosas
puestas de sol, perdido en ese momento entre la vegetación de la orilla
contraria, las palmeras y el verde que lo imprimía todo de color.
Había
muchos sitios en esta ciudad dónde centrar la mirada: en los templos; en las
casas coloniales; en las guesthouse
típicas, aparentemente limpias y muy cuidadas que salpicaban la parte más vieja
de la ciudad; en los puestos callejeros, y en la amabilidad de sus gentes que
no parecían estar hartas de la constante invasión del turismo.
Todos
los días, en las primeras horas de la noche, se montaba un mercadillo variado
de productos locales, de objetos turísticos, de jugos tropicales, de comida. Cientos
y cientos de puestos sobre el suelo, en la calle principal que adquiría el
valor de peatonal. Todo esto se añadía al Night Market que tenía su sitio fijo
en una gran plaza en la base de la montaña central. Se llenaba de puestos, de
mesas, de luces y, en general, de vida. Todo Luang Prabang parecía
cenar en la vía pública y vivir al son que marcaba el extranjero, el foráneo
que buscaba cosas típicas y originales.
Había, además, en los alrededores, sitios que merecían una visita. Unos botes en la ribera del río Mekong, ofertaban recorridos a las cuevas Ban Pat Ou, y varios tuk-tuks, estacionados en los alrededores de Night Market, ofertaban visitas individuales o colectivas a las cataratas de Kuang Si. No era complicado pues llegar a estas cataratas, a unos 30 kilómetros de Luang Prabang. Varios pequeños saltos de agua durante un pequeño recorrido culminaban en una gran catarata principal.
Copyright © By Blas F.Tomé 2023
No entró nadie.
Vang
Vieng era una pequeña ciudad a medio camino entre Vientiane (la capital) y
Luang Prabang (ciudad turística del país), Patrimonio de la Humanidad, por la
UNESCO. En un principio, hace años, Vang Vieng fue un lugar que ocuparon los
mochileros seducidos por los bellos parajes de montañas de piedra caliza y
arrozales, con multitud de cuevas, caminos para explorar y el río Nam Song, con
muchas posibilidades para el baño y otros deportes acuáticos, como el tubing. Con el paso de los años, se
popularizó entre los mochileros y jóvenes que lo convirtieron en
lugar-turístico-de-borrachera. Contra esto el gobierno laosiano había
conseguido luchar, pero aún la ciudad se mantenía y se expandía con multitud de
posibilidades turísticas, mal llamadas “de aventura”: tonterías para que cuatro
jóvenes (muchos coreanos) perdieran el tiempo y se distrajeran en sus
constantes ratos de ocio.
El paisaje merecía la pena. Las bellas y escarpadas montañas contrastaban con la pureza y uniformidad de los arrozales. Tomó una habitación en un tranquilo hotel-guesthouse dispuesto a pasar algún día por la zona. Y así fue. Animado por las panorámicas que desde la terraza de un bar observó nada más llegar, decidió pasar al menos dos días exploratorios. Alquiló una pequeña moto con motorista-guía incluido y recorrió campos de arrozales, subió a miradores y se internó en alguna que otra cueva, de las muchas que por allí había. La mayoría de ellas, rescatadas para su beneficio por el "clero budista". Algunas, en su interior, con altares e imágenes, veneraban a Budha.
En la única ascensión que hizo -por cierto, con mucha ‘trabajina’- se encontró, en lo más alto y entre unos peñascos, una moto anclada a las rocas, a modo de mirador. Hizo varias poses para el recuerdo, pues el sitio y el marco tenían realmente una fotografía.
Vang Vieng era un lugar tranquilo para paseos, para perderse entre arrozales y con posibilidades de tomar cervezas a discreción, en la variedad de sencillos bares y restaurantes por toda el área urbana y, también, alrededores.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
No
sabe realmente qué puede interesar a los viajeros o turistas del Buddha
Park: una serie de esculturas de Buda y otras deidades del hinduismo,
malas, de materiales baratos, relativamente modernas y rodeadas de un jardín
cuidado, pero tampoco espectacular. Una especie de parque de atracciones, pero
sin espectáculos vivos y móviles.
No sabe qué resulta interesante de semejante acopio de figuras y tallas de diferentes tamaños. No sabe, pero fue a visitarlo. Se dejó llevar por otros visitantes que estuvieron antes. Realmente no lo recomendaría. Está a 25 kilómetros de Vientiane, un trayecto que no se le hizo nada largo. Tomó un autobús (cree recordar que era el número 14) en una estación que no recuerda, cerca de Talat Sao, e hizo el trayecto como si fuera un laosiano más.
Una
ostentosa puerta de entrada, en la solicitaban el pago del reglamentario ticket,
daba acceso al recinto. A la derecha según se accedía, todo el conjunto de
estatuas de diversas divinidades del hindú, entre ellas, Visnú, Siva y un gran
Buda reclinado de unos cuarenta metros.
El
paso de los años se mostraba en el deterioro de algunas tallas y de alguno de
los asientos dispuestos allí para la contemplación del recargado espectáculo de
deidades. Deterioro producido, supuso, por las condiciones climatológicas de un
país húmedo y lluvioso. A pesar de las críticas, no consideró perdida la
mañana. Al fondo un recinto de oración, y el río y sus orillas, con algunos campos labrados y
preparados para ser sembrados de arroz.
Ah!
y, por supuesto, un restaurante típico laosiano, donde aprovechó el viajero insatisfecho para libar (sin
ser una abeja) el néctar (o jugo) de un coco natural.
¡Buenísimo!
¡Mal
comienzo!, aunque tenía el convencimiento que todo se arreglaría en el
transcurso de la ruta, de un “camino torcido saldría alguno derecho”, pensó. Ya
de noche en el aeropuerto de la capital, un taxi le llevaría al hotel que tenía
previsto. A la entrada, un cartel en letras góticas le recibía “Wellcome, V(B)iajero Insatisfecho”. Esto
le subió el ánimo.
No era una mega ciudad Vientiane. Según tenía entendido, alrededor de un millón de habitantes.
Un
café y unos huevos fritos a la mañana siguiente le ayudaron a lanzarse a
conocer la ciudad. No sabía dónde estaba situado su hotel ni sabía hacia dónde
tirar, pero el joven y simpático recepcionista le dio alguna pista. Con su
mochila azul a la espalda, la fotocopia de un pequeño plano del centro, donde
señalaba el hotel, y la experiencia viajera (o lo que es lo mismo, sin miedo a perderse)
se aventuró a conocer al menos el centro de la ciudad. No era excesivamente
agobiante el tráfico, tampoco la gente, ni el ruido y el bullicio, lo que
facilitaba, y mucho, la relajación de los trayectos. Ahora, perdónenle,
comenzarán una serie de nombres de difícil comprensión. Disculpad a este
mochilero, pues se verá obligado a citarlos tal y como aparecían en los
carteles o en el plano de la ciudad. Callejeó por avenidas relativamente
amplias y aterrizó en Ho Phra Keo, un gran templo dorado y
rojizo -enclavado en medio de un jardín- muy decorado y recién pintado. Luego
se daría cuenta de que los templos, en la mayoría del territorio laosiano, son
dorados en exceso y recargados en decoración. Varios budas rodeaban el templo,
sentados en su más famosa posición, bhumisparsha,
con la mano derecha apoyada sobre la rodilla y con los dedos apuntando hacia el
suelo. La mano izquierda descansa sobre el regazo con la palma hacia arriba. Le
dedicó mucho tiempo a ese primer templo, luego iría perdiendo minuciosidad al
observar los detalles y realizaría visitas más rápidas.
Enfrente, estaba Wat Si Saket, el templo más antiguo de la ciudad. Tenía un claustro alrededor lleno de budas y nichos, con más budas pequeños a su vez, de aspecto antiguo y polvoriento.
De
allí, la visita obligada a Patuxai, el arco de triunfo de la
capital. Era grandioso, una mole cilíndrica con cuatro arcos. En el centro de
los arcos una cúpula azul, adornada con motivos hindúes, y un mercadillo a sus
pies. Le llamó la atención este mercadillo donde vendían artículos de todo
tipo. Bebida, también. Hacía un sol chillón, picante y abrasador. Cualquier
sombra, la sombra que daba aquel arco de triunfo era bien recibida.
Iría
a más y más templos en Vientiane. Entre otros, a Pha That Luang (una enorme
estupa dorada). A la entrada, la escultura del rey Setthathirath, fundador de
Vientiane.
Un día agotador de templos, caminatas y calor.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
El
viajero insatisfecho conoce toda Indochina excepto este pequeño país, en el
centro de la región. Si en un corto periodo de tiempo en su historia hubiera que
destacar algo del país serían los bombardeos aéreos perpetrados por Estados
Unidos, durante la guerra de Vietnam, con la intención de eliminar las bases norvietnamitas en este país e
interrumpir las líneas de abastecimiento en el llamado “sendero Ho Chi Minh”.
¿Qué
encontrará en la visita? Seguro que pagodas, templos budistas, alguna etnia
singular y laosianos labrando su subsistencia en las grandes extensiones de
arrozales. No es poco.
¿Qué
buscará? Relax, vivir una vida diferente o singular, y contar las coincidencias
con otros países visitados.
¿Qué
llevará? Su mochila y la mente abierta. ¡Ah!, y dinerito, tarjeta bancaria y
números clave.
¿Cuánto
tiempo necesitará? No sabe, no contesta.
¿Qué
comerá? Lo que viere por allí.
La
mejor opción que encontró para que la estancia en aquella plaza no pasara
desapercibida en su currículo viajero fue visitar el Parque Nacional Mburo, a
unos kilómetros de la ciudad. Las visitas a los parques nacionales siempre son
caras y ésta no era distinta. Además, contando con que la excursioncita era en solitario para este mochilero, lo era aún más.
Pero merecería la pena. Eran los últimos dineros del viaje a Ruanda y Uganda y
no era cuestión de tirarse para atrás. Sabía también que tendría opciones de
hacer un recorrido a pie por las praderas del parque lo que le agradaba y animaba.
Le recogieron temprano en el hotel. Aún era de noche. Mejor era llegar pronto para ver, en las primeras horas de la mañana, cómo los animales pastaban en su extenso bosque y grandes praderas. Así fue. La entrada al parque fue al poco de amanecer. En la puerta de acceso, un guía con fusil en mano se incorporó al Land Rover y una joven, que supuso fuera amiga de algún guarda, se unió también gratis al trayecto. No importaba, así iba acompañado por una joven dama.
El
paseo, entre jirafas, jabalís verrugosos, cebras, búfalos, impalas y otros animales fue
una verdadera delicia. Pasear entre aquellas esbeltas jirafas, decenas, fue una
inolvidable experiencia por las sensaciones de libertad que imprimía aquel
ambiente salvaje y natural.
El
simpático guía que acompañaba a la –ahora- pareja de turistas iba normalmente
primero en la fila, observando cualquier incidencia y dirigiendo los pasos.
Entre otras cosas, explicaría que en aquel territorio únicamente había animales
salvajes herbívoros lo que facilitaba el paseo a pie. Solamente un león habitaba
en aquel parque, pero sería muy difícil o imposible de ver. No obstante, era
necesario tener las precauciones mínimas para evitar sorpresas.
Después
del paseo a pie, sin la presencia de la joven dama que se bajó en la entrada,
el conductor guía circuló despacio por los caminos y veredas de aquel extenso
territorio y el mochilero pudo observar todo tipo de animales salvajes y
libres. El trayecto finalizó a orillas de un gran lago, lleno de hipopótamos
que resoplaban cerca de la orilla sin parar.
Relajada y agradable visita.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
La
parada en la ciudad de Muhanga/Gitarama fue imprevista y únicamente para curiosear lento y visitar
la zona, ¿habría algo interesante? Nada especial que hacer y nada especial en
sí misma como ciudad céntrica del territorio ruandés, pero no se debía desperdiciar
nada en estas visitas mochileras. Por un motivo u otro podían sorprender. ¿Necesario
para emprender un recorrido?: Mente abierta y decidida, nada mejor que dejarse
fascinar por lo imprevisible.
Desde donde se hospedaba, con una moto-taxi se acercó a conocer la Catedral de Nuestra Señora (Cathedral of Our Lady, decía el libro-guía). Nada singular, pero esta construcción de ladrillo visto se parecía mucho al edificio religioso de Butare, aunque más estilizado y moderno. Al lado tenía uno de los muchos hoteles llevados por comunidades religiosas, pero éste sí fuera de su presupuesto: más caro y moderno que los utilizados en otras ciudades. Entró dentro de la catedral, sacó unas fotos y desde allí, una vez descendido por el cementerio inclinado, ubicado en una ladera, se acercó a los campos de arroz cercanos a admirar el verde intenso que en aquel momento lucían. Habló con una joven local, vestida de un rojo intenso, que circulaba en su misma dirección, receptiva a los comentarios intranscendentes, a las sugerencias picantes y a los amagos de entablar un mayor conocimiento personal. Todo se diluyó con los pasos precipitados de la joven que tenía sus compromisos sociales cerrados, pero la charla motivó risas y entretenimiento a ambos caminantes.
Paseos, largos paseos sin rumbo, uno de los grandes placeres. Las cosas importantes, si las hubiera, siempre podían esperar. Y en esta ciudad, nada parecía tener un contenido sensacional. Una sala de artesanía que pretendió visitar luego, estaba cerrada por falta de afluencia, aunque se mostraron dispuestos a abrir más tarde para enseñársela a este mochilero. No fue preciso.
Al día siguiente se iría, con la satisfacción de haber conocido otro lugar ruandés. Otro rincón de vida.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
Kigali
entraba en su mente con buenas impresiones y melodías. Una ciudad tan grande y africana
parecía ser organizada, limpia, sin dejar de ser bulliciosa ni abandonar el
ruido permanente, a veces, molesto. Pero Kigali tenía algo que la hacía
atractiva. Se extendía por numerosas colinas y valles, pero la conexión entre
unos y otros estaba más o menos organizada, con focos desaliñados, pero los
menos. No era Paris o Ámsterdam, llenas de conexiones y nudos de carreteras, pero
tampoco era Kampala, un desastre de ciudad. Kigali era una ciudad relativamente
pequeña y modesta, pero con un aura de verdadera joya africana. No ha
consultado a otros bloggers, pero le
da la impresión de que cualquier europeo que conozca África y visite ciudades
africanas, encontrará en Kigali algo de reposo y cierto gancho.
Encontró un aposento muy cerca del centro nada despreciable. Lo recomienda. Tuvo que explorar la plataforma Booking para localizarlo, pero mereció la pena. Un chalet tranquilo, nuevo, bien llevado y limpio.
Los
moto-taxis, como en el resto de país, eran una manera sencilla, barata y
¿segura?, de visitar los diferentes barrios o lugares de interés. Uno de estos
le llevó al Memorial del Genocidio de Kigali, un museo que transportaba al
visitante al año 1994 cuando cerca de un millón de tutsis fueron masacrados por sus hermanos hutus. El Memorial era como un testigo silencioso de un pasado que
los ruandeses se han juramentado no repetir. Los mensajes que se escuchaban
siempre hablaban de un solo pueblo ruandés, sin diferencias de razas o estatus
social. Era un lugar solemne, sin duda. La llama eterna allí encendida en lo
alto, divisando todo Kigali. El sitio donde se encontraban los restos de los
asesinados. Recorrer aquellos jardines llenos de símbolos y leer los nombres de
las personas fallecidas en el muro del Memorial sobrecogía y era, a la vez, intimista.
Luego, búsqueda de una librería para satisfacer curiosidades; paseos por el centro moderno y comercial, y recorridos radiales para disfrutar de la vegetación o el jolgorio urbanos. Una ciudad tiene esas actividades tan poco sugerentes, pero necesarias. ¿Algún museo? No. Los museos africanos tienen poco contenido o, al menos, este mochilero, no los encuentra interesantes. Había visitado el de Kampala (Uganda): pobre, desatendido y simplón.
Una vez conocido un poco Kigali, un autobús le transportó a Gatuna Border, rumbo de nuevo a Uganda.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
Dejó
los bártulos en una sencilla pero bonita habitación (el hotel estaba en una
tranquila zona residencial) y se dirigió al centro, situado a varios cientos de
metros. Un centro popular, bullicioso y ambientado como lo son en todas las
ciudades ruandesas o, mejor aún, todas las ciudades africanas.
Huye tenía fama de ser la ciudad universitaria más importante de Ruanda y -o porque sabía de esta característica o porque era palpable- si observó más ambiente joven que en otros lugares. Se acercó a la catedral, se veía inmensa a lo lejos, y se la encontró cerrada. Era la catedral católica, construida en memoria de la Princesa belga Astrid, en 1930, al parecer, muy querida entonces por los ruandeses. No cree que tanto ahora. En todo caso una gran catedral, con un cartel a la entrada “Diocese catholique de Butare”, muy bien construida, toda ella de ladrillo visto y con una gran extensión de jardines y explanada a la entrada.
Al
día siguiente, después de una tranquila noche de descanso, pretendía visitar
los alrededores de la ciudad, pero cuando, a primera hora de la mañana,
preguntó al recepcionista por esta posibilidad, le dijo que la ciudad estaba
paralizada en su actividad. Era 7 de abril, y todas las ciudades de Ruanda se
paraban para celebrar el 28 aniversario del genocidio ruandés (“Kwibuka 28. Kwibuka twiyubaika”, decían
los carteles en el idioma local, el kinyarwanda).
Para
cerciorarme de ello, salí del hotel y, como la tarde anterior, me dirigí esa
mañana al centro: vacío, solitario, cerrado... Las tiendas, el restaurante del
Motel du Mont Huye y el restaurante donde había comido el día anterior, cerrados.
Nadie en la calle. Se cruzó con dos patrullas policiales y, aunque le miraron,
no le impidieron pasear.
Recuerden, viajeros, el 7 de abril en Ruanda todo se paraliza. El presidente Kagame y la sociedad ruandesa celebran su día de recuerdo, su festividad nacional. La primera vez que el mochilero veía una ciudad africana silenciosa y vacía. La primera vez en vivir esa experiencia.
Huye pasará a ser, en el imaginario viajero, la ciudad más tranquila del territorio ruandés.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
La
ciudad de Rusizi (Cyangugu) no era muy espectacular. A solo unos dos kilómetros
de Kamembe, era una especie de distrito fronterizo, que tenía un bello y caro
hotel (Emeraude Kivu Resort) a
orillas del lago Kivu —lo sabe, porque fue hasta allí a buscar buena wifi para
conectarse mejor— y poco más. Durante el genocidio fue una de las poblaciones,
después de Karongi/Kibuye, más castigadas, donde multitud de tutsis fueron
asesinados y exterminados.
En
Kamembe había nacido Mutara III, penúltimo rey de Ruanda, de ahí su pretendida fama. Entre las
dos ciudades Kamembe-Rusizi era muy fácil moverse con los taxi-motos habituales
en todo Ruanda.
Uno de estos servicios los utilizó también para moverse por los alrededores. En concreto, para ir las aguas termales de Bugarama, a unos 60 kilómetros de Rusizi, muy cerca de la frontera con Burundi. Un largo trayecto para ver algo ridículo: un charco abandonado, pero de agua caliente, con cuatro locales allí retozando como “sirenas en champán”. Ningún interés, aunque el paseo en moto fue de lo más relajante y pasado por agua. Ya en Bugarama, comenzó a caer una lluvia espesa africana que calaba la ropa y llegaba fresca a los huesos, pero gratificante a la vez. Cuando más fuerte caía, se refugiaron en unos soportales de una casa a orillas de la carretera. Cuando escampó, de nuevo en marcha.
Hizo un intento por visitar dos islas del lago Kivu, Gihaya y Nkombo, pero los barcos eran “de línea” y tuvo problemas para alquilarlos en plan solitario. En formato “de línea”, no regresaban en el mismo día a Rusizi.
Fin de la aventura en Rusizi. De allí partiría a la ciudad de Huye (anteriormente, Butare).
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
Mutara III de Ruanda, nacido en Kamembe,
cerca de Cyangugu, en 1911, murió en 1959. Fue el penúltimo gobernante del
reino de Ruanda. Primer mwami (rey,
en kinyarwanda, idioma local del
país) convertido a la religión cristiana, su nombre bautizado fue Charles
Pierre Léon Rudahigwa. Tuvo su centro de operaciones de reinado en Nyanza, una
ciudad y extensa área del actual centro de Ruanda.
En esta ciudad tenía su palacio,
actualmente convertido en museo (Rukari King’s Palace Museum). Hasta
allí se acercó, con el fin de conocer algo, muy poco, del último estertor de
los reyes tradicionales ruandeses. Sin duda, Mutara III, hombre extremadamente
alto, según pudo comprobar en alguna de las fotografías que figuraban en el
museo, fue uno de los reyes más famosos de Ruanda. Más internacional y, quizás,
más querido. A su muerte (1959), su hermano menor fue elegido rey con el nombre
de Kigeli V, pero únicamente reinó dos años, hasta que se abolió la monarquía.
Cuando llegó a Nyanza, el viajero insatisfecho se propuso visitar el palacio/museo, en una de las colinas de los alrededores, donde se
ubicaba el palacio moderno del rey Mutara III, construido en 1931 y ocupado por
el rey hasta su fallecimiento, en 1959. Allí mismo, al constituirse como museo
(2008), reprodujeron la tradicional vivienda ruandesa de los reyes (el palacio
antiguo) con materiales también tradicionales. Este palacio antiguo contenía la
casa/cabaña principal que era sala, comedor y dormitorio, con una cama de
proporciones exageradas, y otras dos casas/cabaña, una de ellas despensa para
guardar bebidas.
El palacio moderno era un coqueto
edificio, de líneas europeas de la época, con varias salas en línea recta:
dormitorio, cuarto de baño, despacho, sala de recepción para autoridades
locales o sala de recepción para autoridades extranjeras.
En otra de las colinas, aproximadamente
a unos dos kilómetros, estaban enterrados tanto el rey Mutara III, su mujer, como
el sucesor, el rey Kigeli V. También, visitó el lugar. Un recinto cerrado con
esas tres tumbas. Entre ambas colinas, casas de labriegos, campos de cultivo,
niños mirones, alegres y pedigüeños, y señoras en sus labores hogareñas.
Fue un día de visitas, paseos, y de
escucha de explicaciones sobre ambos palacios del simpático guía que le
acompañó en el museo, no en el recinto funerario. Hasta éste último, llegó
andando y tuvo que aporrear la verja para que el vago vigilante le permitiera
el acceso.
Con las fotos, es posible que el lector pueda comprender mejor el lío de palacios, cabañas, colinas y tradiciones.
Copyright © By Blas F.Tomé 2022
Cerca
de aquella ciudad, a unos 40 kilómetros, el salto de agua de Ndaba (Les Chutes de Ndaba) parecía un buen
lugar para visitar, utilizando los servicios de los siempre útiles moto-taxis.
Desayunó en el Centre d’Accueil Sainte
Marie, donde se hospedaba, y salió a la caza de un moto-taxi con el que negociar
y poder realizar la visita. Se encontró a Celestin, un joven motorista que con
simpatía se ofreció a llevarle. Negoció el precio y partieron, sin más, hacia
la aventura. Celestin calculaba aproximadamente unas cuatro horas entre el
trayecto de ida, por caminos secundarios y lentos, pero donde podría ver lo más
rural de la zona, la visita y la vuelta, por carretera asfaltada y rápida.
Luego serían más.
En la ida, le llevó en principio por un camino entre plantaciones de plátanos, pequeñas casas aisladas y cafetales. El productivo campo ruandés se apreciaba en cada kilómetro recorrido. El verde de las pequeñas montañas y valles era un permanente atractivo. Nada más comenzar, un grupo de hombres y mujeres picaban piedras a base de martillazos. Sentados a la orilla del camino, cada picapedrero tenía a su lado dos montones: de un lado las piedras grandes, y del otro, las pequeñas piedras resultantes. Duro trabajo. El viajero tuvo que actuar rápido para sacar una fotografía que ellos negaban con manos, gritos y amenazas. Dura tarea la de sacar fotos a personas anónimas, aun rogando su permiso. Estaban en su derecho.
A
la orilla de un pequeño río, extensiones de campos de patatas y por la ribera
más empinada plantaciones de té. ¡Qué bonito paisaje uniforme y verde generaban
estas plantaciones! Durante varios kilómetros, el té sería protagonista de
valles y de suaves lomas cultivadas.
Celestin dejó su moto aparcada al lado de la carretera. Para acceder al salto de agua de Ndaba, era necesario tomar una empinada senda descendente entre eucaliptos hasta llegar a la parte baja. Nada espectacular, pero gratificante estar allí después de lo visitado. En los viajes no siempre lo importante es la meta, sino lo reseñable es el camino. A los pies del salto, una vieja y semidestruida conducción artificial de aguas, acequias de regadío para fincas lejanas. Unas bonitas fotos de recuerdo, con el impresionante sonido del agua que producía el salto, y regreso a Karongi.
En este trayecto, se paró a fotografiar un sencillo secadero de sorgo y probó su cerveza artesanal, reparó en unos trabajadores de un vivero de plantas, y visitó una factoría artesana de café, donde un numeroso grupo de mujeres trabajaban en la selección del producto durante su secado, eliminando granos defectuosos y removiendo el café para su correcto secado.
El viajero insatisfecho se quedó con ganas de “saborear” una explotación de nueces macadamia que Celestin sugería, pero estaba al otro extremo de Karongi. Hubiera sido necesaria una nueva ruta.
Para quien lo desconozca, la nuez de macadamia es un fruto seco considerado gourmet, por su delicado sabor y suave textura, y por su pequeña producción en comparación con otras especies. El árbol, además, tarda varios años en ser productivo. Estas nueces solo pueden cosecharse un par de veces al año. Su gruesa cáscara, a menudo eliminada antes de su venta, dificulta el distinguir las nueces maduras de las inmaduras, lo que hace que el proceso de recolección sea más artesano y caro. Es una fuente de proteínas, además de un alimento que dotará de una importante cantidad de vitaminas.
VÍDEO
Copyright © By Blas F.Tomé 2022