5 de enero de 2023

Fakaha. Los pintores del bosque de Pablo Picasso


SINOPSIS

En un reciente viaje que el autor realiza a Costa de Marfil, visita el pueblo de Fakaha, una población perdida en la sabana boscosa del norte del país. Allí se encuentra un cuadro, supuestamente pintado por Pablo Picasso a su paso por esta localidad, a finales de los años sesenta del siglo pasado. Las gentes de Fakaha, según algunos inverosímiles testimonios y el documento acreditativo adosado al viejo lienzo, fueron testigos de la llegada de aquel hombre blanco, viejo, descamisado y descalzo. Allí dejó –ahora, expuesto entre todas las telas- un ingenioso lienzo salido de su imaginación, sus manos y sus pinceles.
El autor comienza aquí la construcción del relato de aquel idílico e improbable viaje de Pablo Picasso a tierras africanas, en 1968, a punto de cumplir 87 años. Este libro es una interpretación imaginaria de aquel viaje del artista en busca de la realidad mística y mítica de las máscaras africanas, elementos claves en ciertos momentos en la evolución de su pintura. A través de las páginas, que reconstruyen el trayecto de Picasso realizado por el país en aquellos difíciles años, y de los capítulos en los que el propio pintor expone diferentes hechos en ciertas etapas de su vida, el autor profundiza en la visión trascendental del creador, sus obsesiones pictóricas, su evolución artística y hace, en fin, un singular repaso a la vida del pintor malagueño.
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Muñoz Torrero, 1
37007 - Salamanca

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1 de enero de 2023

Luang Prabang, ciudad Patrimonio de la Humanidad / Laos


Museo del Palacio Real

El trayecto de Vang Vieng a Luang Prabang, en un minibús repleto de pasajeros, fue toda una aventura de baches, saltos y sobresaltos. Un gran derrumbe de tierras en la carretera -atravesaba ésta una zona montañosa- hizo que a la duración del viaje se añadieran tres horas: la espera para sobrepasar con tranquilidad aquel inconveniente. Fue necesaria la intervención de una gran máquina con pala para limpiar el terreno y arrastrar a los vehículos hasta cruzar el trecho de zona afectada. Llegaron a Luang Prabang ya entrada la noche cuando lo previsto había sido alcanzar la ciudad con la claridad de media tarde.

Luang Prabang era una ciudad espectacular, muy turística. Guardaba aún el encanto de antigua colonia francesa pero poblada de multitud de templos, monasterios y todo tipo de vestigios budistas. Y monjes, muchos monjes budistas. Se contaban por cientos, puede que por millares. Monjes madrugadores, para recoger las ofrendas de sus fieles.

La ciudad, a orillas del río Mekong, rodeaba al templo Phu Si, erigido en lo alto de una pequeña montaña o elevación en cuya ladera crecían árboles y arbustos (De noche, la estupa débilmente iluminada, que coronaba el monte y el templo, parecía flotar sobre la ciudad, que dormía en su base).


Jóvenes monjes budistas preparando adornos


Templo, con la naga preparada para el desfile nocturno

La jornada transcurría para el viajero insatisfecho entre los paseos y las visitas a la multitud de templos perdidos en sus calles y callejuelas: Wat Mai Suwannaphumahm, Wat Ho Pah Bang, Royal Palace, Wat Siang Thong,… y más y más templos. También, con los recorridos por la parte alta de la ribera del río Mekong, donde un gran número de cafés y restaurantes animaban al turista a presenciar el tranquilo transcurrir de sus aguas, y a disfrutar de las maravillosas puestas de sol, perdido en ese momento entre la vegetación de la orilla contraria, las palmeras y el verde que lo imprimía todo de color.

Había muchos sitios en esta ciudad dónde centrar la mirada: en los templos; en las casas coloniales; en las guesthouse típicas, aparentemente limpias y muy cuidadas que salpicaban la parte más vieja de la ciudad; en los puestos callejeros, y en la amabilidad de sus gentes que no parecían estar hartas de la constante invasión del turismo.

Todos los días, en las primeras horas de la noche, se montaba un mercadillo variado de productos locales, de objetos turísticos, de jugos tropicales, de comida. Cientos y cientos de puestos sobre el suelo, en la calle principal que adquiría el valor de peatonal. Todo esto se añadía al Night Market que tenía su sitio fijo en una gran plaza en la base de la montaña central. Se llenaba de puestos, de mesas, de luces y, en general, de vida. Todo Luang Prabang parecía cenar en la vía pública y vivir al son que marcaba el extranjero, el foráneo que buscaba cosas típicas y originales.


Templos iluminados el día antes del Festival de la Luz

Una de las noches -recuerda que fueron tres- se celebró el Festival de la Luz o Barcas de fuego, de gran colorido, luces, carrozas de dragones o serpientes y gente alrededor. Una celebración local y tradicional, desvirtuada en los últimos años por la multitud de turistas, aunque aún mantenía cierta autenticidad. Una procesión de grandes barcas, repletas de velas encendidas y recubiertas con papel de colores sobre una estructura de bambú formando grandes serpientes luminosas: las nagas, diosas de las aguas. Estas grandes nagas iluminadas avanzaban por la calle principal hasta el principal monasterio de la ciudad, el Vat Siang Thong. Por un antiguo embarcadero real descendían hasta las aguas del río Mekong, donde las barcas eran liberadas creando un espectáculo precioso.

Una de las nagas en el desfile del Festival de la Luz

Había, además, en los alrededores, sitios que merecían una visita. Unos botes en la ribera del río Mekong, ofertaban recorridos a las cuevas Ban Pat Ou, y varios tuk-tuks, estacionados en los alrededores de Night Market, ofertaban visitas individuales o colectivas a las cataratas de Kuang Si. No era complicado pues llegar a estas cataratas, a unos 30 kilómetros de Luang Prabang. Varios pequeños saltos de agua durante un pequeño recorrido culminaban en una gran catarata principal.


Cataratas de Kuang Si


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15 de diciembre de 2022

Vang Vieng / Laos: paisaje y mochileros


Ante una cerveza, observando los alrededores, desde Vang Vieng

Llovía cuando el minibús llegaba a Vang Vieng, segunda etapa del recorrido laosiano. Hacía su parada final en un gran descampado vacío, frente a un hotel. Como el minibús venía cargado de jóvenes -y no tan jóvenes- mochileros, la estrategia de la parada no ofrecía dudas: propiciaba que alguno de los ocupantes del vehículo decidiera entrar en el hotel, y aquel día más, animado por la intensa lluvia.

No entró nadie.


Río Nam Song

Vang Vieng era una pequeña ciudad a medio camino entre Vientiane (la capital) y Luang Prabang (ciudad turística del país), Patrimonio de la Humanidad, por la UNESCO. En un principio, hace años, Vang Vieng fue un lugar que ocuparon los mochileros seducidos por los bellos parajes de montañas de piedra caliza y arrozales, con multitud de cuevas, caminos para explorar y el río Nam Song, con muchas posibilidades para el baño y otros deportes acuáticos, como el tubing. Con el paso de los años, se popularizó entre los mochileros y jóvenes que lo convirtieron en lugar-turístico-de-borrachera. Contra esto el gobierno laosiano había conseguido luchar, pero aún la ciudad se mantenía y se expandía con multitud de posibilidades turísticas, mal llamadas “de aventura”: tonterías para que cuatro jóvenes (muchos coreanos) perdieran el tiempo y se distrajeran en sus constantes ratos de ocio.

El paisaje merecía la pena. Las bellas y escarpadas montañas contrastaban con la pureza y uniformidad de los arrozales. Tomó una habitación en un tranquilo hotel-guesthouse dispuesto a pasar algún día por la zona. Y así fue. Animado por las panorámicas que desde la terraza de un bar observó nada más llegar, decidió pasar al menos dos días exploratorios. Alquiló una pequeña moto con motorista-guía incluido y recorrió campos de arrozales, subió a miradores y se internó en alguna que otra cueva, de las muchas que por allí había. La mayoría de ellas, rescatadas para su beneficio por el "clero budista". Algunas, en su interior, con altares e imágenes, veneraban a Budha.


En el mirador

En la única ascensión que hizo -por cierto, con mucha ‘trabajina’- se encontró, en lo más alto y entre unos peñascos, una moto anclada a las rocas, a modo de mirador. Hizo varias poses para el recuerdo, pues el sitio y el marco tenían realmente una fotografía.

Vang Vieng era un lugar tranquilo para paseos, para perderse entre arrozales y con posibilidades de tomar cervezas a discreción, en la variedad de sencillos bares y restaurantes por toda el área urbana y, también, alrededores.


Budha reclinado, en el interior de la cueva

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3 de diciembre de 2022

Buddha Park


Entrada al Buddha Park

No sabe realmente qué puede interesar a los viajeros o turistas del Buddha Park: una serie de esculturas de Buda y otras deidades del hinduismo, malas, de materiales baratos, relativamente modernas y rodeadas de un jardín cuidado, pero tampoco espectacular. Una especie de parque de atracciones, pero sin espectáculos vivos y móviles.

No sabe qué resulta interesante de semejante acopio de figuras y tallas de diferentes tamaños. No sabe, pero fue a visitarlo. Se dejó llevar por otros visitantes que estuvieron antes. Realmente no lo recomendaría. Está a 25 kilómetros de Vientiane, un trayecto que no se le hizo nada largo. Tomó un autobús (cree recordar que era el número 14) en una estación que no recuerda, cerca de Talat Sao, e hizo el trayecto como si fuera un laosiano más.


Buda reclinado

Una ostentosa puerta de entrada, en la solicitaban el pago del reglamentario ticket, daba acceso al recinto. A la derecha según se accedía, todo el conjunto de estatuas de diversas divinidades del hindú, entre ellas, Visnú, Siva y un gran Buda reclinado de unos cuarenta metros.

El paso de los años se mostraba en el deterioro de algunas tallas y de alguno de los asientos dispuestos allí para la contemplación del recargado espectáculo de deidades. Deterioro producido, supuso, por las condiciones climatológicas de un país húmedo y lluvioso. A pesar de las críticas, no consideró perdida la mañana. Al fondo un recinto de oración, y el río y sus orillas, con algunos campos labrados y preparados para ser sembrados de arroz.

Ah! y, por supuesto, un restaurante típico laosiano, donde aprovechó el viajero insatisfecho para libar (sin ser una abeja) el néctar (o jugo) de un coco natural.

¡Buenísimo!




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22 de noviembre de 2022

Entrada en Laos


Ho Phra Keo

Llegó a la capital de Laos, Vientiane, con varias horas de retraso. No consiguió enlazar en Bangkok y tuvo que sacar a relucir su tarjeta para conseguir un nuevo billete, ocho horas más tarde.

¡Mal comienzo!, aunque tenía el convencimiento que todo se arreglaría en el transcurso de la ruta, de un “camino torcido saldría alguno derecho”, pensó. Ya de noche en el aeropuerto de la capital, un taxi le llevaría al hotel que tenía previsto. A la entrada, un cartel en letras góticas le recibía “Wellcome, V(B)iajero Insatisfecho”. Esto le subió el ánimo.

No era una mega ciudad Vientiane. Según tenía entendido, alrededor de un millón de habitantes.


Claustro de Wat Si Saket

Un café y unos huevos fritos a la mañana siguiente le ayudaron a lanzarse a conocer la ciudad. No sabía dónde estaba situado su hotel ni sabía hacia dónde tirar, pero el joven y simpático recepcionista le dio alguna pista. Con su mochila azul a la espalda, la fotocopia de un pequeño plano del centro, donde señalaba el hotel, y la experiencia viajera (o lo que es lo mismo, sin miedo a perderse) se aventuró a conocer al menos el centro de la ciudad. No era excesivamente agobiante el tráfico, tampoco la gente, ni el ruido y el bullicio, lo que facilitaba, y mucho, la relajación de los trayectos. Ahora, perdónenle, comenzarán una serie de nombres de difícil comprensión. Disculpad a este mochilero, pues se verá obligado a citarlos tal y como aparecían en los carteles o en el plano de la ciudad. Callejeó por avenidas relativamente amplias y aterrizó en Ho Phra Keo, un gran templo dorado y rojizo -enclavado en medio de un jardín- muy decorado y recién pintado. Luego se daría cuenta de que los templos, en la mayoría del territorio laosiano, son dorados en exceso y recargados en decoración. Varios budas rodeaban el templo, sentados en su más famosa posición, bhumisparsha, con la mano derecha apoyada sobre la rodilla y con los dedos apuntando hacia el suelo. La mano izquierda descansa sobre el regazo con la palma hacia arriba. Le dedicó mucho tiempo a ese primer templo, luego iría perdiendo minuciosidad al observar los detalles y realizaría visitas más rápidas.

Enfrente, estaba Wat Si Saket, el templo más antiguo de la ciudad. Tenía un claustro alrededor lleno de budas y nichos, con más budas pequeños a su vez, de aspecto antiguo y polvoriento.


Patuxai, arco de triunfo

De allí, la visita obligada a Patuxai, el arco de triunfo de la capital. Era grandioso, una mole cilíndrica con cuatro arcos. En el centro de los arcos una cúpula azul, adornada con motivos hindúes, y un mercadillo a sus pies. Le llamó la atención este mercadillo donde vendían artículos de todo tipo. Bebida, también. Hacía un sol chillón, picante y abrasador. Cualquier sombra, la sombra que daba aquel arco de triunfo era bien recibida.

Iría a más y más templos en Vientiane. Entre otros, a Pha That Luang (una enorme estupa dorada). A la entrada, la escultura del rey Setthathirath, fundador de Vientiane.

Un día agotador de templos, caminatas y calor.


Pha That Luang, al fondo

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2 de octubre de 2022

Laos


Mapa

Sin duda, Laos era una deuda pendiente.

El viajero insatisfecho conoce toda Indochina excepto este pequeño país, en el centro de la región. Si en un corto periodo de tiempo en su historia hubiera que destacar algo del país serían los bombardeos aéreos perpetrados por Estados Unidos, durante la guerra de Vietnam, con la intención de eliminar las bases norvietnamitas en este país e interrumpir las líneas de abastecimiento en el llamado “sendero Ho Chi Minh”.

¿Qué encontrará en la visita? Seguro que pagodas, templos budistas, alguna etnia singular y laosianos labrando su subsistencia en las grandes extensiones de arrozales. No es poco.

¿Qué buscará? Relax, vivir una vida diferente o singular, y contar las coincidencias con otros países visitados.

¿Qué llevará? Su mochila y la mente abierta. ¡Ah!, y dinerito, tarjeta bancaria y números clave.

¿Cuánto tiempo necesitará? No sabe, no contesta.

¿Qué comerá? Lo que viere por allí.

¿Planes? Ninguno.

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10 de septiembre de 2022

Parque Nacional Mburo / Uganda


Entrada al P.N. Mburo

Parada en la ciudad de Mbarara, Uganda. Hacía dos días que había atravesado la frontera desde Ruanda y le sobraban otros dos para tomar el vuelo de regreso a España. Mbarara era una urbe africana y ruidosa, cruce de carreteras hacia direcciones varias en Uganda. Ruidosa, bulliciosa y loca. No cree que el viajero insatisfecho pudiera estar allí mucho tiempo. Para la estancia nocturna, había elegido un hotel-residencia de estudiantes universitarios, pero con un ala de habitaciones para alquiler de viajeros, o comerciantes, o lo que dios quiera que parara por allí. Rodeado de extensos jardines, con un escaso, pero agradable, ambiente juvenil, y con unos trabajadores que durante el breve espacio de tiempo que estuvo allí desbordaron simpatía, el habitáculo alquilado fue, sin duda, un acierto.

La mejor opción que encontró para que la estancia en aquella plaza no pasara desapercibida en su currículo viajero fue visitar el Parque Nacional Mburo, a unos kilómetros de la ciudad. Las visitas a los parques nacionales siempre son caras y ésta no era distinta. Además, contando con que la excursioncita era en solitario para este mochilero, lo era aún más. Pero merecería la pena. Eran los últimos dineros del viaje a Ruanda y Uganda y no era cuestión de tirarse para atrás. Sabía también que tendría opciones de hacer un recorrido a pie por las praderas del parque lo que le agradaba y animaba.

Le recogieron temprano en el hotel. Aún era de noche. Mejor era llegar pronto para ver, en las primeras horas de la mañana, cómo los animales pastaban en su extenso bosque y grandes praderas. Así fue. La entrada al parque fue al poco de amanecer. En la puerta de acceso, un guía con fusil en mano se incorporó al Land Rover y una joven, que supuso fuera amiga de algún guarda, se unió también gratis al trayecto. No importaba, así iba acompañado por una joven dama.

Entre jirafas


Entre cebras

El paseo, entre jirafas, jabalís verrugosos, cebras, búfalos, impalas y otros animales fue una verdadera delicia. Pasear entre aquellas esbeltas jirafas, decenas, fue una inolvidable experiencia por las sensaciones de libertad que imprimía aquel ambiente salvaje y natural.

El simpático guía que acompañaba a la –ahora- pareja de turistas iba normalmente primero en la fila, observando cualquier incidencia y dirigiendo los pasos. Entre otras cosas, explicaría que en aquel territorio únicamente había animales salvajes herbívoros lo que facilitaba el paseo a pie. Solamente un león habitaba en aquel parque, pero sería muy difícil o imposible de ver. No obstante, era necesario tener las precauciones mínimas para evitar sorpresas.

Después del paseo a pie, sin la presencia de la joven dama que se bajó en la entrada, el conductor guía circuló despacio por los caminos y veredas de aquel extenso territorio y el mochilero pudo observar todo tipo de animales salvajes y libres. El trayecto finalizó a orillas de un gran lago, lleno de hipopótamos que resoplaban cerca de la orilla sin parar.

Relajada y agradable visita.


Manada de búfalos

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30 de agosto de 2022

Un rápido STOP en Muhanga / Ruanda


Glorieta en la ciudad de Muhanga

La parada en la ciudad de Muhanga/Gitarama fue imprevista y únicamente para curiosear lento y visitar la zona, ¿habría algo interesante? Nada especial que hacer y nada especial en sí misma como ciudad céntrica del territorio ruandés, pero no se debía desperdiciar nada en estas visitas mochileras. Por un motivo u otro podían sorprender. ¿Necesario para emprender un recorrido?: Mente abierta y decidida, nada mejor que dejarse fascinar por lo imprevisible.

Desde donde se hospedaba, con una moto-taxi se acercó a conocer la Catedral de Nuestra Señora (Cathedral of Our Lady, decía el libro-guía). Nada singular, pero esta construcción de ladrillo visto se parecía mucho al edificio religioso de Butare, aunque más estilizado y moderno. Al lado tenía uno de los muchos hoteles llevados por comunidades religiosas, pero éste sí fuera de su presupuesto: más caro y moderno que los utilizados en otras ciudades. Entró dentro de la catedral, sacó unas fotos y desde allí, una vez descendido por el cementerio inclinado, ubicado en una ladera, se acercó a los campos de arroz cercanos a admirar el verde intenso que en aquel momento lucían. Habló con una joven local, vestida de un rojo intenso, que circulaba en su misma dirección, receptiva a los comentarios intranscendentes, a las sugerencias picantes y a los amagos de entablar un mayor conocimiento personal. Todo se diluyó con los pasos precipitados de la joven que tenía sus compromisos sociales cerrados, pero la charla motivó risas y entretenimiento a ambos caminantes.


Catedral


Paseos, largos paseos sin rumbo, uno de los grandes placeres. Las cosas importantes, si las hubiera, siempre podían esperar. Y en esta ciudad, nada parecía tener un contenido sensacional. Una sala de artesanía que pretendió visitar luego, estaba cerrada por falta de afluencia, aunque se mostraron dispuestos a abrir más tarde para enseñársela a este mochilero. No fue preciso.

Al día siguiente se iría, con la satisfacción de haber conocido otro lugar ruandés. Otro rincón de vida.


Cementerio, con joven local de rojo


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12 de agosto de 2022

Paseos por Kigali / Ruanda


Centro de Kigali

F
inalizaba el periplo ruandés y el destino final era Kigali. De allí un autobús le llevaría a la frontera de Gatuna, por donde el viajero insatisfecho volvía a Uganda.

Kigali entraba en su mente con buenas impresiones y melodías. Una ciudad tan grande y africana parecía ser organizada, limpia, sin dejar de ser bulliciosa ni abandonar el ruido permanente, a veces, molesto. Pero Kigali tenía algo que la hacía atractiva. Se extendía por numerosas colinas y valles, pero la conexión entre unos y otros estaba más o menos organizada, con focos desaliñados, pero los menos. No era Paris o Ámsterdam, llenas de conexiones y nudos de carreteras, pero tampoco era Kampala, un desastre de ciudad. Kigali era una ciudad relativamente pequeña y modesta, pero con un aura de verdadera joya africana. No ha consultado a otros bloggers, pero le da la impresión de que cualquier europeo que conozca África y visite ciudades africanas, encontrará en Kigali algo de reposo y cierto gancho.

Encontró un aposento muy cerca del centro nada despreciable. Lo recomienda. Tuvo que explorar la plataforma Booking para localizarlo, pero mereció la pena. Un chalet tranquilo, nuevo, bien llevado y limpio.


Memorial del Genocidio de Kigali


Memorial del Genocio de Kigali, sitio de los restos

Los moto-taxis, como en el resto de país, eran una manera sencilla, barata y ¿segura?, de visitar los diferentes barrios o lugares de interés. Uno de estos le llevó al Memorial del Genocidio de Kigali, un museo que transportaba al visitante al año 1994 cuando cerca de un millón de tutsis fueron masacrados por sus hermanos hutus. El Memorial era como un testigo silencioso de un pasado que los ruandeses se han juramentado no repetir. Los mensajes que se escuchaban siempre hablaban de un solo pueblo ruandés, sin diferencias de razas o estatus social. Era un lugar solemne, sin duda. La llama eterna allí encendida en lo alto, divisando todo Kigali. El sitio donde se encontraban los restos de los asesinados. Recorrer aquellos jardines llenos de símbolos y leer los nombres de las personas fallecidas en el muro del Memorial sobrecogía y era, a la vez, intimista.

Luego, búsqueda de una librería para satisfacer curiosidades; paseos por el centro moderno y comercial, y recorridos radiales para disfrutar de la vegetación o el jolgorio urbanos. Una ciudad tiene esas actividades tan poco sugerentes, pero necesarias. ¿Algún museo? No. Los museos africanos tienen poco contenido o, al menos, este mochilero, no los encuentra interesantes. Había visitado el de Kampala (Uganda): pobre, desatendido y simplón.

Una vez conocido un poco Kigali, un autobús le transportó a Gatuna Border, rumbo de nuevo a Uganda.


Centro de Kigali, monumento al gorila

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23 de julio de 2022

Huye / 28 aniversario del genocidio ruandés


Centro de Huye / 10, 00 horas, 7 de abril
 
Cuando el viajero insatisfecho llegó a Huye (anteriormente, Butare) hacía un espléndido día de abril. Recomendado por la guía Bradt, Emmaus Hostel parecía una buena opción de descanso. Desde la estación, alquiló un moto-taxi para llegar y tomar una habitación. Sin duda un buen lugar que recomienda a todos los que se acerquen por esta ciudad.

Dejó los bártulos en una sencilla pero bonita habitación (el hotel estaba en una tranquila zona residencial) y se dirigió al centro, situado a varios cientos de metros. Un centro popular, bullicioso y ambientado como lo son en todas las ciudades ruandesas o, mejor aún, todas las ciudades africanas.

Huye tenía fama de ser la ciudad universitaria más importante de Ruanda y -o porque sabía de esta característica o porque era palpable- si observó más ambiente joven que en otros lugares. Se acercó a la catedral, se veía inmensa a lo lejos, y se la encontró cerrada. Era la catedral católica, construida en memoria de la Princesa belga Astrid, en 1930, al parecer, muy querida entonces por los ruandeses. No cree que tanto ahora. En todo caso una gran catedral, con un cartel a la entrada “Diocese catholique de Butare”, muy bien construida, toda ella de ladrillo visto y con una gran extensión de jardines y explanada a la entrada.


Catedral católica de Huye / Butare

Al día siguiente, después de una tranquila noche de descanso, pretendía visitar los alrededores de la ciudad, pero cuando, a primera hora de la mañana, preguntó al recepcionista por esta posibilidad, le dijo que la ciudad estaba paralizada en su actividad. Era 7 de abril, y todas las ciudades de Ruanda se paraban para celebrar el 28 aniversario del genocidio ruandés (“Kwibuka 28. Kwibuka twiyubaika”, decían los carteles en el idioma local, el kinyarwanda).

Para cerciorarme de ello, salí del hotel y, como la tarde anterior, me dirigí esa mañana al centro: vacío, solitario, cerrado... Las tiendas, el restaurante del Motel du Mont Huye y el restaurante donde había comido el día anterior, cerrados. Nadie en la calle. Se cruzó con dos patrullas policiales y, aunque le miraron, no le impidieron pasear.

Recuerden, viajeros, el 7 de abril en Ruanda todo se paraliza. El presidente Kagame y la sociedad ruandesa celebran su día de recuerdo, su festividad nacional. La primera vez que el mochilero veía una ciudad africana silenciosa y vacía. La primera vez en vivir esa experiencia.

Huye pasará a ser, en el imaginario viajero, la ciudad más tranquila del territorio ruandés.


Cartel que anunciaba el 28 aniversario

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9 de julio de 2022

En la ciudad fronteriza de Rusizi / Ruanda


Frontera con el Congo

Rusizi (anteriormente, Cyangugu) era una pequeña población ruandesa al sur del lago Kivu, frontera con el Congo, y más concretamente, con la ciudad congolesa de Bukabu. Únicamente, una frontera terrestre, un puente y el río Rusizi separaban ambas poblaciones y países. El viajero insatisfecho optó por hospedarse en el Home Saint François, uno de los hoteles mejor acondicionado y barato de todo el recorrido ruandés, ubicado en la misma frontera.

La ciudad de Rusizi (Cyangugu) no era muy espectacular. A solo unos dos kilómetros de Kamembe, era una especie de distrito fronterizo, que tenía un bello y caro hotel (Emeraude Kivu Resort) a orillas del lago Kivu —lo sabe, porque fue hasta allí a buscar buena wifi para conectarse mejor— y poco más. Durante el genocidio fue una de las poblaciones, después de Karongi/Kibuye, más castigadas, donde multitud de tutsis fueron asesinados y exterminados.

En Kamembe había nacido Mutara III, penúltimo rey de Ruanda, de ahí su pretendida fama. Entre las dos ciudades Kamembe-Rusizi era muy fácil moverse con los taxi-motos habituales en todo Ruanda.

Uno de estos servicios los utilizó también para moverse por los alrededores. En concreto, para ir las aguas termales de Bugarama, a unos 60 kilómetros de Rusizi, muy cerca de la frontera con Burundi. Un largo trayecto para ver algo ridículo: un charco abandonado, pero de agua caliente, con cuatro locales allí retozando como “sirenas en champán”. Ningún interés, aunque el paseo en moto fue de lo más relajante y pasado por agua. Ya en Bugarama, comenzó a caer una lluvia espesa africana que calaba la ropa y llegaba fresca a los huesos, pero gratificante a la vez. Cuando más fuerte caía, se refugiaron en unos soportales de una casa a orillas de la carretera. Cuando escampó, de nuevo en marcha.


Aguas termales de Bugarama

Hizo un intento por visitar dos islas del lago Kivu, Gihaya y Nkombo, pero los barcos eran “de línea” y tuvo problemas para alquilarlos en plan solitario. En formato “de línea”, no regresaban en el mismo día a Rusizi.

Fin de la aventura en Rusizi. De allí partiría a la ciudad de Huye (anteriormente, Butare).


Cargando un buque de transporte en el lago Kivu

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27 de junio de 2022

El rey Mutara III y Nyanza


Palacio antiguo, en forma de cabaña, de Mutara III

Mutara III de Ruanda, nacido en Kamembe, cerca de Cyangugu, en 1911, murió en 1959. Fue el penúltimo gobernante del reino de Ruanda. Primer mwami (rey, en kinyarwanda, idioma local del país) convertido a la religión cristiana, su nombre bautizado fue Charles Pierre Léon Rudahigwa. Tuvo su centro de operaciones de reinado en Nyanza, una ciudad y extensa área del actual centro de Ruanda.

En esta ciudad tenía su palacio, actualmente convertido en museo (Rukari King’s Palace Museum). Hasta allí se acercó, con el fin de conocer algo, muy poco, del último estertor de los reyes tradicionales ruandeses. Sin duda, Mutara III, hombre extremadamente alto, según pudo comprobar en alguna de las fotografías que figuraban en el museo, fue uno de los reyes más famosos de Ruanda. Más internacional y, quizás, más querido. A su muerte (1959), su hermano menor fue elegido rey con el nombre de Kigeli V, pero únicamente reinó dos años, hasta que se abolió la monarquía.

Cuando llegó a Nyanza, el viajero insatisfecho se propuso visitar el palacio/museo, en una de las colinas de los alrededores, donde se ubicaba el palacio moderno del rey Mutara III, construido en 1931 y ocupado por el rey hasta su fallecimiento, en 1959. Allí mismo, al constituirse como museo (2008), reprodujeron la tradicional vivienda ruandesa de los reyes (el palacio antiguo) con materiales también tradicionales. Este palacio antiguo contenía la casa/cabaña principal que era sala, comedor y dormitorio, con una cama de proporciones exageradas, y otras dos casas/cabaña, una de ellas despensa para guardar bebidas.

El palacio moderno era un coqueto edificio, de líneas europeas de la época, con varias salas en línea recta: dormitorio, cuarto de baño, despacho, sala de recepción para autoridades locales o sala de recepción para autoridades extranjeras.

Palacio moderno de Mutara III

En otra de las colinas, aproximadamente a unos dos kilómetros, estaban enterrados tanto el rey Mutara III, su mujer, como el sucesor, el rey Kigeli V. También, visitó el lugar. Un recinto cerrado con esas tres tumbas. Entre ambas colinas, casas de labriegos, campos de cultivo, niños mirones, alegres y pedigüeños, y señoras en sus labores hogareñas.

Fue un día de visitas, paseos, y de escucha de explicaciones sobre ambos palacios del simpático guía que le acompañó en el museo, no en el recinto funerario. Hasta éste último, llegó andando y tuvo que aporrear la verja para que el vago vigilante le permitiera el acceso.

Con las fotos, es posible que el lector pueda comprender mejor el lío de palacios, cabañas, colinas y tradiciones.


Espectacular cama de Mutara III, en el palacio antiguo



Casa/cabaña para guardar bebidas, en el palacio antiguo


Tumba del rey Mutara III

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8 de junio de 2022

El salto de Ndaba / Ruanda


Picapedreros, en el camino

Estaba en Karongi, a orillas de lago Kivu. Karongi/Kibuye era una pequeña ciudad, no tendría más de 25 mil habitantes, de bella conformación aprovechando los entrantes y salientes del lago. A lo lejos, varios pequeños islotes, algunos habitados, generaban una vista excepcional sobre el lago.

Cerca de aquella ciudad, a unos 40 kilómetros, el salto de agua de Ndaba (Les Chutes de Ndaba) parecía un buen lugar para visitar, utilizando los servicios de los siempre útiles moto-taxis. Desayunó en el Centre d’Accueil Sainte Marie, donde se hospedaba, y salió a la caza de un moto-taxi con el que negociar y poder realizar la visita. Se encontró a Celestin, un joven motorista que con simpatía se ofreció a llevarle. Negoció el precio y partieron, sin más, hacia la aventura. Celestin calculaba aproximadamente unas cuatro horas entre el trayecto de ida, por caminos secundarios y lentos, pero donde podría ver lo más rural de la zona, la visita y la vuelta, por carretera asfaltada y rápida. Luego serían más.

En la ida, le llevó en principio por un camino entre plantaciones de plátanos, pequeñas casas aisladas y cafetales. El productivo campo ruandés se apreciaba en cada kilómetro recorrido. El verde de las pequeñas montañas y valles era un permanente atractivo. Nada más comenzar, un grupo de hombres y mujeres picaban piedras a base de martillazos. Sentados a la orilla del camino, cada picapedrero tenía a su lado dos montones: de un lado las piedras grandes, y del otro, las pequeñas piedras resultantes. Duro trabajo. El viajero tuvo que actuar rápido para sacar una fotografía que ellos negaban con manos, gritos y amenazas. Dura tarea la de sacar fotos a personas anónimas, aun rogando su permiso. Estaban en su derecho.


Plantaciones de té

A la orilla de un pequeño río, extensiones de campos de patatas y por la ribera más empinada plantaciones de té. ¡Qué bonito paisaje uniforme y verde generaban estas plantaciones! Durante varios kilómetros, el té sería protagonista de valles y de suaves lomas cultivadas.

Celestin dejó su moto aparcada al lado de la carretera. Para acceder al salto de agua de Ndaba, era necesario tomar una empinada senda descendente entre eucaliptos hasta llegar a la parte baja. Nada espectacular, pero gratificante estar allí después de lo visitado. En los viajes no siempre lo importante es la meta, sino lo reseñable es el camino. A los pies del salto, una vieja y semidestruida conducción artificial de aguas, acequias de regadío para fincas lejanas. Unas bonitas fotos de recuerdo, con el impresionante sonido del agua que producía el salto, y regreso a Karongi.


Salto de agua de Ndaba

En este trayecto, se paró a fotografiar un sencillo secadero de sorgo y probó su cerveza artesanal, reparó en unos trabajadores de un vivero de plantas, y visitó una factoría artesana de café, donde un numeroso grupo de mujeres trabajaban en la selección del producto durante su secado, eliminando granos defectuosos y removiendo el café para su correcto secado.


Sorgo al sol

El viajero insatisfecho se quedó con ganas de “saborear” una explotación de nueces macadamia que Celestin sugería, pero estaba al otro extremo de Karongi. Hubiera sido necesaria una nueva ruta.

Para quien lo desconozca, la nuez de macadamia es un fruto seco considerado gourmet, por su delicado sabor y suave textura, y por su pequeña producción en comparación con otras especies. El árbol, además, tarda varios años en ser productivo. Estas nueces solo pueden cosecharse un par de veces al año. Su gruesa cáscara, a menudo eliminada antes de su venta, dificulta el distinguir las nueces maduras de las inmaduras, lo que hace que el proceso de recolección sea más artesano y caro. Es una fuente de proteínas, además de un alimento que dotará de una importante cantidad de vitaminas.


Secaderos de café

VÍDEO

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