9 de agosto de 2016

Veracruz, al ritmo del alma

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-Puerto/Malecón-

Llegaba a Veracruz ya avanzada la mañana después de una noche completa, y de insomnio, en un autobús desde Campeche, una ciudad colonial -otra- dentro del elenco de ciudades mexicanas. Y el viajero insatisfecho llegaba a ella con la mochila organizada de alusiones históricas, la documentación mental estructurada y preparado para tropezar con lo que finalmente encontró: una ciudad portuaria con un puerto de verdad, con barcos mercantes atracados que sobresalían de las tranquilas aguas como monumentos de chatarra ideados por algún veterano maestro cubista. Un puerto por el que se podía pasear, tranquilo, aunque ese sosiego era interrumpido a veces por los jovenzuelos vestidos con pantalón corto y camiseta raída que animaban a los incautos transeúntes a tirar una moneda al agua contaminada y sucia que bordeaba el malecón, para así recuperarla ellos después de un rápido chapuzón. Siempre lograban el objetivo. La interceptaban antes de llegar al fondo, concluyó. Costumbre esta que ya había presenciado en alguna otra población, por ejemplo de Islas Filipinas, y siempre le producía una especial repugnancia y rechazo. Tanto por los jóvenes que la propiciaban como por los viajeros, casi siempre un poco soberbios, que se prestaban a esa penosa situación.

 -Zócalo, al fondo, la orquesta-

Se dejó embaucar, sí por Veracruz, por el encanto de sus calles y plazas abarrotadas de palmeras típicas y cocoteros y, al caer la tarde, el ritmo que la ciudad guardaba en sus entrañas afloraba en el Zócalo, en especial. Era la ciudad de la fiesta, de la música y los jarochos. En el escenario circular del Zócalo se situaba la orquesta, pero lo hacía con el ritual de una gran orquesta con trombón. Siempre ha pensado, ya desde niño, que una orquesta con trombón es una excelente orquesta. Y al son que rugía tranquilo, un grupo de parejas, en gran parte mayores, se animaba a danzar. Sus pasos llenos de estilo movían las miradas del público fiel que presenciaba la actuación. Así oscurecía en Veracruz. Los camareros de los bares que bordeaban la plaza, al iniciarse el ‘rompan filas’ de la orquesta, animaban a los asistentes a continuar la noche con el ritmo de las espontáneas marimbas (esos xilófonos de madera) que merodeaban por allí. Los limpiabotas en sus monumentos al betún reclamaban a los transeúntes su última intervención. Las luces aparecían ya encendidas y la ciudad se aletargaba para entrar en fase de ensoñación. Al regresar al hotel, un viejo camión de basura hacía sus paradas y un grito rebelde descuartizaba la noche en trocitos de realidad.

-Limpiabotas-

Veracruz creció al borde del Atlántico con la competencia de Acapulco en el Pacífico. El oro y la plata que salían de su puerto venían directos a España. Para acercarse a esa lucha pérfida de oro, plata, piratas y -añade- revolución, era necesario visitar la fortaleza de San Juan de Ulúa, algo que hizo una mañana en un tranvía (más bien un viejo autobús de madera). La fortaleza, tiempo atrás una isla, se levantaba ahora por los sucesivos refuerzos en forma de península frente al malecón. La primera fortificación fue un arsenal y, cómo no, una capilla pero todo ello fue robustecido durante el siglo XVIII para proteger la ciudad de los piratas. A lo largo de los años ejerció como lugar de intercambio de mercancías llegadas de Europa y también de cárcel, una de las más temidas. El guía local, incluido en el precio del transporte/tranvía, enseñaba con cierto afán morboso la celda que, además de ser considerada el infierno, era invadida por las mareas en plena oscuridad, un suplicio añadido para el condenado. Más tarde, el lugar sirvió de penal al que fuera presidente de México, Benito Juárez. Construida en gran parte de roca coralina -se apreciaba ya a la entrada- tiene en su haber una herrumbrosa, sirva el calificativo, historia.

-Fortaleza San Juan de Ulúa-

Pero olvidados del fulgor como puerto y de lo penoso como presidio, Veracruz se extendía como un soplo de vida por la zona playera, lindando con el mar que tanto la otorgó, con edificios alegres de hechura internacional. Perdía así un poco su vestimenta tradicional pero ganaba en modernidad.
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2 de agosto de 2016

Teotihuacán, un breve acercamiento

Teotihuacán es el vestigio de una civilización muerta, desaparecida pero misteriosa. Es misteriosa por su evidente poderío y misteriosa por ser la gran desconocida. También, y sobre todo, misteriosa en el cómo se extinguió. Se han planteado muchas hipótesis pero la más creíble es un posible derrocamiento de la clase dirigente teotihuacana, asociado a una brutal reducción de los recursos.
Era muy fácil visitar Teotihuacan. Desde Ciudad de México no hacía falta más que acercarse a la terminal Norte de autobuses, de donde partía, cada pocos minutos, un ‘camión’ (dicen allí) que dejaba al pasaje en una de las puertas de acceso. El viajero insatisfecho que no es muy dado a visitar piedras pasó allí, perdido entre guijarros milenarios y susurros de turistas, una mañana que resultó no ser tan sofocante, en cuanto al calor, como pensaba.
Dos inmensas pirámides y el templo de Quetzalcoatl era lo más destacado. Sucumbió al encanto de algunas imágenes talladas en las grandes piedras del templo, subió la pirámide del Sol y observó desde allí la gran planicie y la extensa calzada que unía los tres monumentos estrella. Había más. Se acercó también, ya cansado, a la pirámide de la Luna.
Fue realmente impresionante, aunque este leonés nunca lo reconocerá públicamente, pero deja aquí una muestra en vídeo de lo que fue la experiencia.


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22 de julio de 2016

La sierra de los tarahumara

Vista que el tren dejaba a su paso

El célebre y renombrado tren “Chihuahua al Pacífico” (también conocido como “el Chepe”) que comunica una zona árida del centro de México (Chihuahua, en concreto) con las tierras verdes de Los Mochis, atraviesa la sierra Tarahumara. El viajero insatisfecho que tenía ganas de conocer esta sierra sentía una predilección especial por las barrancas. Agarró el tren en Los Mochis que se precipitó a su ritmo lento, después de más de dos horas de recorrido por un aburrido valle, en un paisaje singular y bello. No podría decir que era espectacular y deslumbrante pero si se atreve a calificarlo de extraordinario. Espectacular podría ser la famosa barranca del Cobre, cerca de la que el tren pasaba durante un momento del trayecto. 
El Chepe transitaba por vías al lado de precipicios, por puentes, túneles y cañones. El trazado de una vía única bordeaba una larga serie de precipicios dando a grandes barrancos donde, a veces, en el fondo aparecían viejos vagones destartalados, oxidados por las lluvias, el tiempo, difuntos descarrilados ellos con las presumibles consecuencias (primera fotografía). La zona tenía unas condiciones abruptas que aprovecharon antaño los indígenas tarahumaras para protegerse de los amenazadores colonizadores españoles. También, allí, a salvo estaban de los trabajos forzados en la mina. Pero allí comenzaron a florecer también las minas como la de Batopilas, cerca también de la barranca del Cobre, llamada así porque los jesuitas españoles iban buscando este metal aunque encontraron otro no menos atrayente, plata. Pero el territorio era propicio para que los tarahumaras pudieran escabullirse. Las barrancas, además, guardaban en su vientre ópalo y oro.

Una mujer tarahumara con su niña en brazos

Este mochilero, precisamente, decidió descender en el apeadero llamado Barrancas, aunque realmente el pequeño poblado se llamaba Areponapuchi (con este nombre no se podría explotar turísticamente). Después de procurarse una habitación para dormir comenzó con sus paseos que le llevaron a unos miradores donde a los pies se observaban las famosas barrancas, la de Urique o la del Cobre. Se sentó en una de las rocas y en completo relax observó, miró y volvió a descansar la mirada sobre aquel vasto territorio lleno de belleza. Pero el turismo invasor también se acordó de ese lugar. A la izquierda de su observatorio, un hotel-mirador se apoyaba casi en el precipicio de grandes rocas, estropeaba en cierta forma el entorno y avasallaba la increíble panorámica.
Aun así, las barrancas se alejaban en el horizonte con la certeza se sentirse queridas, protagonistas y observadas.

Al fondo, las barrancas; en primer plano, el hotel

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9 de julio de 2016

Pomuch, un pueblo con una tradición maya

Iglesia de Pomuch

Hablaba con un camarero, en un bar de Campeche, México, cuando se enteró de una extraña tradición maya: la limpieza de los huesos de los muertos en la población cercana de Pomuch. El amigo era de ese lugar y conocía, por supuesto, todos los pormenores de la tradición que le explicó a grandes rasgos.
Al viajero insatisfecho le quedaba una tarde de sol y calor en la ciudad, y de no hacer nada, antes de tomar el bus nocturno hacia Veracruz, siguiente destino. Decidió visitar el pueblo de Pomuch, a unos 50 kilómetros, que gracias a este ritual ancestral maya se ha convertido en una población conocida, en un pueblo mágico, aunque no ostente de manera oficial ese título. Le preguntó al camarero dónde podía agarrar (como decían allí) un colectivo (minibus) y se presentó en el lugar. Paró en la plaza de la Iglesia, un monumento del siglo XVII que encontró cerrado, de esta manera no pudo ver la figura sagrada hecha de pasta de maíz, única en México, según le explicó también el amigo camarero de Campeche. Agarró un ‘ricksaw’ que le recordó a su estancia en India, y se dirigió al cementerio. El muchacho que le llevaba en bicicleta le habló un poco del significado del cementerio y de los muertos. Poco, muy poco le comentó, o era tímido o poco hablador. Tal vez su juventud le impedía ser más expresivo.
Se dio perfecta cuenta de este ritual al entrar al recinto. Los nichos, pintados y decorados con diferentes colores no estaban cerrados, sino que mostraban en su interior una especie de urna que almacenaba unos limpios cráneos y huesos humanos, decorada exteriormente con telas delicadamente bordadas. El cementerio más que para enterrar al muerto se utilizaba para exhibir sus huesos.

Nicho, con urna y huesos

Para algunos, según pudo saber, el ritual de limpiar los huesos de los difuntos resultaba extraño, pero para los habitantes de esta comunidad era una tradición maya que debía perdurar. El aseo empezaba por las extremidades inferiores y terminaba con el cráneo, éste se colocaba sobre los demás huesos, según se podía apreciar en la mayoría de los nichos. La limpieza anual y ritual era meticulosa e incluía el uso de escobas y brochas, además se contaba con una cajita de madera o urna para la colocación final de los restos. Mientras se efectuaba esta ardua tarea -también, según pudo saber- los niños observaban, recibían lecciones y escuchaban narraciones de cuando estaba en vida el difunto.
Paseó sin rumbo entre las tumbas, bajo un calor hiriente, sofocante y pesado, observando detalles de cada una de ellas, tomó varias fotografías y sin preguntarse más, se marchó de allí con esa sensación de lo extravagante de la mente humana.
Nicho, con dos urnas y los huesos

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1 de julio de 2016

México, próximo destino


México, próximo destino. Sazonado, eso sí, por los países centroamericanos más cercanos. Quizás Guatemala, El Salvador, Honduras o Nicaragua, pero el país de inicio de la aventura será sin duda México. Sabemos, sabe el viajero insatisfecho, que alberga una gran riqueza en playas espléndidas (no es su vocación principal), deslumbrantes ciudades coloniales y gigantescos parque nacionales, razón suficiente para que sea el próximo destino. Pero, no olvida tampoco su historia, sus gentes, sus revoluciones no resueltas, sus revoluciones por venir, su particular forma de enfocar la vida, la vorágine o el mundo.
Su imagen es la de un mundo cosmopolita, bullanguero, contaminado y lleno de gente, algo sencillamente fascinante.
Está cargando la mochila.
Está llenando el espíritu.
Está completando y ordenando su cabeza.
Lleva pasaporte, dinero, pasión, libros, guías, ilusión, ropa, ganas, va encandilado, utensilios, paciencia, primeros auxilios, orgullo…., de todo ello lleva en cantidad suficiente, un buen volumen, ¿cómo regresará?.
Y como leyó hace poco unas frases de Ángeles Mastretta sobre este país, las va a colocar aquí:
México puede ser indescifrable. Así pensamos muchos de quienes aquí nacimos y seguimos viviendo, y eso hemos aceptado, impávidos, con nuestros ojos habituados a mirar lo inaudito como si fuera lógico, como si el tiempo lo volviera invisible”.


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17 de junio de 2016

Ciudad de Lamu, ciudad 'swahili'

Calle principal de la ciudad

Antes de pisar sus estrechas calles, el viajero insatisfecho ya había oído hablar de la ciudad de Lamu pero no había generado en su mente un dibujo parecido a la realidad y eso que había paseado por Old Town, en Nueva Delhi, y se imaginaba algo así. Nada que ver. Las calles de Lamu, más bien el laberinto de Lamu, no tiene nada que ver con lo visto en otras ciudades. Sus angostas calles destilaban tranquilidad, tal vez la calle principal podía ser un poco más movida, pero no en exceso. El hecho de que no hubiera vehículos a motor, únicamente pequeños burros de carga, le daban un aire de reposo aunque este fuera un abigarrado reposo. Sin duda alguna, perderse por sus calles era una experiencia singular. Algunos viejos con sus tejidos topis observaban al mochilero, una mujer con su hiyab cubriendo su rosto se cruzaba en silencio, un borrico cargado de sacos de arroz adelantaba al caminante o una joven musulmana le observaba a lo lejos pero al cruzarse con ella apartaba su tímida mirada o, incluso, se introducía en su casa. Y eso que los habitantes de Lamu estaban acostumbrados a las visitas. La isla era atractiva para el turismo europeo, entonces minimizado por los efectos del terrorismo de Al Shabaab. El turismo no suele ser valiente con la violencia. Hasta cierto punto comprensible.

Calle de la ciudad

Y el leonés miraba a lo lejos la estrecha callejuela por la que avanzaba mientras ojeaba los canalillos de aguas que recorren como una auténtica red todo el entramado de calles y callejas. Un leve hedor a desagüe, a veces algo más fuerte, no le impedía admirar todos los recodos, las casas construidas con desechos de coral, las puertas 'swahili' talladas hasta extremos increíbles o los porches pintados de un amarillo mostaza que mantenían al fondo una moderna puerta de entrada a una vivienda local. La tranquilidad era absoluta. Solamente el viajero se despertaba de una especie de ensueño con el trote de algún pollino provocado por algún zagal con prisas o cuando las pisadas de algún viandante se dejaban escuchar con cierto eco. Todo lo demás era armonía, era ensimismamiento, era admiración por lo que se veía y se oía, o más bien, por lo que no se oía. Era, ya lo había dicho, reposo.
Lo más transitado, sin duda, era el paseo marítimo, el paseo que se abría a aquel mar, también tranquilo por el entramado de islas que amortiguaban su fuerza. Y allí, en un lado del paseo, se encontraba el único museo del mundo dedicado a los burros (The monkey sanctuary). Aquellos días, el museo/corralillo albergaba una decena de équidos, pequeños y, en apariencia, pacíficos que comían tranquilamente lo que un joven les había echado en el pesebre. Parecía que hubieran sido domesticados allí por los siglos.
Paseó y paseó al atardecer por sus calles, en un incansable paseo por un mundo ya casi olvidado, a punto de extinguirse.


Museo de los burros

Puerta tradicional 'swahili'

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6 de junio de 2016

Un rato en un poblado masai

El joven masai, ejerciendo de guía

Era una tarde gris, hacía un rato había dejado de llover pero los nubarrones negros africanos que solían presentarse de repente amenazaban con hacer una nueva aparición. El viajero insatisfecho paseaba solitario por los alrededores de su cutre resort de tiendas de campaña, bastante bien disimulado con el sotobosque de la zona, muy cerca de la entrada a la Reserva Nacional Masai Mara, cuando uno de los muchos jóvenes masai que por allí había le invitó a conocer su poblado y su casa, a cambio de una ridícula aportación monetaria. No suele pagar por sacar fotos o hacer labores de ridículo/turista ante las situaciones que se le presentan pero la amabilidad del joven, su simpatía y el aburrido paseo que estaba dando le animó a visitar un auténtico poblado masai, con sus cabañas de barro, sus techumbres casi planas de tierra que se veían como imposibilitadas de parar los frecuentes aguaceros pero por lo que parecía si lo hacían, y sus corrales de ganado, tanto vacuno como ovino.

Cercado para las ovejas

El joven masai ejercía de guía como si de un profesional se tratara: “esto son las viviendas (…), este es el cercado donde guardamos ovejas o cabras (…), este es un sombrero de piel de león que yo mismo he cazado (…), esta es mi casa donde vivo con mi mujer, mi hijo y mi padre viudo (….)”. Y efectivamente, así era, o así apreció este mochilero que era cuando entró en su interior. Un habitáculo oscuro, con una pequeña hoguera en el centro donde en ese momento se cocinaba una especie de potaje de verduras con alguna alubia (no entendió lo que el joven masai le dijo que contenía). La mujer sujetaba en brazos a su pequeño hijo y el padre charlaba en esos momentos, alrededor del fuego, con uno de sus vecinos y amigo. Después del saludo, el muchacho se extendió en explicaciones sobre los destalles que estaba viendo o intuyendo por la oscuridad reinante en el cuchitril. En varias estanterías, negras por el paso del tiempo y la humareda permanente y reinante, había algunos utensilios de cocina de plástico, aluminio o latón. Todo ello en un ambiente oscuro en el único aposento donde se cocinaba, se hablaba, se dormía y, en general, se vivía.

El joven masai, su padre y el amigo

La mujer y su hijo, dentro de la casa

Fue un rato en un poblado masai, un rato pisando barro, un rato de verdad de la zona, un rato de realidad africana que este viajero no piensa olvidar.

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24 de mayo de 2016

Un encuentro casual

El otro día el vecino de arriba le hizo una pequeña gotera en el techo del salón. Los arreglos de la misma generaron cierta obra en el piso del vecino y un acondicionado de pintura en el techo del salón de la casa del viajero insatisfecho. Al mover el montón de libros que estaban apilados en una estantería, se encontró con ‘Pedro Páramo ya no vive aquí’, del amigo Paco Nadal. Lo cogió en sus manos, lo olió, lo ojeó/hojeó como siempre hace con los libros (se niega, por ahora, a ser lector del e-book de los cojones) y leyó la dedicatoria que el autor le había hecho hace unos pocos años. “Para el gran Blas, viajero inteligente, exigente y solitario. Y mucho menos insatisfecho de lo que él cree”. Gracias, Paco!!. Se animó, así, a releer el libro.
Y comenzó releyendo las frases iniciales de Ángeles Mastretta que concluye su más que prólogo, elogio, diciendo:
Estoy segura de lo que he dicho: abrieron ustedes un libro mágico. Y no lo soltarán, porque es imposible librarse de la voz original y avasalladora de quien lo cuenta”.
¡Olé!.
Gracias, otra vez, amigo Paco, por no dejarte influenciar por esta mierda de vida, fatua, agorera, y centrar tu prosa y transparentes descripciones, llenas de un reposado tono de viajero experto, en las cosas que realmente apasionan con ese envoltorio de historia y tradiciones de los pueblos que visitas. Este mochilero también en sus viajes trata de captar la esencia de las gentes, pero -sin duda- es una misión imposible, al menos hacerlo con cierta dignidad para lo observado. Nunca logra ser cálido o acogedor con lo que ofrece el país como el amigo Paco ni ser optimista cuando la realidad se aparece desastrosa.
Paco Nadal si lo consigue.
No lo ha releído completo pero han pasado ya varios capítulos y se siente animado a decir que conoce mejor México que lo conocía antes de leer su prosa. ¡¡No digo nada, después de releerla!!. Sabe, por ejemplo que la Ciudad de México creció un millón de habitantes en un fin de semana, con motivo de la visita del Papa. En vez de regresar se quedaron allí para siempre.
Y sabe muchas otras cosas.

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10 de mayo de 2016

Mombasa

Fort Jesus

Mombasa era la segunda ciudad más grande de Kenia y el principal, y casi único, puerto importante del país. Su centro histórico se levantaba sobre una isla, en el centro de un gran estuario, comunicada con tierra firme por varios puentes y, en el sur, por continuos servicios de ferry. Para darse cuenta de ello era necesario rodearla por completo, cosa que no hizo, o visitar ‘Google Map’. El viajero insatisfecho se dio cuenta de ello, y no tiene reparos en reconocerlo, al navegar por este último en internet. Tenía un casco histórico relativamente cuidado, en especial el Fort Jesus, convertido en museo, que dominaba la bahía. La ‘lonely’ traía un plano del mejor recorrido a pie (City walk) para visitar lo más significativo. En esta ocasión, sin dudarlo, siguió lo que le marcaba. No estuvo nada mal el paseo, aunque ciertos puntos del recorrido la propia guía calificaba de solitarios y por ende peligrosos. Sirva de ejemplo el enclave donde estaba situado el pozo de agua Vasco de Gama. Cuando el mochilero se acercaba a él un grupo de zagales de dudosas pintas le miraron descaradamente y le adelantaron, aunque en ese momento un soldado, salido de no sabe dónde, se ofreció a acompañarle. Bajaron juntos las escaleras que llevaban al lugar y merodearon por allí, observados detenidamente por los ‘zagales de dudosas pintas’. Ya al lado del pozo, situado en un hueco de la muralla, otro joven que hacía la colada le invitaba con insistencia a que tomara fotos. Toda esta visita estuvo envuelta por una atmósfera gris, cargada y sospechosa que gracias al soldado-amigo pudo finalizar sin problemas. 
Fuera de la isla, fuera ya del casco histórico, se encontraban las cercanas y extensas barriadas de chabolas y, más lejos, a varios kilómetros, las playas, famosas para cierto turismo internacional.

Pozo de Vasco de Gama

La mayoría de la población era musulmana y, de nuevo, tuvo ocasión de levantarse o, al menos, despertarse mosqueado con las llamadas del almuecín de la mezquita cercana, casi al lado de la guest-house que le servía de guarida nocturna.
No le disgustó al mochilero Mombasa. Mantenía cierto encanto de ciudad antigua, puerta del Índico, sin perder un obvio sabor colonial que incrementaba, en esta ocasión, el aroma africano del lugar.


Edificio colonial en el caso antiguo

Mapa de Mombasa, y situación


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30 de abril de 2016

La playa de Shela, Lamu

Playa de Shela

El día en Lamu era de lo más relajado y tranquilo. El hecho de que no hubiera carreteras ni vehículos a motor en la isla, sosegaba la mente del viajero insatisfecho, tranquilizaba el espíritu e imponía una rutina sin prisas ni agobios. Estuvo allí dos días, tres noches. Se levantaba con uno de los tostones parlantes que impone el muecín (hombre que desde el alminar de la mezquita convoca en voz alta a los fieles musulmanes para que acudan a la oración). Luego, desayunaba opíparamente en un restaurante cercano, semi-autoservicio y repleto de gente local que se ponía ‘hasta las cejas’ a esas tempranas horas, o no tan tempranas. Por pura inercia, el mochilero hacía lo mismo que ellos. Más tarde, bien alimentado, se acercaba al dique que estaba enfrente y esperaba a que algún caza-turistas le ofreciera una barca para ir donde en ese momento le llevaran. El primer día se fue a la cercana playa de Shela. Ya en ruta, la pequeña embarcación bordeaba la isla muy cercana a la costa donde se veía, a escasos metros, a la gente transitar por un largo paseo, a veces, pequeña senda. Ya en la playa, pudo comprobar el escaso turismo existente. Una inmensa playa de varios kilómetros de extensión lucía totalmente vacía, ni una sola toalla tendida sobre la arena, tan solo en el largo paseo se cruzó con dos turistas, en apariencia jubiladas, que iban detrás de un perro que brincaba sobre la orilla y ladraba de vez en cuando al sol. Dos jóvenes de la isla cargaban de arena las alforjas de unos obedientes y pacientes burros, único medio de transporte y carga de la isla. Les sacó varias fotos aunque ya les había hecho muchas en la ciudad. Bueno, es más, fueron los protagonistas fotográficos durante la estancia en la isla. ¡Ya quisiera Angelina Jolie haber sido tan fotografiada!.

Cargando de arena las alforjas

La playa de Shela estaba bordeada de unas bonitas dunas, protegidas por el Departamento de turismo keniata, aunque entre ellas ya había construido un palacete -de manera ilegal, seguro-  un personaje ‘oversea‘ (de ultramar). Simulaba, un fortín medieval y en aquellos momentos un obrero limpiaba la arena del acceso y acondicionaba las plantas del jardín. Se acercó y le preguntó quién era el propietario. Le dijo que era una persona oversea, alemán para más señas, que venía de vez en cuando.

Construcción en la playa

¡Turismo invasor y destructor de dunas de arena protegidas!.
¡Posiblemente, todo un acto de corrupción que conocemos bien de cerca en este país, muy a la altura de su tradición turística!.
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16 de abril de 2016

Llegada a la isla de Lamu

Muelle de la ciudad de Lamu
El autobús dejó a los pasajeros en Mokowe, en el dique donde partían los botes hacia la isla de Lamu. Serían aproximadamente las cinco de la tarde. El viajero insatisfecho estaba cansado después de once horas de autobús desde Mombasa, gran parte del trayecto por carreteras sin asfaltar o, en ciertos tramos, con una especie de recuerdo de asfalto que generaba profundos baches. Al bajar del autobús comenzó la pelea de jóvenes por captar al cansado mochilero hacia la lancha rápida o hacia el más lento y tradicional bote. Se decidió por este último, no porque fuera más barato sino porque las travesías o viajes siempre decide hacerlos con el pueblo llano, con la gente humilde. ¡Ya tendrá tiempo de gastarse los euros en otro tipo de necesidades básicas!.
La isla de Lamu se veía a unos cientos de metros del dique nada más, pero para llegar a la ciudad y su dique de acceso era necesario bordear sus aguas unos cuantos kilómetros, unos cinco. El bote, atiborrado de pasajeros, semejaba una de las muchas pateras que salen en televisión. En la lenta espera hasta que el bote se hubo llenado, los operarios cargaron todo tipo de bultos y repartieron los siempre necesarios chalecos salvavidas. Este leonés, único blanco entonces, acaparaba las miradas del resto, en especial, de niños, siempre curiosos, y jóvenes. Se entretuvo filmando la estática escena con su minúscula cámara y, posteriormente, ciertas partes del trayecto. Sentía la tranquilidad entre los pasajeros, eso sí, pudo apreciar ciertas miradas que no mostraban mucho aprecio al saberse observados por la cámara que, por cierto, iba disimulada en extremo. Aun así no pasó desapercibida. Pero nadie franqueó más allá de esas miradas o se mostró molesto y contrariado en exceso.
El bote bordeaba lentamente la isla con ese ruido cansino de su pequeño motor. Hasta que apareció la ciudad de Lamu, la costa permanecía solitaria, sin atisbo de vida humana. Fue aproximadamente media hora de trayecto en el que, si bien se sintió examinado, tampoco dejó de hacer lo suyo: observar. La isla de Lamu era de mayoría musulmán, y así se apreciaba en el pasaje que se dirigía a casa, en especial, a las mujeres con sus llamativos trajes y discretos hiyabs/velos, y también, como no, en algunos hombres pertrechados con sus urdidos topis.
Cuando arribaron a puerto, su mente ya iba predispuesta para comenzar la batalla de encontrar una ‘guarida’ donde pasar la noche. Fue muy fácil. La escasez de turistas en la zona había bajado los precios y acuciaba a los propietarios para salir en busca de posibles clientes. Rápidamente encontró uno que le ofreció una ‘guest-house’ apropiada a sus requerimientos y condiciones. Y para allá se fue.
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Trayecto en barco, recorrido por la ciudad y sus angostas callejuelas, y alrededores:



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8 de abril de 2016

Entretenido en la lectura de “Viaje sin mapas”

Graham Greene hizo un viaje exploratorio, o simplemente un viaje como viajero, desde la capital de Sierra Leona, Freetwon, a la capital de Liberia, Monrovia. Fue un arriesgado viaje por selvas, valles y terraplenes que contó en un libro titulado ‘Viaje sin mapas’.
En él está ahora el viajero insatisfecho.
Corría el año 1935 cuando un Graham Greene con apenas 30 años, con la cabeza llena de ideas románticas sobre el continente africano, llegó a Liberia, país de nuevo cuño que Estados Unidos había fundado con la intención de devolver a África un contingente de esclavos liberados. Era un territorio apenas explorado, “a caballo entre la naturaleza salvaje y la moderna sociedad organizada, que luchaba por establecer sus señas de identidad tras sacudirse el yugo colonial”, como bien dicen en la presentación de este libro.
Una expedición de este tipo era arriesgada pues como reflexiona él mismo sobre la marcha a pie, “no pude evitar acordarme de que el hombre que iba delante era el que mayor peligro corría de que le mordiera una serpiente, pero el hombre de atrás corría el peligro del ataque de un leopardo, pues, según dicen, los leopardos te saltan siempre a la espalda”.
Sus descripciones resultan, a veces, oníricas, excéntricas o locas:
  • Las mujeres de la aldea bailaron para nosotros esa noche a la luz de las estrellas al compás de una música de maracas. No fue una danza encantadora; no eran bailarinas encantadoras sino ancianas demacradas que se daban palmadas en las nalgas huesudas en una especie de charlestón; pero estaban alegres y felices, y nosotros nos sentíamos felices también y, mientras ellas se daban palmadas y tocaban las maracas y reían y saltaban, bebíamos agua hervida caliente con whisky y zumo de lima, y la atemporalidad, la irresponsabilidad, la libertad de África empezaban a afectarnos al fin”.
Tiene, de vez en cuando, una complicada prosa este Graham Greene, pero es sin duda, aunque por ahora solo haya leído unas cien páginas, un libro apasionante. 


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25 de marzo de 2016

Sabana, vida, sabana

Familia de leones
Avestruz
Lleva varias entradas refiriéndose a las malas carreteras keniatas y, en verdad, no son peores que en otros países africanos, pero el devenir de las reflexiones sobre el viaje, como viajero insatisfecho, le han llevado por esos derroteros. Y no puede olvidar tampoco los últimos kilómetros (80 o 90), de los que no había dicho ni ‘mu’, hasta llegar al Masai Mara, donde se preguntó, incluso, si en época de lluvias aquel trayecto sería viable. Pero allí, sí estaría de acuerdo en no tocar un solo bache para evitar una más que previsible invasión turística. Apoyaría mantener su actual estatus.
La Reserva Nacional del Masai Mara era uno de los lugares que tenía en mente visitar, uno de los pocos parques naturales que su cerebro consideraba imprescindibles. No le decepcionó para nada y tuvo suerte, además, de encontrarse poco turismo o, al menos, relativamente poco. Sin duda si durante el recorrido se dejaba ver a lo lejos una familia de leones, los todoterrenos y furgones, con cuatro o cinco turistas en su interior, aparecían como piojos, pero era algo que entraba ya en sus planes, al menos, como algo previsible. Los conductores-guías se avisaban unos a otros de los principales avistamientos y comenzaba así, de aquella guisa, la carrera, los acelerones y conducción temeraria para poder llegar a tiempo y enseñar a “sus turistas” el botín. Era una guerra de intereses de la que todo el mundo salía aparentemente beneficiado: los visitantes porque cumplían su objetivo de avistar al animal y los conductores porque preveían que así aumentaría la propina al final. Pero la inmensidad de la sabana, paisaje por excelencia del Masai Mara, hacía que este mochilero crítico perdonase todo. Aquella sabana de película, infinita y verde, sostenía una suave brisa que por momentos se convertía en nubarrón para más tarde mudar en aguacero, era un maravilloso y evocador paisaje. Una mirada sin prisas convertía la mente del privilegiado que la disfrutaba en un esclavo de esa belleza natural, salvaje, sin tratar.

Jirafa
Hiena
Al subir una pequeña loma se veía un grupo de jirafas; al voltear aquel camino, un avestruz levantaba su largo cuello e iniciaba una tímida carrera; al llegar a aquel oculto arroyo, se oían los berridos de varios hipopótamos en plena pelea, y así, así, el tiempo pasaba en la sabana del Masai Mara.
Sabana, vida, sabana.
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Reposado recorrido por el Masai Mara, en vídeo:


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12 de marzo de 2016

Malindi, el pequeño nápoles africano

Dique y mar en Malindi

La visita del viajero insatisfecho a Malindi, en la costa keniata, fue algo casual. No estaba prevista. El viaje de ida de Mombasa al archipiélago de Lamu, mucho más al norte, en bus se le había hecho un poco largo, pesado, y de ahí que a la vuelta, se preguntase, ¿por qué no hacer una escala?. Y así hizo. Se detuvo en Malindi como ya hiciera, hacía más de 500 años por otro motivo, Vasco de Gama en su viaje a la India (1498).
La ciudad o, mejor, el área de Malindi era muy popular entre los italianos, o al menos los buscavidas callejeros para llamar la atención se dirigían en italiano como si pensaran que todo blanco que apareciera fuera de este país. En otros lugares keniatas los chicos locales interrogaban al mochilero en inglés. El bar-restaurante donde desayunó los dos días que estuvo por allí y donde se tomó alguna cerveza era italiano, y casi todos los turistas que se encontró por las calles hablaban italiano. Curioso, y aún no ha encontrado una coherente explicación. Tampoco la ha buscado, por cierto. ¿Será que este pueblo lo considera su pequeño nápoles africano?. El hecho es que fue uno de los lugares donde pudo ver más blancos paseando por las calles aledañas a la playa. Se hospedó en Lutheran Guest House que, como su nombre indica, era un centro religioso luterano, pero de las tres ‘guaridas’ visitadas, en su intento de encontrar algo decente y barato, ésta era la mejor y más limpia, y en zona tranquila. Nada comparable a Dagama’s Inn al que se accedía por un bar atiborrado de cervezas y botellas de alcohol pero también de suciedad. Muy descuidado. Parecía el lugar de reunión de maleantes nocturnos y pescadores aficionados al botellón, o botellín.
No disfrutó mucho de Malindi. Tampoco era su intención sacarle todo el jugo, más bien descansar. Recuerda el agua marrón de su extensa playa, por la desembocadura de uno de los ríos cercanos cargados de barro de la última tormenta en el interior; el largo dique que penetraba desafiante en el Océano Índico, y el poco cuidado pilar que erigió Vasco de Gama como recuerdo de su estancia en la ciudad que, en aquel entonces, no sería tal. 
¿A que van, entonces, los italianos por allí?. Ellos sabrán. Este leonés supone que aquella playa que él encontró marrón por las lluvias será el principal atractivo.

Mercado en Malindi

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1 de marzo de 2016

Kisumu y el lago Victoria

El lago Victoria, desde la terraza de la Sooper Guest House

Procedente de Kitale llegó a Kisumu, más al sur. Quería volver a navegar por el lago Victoria, pues lo recordaba de su anterior viaje a Tanzania (hacía ya varios años), y Kisumu era la ciudad keniata ideal para ello. Le daba miedo que la ciudad le defraudara porque supuestamente era muy bulliciosa, relativamente cerca de la frontera con Uganda. Pese a su tamaño y su ritmo de crecimiento, se le apareció una ciudad con sabor africano, sí, pero nada opresiva o atosigante, abierta a un inmenso lago muy degradado pero, en cierto sentido, sugerente. Ya en esta urbe ribereña, encontró un sitio ideal y barato para dormir -le apetece publicitarlo por si alguien se acerca por allí (Sooper Guest House)- y un rincón muy tranquilo para cenar después de las habituales caminatas por los alrededores, el Green Garden Restaurant, a la vuelta de la esquina de la guesthouse, unos cincuenta metros. Ambas plazas las recomendaba la ‘lonelyplanet’ y el viajero insatisfecho reconoce que en esta ocasión no tuvo queja. Excelente comida y nada cara. Excelente local, tranquilo y de ambiente relajante, con música suave y posibilidades de wifi. Cómodas sillas y paredes decoradas con murales tribales, escenas de animales salvajes. Cuando el largo día de ajetreada vida caía sobre las espaldas del mochilero era muy gratificante encontrar un sitio tranquilo donde la cerveza fría, Tusker, cumplía su verdadera misión rehabilitadora. Encontró el restaurante el primer día, y el segundo, después de navegar por el lago Victoria -lo atravesó en un ferry desde Mbita a Luanda Kotieno (2 horas y media)- volvió a repetir.
El personal que atendía tanto la Sooper Guest House como el Green Garden Restaurant eran amables, simpáticos y predispuestos a ayudar. ¿Qué más se puede pedir?. Ambos estaban ubicados muy cerca del lago, al final de la calle, donde se llegaba después de un corto paseo de bajada. A sus orillas, más de una docena de restaurantes ofrecían tilapia, pescado de referencia en los lagos africanos, a locales y extraños. En aquel momento, el único blanco extraño era el mochilero leonés. Tomó una cerveza y dejó la tilapia, no le seducía entonces, para otro día. Mirando el infinito horizonte de aguas del lago, vio caer el día con cierta parsimonia.
Restaurantes a la orilla del lago Victoria

Otra ciudad ribereña del lago era Mbita, por ella paseó y desde ella partió para navegar unas horas el lago Victoria.
Este vídeo recoge la tranquilidad del paseo:




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19 de febrero de 2016

Unos kilómetros de recorrido hasta avistar el lago Turkana (VÍDEO)

Era la primera vez que grababa un vídeo en uno de sus viajes y tenía puesta mucha ilusión. Por ello, en la primera ocasión que se le presentó, se puso de inmediato. El viaje en moto era ideal para probar esa nueva experiencia. Fijó la cámara al guardabarros delantero o, mejor, se fijó ella misma pues posee un potente imán, la conectó, y el motero, puesto en antecedentes, se lanzó entre baches hacia el lago Turkana.
El viajero insatisfecho advierte que fue un recorrido monótono aunque, acompañado como está por una preciosa música, se convierte en algo relajante y, quizás, de vicio.
Esto fue lo que recogió la 'CUBE', un sencillo aparato:




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