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-Puerto/Malecón-
Llegaba a Veracruz ya avanzada la mañana después de una noche completa, y de insomnio, en un autobús desde Campeche, una ciudad colonial -otra- dentro del elenco de ciudades mexicanas. Y el viajero insatisfecho llegaba a ella con la mochila organizada de alusiones históricas, la documentación mental estructurada y preparado para tropezar con lo que finalmente encontró: una ciudad portuaria con un puerto de verdad, con barcos mercantes atracados que sobresalían de las tranquilas aguas como monumentos de chatarra ideados por algún veterano maestro cubista. Un puerto por el que se podía pasear, tranquilo, aunque ese sosiego era interrumpido a veces por los jovenzuelos vestidos con pantalón corto y camiseta raída que animaban a los incautos transeúntes a tirar una moneda al agua contaminada y sucia que bordeaba el malecón, para así recuperarla ellos después de un rápido chapuzón. Siempre lograban el objetivo. La interceptaban antes de llegar al fondo, concluyó. Costumbre esta que ya había presenciado en alguna otra población, por ejemplo de Islas Filipinas, y siempre le producía una especial repugnancia y rechazo. Tanto por los jóvenes que la propiciaban como por los viajeros, casi siempre un poco soberbios, que se prestaban a esa penosa situación.
-Zócalo, al fondo, la orquesta-
-Limpiabotas-
-Fortaleza San Juan de Ulúa-
Pero olvidados del fulgor como puerto y de lo penoso como presidio, Veracruz se extendía como un soplo de vida por la zona playera, lindando con el mar que tanto la otorgó, con edificios alegres de hechura internacional. Perdía así un poco su vestimenta tradicional pero ganaba en modernidad.
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