9 de febrero de 2016

El lago Turkana no era un lago más

Momento de la llegada al lago Turkana

¿Por qué tenía ganas de visitar el lago Turkana?. Porque es un lago mítico en la secuencia exploratoria africana. Sabía que no tendría ante sus ojos grandes paisajes, todo lo contrario, pero la mente viajera a veces va por veredas que nada tienen que ver con la búsqueda de un sorprendente espectáculo natural. El trayecto desde Nairobi hasta Lodwar, capital de aquella región Turkana, era largo, complicado e, incluso, incómodo. Los kilómetros y kilómetros que era necesario recorrer se convertían, por momentos, en un verdadero suplicio. Las condiciones del asfalto no eran nada buenas y durante muchos kilómetros, donde el abandono estatal era más que evidente, este asfalto había desaparecido. Perfecto, o casi, el primer tramo hasta Kitale, una simpática ciudad tranquila aunque nadie piense que carecía del bullicio africano. Desde allí un autobús se lanzaba hacia Lodwar como si fuera una batidora ambulante. Gran parte de la carretera malísima. El paisaje iba poco a poco pasando a semidesierto, salpicado de aquellos arbustos llenos de espinas como de acacias malcriadas. Llegado un momento, apareció la noche y casi se agradeció. El polvo y la arena se adueñaban del camino, y al llegar a Lodwar a medianoche, el polvo estático en el aire asfixiaba los pulmones.


Mujeres 'turkanas' sentadas a la orilla del camino

Desde esta ciudad hasta el pueblo Kalokol, ribereño del lago, fue necesario que el mochilero alquilara una moto. El servicio regular de ‘matatus’ estaba sujeto a la usual arbitrariedad africana, y no era muy fiable. Eran 60 o 70 kilómetros por una carretera, ya sin asfalto, repleta de baches que el motero trataba de superar con un poco de paciencia y un mucho de pericia. Fueron más de dos horas de trayecto donde se cruzaron con rebaños de camellos, y camellos solitarios, con rebaños de cabras, y cabras esquivas que balaban como desesperadas al paisaje de arena y espinas que todo lo rodeaba. Pero, sobre todo, se cruzaron con varios poblados ‘turkanas’, humildes, rodeados de la nada, sin agua, sin comida, o algo que se pareciera, sin un utensilio en el interior de sus humildes chozas. Cabañas que desprendían pobreza y miseria. Se acercó a una de ellas y vio muy cerca el vacío, la nada y la más absoluta penuria. “Es como quieren vivir”, le dijo el guía-motero. No le creyó.


Cabaña 'turkana'

La ruta continuaba monótona, con aquel sol silencioso y dañino para la blanca piel del viajero insatisfecho. Nuevos rebaños de cabras, un joven ‘turkana’ en bicicleta se aproximaba de frente por la carretera llena de socavones y varias mujeres ‘turkanas’ sentadas aparecían a la orilla del camino, bajo un árbol semiseco saturado de espinas.
Atravesaron, sin detenerse, a su ritmo motero el pueblo de Kalokol y continuaron dos o tres kilómetros más hasta la misma orilla del lago. Ningún paisaje especial a la vista, pero un grito atronador de alegría descolocó a aquellas mujeres ‘turkanas’ que, apoyadas en un pequeño bote pesquero, charlaban en la orilla. El sueño de ver el lago Turkana, cumplido. Es el mayor lago permanente, en entorno desértico, del mundo. Según algunas informaciones, en peligro por el control en el suministro de aguas del río Omo que lo alimenta.
Tocó sus aguas, entre restos de pequeños peces muertos, y respiró fuerte su calurosa y reposada brisa. El sol se mostraba, en aquel momento, en todo su esplendor y picaba al mochilero.
Se fueron de vuelta al pueblo de Kalokol a vivir, de nuevo, un poco el bullicio africano.

Paisaje y camellos pastando


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28 de enero de 2016

¿Hasta dónde llegará la humillación?


Los “vende-safaris-y-tours” que abordaban por la calle, en Nairobi (Kenya), ya le desaconsejaban visitar el lago Turkana y viajar por carretera al archipiélago de Lamu, precisamente las cosas que tenía previsto hacer. Pero ellos lo hacían por su interés, mantener a los forasteros en su zona de influencia y negocio: Parques Nacionales. Parte de la carretera de subida al norte, a Lodwar, cerca del lago Turkana, era un camino lleno de baches. Muchos kilómetros de saltos y sentirse como en una batidora. Entonces, no pensaba que el trayecto a Lamu fuera similar. Lamu es una de las zonas más turísticas de Kenia pero, más tarde, se daría cuenta de que el turismo de alta graduación llegaba al archipiélago por avión. Muchos de los kilómetros de carretera eran un suplicio; contaba además con el añadido de los controles militares o policiales rutinarios, o no tanto. Tres controles muy exhaustivos, además de los otros, con registro de equipaje y pasaporte, sufrió durante el trayecto de ida, y otros tantos en el de vuelta.
La zona era caliente sin que este mochilero entendiera el por qué, o sí. Tal vez por la cercanía de Somalia y el peligro del Al Shabaab somalí, grupo extremista vinculado a Al Qaeda.  El más exhaustivo de los controles fue en la localidad de Garsen, precisamente en el cruce de la carretera que lleva a Somalia, y la otra que lleva a Lamu. Allí los autobuses que hacían el mismo trayecto Mombasa/Lamu de las diferentes compañías, llegaban casi agrupados, en caravana, exigencia de los controles militares. De Mombasa llegaron unos 6 o 7 autobuses, y varios matatus. Todos ellos sufrieron el correspondiente control-examen. De todos los congregados allí, el único blanco era el viajero insatisfecho. El cruce estaba lleno de mujeres que vendían frutas, mazorcas de maíz, cocidas o tostadas, leche de cabra en botellas de plástico de agua, recicladas, bolsitas de anacardos y otros productos zonales. Se entretuvo fotografiando durante ese periodo de espera y descanso a mujeres, autobuses y ambiente en general (seis o siete fotos, nada más). Mientras fotografiaba la trasera de un peculiar bus, uno de los que cruzaban por allí le advirtió del peligro de hacerlo porque no estaba permitido por los militares.
No tardaron mucho en presentarse (tras un muy posible chivatazo). Dos de ellos le pidieron se acercase con un ligero movimiento de índice, gesto de por sí ya un poco soberbio. Con actitud chulesca le fueron diciendo que si llevaba cámara y que si había estado haciendo fotos....
- Si, he hecho unas fotos a varias personas y a los autobuses que me parecieron curiosos. Vengo de Nairobi y del lago Turkana y nadie me ha puesto ningún problema.
Según le llevaban ante su superior, los policías le pidieron la cámara que, inmediatamente, entregaron a su jefe. Quería ver las fotos. Como estaba sentado en un tronco, se sentó al lado para mostrarle el funcionamiento de su utilitaria cámara. Unos de los policías (o militares, no sabe) de un empujón le levantó del sitio donde estaba (no debía estar a la altura de su superior, supuso), y el otro le conminó a que se sentara en el suelo. Con una quieta y silenciosa mirada el mochilero le dijo: ¿No te estarás pasando?, pero o no entendió o no quiso entender la mirada, e insistió en que se sentara en el suelo. Se masticaba el poderío del uniforme, la chulería de vestirlo y la soberbia de llevar un fusil apuntando al suelo.
Al final se acuclilló, mientras pensaba “¿hasta dónde llegará la humillación a que me someterán?". En las fotos no aparecía uniforme alguno, nada peligrosas y totalmente inofensivas. Le devolvieron la cámara y el pasaporte, que habían revisado detenidamente y, como despedida, le dijeron si era ‘support’ del Real Madrid o del Barcelona. “Del Real Madrid”, contestó.
- Ah, Ronaldo!, dijo uno de ellos.
Estas fueron algunas de las “peligrosas” fotos que hizo en el lugar:





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17 de enero de 2016

Aquella 'guest house' cercana al lago Turkana

Una calle cualquiera de Lodwar. En primer plano, un hombre turkana

Como previsiblemente llegaría muy entrada la noche a Lodwar (ciudad relativamente cerca del lago Turkana que pensaba visitar), después de traquetear con el autobús la desastrosa carretera, toda ella llena de baches y socavones, había pedido al joven y simpático conserje del hotel Alakara, en Kitale, donde se encontraba, que llamara para reservar una habitación en el Navoitorong Guest House, de Lodwar.  Y sí, el autobús llegó muy cerca de la medianoche a la ciudad de destino, base para tratar de llegar al día siguiente al lago Turkana. A modo de taxi, a esas altas horas, pidió a un motorista que le llevara al hotel previa negociación del precio.
Sin conocer la ciudad y sus 'intríngulis' era difícil no ponerse nervioso ante tantos minutos transcurridos desde la salida de la parada de bus y tantos cambios de sentido del joven (calle a la derecha, ahora calle a la izquierda, media vuelta en la rotonda, y así varios kilómetros). Se paraba y el motero observaba en la oscuridad varias direcciones, volvía a arrancar su moto y se mostraba dubitativo. Otro motero que aparecía de no sabe dónde se paraba en el camino y hablaba con él en su lengua turkana. No encontraba, o no conocía, el Navoitorong Guest House. La ciudad, a esas horas, sin apenas iluminación producía respeto si no miedo al viajero insatisfecho. Se masticaba el polvo que impedía ver con claridad la cerrada noche. A la mañana siguiente entendería el porqué de ese polvo: no llovía en la ciudad desde hacía muchos meses; una ciudad, por otra parte, en medio de un semi-desierto. Un hotel cercano, a unos cuarenta metros de la parada del bus (no hubiera hecho falta alquilar un motorista), le recibió a esas horas con los brazos abiertos. Al día siguiente, durante la visita al lago Turkana, a donde le acercó otro motorista, le contó en tono amigable la historia y le pidió que, al regreso, le acercara para conocer de una vez Navoitorong Guest House donde tenía una habitación reservada la noche anterior. Le aseguró que no estaba en el centro y que tendrían que ir las fueras de la ciudad. Ningún problema. Este leonés se sentía seguro, era de día y además el motorista era casi su amigo. La habitación era carísima (recordaba que cuando había reservado le habían dicho un precio razonable) y el local muy nuevo y con cierto lujo. Se tomaron una cerveza (el motorista fue invitado) y se largaron del hotel. Al salir, en el pequeño cartel de entrada ponía el nombre del hotel, y no era el Navoitorong Guest House. No dijo nada a su motorista y colega de aventuras en el lago Turkana
Siempre le quedará la duda: ¿existirá el Navoitorong Guest House o será un sueño de la guía Lonely Planet que lo sugería? . Y si existe, ¿por qué nadie quiso llevarle allí?. El recepcionista del hotel de Kitale habló y reservó  una habitación por una noche a un precio muy razonable ¿tendrá el Navoitorong Guest House algún maleficio?.
¡Cosas de África!

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5 de enero de 2016

Nairobi, destartalada urbe africana

 Monumento a los guerreros caídos en la defensa de los valores africanos, Kenyatta Ave.
Nairobi ¿Qué queréis que el viajero insatisfecho os diga sobre Nairobi?. Es difícil hablar sobre esta ciudad sin haber vivido en ella. Es complicado definirla por su variedad de vida, su destartalada ubicacn, aunque tratará de dar una impresión menuda, poco fiable, falta de perspectiva a largo plazo, pero….. 
Nairobi es una mezcla de realidades mezcladas, con una gran amalgama, también, de riquezas culturales, fruto sobre todo de la diversidad étnica de este país. De hecho, además de las grandes comunidades de indios, somalíes o etíopes -y por qué no de congoleños y sudaneses (¡vete tú a saber!)- aquí se aprecia que residen (y eso que este mochilero no ha hecho nada más que raspar la realidad) kenianos originarios de los más de cuarenta grupos étnicos que cohabitan en este país, lo que se traduce en una variedad de manifestaciones culturales. Todo esto, mezclado con los ritmos y el estilo de la vida urbana, hace que Nairobi sea, desde su punto de vista, una verdadera coctelera del África contemporánea, donde lo tradicional se combina con lo moderno, lo occidental con lo africano, el masai se occidentaliza y el samburu se hace más keniano aún, pero así, así avanza hoy África, a su manera, sin perder la esencia, y con energía, tratando de integrarse en un mundo globalizado.
Camellos en el Uhuru Park, Nairobi
Paseó por sus masificadas calles pero se sintió solo, acompañado nada más, de vez en cuando, por los cuatro ‘incordiones’ vendedores de no sabe qué ‘tours’ para visitar parques nacionales, tan lejos de la idea de este leonés a la hora de plantearse este viaje. Sin duda, pateará alguno pero antes tiene que imbricarse en la realidad keniata/africana, sufrir sus inconveniencias, viajar en ‘matatus’ (ya ha empezado), dejarse apretujar en ellos y sufrir sus incomodidades. Nada tiene que ver con un masoquismo viajero, por favor, tiene que ver con la cruda realidad. Para ser el primer día de visita se encontró con el Maasai Market, de lo más 'turistón' de Nairobi.
Luego, en los paseos sin rumbo, poco más. Pocas anécdotas que contar.

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24 de diciembre de 2015

Kenya, país pendiente

-Libro-guía-


Había circulado una tarde-noche por las carreteras de Kenya hace muchos años al tratar de llegar del lago Victoria a Arusha (ambos lugares en Tanzania), ciudad ésta de partida para visitar el famoso cráter del Ngorongoro. La falta de carreteras entre ambos puntos, debido a la situación del Serengueti, obligaba entonces a hacer esa ruta. Había transitado por sus caminos pero no había visitado el país. Cree que se lo debía y no va a pasar más tiempo sin patearlo. Dentro de unos días desempolvará la mochila, preparará sus cuatro camisetas raídas y las otras cuatro cosas que suele empaquetar y se lanzará a la aventura.
Nada que ocultar. El país le apetece pero no le emociona; lleva ganas pero no una ilusión desmedida y sabe que habiendo ya visitado Tanzania, Kenya le va a ofrecer más de lo mismo. Quizás mucho más 'turisteo' y menos inocencia de sus gentes a la hora de enfrentarse al visitante. En todo caso, son premoniciones y el viajero insatisfecho no puede basar su viaje en ellas. Hace unos días compró la ‘lonely’, pese a estar un poco harto de estos libros-guía, y ha leído dos cosas.
Suficiente.
No hace falta ir muy documentado, es necesario dejarse sorprender y vivir de la improvisación. ¿Para qué si no viajar?. Salir del apuro, resolver en el momento y decidir la ruta la noche anterior son los principios básicos del buen viajar. El mochilero leonés los cumple a rajatabla.
¿Alguna sugerencia?.

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11 de diciembre de 2015

La roca de Pidurangala / Sri Lanka

-La roca Sigiriya, vista desde la roca de Pidurangala-

Cuando este viajero insatisfecho llegó a la roca Sigiriya (sobre la que ya ha escrito un ‘post’) pensó, viendo su empinada y cortante forma, que si subía a la cima se iba a perder la belleza de la roca en sí.  Podría valer el símil de “el árbol impediría ver el bosque”. Cuando se enteró de que había otra roca menos espectacular a poco más de un kilómetro pensó de nuevo (y lo está haciendo muy a menudo) que sería interesante observar desde la una a la otra. Y así fue.

-Buda recostado, antes de llegar a la cima-

La roca de Pidurangala se encontraba muy cercana al norte de la roca Sigiriya. Lo mejor de la experiencia fue la subida a aquel pico con sus impresionantes vistas sobre la otra roca más famosa. Además, muy cerca ya de la cima se encontraba un antiguo Buda en posición recostada que para cualquier viajero, que no hubiera visto muchos otros, podría ser interesante. Rugía el viento en la cumbre, como premonición de lo que sería la ascensión a la otra, que precisamente se llamaba “la roca del León”, más que por el rugido del viento por el diseño de las garras del felino que había en su base. El sol que acompañaba al viento era también fuerte. Parecía que viento y sol se hubieran unido para obligar al viajero a refugiarse al lado de las grandes rocas situadas en la cima al borde del precipicio. Rocas estas que parecían con ganas de salir rodando hacia la llanura. En la subida le acompañaron dos amables y simpáticos jovenzuelos de la zona que al llegar a lo más alto desaparecieron sin dejar rastro. Hubo un momento en que pensó que serían espíritus del Buda tumbado que acababa de dejar atrás.
Unas maravillosas vistas desde la roca de Pidurangala que animaron al mochilero leonés a afrontar al día siguiente el excesivo precio del ticket de entrada a la otra famosa roca. No podía perderse escudriñar por sus entrañas. Algo deberían guardar para ser tan conocida entre viajeros y turistas. Y así era.
-La roca de Pidurangala, vista desde la roca de Sigiriya-


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1 de diciembre de 2015

Parque Nacional de Yala


-Elefante, al fondo, y japonesa, espécimen también abundante-

El tan cacareado Parque Nacional de Yala por los libros-guías de Sri Lanka, y en especial por la ‘lonely’, decepcionó a este mochilero. En sus adentros, una vez realizada la visita, pensó que para el que conociera alguno de los parques nacionales africanos, la aventura en el Yala le iba a resultar un poco pobre, al menos en cuanto a animales avistados.

-Cocodrilo-

El centro de operaciones para hacerle una visita era la ciudad de Tissa (hay otras),  tranquila ciudad cercana y con la suficiente oferta de guías con sus 4x4 para poder cumplir con el objetivo de la aventura. El viajero insatisfecho llegó a Tissa después de varias horas de autobús desde las tierras altas de Sri Lanka, concretamente de Haputale, y no directamente pues tuvo que hacer transbordo en un pueblo que no recuerda. Toda una mañana, y parte de la tarde, de ‘curveteo’ en un autobús local, le posibilitó conocer todos los parajes de paso con cierta lentitud y parsimonia. Pueblos y más pueblos, cascadas, bosques interminables, curvas, montañas verdes hasta su cima y, sobre todo, paradas y más paradas para bajarse o subirse la gente local. Al fin y al cabo era su medio de transporte no el de este intruso leonés. Nada más parar el autobús en la ciudad de destino, un joven caza-mochileros le abordó. ¿Qué mochilero se acercaba a aquella ciudad y no visitaba luego el Parque Nacional aledaño?. Y al mochilero que tenía delante de él le veía despistado y con cara de necesitar información, como así era. A través de este jovenzuelo consiguió un hotel barato y mediante él cerró el trato para recorrer al día siguiente el Yala. No era la mejor época del año, pero el agente turístico casi garantizaba el avistamiento de algún leopardo, y el resto de animales, por supuesto. La ‘lonely’ también consideraba a Yala como “uno de los mejores parques del mundo para ver leopardos”.
No hubo suerte con este felino.

-Gallo de bankiva-

En el parque se estimaba que habitaban unos 300 elefantes salvajes “pero que pueden ser escurridizos”, según el libro-guía. También había osos de pelo negro [fotografía], peludos osos perezosos, chacales, sambares (parecidos a los gamos), chitales (también parecidos a los gamos pero moteados), jabalíes, búfalos, mangostas, gallos de bankiva, pavos reales, monos, y unos cocodrilos “asombrosamente grandes” (tampoco era para tanto y, además, se veían muy lejanos). Fueron cuatro horas completas, con un breve descanso, dentro del parque y la suerte (con la que siempre hay que contar para poder ver animales en la más absoluta libertad) no fue muy propicia.
Otra vez será.

-Oso de pelo negro-


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20 de noviembre de 2015

Aquel templo hindú en Trincomale

-Fuerte Frederick / Trincomale-

Siempre le llama la atención el exceso o, al menos, el mucho papanatismo religioso que hay en determinados sitios. Y, sencillamente, en los territorios en los que domina la religión hindú o la budista al viajero insatisfecho le parece especialmente sangrante. Sobre otras religiones en este ‘post’ no quiere pronunciarse aunque, sin duda, tienen elementos muy parecidos si no iguales.

-Buda-

Dentro del fuerte Frederick, en la ciudad de Trincomale, la mezcla de funcionalidades y especialidades era realmente llamativa. A la entrada, una vez cruzado el antiguo arco portugués (u holandés pues éstos se lo usurparon a los portugueses a mediados del siglo XVII) había un acuartelamiento con soldados haciendo guardia y barracones repletos de personal militar. No muy lejos, un monumento a Buda, éste erguido, adoptando una de sus habituales posturas (mano levantada saludando o dando parabienes ¡quién lo sabe!) y mirando fijo a la bahía frente a la ciudad. Continuando por el fuerte entre árboles centenarios (¡que maravillosa sombra proyectaban!) y después de una pronunciada subida, el templo hindú Kandasamy Kovil dedicado al dios Siva (sí, ese que tiene más brazos que un saltamontes patas) con la misión de proteger la isla de Sri Lanka de desastres naturales. Como siempre.

-Dios Siva, a la entrada del templo-

Llamaba la atención el emplazamiento del templo, la gran cantidad de peregrinos y, en especial, el mercadeo, o ‘tiendeo’, o ‘compreteo’ en sus alrededores. Alguno que lea esto dirá: ‘lo mismo pasa en Lourdes’, y el mochilero lo sabe, pero, ahora, quiere mostrar esa incomprensión por el papanatismo allí encontrado, aunque menor, incluso, que el que recordaba de India. El camino que llevaba al templo, una vez en la cima, estaba bordeado de tenderetes a ambos lados. Todo se vendía. Fruta, bebidas, golosinas, amuletos, ofrendas, guirnaldas chinas, velas, piedras de todo tipo, abanicos chinos, bandoleras chinas, cuadros chinos, fetiches, sombreros, flotadores de plástico chinos, chinos, chinos y más artículos chinos. Era más lamentable y peor incluso, si esto fuera posible, que la invasión de baratijas chinas en España. Un mercadeo de ‘todo a cien’ que chirriaba a los oídos y deslumbraba los ojos. Pero así eran las cercanías de los templos hindúes famosos o los más frecuentados por los peregrinos de todo el país. Y no llegó en el momento de mayor acumulación de gente. Cuando subía a la cima se encontró mucho sari femenino bajando. La puja (oración) ya había finalizado. Aún así, el lugar desprendía multitud.
-Camino de acceso al templo, repleto de tiendas-

Compró agua, un mango verde troceado, salpicado de sal-chili (un agradable sabor agri-dulce-picante que ya había descubierto en Camboya) y, descalzo como todos, abordó el templo con la curiosidad como única justificación.


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5 de noviembre de 2015

Escritos en tres idiomas

-De arriba a abajo: tamil, cingalés e inglés (en zona tamil)-

No sabe si era una cuestión pactada o si era algo exigido por los tamiles al gobierno central, de mayoría cingalés, pero la problemática por la diversidad cultural en el país (Sri Lanka) se veía compensada por esta ¿solución?, o quizás ¿término temporal?. No lo sabe. En todo caso, ¿qué solución?. La de colocar la información en los tres idiomas más influyentes del país. Además, idiomas muy diferentes porque incluso los caracteres alfabéticos eran distintos.
No hacía muchos años el país había superado una terrible guerra civil. En concreto, los ‘tigres tamiles’ se levantaron contra el gobierno de Colombo (de mayoría cingalés) y plantearon una revolución cruenta para conseguir la independencia del norte de la isla, de mayoría hindú e influenciados o procedentes de India. El viajero insatisfecho visitó Jaffna, capital de los tamiles al norte, y pudo comprobar alguno de los efectos de la guerra. Pero lo que desprendían estas fotografías era una ¿solución?. No cree que sea así para una problemática mayor, pero al menos si parecía ser una consecuencia. Pobre, sin duda, pero consecuencia de aquellos muchos años de lucha. Espera, sin duda, que haya habido otras de mayores arrestos. Tanto en el norte como en el sur, en el este o en el centro este mochilero pudo observar -nada especial pero si reiterativo- aquellas modernas placas colocadas en las principales calles de las ciudades, y a veces no tan principales. Las alertas de tsunami -más bien una necesidad que una concesión- aparecían también en los tres idiomas del país (tamil, cingalés e inglés).
-De arriba a abajo: cingalés, tamil e inglés (en zona cingalés)-

Y creedle que si no fuera por algún sari (vestido tradicional de las mujeres hindues) más en el norte que en el resto del país, no había forma de distinguir a unos y a otros. Un viaje de veinticinco días tampoco daba para mucho más, pero si pudo palpar esa solapada unión entre todos los isleños. ¿Con algunos problemas de integración?. Seguro, pero nada evidenciaba las pasadas disputas por religión y territorio. Desde fuera o desde la superficie, daba la sensación que el pueblo ‘srilankés’ había iniciado el siglo XXI mirando al futuro.

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24 de octubre de 2015

Areci malai

-Areci malai-

A las afueras de Trincomale, una ciudad de la costa este de Sri Lanka, había unas playas en las que todos los extranjeros que visitaban la zona tenían casi la obligación de hospedarse. Lo sugería la Lonely Planet como un buen lugar para alojarse, evitando así los pocos y malos ‘hoteluchos’ de la ciudad. Y lo que decía esta guía (de la que empieza a estar un poco harto) se convertía en mantra para todos aquellos mochileros que la utilizaban. Y, sí, el viajero insatisfecho también fue a caer por allí. La playa, muy normal. El hospedaje, muy regular y relativamente caro. La estancia, bastante aburrida, como son todas las playas del mundo mundial (excepto las españolas y alguna otra, según tiene entendido).
-Guía/tuc-tuc en la senda hacia la playa-

En esa búsqueda obsesiva por hacer algo que no fuera pasarse el día tumbado al sol y algo extra-lonelyplanet, se encontró con la posibilidad de visitar una playa (¡vaya!, ¿no habría otra cosa?) a unos sesenta kilómetros de donde se encontraba. El atractivo, según le dijo el mánager del hotelucho donde se hospedaba, era su arena, similar a los ‘granos de arroz’ (“Bonita e interesante”, decía el hombre). Y allá se lanzó este mochilero pensando encontrarse no sé qué. En todo caso, ello contribuía a ocupar el tiempo en esas horas 'mañaneras', evitando así el solazo playero. Un autobús local en dirección a otra ciudad más al norte le llevó a la zona. Allí, en una pequeña localidad, se dejó engañar por el conductor de un tuc-tuc que le hizo de guía y le acercó a la escondida playa Areci malai (en español ‘montaña de arroz’). Previa inscripción en el control militar que había en el acceso, por una senda entre matorrales se acercó al lugar, que aparecía al asomarse a un pequeño terraplén. Nada especial, una diminuta playa con una singular arena que simulaba ‘granos de arroz’, al menos si se observaba con imaginación y mente preconcebida, alimentada -recordaréis- por el mánager del hotelucho de las afueras de Trincomale. Muy cerca de allí, una factoría de arena, uno de los elementos generadores de riqueza para el país. Su exportación a China suponía unos bonitos beneficios.
-Arena como 'granos de arroz'-

La corta excursión en aquel bus local le permitió, además, conocer pequeños poblados y palpar una vez más la realidad rural de aquel bello país.Y pareciera poco, pero no lo es.

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16 de octubre de 2015

Viajar es algo fácil de contar

Después de comer, el viajero, que ha vuelto al terreno llano, despide a Quico y a su mula ‘Jardinera’, se echa a la sombra y se tapa lo ojos con el sombrero. Poco más tarde está profundamente dormido, con un sueño suave, fresco, confortador.
Cuando se despierta se incorpora, se estira un poco, carga con su morral y sigue adelante. Ha debido pasar bastante tiempo porque Quico y su mula ‘Jardinera’ están ya al otro lado de las Tetas, no se les ve por lado alguno.
Una mujer lava en silencio, con la cabeza al aire bajo un sol de justicia. Es el mediodía. El silencio es completo, no se oye más que….”. Así, con esta sencillez de novato viajero escribe Camilo José Cela su “Viaje a la Alcarria”.
Impresiona, si, su sencillez y su descripción pausada, nada extravagante o pretenciosa. Le gusta esa simplicidad, casi ingenuidad, al viajero insatisfecho. Muchas veces uno mismo piensa que necesitaría otro lenguaje para contar sus vivencias pero, siempre, fueron elucubraciones pasajeras, nada firmes. Este mochilero para construir las secuencias reales se apoya en los hoteles que utiliza, en los autobuses que toma, en el color de las paredes, en lo salvaje de la naturaleza, en la cara de la gente que cruza, en lo que lee, en lo que vive, en ese paseo precipitado o en ese trasnoche sin justificar. Solo así se siente a gusto con sus descripciones. El otro día salía solitario por un campo de hilagas/aliagas, matorrales agostados, carrascas de bellotas a punto de explotar, y cuando paseaba tranquilo se fijaba en todo y pensaba en lo fácil que sería contar todo aquello. Viajar es, quizá, eso: algo fácil de contar.
Y así, de pronto, se acordó de aquel día que vio en Tailandia a un adolescente avanzar por un camino, entre sombras y destellos de luz, que llevaba a la frontera de Birmania. ‘Allá, al fondo, esta Birmania’, le dijo el motero que le acompañaba. Entró en Birmania sin entrar. Visitó el país sin ver. Destruyó un régimen sin luchar.
¿Veis que fácil es contar un viaje?.

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4 de octubre de 2015

Polonnaruwa

-La dagoba más grande de Polonnaruwa-

Pensaba, literalmente, ‘pasar de piedras’ en este viaje y cayó en esta ciudad casi de casualidad. Polonnaruwa era una de las ciudades antiguas de Sri Lanka, la de mayor contenido patrimonial junto con Anuradhapura, y, después de visitada, debió de reconocer que era de imprescindible paso para todo viajero que venga a esta isla, “lágrima de la India”. Los monumentos de la ciudad se remontaban a hace 800 años, sus glorias también, y ahora daban una idea bastante buena del aspecto que tendría el sitio en sus mejores tiempos.
Llegó una calurosa tarde de agosto. Calurosa, de verdad. Después de dejar los bártulos en la ‘guesthouse’ alquiló una bicicleta allí mismo y se acercó al gran lago artificial Topa Wewa, para dejar correr las pocas horas de la tarde en sus orillas. A la mañana siguiente, alquiló de nuevo una bicicleta para acercarse a visitar las ruinas sin saber si después del tute del día anterior (le dolía el culo, majado por el asiento y la falta de costumbre) se arrepentiría. No lo hizo. La bicicleta era un buen complemento para visitar el sitio arqueológico: largas distancias entre algunos monumentos, no había excesivas pendientes y sí muchas sombras de árboles por los caminos, además, contaba con varios sitios donde vendían agua mineral, refrescos y agua de coco. ¡Excelente!.

-Uno de los monumentos del Cuardrángulo-

Dejaba la bici aparcada y visitaba, dejaba la bici aparcada y visitaba: Así era el ritmo.
Había varias zonas, la del Palacio Real que, por cierto, era pura ruina, cuatro paredes mal conservadas aunque se apreciaban esos grandes muros anchos y compactos. Otra de las zonas, el llamado Cuadrángulo que poseía una buena colección de diferentes edificios, una delicia para los arqueólogos, seguro. El viajero insatisfecho los visitó sin haber sentido nunca la llamada pero no dejando de sorprenderse con alguna de las ruinas vistas.
En el recinto de Polonnaruwa había, además, dos o tres estupas, o dagobas como decía el libro/guía, inmensas, la más grande de allí era la cuarta más grande de la isla. Y lo más sorprendente para sus ojos inexpertos estaba al final de recorrido: el Gal Vihara. Se componía de cuatro imágenes de Buda separadas, todas ellas esculpidas en un largo bloque de granito. El Buda de pie medía 7 metros y el reclinado, representado mientras entraba en el nirvana tras la muerte, 14 metros. Completaban el sitio otros dos Budas sentados. Si no lo más interesante e importante de Polonnaruwa, al menos este mochilero lo calificó como uno de los lugares más vistosos.


-Gal Vihara (Buda de pie y reclinado)-


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