“Después de comer, el viajero, que ha
vuelto al terreno llano, despide a Quico y a su mula ‘Jardinera’, se echa a la
sombra y se tapa lo ojos con el sombrero. Poco más tarde está profundamente
dormido, con un sueño suave, fresco, confortador.
Cuando se despierta se incorpora, se
estira un poco, carga con su morral y sigue adelante. Ha debido pasar bastante
tiempo porque Quico y su mula ‘Jardinera’ están ya al otro lado de las Tetas,
no se les ve por lado alguno.
Una mujer lava en silencio, con la
cabeza al aire bajo un sol de justicia. Es el mediodía. El silencio es
completo, no se oye más que….”. Así, con esta
sencillez de novato viajero escribe Camilo José Cela su “Viaje a la Alcarria”.
Impresiona, si, su sencillez y su descripción pausada, nada extravagante o pretenciosa.
Le gusta esa simplicidad, casi ingenuidad, al viajero insatisfecho. Muchas veces uno mismo piensa que necesitaría
otro lenguaje para contar sus vivencias pero, siempre, fueron elucubraciones
pasajeras, nada firmes. Este mochilero para construir las secuencias reales se
apoya en los hoteles que utiliza, en los autobuses que toma, en el color de las
paredes, en lo salvaje de la naturaleza, en la cara de la gente que cruza, en
lo que lee, en lo que vive, en ese paseo precipitado o en ese trasnoche sin
justificar. Solo así se siente a gusto con sus descripciones. El otro día salía
solitario por un campo de hilagas/aliagas, matorrales agostados, carrascas de bellotas
a punto de explotar, y cuando paseaba tranquilo se fijaba en todo y pensaba en
lo fácil que sería contar todo aquello. Viajar es, quizá, eso: algo fácil de
contar.
Y así, de pronto, se acordó de aquel día que vio en Tailandia a un adolescente
avanzar por un camino, entre sombras y destellos de luz, que llevaba a la
frontera de Birmania. ‘Allá, al fondo,
esta Birmania’, le dijo el motero que le acompañaba. Entró en Birmania sin
entrar. Visitó el país sin ver. Destruyó un régimen sin luchar.
¿Veis
que fácil es contar un viaje?.
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F.Tomé 2015