Después de desprenderse de las mantas y de parte de la ropa
que habían comprado para el trayecto —y que regalaron a uno de los empleados de
la factoría—, negociaron el precio de un taxi que los llevaría a los cinco
hasta Nuadibú, situada a pocos kilómetros. Habían reservado por
internet un apartamento económico que resultó ser una buena opción.
La mañana transcurrió entre tareas de aseo y limpieza. Una
larga y minuciosa ducha fue imprescindible para eliminar el polvo de hierro
acumulado por todo el cuerpo, incluso en los rincones más insospechados.
También hubo que sacudir la ropa, limpiar a fondo el móvil cubierto de
diminutas limaduras y vaciar la mochila azul para librarla de cualquier resto
metálico. Entre tanto, unos niños del barrio, intrigados por la presencia de
tantos extranjeros, se acercaban para observarlos y gastarles inocentes bromas.
Una vez terminadas aquellas labores, un café parecía la mejor recompensa. Encontrarlo, sin embargo, no fue sencillo en aquella zona de viviendas populares. Finalmente dieron con un pequeño restaurante donde pudieron disfrutar de un desayuno que, por lo avanzado de la hora, se parecía más a un almuerzo.


Vaya pinta que tenéis Los Cinco (no sé por qué me ha venido este título de Enid Blyton). Menos mal que se os ve contentos y risueños, pero si yo me encuentro por la noche en una callejuela de un barrio oscuro con los 5 serios (y no digamos enfadados), lo mínimo que hago es cruzarme de acera :-)
ResponderEliminarPD. Cuando tengas un hueco, envía la foto a Elliot Hill: Adivina adivinanza!
Pues, querido Emilio, me dejas estupefacto. Dura adivinanza ¡Anda, explícate!
EliminarLo que si es verdad, son las pintas. Duchas varias y la ropa a la lavadora, y otros utensilios como cámaras: a limpiar y limpiar. Todavía mi camarita lleva polvo de hierro.
Pues te lo he puesto muy fácil: tan solo tienes que buscar Elliot Hill ...y comprenderás 😉
EliminarHijo, no me extraña la pinta tras ese baño mineralizante. Jajaja!
ResponderEliminarMuchas horas, y el viento desértico durante la noche hizo que el polvillo ferroso penetrara hasta en 'las bragas'.
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