Después de desprenderse de las mantas y de parte de la ropa
que habían comprado para el trayecto —y que regalaron a uno de los empleados de
la factoría—, negociaron el precio de un taxi que los llevaría a los cinco
hasta Nuadibú, situada a pocos kilómetros. Habían reservado por
internet un apartamento económico que resultó ser una buena opción.
La mañana transcurrió entre tareas de aseo y limpieza. Una
larga y minuciosa ducha fue imprescindible para eliminar el polvo de hierro
acumulado por todo el cuerpo, incluso en los rincones más insospechados.
También hubo que sacudir la ropa, limpiar a fondo el móvil cubierto de
diminutas limaduras y vaciar la mochila azul para librarla de cualquier resto
metálico. Entre tanto, unos niños del barrio, intrigados por la presencia de
tantos extranjeros, se acercaban para observarlos y gastarles inocentes bromas.
Una vez terminadas aquellas labores, un café parecía la mejor recompensa. Encontrarlo, sin embargo, no fue sencillo en aquella zona de viviendas populares. Finalmente dieron con un pequeño restaurante donde pudieron disfrutar de un desayuno que, por lo avanzado de la hora, se parecía más a un almuerzo.


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