7 de enero de 2008

Un lago de asfalto

Cuando el billete a Caracas ya estaba en su poder, el viajero insatisfecho hablaba en Madrid con un amigo que le explicaba vivencias de cuando él había estado en Trinidad y Tobago, como empleado de radio en un barco mercante. El amigo le comentaba, con un vaso de cerveza delante, que iban a cargar el barco de material asfáltico en un pequeño puerto de la isla Trinidad.
Después de Venezuela, era a donde tenía previsto llegar.
Para este mochilero, fue una larga estancia en Port of Spain, capital de esta pareja de islas que conforman un país. Tuvo tiempo de conocer la isla, hacer visitas a escondidas playas y, sobre todo, trasnochar en los panyards, escuchando música en directo.
Son muchos los motivos que impulsaban al viajero a moverse, y el acicate intelectual podría estar presente en todos ellos; pero en el fondo lo que contaba era el deseo de saber, a secas.
En uno de sus recorridos “triniteños” se acercó a conocer el puerto donde su amigo -hacía ya muchos años- cargaba asfalto y el lago natural de este material que aún existía y constituía una curiosidad turística. Una de las pocas que tenía la isla. Por otra parte, bastante poco atractiva para los cruceros caribeños que ni siquiera se acercaban a ella con regularidad.
Situado en la localidad de La Brea, era considerado uno de los lagos naturales de asfalto más grande del mundo: unas cuarenta hectáreas. Noventa metros de profundidad en el centro. A pesar de su fácil explotación y excelente calidad del asfalto natural, la extracción era de baja intensidad desde hacía tiempo pues el asfalto solía obtenerse más barato como segundo producto del petróleo. Este mochilero paseó por el lago sólido con esa sensación de perplejidad, producto de su desconocimiento, no creyéndose aún lo que su amigo le reveló -delante de unas cañas- como una curiosidad.
Producía una extraña sensación caminar por su centro, dónde máquinas -no muy avanzadas tecnológicamente- se dedicaban a recoger las capas superiores de este material para llevarlo a la planta industrial de tratamiento que se divisaba en uno de sus extremos. Al pisar por encima se veían pequeñas grietas con un cierto abombamiento que producían efecto de presión asfáltica del fondo a la superficie. Éstas, se cubrían de agua de manera natural (fotografía).

Nada espectacular.

4 comentarios:

conquense dijo...

"Seco", no tiene mucha sustancia el artículo que has escrito sobre el asfalto natural de la "Trini" y el "Tío bago", pero no está mal saber que existe, siempre y cuando no fuese eso montones y montones de excrementos de vacuno; lo tuyo es el asfalto de las calles de argüelles dándole "brea" a una caña detrás de otra, ¡SER!.

Jan Puerta © dijo...

Hola Blas... estos dos últimos días solo le he podido dedicar unos minutos a estos temas. He estado -y estoy hasta el jueves por la tarde- en una de las ciudades que menos me han gustado, Boston. Como no me ha gustado en si, he dedicado dos días a escribir, poner al día cosas atrasadas y visitar el segundo museo mas importante de Estados Unidos después del Metropolitan. El Museum of Fine Arts.
Mañana miércoles saldré de la ciudad sin tener muy claro a donde dirigirme, con mi inseparable Xing, el cocinero chino del velero, uno de los tripulantes, Aitor junto conmigo, los dos hispanos, si no contamos a Joao, que es portugués y Mabel, una bella surafricana de ojos azules que es la biólogo de la expedición.
El jueves zarparemos y regresaremos a Nueva York. Pero será una estancia muy corta. Dos días. Y a continuación, proa a Miami. Aunque una vez lleguemos a la altura de Canal de Florida, el capitán nos anunciara la sorpresa. (La se por cuestiones burocráticas internas, ya que me encargo de las comunicaciones)
Lo que si te puedo adelantar, es que de aquí unos meses, pasaremos entre dos o tres en dique seco en Valparaíso, ya que hay que hacerle unos ajustes al viajo cascaron.
Eso me permitirá conocer mejor, una parte de su territorio que me tiene literalmente pillado, el sur austral. Desde que lo visite el año pasado, cuando salimos de las Farkland y cruzamos el cabo de Hornos a la vela hasta puerto Williams, me enamoro esos rincones de soledad. Quizás, por que son los sitios donde me encuentro mejor.

En este articulo tuyo, hablas de un lugar que nunca he estado y eso que por proximidad estuve en la desembocadura del Amazonas, o sea, si me lanzo al agua y me dejo llevar por la corriente…
Los barcos mercantes son otra de mi verdadera pasión. Viajar sin prisas. Esto creo que lo herede de haber leído mucho a José Pla, un viajero insistente en viajar sin prisas. Trenes, barcos, caballos, carros y carretas… y si es necesario, a pie. Observando todo lo que sucede como un espectador imposible. Por eso cuando comentas que entiendes esa sensación de no hacer nada sentado en el parque, solo observando… me comprendes. Nos comprendemos.
Bueno… iremos hacia atrás en el blog, para llegar a esa morena que compartimos desde hace un par de días. Mi capitán, cuando le he contado que la conocí en el Bronx y que el día que no dormí a bordo ella tuvo la culpa, solo hacia que mirarla y sonreír. A lo que yo pensaba, mi amigo Blas, ese si que tuvo suerte!
Un fuerte abrazo y por aquí seguimos.

narcisodelrio dijo...

Hola Blas!

Me alegro verte por estos barrios.

Elefante Blanco dijo...

Te pongo aquí el comentario que he dejado en mi blog después de ver el tuyo:

Hombre, querido Blas, qué alegría verte también por aquí. Yo empecé con este, que tengo un poco abandonado por el de "la comunidad".

Un abrazo muy fuerte.