Bali era una isla turística. Una isla
llena de recorridos, monumentos, templos, playas, hermosas vistas y sencillas
gentes. El viajero insatisfecho no
quiere hablar mucho de esta parte de Indonesia porque ya está todo dicho, si
bien un viaje tiene siempre peculiaridades no vividas por otros o experiencias
no disfrutadas por otros sólo por cada uno.
Era
una isla como territorio pero también era una isla espiritual hinduista dentro
de un vasto territorio/país donde imperaba la religión musulmana. Y
aparentemente había tolerancia con el resto, al menos, en el día a día o en la
vida cotidiana.
¿Problemas?,
muchos.
¿Superables?,
todos.
Centró
su estancia en Ubud, una ciudad cerca de todo. Situada entre verdes laderas y
en medio de verdes valles. Desde allí, era fácil llegar a cualquier lugar
alejado y contenía multitud de posibilidades logísticas. En Ubud
se hospedó en casa (Eka’s Homestay) de
un famoso músico balinés y disfrutó de las atenciones de su simpática esposa.
Si volviera a ir a Bali, se hospedaría en Ubud, en casa del famoso músico
balinés.
El cráter 'El Boquerón'. En primer plano, unos cocotos o jocotes
El
cráter de ‘El Boquerón’ se encontraba relativamente cerca de la ciudad de San
Salvador, capital del país centroamericano El Salvador. Era conocido en
toda la ciudad y para aproximarse a su borde era necesario tomar un autobús en
el centro hasta el barrio de Santa Tecla. Allí, un pic-up acercaba al visitante hasta la entrada del parque nacional,
o zona protegida, que rodeaba a aquel inmenso boquete.
Desde
la entrada hasta el mismo borde del antiguo cráter se ascendía por un sencillo
sendero, a veces con escaleras y otras con barandilla, bien marcado y señalado para
el caminante. Una vez allí, la panorámica era realmente bella. Desde cada uno
de los cuatro miradores en lo más alto de la arista (Los helechos, Las
hortensias, Las begonias y Los cartuchos) se podía ver, en lo hondo del círculo, el extinto volcán. Las laderas que lo bordeaban con los años
se habían convertido en una pequeña selva verde.
En
lo más profundo, había existido un lago que desapareció, según decían, en 1917
cuando una pequeña erupción colapsó y diseminó sus aguas. Era posible visitarlo
y descender, aunque todos los indicadores/letreros coincidían en señalar la falta
de vigilancia y la peligrosidad de un descenso y, por tanto, del posterior
ascenso. El parque nacional no se responsabilizaba del que se atreviera a contravenir
aquellas indicaciones. El viajero
insatisfecho que, en este caso, retaba a la adversidad -no suele hacerlo- podría
certificar que el regreso, o ascenso, era un verdadero y agotador desafío.
Esta
empresa de subir y bajar en solitario se convertía, aún más, en una verdadera
temeridad para el mochilero que no contaba, ni cuenta, con una excelente
condición física. Inició solo el descenso -a sabiendas de que podía abortarlo- animado
por la perspectiva de llegar a pisar lo que desde arriba se veía como un
pequeño cráter circular. Cuando, después de media hora, estaba a punto de
abortar por primera vez la operación de bajada (lo haría varias veces) y dar
por concluida la aventura, se aproximaron dos mexicanas y un mexicano por la
misma senda que le animaron a continuar. La bajada, entre bromas, descansos,
ramas caídas y peñascos, se hacía lenta y cansina en grupo. Decidió continuar en
solitario. Al cabo de un rato o una media hora más de caminata, le vino a la
mente de nuevo otra intentona de abandono, pensativo y sentado en una de las
rocas, pero en ese momento ascendía un grupo de cuatro salvadoreños, guiados
por un italiano loco (es un apelativo cariñoso, Alejandro) por el ‘footing’
de altura, después de haber cumplido su reto. Aunque faltaba poco para la meta
como así le confirmaron, no alcanzaba a verla por lo espeso de la vegetación.
Les mostró su interés por abandonar el empeño, pero el italiano le convenció e
incluso decidió acompañarle hasta haber finalizado el descenso.
¡Gracias,
Alejandro!.
Unos
minutos de descanso en lo más profundo del cráter, unas fotos una vez cumplido
el objetivo y, de nuevo, a afrontar la montaña, en este caso, el reto del
ascenso.
En el cráter, con la alegría del éxito
Un
suplicio, un martirio. La complicada trepa por aquella senda casi vertical
‘para ardillas’ se hacía eterna. Entre arbustos y piedras, pequeñas lianas y
musgo, los minutos se estiraban largos, y el cansancio hacía peligrar un sano
regreso. Unos se animaban a otros, y los otros respondían también con ánimos,
pero ‘El Boquerón’ parecía poder con todos. Menos con el italiano. Pasaron
más de dos horas y, así, con la lentitud en las piernas, la respiración entrecortada,
precipitada, y las caras desencajadas de agotamiento abordaron el último escalón
de piedras que les dejaba en lo más alto del cráter.
Fotografía, a la entrada, en la que aparece Antonio Blanco con Michael Jackson
Le
gustaría que los expertos le perdonaran pero tiene que reconocer que no conocía
a aquel personaje absolutamente de nada. No guardaba en su memoria nada que
hubiera estudiado, nada que tuviera que ver con aquel, sin duda, importante y
peculiar artista: su nombre era Don Antonio Blanco (en todas las
referencias figuraba con el Don por lo que este mochilero no se
lo va a negar). Sobre él había un excelente museo en la ciudad balinesa donde
más tiempo vivió y, también, murió: Ubud. Cuando aquel singular artista aterrizó
en Bali, vio en esta isla el lugar con el que había soñado siempre y se quedó.
Allí conoció a una bailarina balinesa que conquistó su corazón y a la que unió
su destino para siempre. Pero Don Antonio no sólo conquistó el
corazón de quien sería su mayor musa, sino también el del último Rey
de Ubud, gran mecenas de las artes. Le regaló al pintor el terreno
sobre el que se ubicaba el museo, que también era estudio de su hijo y hogar
familiar. Un bello asentamiento en la ciudad de Ubud, al lado de Tjampuhan
River.
Entrada al recinto del museo
Este
leonés se acercó una mañana para hacer una visita y reconoce que descubrió a
un gran artista (no tiene fotos de sus obras pues estaba prohibido hacerlas). A
la entrada, antes de cumplir con lo establecido, es decir, aflojar la cartera,
observó aquella fotografía (parecía animar a los curiosos a visitar el
interior) en la que el artista posaba junto a Michael Jackson,
uniéndose así dos excéntricos artistas. En aquel momento ya intuyó el inmenso ego del personaje del que iba a conocer
su obra. Más tarde, cree haberlo confirmado al ver en una de las paredes un
cuadro en el que figuraban los retratos del tridente “Salvador Dalí-Pablo
Picasso-Antonio Blanco”. El propio autor había titulado el cuadro -cree
recordar- “Los tres genios”.
‘El
Dalí del Sureste asiático’, como a veces fue conocido, aunque había nacido en
Manila (Islas Filipinas), su familia provenía de Cataluña (España). Al
finalizar sus estudios en la National
Academy of Art enNew York, viajó
por todo el mundo hasta que se estableció en Bali en 1952. El pintor falleció en
1999, pero su hijo Mario continuó con la saga familiar y se encargaba de
dirigir aquel centro-museo y de conservar los más de 150 cuadros de su padre
que albergaba, además de crear sus propias obras. Allí las visitó el viajero insatisfecho. En la obra de
este interesante artista abundaban las mujeres desnudas, las bailarinas
balinesas, las obras con un toque de irreverencia y picardía sexual. Alguno de
aquellos cuadros de desnudos, entonces enmarcados por necesidad bajo cristales,
tenía quemada la zona genital femenina para evitar que fuera exhibida o vista,
muestra un poco del papanatismo de algunas personas subordinadas a las muchas religiones
dañinas. Se notaba que los raspados habían sido realizados de manera burda y,
seguro, a espaldas de la vigilancia, por otra parte, casi inexistente. Sin duda
aquel estropicio era obra de fanáticos o fundamentalistas de cualquier tendencia.
Al
finalizar el recorrido se extendió en paseos por los cuidados jardines, aunque
con esa particular fuerza selvática de la vegetación tropical.
Una agradable visita, al
margen de los templos tan famosos de Bali.
Cuando
preguntaba en Jogjakarta, isla de Java, cómo se podía ir al templo de Borobudur(a unos 50 kilómetros), el primer apunte era que había que visitarlo temprano:
“luego se llena de colegios y chavales”,
decían.
Para
no complicarse la vida, y eso que era fácil encontrar transporte público, el viajero insatisfecho se embarcó en un
viaje para trotamundos, extranjeros solitarios que necesitaban de otros extraños
para completar un minibús. De ello se encargaban la multitud de agencias que
había por la zona mochilera. Era una manera fácil. Una hora de trayecto,
aproximadamente. Luego, allí, y después de hacer los trámites de entrada, la
visita era ‘cada uno a su aire’. Con un libro-guía en la mano era muy asequible ponerse
en situación.
En
1200 años desde su fundación, el templo había sufrido en repetidas ocasiones
tanto ataques de las fuerzas de la naturaleza como las del hombre. La ‘Lonely planet’ decía que “en su periodo de abandono, que se prolongó
durante casi un milenio, los terremotos y las erupciones volcánicas
desestabilizaron el conjunto monumental más si cabe y la selva javanesa lo
reclamó por medio de raíces gigantes que penetraron por doquier partiendo en
dos muchos bloques de piedra”. Todo ello había sido enmendado con una colosal
obra de restauración. En 1991, una vez reformado, Borobudur fue declarado
Patrimonio Mundial por la Unesco.
Stupas, en Borobudur
Desde
lejos, y con los rayos de sol aún mortecinos, Borobudur parecía una
pequeña y uniforme colina de piedra llena de montículos. Contemplándolo en
conjunto tenía una fuerza impresionante. De cerca, en cambio, extasiaba la
belleza, armonía y perfección de todo lo que allí se había construido.
El
sol iría demostrando su fuerza según el curioso mochilero iba ascendiendo las
diferentes plataformas por unas escaleras perfectamente diferenciadas. Plataformas
que contenían multitud de stupas y
budas, alguno de ellos en su interior. No recuerda el número de niveles, pero
unos seis o siete, todos ellos coronados por un número simétrico de estas
formaciones. Era en cierto sentido una sensación mágica: el visitante paseando
por las terrazas de piedra y, por un lado, las stupas y, por otro, los bellos relieves que narraban multitud de
historias alrededor de Buda, su vida, el nacimiento del príncipe Siddhartha,
o la búsqueda del nirvana. Fueron más de dos horas deambulando por allí,
subiendo y bajando escalones admirando las paredes recargadas de relieves y
comprobando que todas las stupas
contenían imágenes en su interior. Desde lo más alto, era interesante pararse
un rato a observar cómo los rayos solares hacían brillar la vegetación
circundante y el verde brillante pasaba a convertirse, con el paso de los
minutos, en verde más bien de amarillenta tonalidad.
Buda y stupas, en Borobudur
Poco
a poco el monumento se fue llenado de turistas, de visitantes venidos de todos
los rincones de la isla de Java, de alumnos jóvenes que aparecían allí
uniformados y en bloque. El silencio que campaba a sus anchas al iniciar el
recorrido matinal se transformaba, así, en ruidoso griterío escolar. Con esta
moda de los selfies muchos
solicitaron a este mochilero que posara con ellos. Una fiebre de selfies, saltos y sonrisas, y caras
alegres también. Ya no era muy apto para la tranquilidad, además, el tiempo de
visita iba concluyendo.
Abandonó Borobudur
con la sensación de haber visto algo único.
Caldera de Tengger, con el volcán Bromo humeando (desde el punto panorámico)
El
volcán Bromo, en Java (Indonesia), era uno de los lugares más visitados dentro
del conjunto de los cientos de islas que componen el país. Era, incluso, la
imagen de portada de la guía/libro de Lonely
Planet, todo un símbolo de viajes.
‘No puedo dejar de verlo’, se dijo el viajero insatisfecho.
Su
fijación era tratar de estar en el lugar al amanecer pues algo había oído sobre
su particular belleza. Lo que no se imaginaba era que también lo habían oído muchos
otros y cuando alcanzó aquel punto de vista panorámico (view point, que decían los indicadores) era un hervidero de
turistas japoneses, chinos, locales o malayos. Definitivamente, y después de
meditarlo, este mochilero va a tratar de evitar lugares famosillos.
¡Que
vayan los chinos!.
Se
levantó muy pronto, a las 3 y media de la mañana. El conductor del jeep venía a recogerles sobre las cuatro
(iba con otros 3 mochileros) al hotel donde habían pernoctado, unos 8
kilómetros del punto panorámico. Después de circular una media hora por un
maltrecho camino (no veían gran cosa pues era noche cerrada) llegaron al lugar
indicado. Atestado de turistas como estaba, repleto de móviles y palitos de selfie y, encima, obligado a alquilar un
chaquetón porque a esa altura y aquellas horas corría una brisa del carajo que
dejaba fríos los huesos, se arrepintió de haber dado aquel paso. Luego, el
cabreo se iría transformando en tranquilidad hasta llegar a sentirse realmente
animado y cómodo. El amanecer, la suave luz primeriza iba dejando que las formas
de aquel espectáculo natural fueran apareciendo poco a poco. Las formas, los
colores y el humo que desprendía el volcán a lo lejos conformaron, al fin, un
conjunto visual hermoso. Cuando el sol iluminó el paisaje era el momento de
acercarse al volcán Bromo que se veía al fondo de aquel hermoso plano y era
posible ascenderlo. Desde donde se encontraba, el jeep les bajaría a la caldera y acercaría hasta la base.
El volcán Bromo
El
Bromo
(Gunung Bromo) era uno de los
volcanes más activos de Indonesia con más de 50 erupciones en los últimos 250
años, siendo la última en el año 2011. Dentro de la caldera de Tengger, el Bromo
no era el pico más alto del Parque
Nacional del Bromo Tengger Semeru, pero si el más activo. Estaba también el
volcán
Semeru, y el conjunto de ambos conforma un auténtico paisaje lunar.
Allí, dentro de la caldera y en la base del cráter, había un templo hindú. En
Java no hay muchos, pero los habitantes de aquella región mantuvieron su religión
mientras en el resto de la isla adoptaron la musulmana. Una vez el jeep les dejó, alcanzar lo alto del
cráter era misión de cada uno. Primero era necesario ascender unas resbaladizas
laderas con pequeños barrancos pero, luego, eran 253 escalones los que
separaban de la cumbre del volcán. Y allí, en lo más alto del cráter, al borde
del abismo que aparecía a sus pies y donde la naturaleza mostraba su fuerza, fue
donde pensó que había merecido la pena.
Al pie del volcán Bromo, vendedor de ramos para lanzar al volcán
No
estaba previsto de antemano pero el devenir de los acontecimientos le había
llevado a contratar en Medan, la ciudad más grande al norte
de la isla de Sumatra, una especie de tour
para visitar los orangutanes en las selvas de Bukit Lawang, que incluía
una noche durmiendo en la jungla. Y esa noche, por cuestiones de programación
del viaje, sería nochevieja. Para el viajero
insatisfecho no era una noche especial, era una noche más. Con ese
proyecto, y lo hablado con la agente que le había ofrecido el paquete,
descendió del coche en la población de Bukit Lawang. El guía local al que
había sido derivado se le presentó con cara negociadora: “la nochevieja es una
noche de celebración”. Quería pasarla con su familia. Sugirió esperar para ver
qué opinaba el resto de la posible clientela, si es que la había. Esa noche del
30 de diciembre el viajero se fue a la cama sabiendo que al día siguiente
comenzaría la aventura selvática llena de novedades y misterio. Madrugó como
estaba previsto, desayunó como era necesario y esperó como era de suponer: los
indonesios no eran conocidos por su puntualidad. El guía se presentó una vez
finalizado el café y, de nuevo, con ganas de negociar aunque -diría- más bien
con necesidad de imponer. No había más clientela para pasar la nochevieja en la
selva.
Le
miró en principio al muchacho con intención de presionar pero en una ágil
batida mental, rápido encontró sensatos sus razonamientos. ¿Qué haría él en la
selva durmiendo al más puro estilo de vagabundo sin techo con un guía para él
solo y sin posibilidades de socializar con otra gente?. Aburrido ¿no?. Como lo
contratado eran dos días, el guía le ofreció como alternativa dos excursiones
mañaneras y tardes de relax en el pequeño poblado repleto ya -debido a las
señaladas fechas- de turistas locales.
Aceptó,
sin más exigencias.
Bukit Lawang
La
población de Bukit Lawang se asentaba a lo largo del río. Como pueblo
turístico, estaba lleno de guest-house,
hoteles y pensiones para dormir, pero aquellos días era complicado encontrar
una habitación pues los indonesios tenían a aquella población como lugar de
descanso. Y era fin de año. El río estaba bordeado de sombrillas artesanas,
techumbres de paja y lugares en la orilla para el recreo y el baño, muy típico también
en otras zonas orientales. La calle que bordeaba al río, atestada de
tienduchas, tenderetes, baratijas y chiringuitos. Por la tarde, a determinadas
horas, era casi imposible caminar. Pero, sin duda, tenía mucho calor humano el
lugar.
La
cercana selva se componía de árboles jóvenes, arbustos, palmeras y helechos. Si
bien en Indonesia abundaban los bosques de pantano, en aquellas tierras altas donde
se encontraba se desarrollaba un bosque montano, donde la mayoría de los árboles
tenían gran altura y sus hojas eran más pequeñas y carnosas. Aquellos suelos eran
ricos en musgos, helechos, orquídeas y líquenes. La humedad de la niebla les daba
soporte.
La
primera mañana fue -ya se lo esperaba- dura. Las veredas de la selva no siempre
eran cómodas, más bien todo lo contrario, llenas de pendientes y barrancos; rocas,
raíces y resbalones. Pero de eso se trataba. Bueno, de eso y de divisar orangutanes
que, por cierto, tardaron en aparecer. Orangutanes semi-salvajes, acostumbrados
a la presencia humana pero, eso sí, en un marco natural que no ofrecía dudas.
Una tierna pero madura madre, con su asustadizo bebé, descendió de la copa de
los árboles de gran altura, animada por la oferta de bananas y las llamadas que
el guía le hizo. Sus movimientos, a veces rápidos y otras lentos, su mirada y su
reposada tranquilidad semejaban, sin duda, lo que su nombre en indonesio indicaba
(orang hutan=gente de la selva).
Orangután
Orangután
Fue
un momento de mucha observación, fotos, sonrisas, comentarios en bajo para
tratar de que el bebé orangután se acercara. Fue inútil. El mochilero observaba
sus movimientos -humanos, diría- y le chocaban, en especial, algunos.
Sorprendente que en aquellas selvas un animal tan parecido al hombre se
acercara a recibir su regalo. No era muy ético el acto de alimentarlos pues
estaba si no prohibido si desaconsejado, pero….
El
segundo día, por otra zona, repitió la excursión. También exitosa.
Ese día se levantó temprano, a la 1 de la madrugada, no de manera voluntaria sino impuesta por el conductor que conocía las circunstancias de la excursión. Y el viajero insatisfecho se despertó, por supuesto, encantado aunque solo hubiera dormido unas 3 horas, al fin y al cabo él era el interesado en visitar el volcán Ijen (en la isla de Java) del que tenía noticias relativamente interesantes. Desde la posada donde había dormido un rato, era necesario cubrir unos cuantos kilómetros en un minibus y luego una ascendente y larga caminata hasta el borde del cráter. Cuando se terminó la carretera, el guía Suki(así se llamaba) se hizo cargo del grupo (una holandesa, un húngaro, dos coreanas y este mochilero). La ascensión al borde del cráter del volcán fue dura, según lo previsto. Un buen sendero pero con desniveles muy pronunciados hacían de la subida, desde el aparcamiento donde había quedado el coche, un difícil entretenimiento. Una vez en el borde -serían aproximadamente las 3 de la madrugada- eran necesarios 45 minutos de descenso por el interior del cráter hacia donde se producía la emisión del azufre, y lo que el grupo iba buscando: el 'blue fire' (la llamarada azul). Este particular fenómeno tenía su explicación porque en este volcán la roca fundida con lava que emergía de la tierra a temperaturas altísimas venía mezclada con gran cantidad de gases sulfúricos, que se incendiaban al contacto con el aire y producía esas llamaradas de color azul. Había tanto azufre que a veces
fluía hacia abajo de la roca cuando se quemaba, haciendo que pareciera como si la
lava azul se derramase por la ladera (así lo vio por momentos).
El minero sube en sus hombros el azufre
Durante el descenso para presenciar el fenómeno, el ambiente era total a aquellas altas horas de la noche. A otros grupos de descenso por una difícil senda de rocas, grandes piedras y guijarros y el suelo, a veces, resbaladizo producido por las recientes lluvias, se unían los mineros subiendo cargados con las cestas de azufre, pesadas cestas amarillas transportadas sobre su hombro. El peso aproximado, unos 60 u 80 kilos. El gran esfuerzo se veía en sus caras. Pero una vez -en el fondo del cráter- a la misma orilla de la salida de gases que, de vez en cuando, el aire llevaba hacia las personas (mineros y visitantes), que quedaban envueltas en medio de una peligrosa nube de azufre (aunque cada uno iba provisto de máscaras de gas), el cercano espectáculo de llamaradas azules sorprendía. La poca calidad de la cámara fotográfica que llevaba este mochilero impide apreciar en las instantáneas la peculiar belleza, pero puede asegurar que fue un momento mágico, de los que cualquier humano recordaría toda su vida.
Blue fire
Para resumir el instante: estaba dentro de un cráter, con un lago al lado aunque sin poderlo disfrutar pues era noche cerrada, envuelto a veces en nubes de azufre y respirando de ellas ese peculiar olor aunque aminorado por las máscaras de gas, rodeados de puntitos blancos de luz de las linternas de los mineros trabajando y cortando azufre y las luces azules (blue fire) saliendo de la tierra y abriendo 'en canal' la noche. Un inolvidable momento.
Minero trabajando al borde del lugar de emisión del azufre (este, sí, con máscara)
Serían las 4,30 de la madrugada cuando el grupo iniciaba el ascenso del fondo, despues de observar cómo los mineros cortaban el azufre a la misma orilla, sin protección de máscaras, con un único pañuelo que ataban a la cabeza. Se iban cruzando con otros grupos que en ese momento descendían y, a veces, dejando paso a mineros cargados que superaban al grupo. Increible. Con una linterna en la cabeza que no iluminaba mucho, era necesario subir con cuidado pues en algunos tramos se apreciaba el precipicio rocoso. Amanecía poco a poco. En una de las paradas obligadas en el ascenso (sobre las 5 de la mañana, ya amanecido), el vistazo el fondo del cráter era bello: se apreciaba por primera vez el lago azul y el humo de azufre en la misma orilla. Y la inmensidad del cráter de extraordinaria belleza. De nuevo arriba, en el borde, una última observación paciente, madurada ya por el tiempo transcurrido y los minutos de subida. Se veía a lo lejos, en la ladera interior, algún minero subiendo cargado y se oían conversaciones cercanas entre los mineros descansando arriba. Un instante de relax por haber cumplido con éxito el tramo, y la safisfacción (insatisfecha) por haber visto, en la oscuridad de la noche, la llamarada azul.
El V(B)iajero Insatisfecho, arriba, después de subir del fondo del cráter
El trayecto de Medan a Padang, dos importantes ciudades en Sumatra, fue largo (unas 32 horas), pesado, 'cansino', perezoso, lento, en un bus que la primera parte del recorrido se averiaba un kilómetro sí y otro también, pero, eso sí, con un grupo de pasajeros nada ruidosos que mejoraban de esta forma el resto de calificativos dañosos para el viaje. Pero fue, y eso le gusto al viajeroinsatisfecho, un compendio de vida, de salud vital indonesia, un muestrario del entorno natural que Sumatra tenía, al margen de las ciudades. El entorno rural. Era (y es) una de las zonas sísmicas más activas del planeta donde 'casi todos los años hay temblores significativos', según decía el libro/guía (Lonely Planet). No sufrió ninguno.
El trayecto fue un libro abierto del paisaje y vida de Sumatra. En los laterales de la carretera, en grandes plantaciones, las heveas -árboles del caucho- algunas de ellas en esos momentos sangrando el líquido lechoso, se alternaban con la campos de palmeras de aceite, y en los jardines o fincas cercanas a los nucleos de población también aparecían palmeras cocoteras. A lo lejos, salvajes, se mostraban además unas palmeras estilizadas con su tronco recto como pértigas, aunque de grosor algo mayor, que parecían alcanzar los 20 o 30 metros de altura o -siendo poetas- rondar el cielo. A veces solitarias, pero las más decenas de ellas en grupos. Bellas, estilosas y arrogantes. Y campos de arroz, en pequeñas terrazas irregulares llenas entonces de agua y con algún lugareño haciendo su labor de plantado. En algún extremo del extenso arrozal una de las terrazas verdes, muy verdes, convertidas en vivero de arroz. De allí, saldrían las jóvenes plantas para hacer el posterior sembrado. Pequeñas casetas-palafito en medio parecían ser de relajo y de olvido de la humedad reinante a su alrededor. Verde todo muy verde, casi brillante, y el día a ratos gris pero tambien soleado hasta que el agua rompía la tranquilidad. La lluvia comenzó a caer repentina, sin previo aviso, sólo el color algo más oscuro de las nubes amenazaba tormenta.
Y todo muy verde, verde la vegetación, las plantas trepadoras rodeaban los postes de la luz, los cables, y asfixiaban al resto de la arboleda. Agua, mucha agua que formaba constantes ríos que se abrían en canales de regadío, donde, a veces, los retretes montados por los campesinos ocupaban las orillas. Retretes rudimentarios, con cuatro plásticos que conformaban el cuchitril, y en forma de pequeños palafitos que facilitaban la caída directa del excremento al agua. La carretera bordeaba al río en multitud de tramos y circulando por ella el pasajero veía un sinfín de pasarelas, puentes maltrechos pero que respondían a su función. Los tejados de hojalata y latón oxidados por la lluvia y humedad eran casi el único contraste al constante verde reluciente y vivo. Y en cada pueblo una mezquita, todas ellas anunciadas a la entrada con vistosos carteles (Masjid Al-Masahud, Mesjid Al-Yunus, Masjid...). No supo por qué unas veces Masjid y otras Mesjid. Da igual. Antenas, muchas antenas parabólicas; cada casa, una. Todas iguales, se podrían concretar en 'Sumatra Style'.
Verde y más verde. Algunas plantas de plátanos, en huertos cercanos a las casas, ampliaban el abanico de naturaleza viva. Y en algunos lugares, pinos resinosos, altos, vigorosos, rasgados con grandes endiduras para sacarles la resina mejor, su savia enriquecedora. No parecían ofendidos por el corte pues se les veía fuertes y vitales.
Y en los huertos, limas, papayas, cacao (verde, amarillo y violeta), rambutanes, y más. Muchos viveros con jóvenes promesas de más naturaleza y verdor. No vio la del durián pero la había pues en ciertos tramos de la carretera los lugareños vendían su fruto. Este mochilero tiene especial atracción hacia ellos. Su buen sabor pero su mal olor le motivan ('le ponen') y, además, era el producto fetiche de esta extensa región al sureste de Asia, no sólo en Indonesia.
Y arroz secándose al sol. El producto estrella de todo Asia templando armonías con el hombre, con el pueblo llano.
Y así, hasta el fin.
Campos de arroz
Antenas parabólicas
Mezquita
Mezquita
Rios
Campos de arroz
Pasarelas
Nota explicativa: Las fotos no son buenas. Estan sacadas desde dentro del bus en marcha.