24 de septiembre de 2015

Imperial Saloon

-Exterior del 'Imperial Saloon', en Batticaloa-

Batticaloa
era una tranquila ciudad (¡bueno, no tanto!) de la costa este de Sri Lanka. Nadie le recomendó visitar este enclave pero allá que fue. Tomó un autobús en Trincomale, donde se encontraba y, después de un largo trayecto, el bus le dejó en una ancha calle sin nada que hacer. No sé si alguna vez lo ha dicho pero lo primero que hace el viajero insatisfecho al llegar a una ciudad es buscarse un alojamiento digno(?) para pasar la noche, o noches. Luego, ya se organizará para visitar el sitio. Despejado del peso del macuto es más fácil pensar y decidir.
Batticaloa, en una primera impresión (no podrá dar una segunda pues se marchó al día siguiente), era una ciudad confusa. No consiguió orientarse en las pocas horas que estuvo allí y eso que dedicó la tarde y parte de la mañana siguiente a interminables y prolongados paseos. En esta urbe ribereña entre islas se veían edificios por todos los lados ¿qué era la isla grande?, ¿qué era la otra isla?. ¿este puente une dos pequeñas islas, o une la isla grande y otra isla?. Esta claro que si hubiese permanecido allí más tiempo hubiese resuelto el problema. Pero paró poco.
Pareciera que hubiera ido a esa ciudad, que abandonó en tren al día siguiente, a tomarse una cerveza caliente, solitario en la recepción de un hotel, y cortarse un poco las greñas o escasos pelos de calvo incipiente (¿o compulsivo?) que es.
-Interior del 'Imperial Saloon'-

Pues sí, así fue, se topó con la peluquería “Imperial Saloon” más bonita, más recargada, más kitsch y colorida que ha visto en su vida. Sus paredes eran todo un espejo, cubiertas de pinturas decorativas, flores artificiales, lentejuelas, filigranas, vidrieras policromadas o guirnald
as. Al fondo, Durga, la Virgen María y Buda vigilaban sin rubor a la clientela (¿quien habló de odio interreligioso?). Estanterías plateadas, brillantes y recién pulidas por una mano amiga. Prevalecía el verde en sus diferentes tonalidades pero, también, había fragmentos de pared azul. Un monumento a la exageración. Aunque no estaba en sus planes, no se resistió a dejarse retocar el escaso pelo, a mirarse en aquel festín de espejos que reflejaban estatuillas de ángeles o jarrones de colores, y, como no, a sentarse en uno de sus desgastados y desgarrados sillones. Sonreía solo, al verse proyectado en los viejos cristales de grandes historias multicolor.
-Estación de tren-

Salió alegre de aquel ‘saloon’ de estilo recargado y repujado, y, sin más, tomó un tuc tuc y, con su mochila preparada, se presentó en la estación de tren. Buen viaje!!.

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12 de septiembre de 2015

Las ‘palmyras’ de Jaffna

-Paisaje de 'palmyras'-
Si había algo que distinguía la zona norte de Sri Lanka del resto, además de ser el territorio tamil donde prevalecía la religión hindú, era su apariencia más seca, casi desértica sin llegar a ser tal. El brillante verde de la zona centro y sur del país pasaba a ser más tenue, tiraba más a un verde grisáceo cercano al ocre del hipotético desierto. Y el calor (“¿Vas a Jaffna?. Uff, mucho calor”, decían allí). Pero también si había algo que destacaba, una vez cruzado el paso del Elefante, donde daba comienzo la península de Jaffna, eran las palmyras, esas palmeras altas, y algunas, pocas, ligeramente curvadas por el viento y, siendo muy delgadas, también por el propio peso de su cresta de hojas/abanico. Era una imagen recurrente, mirara por donde mirara, las palmyras destacaban en el horizonte como mástiles de banderas izadas de bienvenida. Y no debían ser muy frágiles cuando aguantaron muy bien los envites del pasado tsunami que perjudicó bastante a aquella zona ceilanesa. Este árbol estirado junto a pequeños destrozos provocados por aquel terrible fenómeno natural, conformaban a veces un extraño paisaje. Se calculaba que había 11 millones de palmeras en la isla de Sri Lanka, gran parte de ellas ubicadas una vez traspasado el paso del Elefante. Este paso, muy conocido en la isla, era un precioso istmo entre marismas que comunicaba la península de Jaffna con el resto de Sri Lanka, por el que se luchó encarnizadamente durante la pasada guerra, de la que aún quedaban vestigios. Se llamaba así por los cientos de elefantes que pasaban por allí de camino a la India entre el siglo IV a.C. y el siglo XIX.
Aquel trayecto en autobús en busca del templo hindú de la isla Nainativu (ya contado), sirvió al viajero insatisfecho para recrearse en el hallazgo de la palmyra e impulsar su admiración por esta planta que los locales utilizaban para casi todo. Iba unida a la cultura social del pueblo tamil: “la madera -según señalaba el libro/guía- sirve para las construcciones; las hojas para hacer vallas y tejidos; la fibra para hacer cuerdas, y la savia para beber. Si se la deja fermentar unas horas, se convierte en un ponche aromático de baja graduación. Las raíces jóvenes de la palmyra -añadía- son ricas en calcio y se comen como tentempié, o molidas, en forma de harina que se usa para hacer unas gachas llamadas khool”. 
Un pequeño homenaje a un árbol que destaca, entre otras cosas, por su altura  y languidez.


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27 de agosto de 2015

La Jaffna tamil

Templo hindú Naga Pooshani Amman Kovil, en Nainativu

Un poco fuera de la habitual ruta turística en Sri Lanka (aún no tiene buena prensa la estabilidad de la zona) se encontraba Jaffna, ciudad principal y base del territorio tamil. Algunos mensajes que recibió este mochilero antes del viaje eran que se necesitaba un permiso especial para viajar allí, otras lecturas decían que ya no era necesario. Con la incertidumbre de si tendría algún problema, al carecer de todo papel especial, se montó en aquel bus en Dambulla que le llevaría al centro de Jaffna. El viajero insatisfecho pensaba que podría ser una ciudad sugerente y que merecería la pena visitar aunque solo fueran dos días. Sin problemas en el trayecto, igual que en cualquier otra parte del país, tal vez una más evidente presencia policial en la ruta pero nada más. Ni permisos ni gaitas.
Viendo de la zona sur al llegar a esta ciudad lo primero que se percató fue del aumento de ‘saris’ como vestimenta en las mujeres, normal por otra parte en un área en la que prevalece la religión hindú. Por lo demás era una ciudad anodina que carecía de encanto. Pero la idea era visitar más al noroeste las islas que rodean la península de Jaffna, islas por cierto muy azotadas por el tsunami de hace unos años. Aún se veían ciertos vestigios de su paso aunque para los visitantes novatos difíciles estos de apreciar. Es más, no sabría distinguir estos daños de los producidos por la guerra que habían librado no hacía muchos años contra los cingaleses del sur. Pretendía visitar los templos hindúes famosos por el peregrinaje y le devoción que el pueblo ceilanés les dedicaba.
Abordó un bus local en la estación central a primera hora de la mañana y se lanzó a la búsqueda de templos, como si de un extemporáneo peregrino se tratara. El bus atravesaba los barrios periféricos de la ciudad; pasaba de isla en isla a través de carreteras elevadas sobre un mar poco profundo, casi perecieran marismas; atravesaba campos y campos de estilizadas palmeras, palmyras, y paisajes que mirados con cierta atención semejaban a extensiones fantasmagóricas. Pequeños pueblos pero, como todos los del país, con abundante presencia de gente por todos los rincones.
Cola para subir al barco a la isla de Nainativu

Interior de la bodega del barco

El destino final era la isla de Nainativu, donde para llegar, ahí sí, había que coger un pequeño barco. Y los barcos daban respeto. El viaje de unos pocos kilómetros a la isla (desde el pequeño muelle se veía a lo lejos) se realizaba en la bodega de un pequeño buque militar -dijeron- atestado de peregrinos con caras de cierta incertidumbre o, quizás, miedo. ¿O el miedo lo tenía este leonés al comprobar dónde se iba a meter?. En esos momentos recordaba las noticias de barcos hundidos por la zona con cientos y cientos de pasajeros atrapados en su interior. Adelante valiente!. Si van ellos ¿por qué no subir?.
Se visitaban dos templos, uno budista, discreto, y otro hindú, con sus esculturas kitsch, cuasi pretenciosas,  y sorprendente colorido. Llegó en el momento de la puja (ofrendas) y presenció un espectáculo, más kitsch aún, lleno de sonido y rezos en su interior. Para acceder, con respeto le pidieron se quitara la camiseta, además de las zapatillas, y, así, luciendo sin pudor su ‘tripilla-cervecera’, accedió.
¡Cosas de la religión hindú!.
Acceso al interior del templo hindú donde se celebraba 'la puja'


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10 de agosto de 2015

Sigiriya, y sus mujeres con sugerentes redondeces

Roca del León / Sigiriya 

Antes de aterrizar en Sri Lanka no conocía nada de Sigiriya, solo unas fotos y alguna breve referencia, pero nada especial y, probablemente, la roca de Sigiriya –conocida por otros como la roca del León- era la imagen más espectacular de Sri Lanka, un icono del país. Posiblemente, uno de los lugares más visitados de esta isla, aunque también el más caro. La entrada de 30 dólares (unas 3.900 rupias), a juicio de este mochilero, era excesiva. Una vez pagados y visitado el lugar se replanteó si mereció la pena.  Mereció la pena, sí, pero como viajero insatisfecho lanza desde aquí su protesta de indignación. Ser extranjero en Sri Lanka era penalizado -a veces, solo a veces- en euros o en dólares.
Inició la ascensión temprano, uno de los primeros en aquella jornada. Trataba así de aprovechar al máximo el mínimo frescor de la mañana y evitar el solazo que podría ser mortal. Las paredes de la roca del León eran casi verticales hasta la cumbre, más o menos llana y que contenía ruinas de una civilización antigua que -según decía el libro/guía- “en su día fue el epicentro del efímero reino de Kassapa”.
Una de las garras del León

Para llegar a pisar la cumbre había que ascender una serie de escaleras, algunas de ellas producían en el viajero cierto repelús, pegadas a las escarpadas paredes. En la ascensión se podían ver algunas cosas de las más espectaculares: los frescos o pinturas rupestres y unas zarpas de león talladas en roca, con una entrada y ascendentes escaleras entre ambas zarpas. De ahí el nombre que se le otorga a veces: la roca del León. Todo el complejo visitable, además, contaba con unos jardines medio destrozados, en algún sitio leyó que eran los jardines más antiguos de todo Asia.

Apsaras o concubinas del rey Kassapa

Hará una mención especial a los frescos o pinturas en la roca. Ubicadas en una especie de nicho a media subida, eran unas pinturas de mujeres de estrecha cintura y voluminosos pechos redondos, dignos de la mejor cirugía estética moderna [Para sí los hubiera querido la mismísima preysler]. Se suponía que representaban apsaras (ninfas celestiales) o a las concubinas del rey Kassapa. 
Ante tanta belleza, las teorías se disparaban y había quienes pensaban, llevándolo a su terreno, que estos dibujos representaban a Tara, una de las figuras más importantes del budismo tántrico. Serán verdad todas las teorías, aunque lo realmente cierto era que sus redondeces sugerían y producían admiración.


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30 de julio de 2015

Una pequeña isla, ¿un gran país?

No es que haya preparado el viaje a conciencia (¡Qué va!) pero ya tiene algunas ‘rupies’, moneda local del próximo viaje. Y cuando dice algunas, son pocas; le van a dar como mucho para recorrer el trayecto de aeropuerto al hotel si lo hace en taxi. Si se busca la vida, le sobrarán algunas para pagar la primera comida en la capital. Pero ya maneja ‘rupies’ y conoce la moneda, siempre necesario para dar los primeros pasos en un país a descubrir. Una amiga acaba de regresar de allí, en uno de los muchos viajes organizados que hace, y le ha traído unos cuantos billetes, incluso diferentes, para que los vaya conociendo.
Ya tiene el libro-guía, en esta ocasión, en español. Cuando cuenta con este librillo, el ánimo se pone en marcha. Es tan importante la guía como el billete de avión a la hora de mentalizarse de lo inminente del viaje. Con este particular libro, amontona otros que van a servir para el trayecto. En esta ocasión, le apetece releer Gente remota, de Evelyn Waugh, y refrescarse con este libro del que tiene un gran recuerdo. De vez en cuando, conviene releer y repasar. Apiló también en el montón El último tren a la zona verde, de Paul Theroux, su también último libro. Llevar a Theroux en un viaje es siempre, siempre, un acierto. Es para el viajero insatisfecho uno de los mejores escritores sobre esta temática y uno de los más entretenidos.
Sri Lanka es un gran país, sobre todo, es un país que le apetecía conocer. Lleno de gran tristeza, que no consigue apaciguar, emprende camino dentro de escasos días.
Saludos, amigos.


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21 de julio de 2015

La hiena de Ernest


Ernest Hemingway fue, sin duda, un gran escritor, un justo Premio Nobel de Literatura, pero a veces llegó a ser un poco siniestro, o representó ser un poco engreído. A este viajero insatisfecho ciertos libros, de este amante de las corridas de toros, no le gustan. Sus vivencias en África tampoco le gustan, eran crueles como debió ser la época en la que vivió, rodeado siempre de una brutalidad más bien buscada.
Dudó a la hora de comprar el libro “Verdes colinas de África” pues se temía lo peor y, leídas unas páginas, confirma lo se temía: su desvarío mental (el de Hemingway), teñido de cierta prepotencia e indignidad interior que le llevó donde tenía que llevarle. Un final trágico merecido y, hasta cierto punto, deseable.
¡Que le den!.
No le gusta hacer afirmaciones sin justificar su pensamiento y aquí deja un fragmento nimio de lo que escribe en este libro africano que podría haber sido un ejemplo de magnetismo hacia un continente maltratado. Hasta en los animales que él cazaba impone esa falta de empatía que le llevaría a la estupidez, al suicidio.
A […] le resultaba divertido ver a una hiena abatida a poca distancia. Estaba el cómico impacto de la bala y la agitada sorpresa de la hiena al encontrar la muerte dentro de su cuerpo. Era más divertido ver a una hiena alcanzada desde una gran distancia, en el calor reverberante de la planicie, verla retroceder, verla iniciar ese frenético círculo, ver esa velocidad eléctrica que significaba que estaba corriendo contra esa pequeña muerte niquelada que había en su interior. Pero el mejor chiste de todos, el que hacía a […] agitar las manos delante de la cara, apartar la mirada y sacudir la cabeza y reír, avergonzando incluso a la hiena, la culminación del humor hiénico, era la hiena, la clásica hiena, que, al recibir la bala demasiado atrás mientras corría, se ponía a dar círculos enloquecidos, mordiéndose y desgarrándose a sí misma hasta que se sacaba los intestinos, y ahí se quedaba, expulsándolos de una sacudida y comiéndoselos con fruición”.
¿Por qué personajes tan dañinos para África han tenido que pisar sus campos, sus tierras, sus selvas y tupidas sabanas, y sus ‘verdes colinas’?.

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4 de julio de 2015

Visitar Roma es una 'catetada'

Hace unos días, en uno de los comentarios que el viajero insatisfecho rellena habitualmente en sus lecturas a otros blogs, aseguraba, con cierto tono de provocación, que la visita a Roma le parecía una ‘catetada’, una ciudad construida y resguardada para la admiración de arqueólogos y mitólogos y, según parece, la mayoría de los mortales tienen algo de ambas cosas. Alguno de los lectores posteriores le tachaban de ‘hijo de la gran puta’ (¿a cuento de qué?) por realizar aquel comentario totalmente inofensivo para cualquier admirador de la ‘Ciudad Eterna’. 
- ¿Dijo ‘catetada’?. 
- Sí, porque lo piensa. 
En esta breve entrada va a intentar explicar algunos de sus vagos argumentos al respecto, nada válidos -con seguridad- para aquellos que ante una nimiedad se sienten ofendidos y capacitados para lanzar hirientes insultos que, por supuesto, le resbalan, y mucho.
De entrada, y sin mayores análisis, no desea visitar Roma porque no le atrae nada, nada, nada la sensación de sentirse en un lugar adorado por los que le llaman ‘hijo de la gran puta’. Pero tampoco le entran ganas de pasear por sus calles porque todo esta visto, todo ha sido contado, todo ha sido desmenuzado por expertos, periodistas y literatos. La mayoría de estos hablan maravillas de la ciudad pero este mochilero se pregunta si no lo harán para no perder a sus lectores más fieles, por lo general, difíciles de fidelizar y, a veces, muy intransigentes. No le entra en su sesera, tampoco, que algún mortal, mal asesorado, quiera morir nada más pisar sus calles. Más bien, para los ojos lejanos de este mochilero, es una urbe rancia, como rancio es el ambiente turístico de sus calles, como rancias son las constantes idas y venidas de las sotanas rancias como si de un desfile se tratara.
No le gustan los palacios, pues prefiere un marco de convivencia distinto donde crezcan niños sencillos y, quizás, harapientos. No le gustan las catedrales porque admira más aquella casa donde el pobre trabajador disfruta del descanso con los suyos. No le gustan los monumentos porque aún conociendo su simbolismo ve otros lugares más discretos que dicen mucho más de las gentes que los habitan.
Aprovechando esta breve disertación, meditada, por supuesto, y pensando en las diferentes culturas existentes, con sus diferentes formas de habitar y vivir, va a reseñar alguno de ‘sus monumentos’ preferidos:

Casa tradicional ghanesa en la ciudad de Paga
Todo un ejemplo de cultura y diseño del mejor estilo tradicional del Sahel. Casa de barro y reliquia de la época esclavista, por situarla en una época. La baja y minúscula entrada y el alto murete que por el interior la bordeaba hacia imposible que cualquier persona no bienvenida pudiera acceder.  La mejor Capilla Sixtina de Ghana.

Casa tradicional ‘mursi’
Los ‘mursis’ son una tribu africana que se localiza en las estepas de Jinka y, en especial, en el valle del Omo, región central de Etiopía. Se dedican principalmente al pastoreo de ganado vacuno y también son buenos recolectores de miel. Las mujeres ‘mursis’ son fácilmente identificables por el gran ‘plato labial’ inferior que es parte de su cultura. Sus casas, tal y como se aprecia en la fotografía, tienen forma ovalada y están construidas casi íntegramente de hierbas salvajes secas. Para él, mochilero leonés, esta construcción de hierba seca es toda una Basílica de San Pedro.

Viviendas embera
Es conocida como ‘tambo’. Consiste en un armazón de madera construido sobre pilotes a una altura de unos dos metros sobre el suelo. El techo es cónico de hojas de palma. No suelen tener paredes  ni divisiones internas y, como muestra la fotografía, suelen estar repletas de objetos y utensilios familiares. Igualita, igualita a la Basílica Santa María la Mayor.

Casa del norte de Mozambique
Sencilla, su decoración exterior con figuras geométricas era un hecho que las distinguía y tenía algo que ver con la protección de sus antepasados. El suelo era de tierra y la mayoría de ellas con un único habitáculo interior. Nada que envidiar al Panteón de Agripa.

Los ‘kreung’ de Camboya
La casa familiar de la fotografía de paredes de bambú trenzado pertenece a la tribu ‘kreung’, al norte de Camboya. En su cultura, los hijos, al independizarse de sus padres, se construían casitas aledañas e individuales de bambú, diferentes en su altura según el sexo: siempre más alta la del chico que la de la chica.  Por su sobriedad podría compararse perfectamente a la Basílica de San Pablo Extramuros.

Las ‘tatas’ de los somba (Benin)
Eran casas de barro, tal y como se ve en la fotografía, con varios habitáculos interiores y una terraza en la parte superior -a la que accedía por una minúscula escalera- con varios pequeños habitáculos que servían de dormitorio a la familia (recintos circulares separados) y, también, de almacén para el maíz o el mijo. En la parte baja, hacían fuego y, por la noche, guardaban los animales. Estas ‘tatas’ serían identificables en todo con el Coliseo romano.

Casa flotante camboyana
Humilde casa flotante parecida a otras miles que constituían poblados enteros en la cuenca de los ríos y, especialmente, a orillas del lago Tonlé Sap (Camboya), donde familias enteras disfrutaban de esa íntima y relajante convivencia.  Por el agua y sus recovecos tiene ese aire a la Fontana de Trevi que no hay quien se lo quite.


¡Entended el mensaje!.

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23 de junio de 2015

El eucalipto en Etiopía ¿problema o solución?

Ya hace años, después de la visita a Etiopía, el viajero insatisfecho escribía un ‘post’, en el que rememoraba el primer día en Addis Abeba, donde un grupo de asnos, cargados con sacos de carbón vegetal, enfilaban la calle entre el ruido de los tubos de escape de los coches. Bajaban de las montañas tapizadas de eucaliptos que rodeaban la ciudad, según pudo saber. Hasta hacía no mucho la madera era el principal combustible de la mayoría de la población. La introducción del eucalipto en Etiopía supuso una catástrofe natural que evitó una catástrofe humana, pues su escasez hubiera sido mortal”.
Y añadía, “este mochilero siempre criticará este árbol, que tanto daño ha hecho al territorio ibérico”.
Hace unos días terminaba de leer el libro ‘Addis Addis’, de Carlos Agulló, hombre experto en la capital etíope, Addis Abeba. Y le llamó la atención, como no, el gran conocimiento que este periodista demuestra sobre esta joven ciudad africana. El libro es una crónica, en trece capítulos, a través de la observación personal y del testimonio de once personajes, alguno de ellos conocido como el atleta Haile Gebreselassie o el pintor Afeweerk Tekle. Por cierto, un interesantísimo libro que sin pensárselo dos veces recomienda a pecho descubierto.

-Andamiaje de madera de eucaliptos en un edificio etíope-

Pero a lo que viene este ‘post’ es al hecho de que Agulló desgrana esa ‘pasión (?)’ de los etíopes por el eucalipto que en su momento a este mochilero ya le llamó la atención. Dice este periodista en el libro que -y cita textualmente- “la correlación entre economía y ecología tiene en lugares como Etiopía una traducción inequívoca: el empobrecimiento de la población es letal para el medio ambiente. Porque la necesidad de supervivencia empuja a la explotación desordenada de los recursos naturales en una sociedad en la que la presión demográfica es cada vez mayor”.
Menelik II, rey etíope, que había creado alrededor de su corte la ciudad de Addis Abeba, casi se ve obligado a abandonarla. Y dice Carlos Agulló sobre este asunto que “la presión sobre la masa forestal fue tan grande en aquellos años fundacionales que muy pronto el rey se vio en la necesidad de proyectar el traslado de la ciudad a una localidad próxima […] Pero el proyecto se paralizó cuando un asesor francés de Menelik, el ingeniero Mondo-Vidaillhet, introdujo las primeras semillas de un árbol hasta entonces desconocido, resistente y de crecimiento rápido: el eucalipto. Una especie que acabó por convertirse en la más abundante del país, salvó de la muerte prematura a Addis Abeba en 1895 […] En Etiopía, el eucalipto proporcionó la madera necesaria para consolidar Addis Abeba como la capital del reino unificado y también tuvo otras aplicaciones beneficiosas. Dicen -señala Agulló- que contribuyó a eliminar la malaria en algunas áreas, pero como en España, la proliferación del eucalipto tiene aquí sus detractores. Argumentan que es una especie que puede acabar con los recursos hídricos subterráneos, que empobrece los suelos y que contribuyó a modificar el paisaje”. Totalmente de acuerdo con estos últimos puntos.


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14 de junio de 2015

Los templos de Angkor

Sobre este monumental complejo de templos camboyano, arrancados a la selva, se ha dicho todo, se han hecho millones de fotos y ha sido visita imprescindible para turistas de toda condición, raza, calaña y linaje. El viajero insatisfecho deja constancia de su visita con unas cuantas fotografías, aportación pobre para dos jornadas de turisteo por los templos.

-Amanecer en Angkor Wat (repleto de chino-japo turistas)-

-Bajorrelieve en Angkor Wat-

-Terraza de los elefantes-

-Templo Bayon-

-Templo Bayon-

-Templo Ta Prohm-

-Templo Preah Khan-

-Elefante de piedra, en el templo East Mebon-

-Templo de las mujeres, Banteay Srey-

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4 de junio de 2015

El Gran Hermano camboyano


Daba igual dónde miraras, los sencillos carteles publicitarios del Cambodian People’s Party (CPP) siempre estaban presentes. En el centro de una ciudad, en los arrabales, en un lejano poblado de Mondulkiri, en el trayecto a cualquier lugar, el CPP en siglas, en camboyano o en inglés era omnipresente, era como el Gran Hermano del pueblo. Había grandes carteles con fotos de sus líderes; medianos, todo ello escrito en el ilegible idioma camboyano, o pequeños, a modo de señal para indicar donde estaba la sede local.
El Partido del Pueblo de Camboya (CPP) que tenía su origen en el Partido Revolucionario del Pueblo de Kampuchea (KPRP), era el partido en el poder en la actual de Camboya, con amplia implantación en el país y se notaba ésta, por la excesiva profusión propagandística y la generalización de sedes por todo el territorio.
El KPRP fue el único partido legal en la época de la República Popular de Kampuchea y los dos primeros años del Estado de Camboya.
Su nombre fue cambiando durante los tiempos de transición camboyana hasta el de hoy en día. Ganó credibilidad adicional con el pueblo camboyano por su resistencia contra los jemeres rojos, finalmente derrocados por los vietnamitas en la invasión de 1979, lo que también explica la relación estrecha, aunque compleja, del CPP con el Partido Comunista de Vietnam. Ahora el CPP tiene al menos otros dos rivales, el FUNCINPEC Party y el Sam Rainsy Party.
El tema tiene y tenía para el viajero insatisfecho una relativa importancia, casi nula, en especial, por los exclusivos motivos del viaje a Camboya que no alcanzaban más allá del puro holgazaneo o de la sencilla experiencia viajera. Pero era muy significativa, o llamativa su constante presencia.


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24 de mayo de 2015

Los reinos perdidos de África

Hoy toca libro. 
Sorprendente relato de un autor, Jeffrey Tayler, que no conocía -mejor, del que no había leído nada- sobre su viaje por esos reinos de África dentro del territorio del Sahel, aislados geográficamente y, sin duda, perdidos muchos años, al margen de las insistentes pesquisas del mundo explorador europeo. Para pergeñar este relato, el autor recorrió, en los primeros años del siglo XXI, cerca de 4000 kilómetros de este a oeste en camión, taxi, autobús o barco por el río Níger para acercarnos un territorio olvidado, sin pulir y hostil.  “Taylor nos presenta un Sahel acuciado por las rebeliones étnicas y la violencia sectaria, feudo del fundamentalismo y, no obstante, hogar de gentes y pueblos de una hospitalidad y fortaleza extraordinarias”, dicen en la contraportada del libro.
El viajero insatisfecho, que no es precisamente un crítico literario, cree que este relato crece poco a poco con el talento y las aventuras del autor, y con su forma de vivirlas y contarlas. Recuerda a los grandes escritores-viajeros por todos conocidos. Unas aventuras que con seguridad habrán cambiado al autor para el resto de su vida. Con una base teórica -y más: hablaba árabe- sobre la región describe con sencillez pero con sabiduría algunos acontecimientos trascendentales de esta área que rezuma cuasi feudalismo, vapuleada permanentemente por el harmatán que tantas veces nombra.
Así detalla, con gran acierto, un breve recorrido por una de las ciudades que cruzó en su camino: “Traqueteando por las calles en uno de los taxis destartalados de la ciudad, removiendo los hedores de las alcantarillas abiertas, uno se adentra en la muchedumbre de mendigos, jóvenes haraganes y trapicheros; el conductor toca la bocina para dispersar las carretillas y a sus propietarios despavoridos; se dispersan las columnas de mujeres que avanzan a duras penas, atónitas y sudorosas, cargadas con sacos de sorgo o cántaros de agua de los pozos vecinos”.
Si este mochilero piensa en esas frases, ellas describen situaciones similares vividas, en cualquiera de las muchas ciudades sembradas por los diversos caminos africanos. 
No es la ruta más sabrosa para recorrer pero sin duda es un sabroso libro para leer, disfrutar y apasionar a la mente con él.
…………………………….
Tayler, Jeffrey. Los reinos perdidos de África (traducción de Marta Pino Moreno), Alhena Media, Barcelona, 2008.
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15 de mayo de 2015

El ‘tuk-tuk’

Tuk-tuk, taxi

El tuctuc, o tuk-tuk, o rikshaw era el medio de transporte estrella en Camboya. Tenía, y tiene gran variedad de nombres, según donde se sitúe el vehículo, pero, sin duda, donde toma posesión del lugar, o se implanta, se convierte en transporte imprescindible. El viajero insatisfecho ya lo había visto y disfrutado, por primera vez, en India. Luego, lo ha utilizado en muchos otros sitios como Tailandia, China, Filipinas, en Madagascar o en Perú, con variedades diferentes dependiendo del fabricante y, a veces, de las necesidades climatológicas del país.

Tuk-tuk, autobús

En otros sitios se llamaban motocarros o triciclos motorizados pero -generalizando- era el ‘mismo burro con distinto rabo’. Eran originales, vistosos y se adaptaban a las particularidades del país.
-          ¿Cómo visitar los templos de Angkor?.´- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir al aeropuerto?.- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir a un punto concreto y lejano de la ciudad?.- En tuk-tuk.
-          ¿Cómo ir a la playa?.- En tuk-tuk.
Para los solitarios mochileros eran un recurso ante el cansancio de la caminata por la ciudad. “Huy!!, qué lejos estará ahora la guesthouse!!. Pillaré un tuk-tuk”. En Camboya eran, por lo general, abiertos, panorámicos y muy bien aireados. O se acostumbró pronto o la capital Phnom Penh no era excesivamente ruidosa por lo que viajar en este transporte era bastante agradable. En los cruces servía eso de presentar el morro y luego continuar. Era una buena y general táctica.
Sus conductores ya fueran camboyanos, o tailandeses, o indios eran los que mejor hablaban inglés o se hacían comprender, los que llevaban al mochilero al hotel por un módico precio o simplemente experimentados guías para las pequeñas cosas.
En este muestrario de fotografías se ve también la variedad de usos que se les daba. Muchos, sin duda.
Inimaginables.

Tuk-tuk, artesanía

Tuk-tuk, todo a 100

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8 de mayo de 2015

Motilla del Azuer / Daimiel


-Vista del pozo desde arriba-
Algo cercano. No siempre en esta ventana se va a hablar de cosas lejanas.
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Uno de esos sitios en España que sorprende e impacta sin ser especialmente espectacular es Motilla del Azuer. Este asentamiento es el yacimiento más representativo de la Edad de Bronce en La Mancha, concretamente en Daimiel. Ubicado en la planicie de la meseta manchega, pasa casi desapercibido para aquel que no sea un estudioso del tema pero, al visitarlo, deja al viajero perplejo por la originalidad de su estructura, la sencillez del empedrado permanente aunque en medio de una gran complejidad en sus curvas. Desde donde realmente se percata uno de su estructura es a vista de pájaro, por lo que visitar el vídeo que se muestra en la página web es algo realmente aconsejable. Bellas imágenes, acompañadas por una preciosa melodía musical que anima únicamente al disfrute de lo que se va viendo en cada momento.
“El pozo más antiguo de la Península”, destacan en el vídeo, y no es de extrañar pues el yacimiento se remonta a los años 2200 a. d. C. Por lo tanto, con más de 4.000 años de antigüedad. ¡Ya han pasado años! Conforme los niveles hídricos bajaban en aquella época, los habitantes accedían a los niveles más bajos del nivel freático del agua por medios de pequeñas rampas descendiendo más y más en el subsuelo, superando, según datos del yacimiento, los 14 metros de profundidad.

-Geometrías curvas-
En el término municipal de Daimiel se encuentra la mayor concentración de este tipo de poblados de España. Sus habitantes actuales relatan con satisfacción este hecho, orgullosos como están de su gran pasado histórico.
Y el viajero insatisfecho se pregunta, curioso como siempre, si Alonso Quijano y el amigo Sancho probarían de sus aguas o, quizás, fuera el propio Rocinante el que se beneficiara de su presumible frescor. Previo acarreo del obediente escudero, claro.

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25 de abril de 2015

Koh Rong, una isla mochilera

-Playa de Koh Touch, Koh Rong-

Koh Rong era una pequeña isla camboyana, para algunos, olvidada. Pero nada de eso, aquella isla, en invierno, se llenaba de mochileros australianos y europeos que destilaban alcohol por los poros y destrozaban sus blancuzcas pieles a base de solo y calor.
Estaba situada a hora y media en barco (menos, en una lancha rápida; por supuesto, más cara) de la turística playa de Sihanoukville, en el continente.
-Vista de Koh Rong, desde el ferry-


Koh Rong tenía en su haber unas maravillas y virginales playas pero, como carecía de carreteras interiores, la más accesible, donde llegaban los ferry era Koh Touch aunque, al menos, a otras dos era fácil llegar. Más accesible y, por tanto, más popular. Carecía, por supuesto, de paseo marítimo y la única manera de moverse era pisando su blanca arena. La playa era el paseo, era el recreo, era el 'bufoneo', lo era todo. A este trozo de arena le habían surgido cabañas entre la vegetación como si de un terrible sarampión se tratara; cabañas de madera y techo de paja para ser respetuosas con el entorno, y eso era de agradecer. En realidad eran pequeños hoteles, con más carencias que servicios básicos. Pero ¡me caguen diez!, tenían su encanto.
-Muelle en Koh Rong visto desde la playa-


En realidad, y en un principio, la playa de Koh Touch era un pequeño pueblo de pescadores; aún sigue teniendo algunos que miran a los mochileros con cierta perplejidad.
"¿De dónde habrán salido estos descerebrados?", parecían preguntarse.
El viajero insatisfecho se acercó por allí por pura curiosidad. Estaba en la ciudad de Sihanoukville y una mañana entera en su playa podía ser desolador. Allí mismo había un ferry que le transportaba a Koh Rong, y luego le traía de regreso. Decidió acercarse. Se movió y se movió por la isla y, a la hora de tomar la vuelta, se arrepintió de no haber proyectado una estancia más larga, aún a pesar de que este mochilero suele huir de los ambientes cargados de jolgorio.
Allí, en plena playa, estuvo de charleta con unos ‘jovencetes’ valencianos que trabajaban como empleados en uno de los locales playeros, Ashia (bar, restaurante y con unas habitaciones baratas para alquilar). Eran cuatro o cinco sufridores de la crisis en España que escucharon la oferta de trabajo de otro español, arriesgado emprendedor.
Vivían -dijeron- en el paraíso, aunque sus amigos y familiares en Valencia les tacharan de malvivir en aquel lejano lugar.
Pasó un rato agradable. 
Un día diferente.

-Playa de Koh Touch-


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